sábado, 10 de marzo de 2012

PARA EL MANUAL DE LOMBROSO



Lombroso ,fue un abogado italiano criminalista,que atribuyó a los delincuentes,de acuerdo a su rostro,unas características.
Un aspecto particularmente difundido de la obra de Lombroso es la concepción del delito como resultado de tendencias innatas, de orden genético, observables en ciertos rasgos físicos o fisonómicos de los delincuentes habituales (asimetrías craneales, determinadas formas de mandíbula, orejas, arcos superciliares, etc.). (Wikipedia sobre Lombroso)
Según él,un hombre con labios carnosos,nariz ancha y larga,ojos hundidos,sin casi mandíbula,orejas enormes,pelo ensortijado,corto de vista,arcos supercilares pronunciados,según él repito,era un delincuente en potencia.
Era además un inutil total y con tendencia a ser corrupto.
No llegó a conocer al de la foto,José Antonio Vera,asesor periodístico del que diz que gobierna Spain.
Además es nombrado por el que manda,para mandar en la Agencia EFE,que provee al mundo las desinformaciones de esta older país.
EFE fué la agencia informativa que creo Franco,Franco,Franco,en su propia gloria,y que los socialista,hijos de Franco,no se atrevieron ni a cambiar de nombre.Fue siempre el hazmereir del periodismo mundial,casposa,cutre,llena de borrachos.
Buen lugar para que el lombrosiano José Antonio Vera,haga sus deposiciones.

viernes, 9 de marzo de 2012

EXIT



HACEN LO CONTRARIO DE LO QUE PRESCRIBEN

¿Cómo se enfrentan los medicos a su propia muerte?


¿Cómo se enfrentan los doctores a su propia muerte?

Los médicos se enfrentan a la muerte de forma cotidiana. (Corbis)

Los doctores mueren, como todo el mundo, pero viven su propio deceso de forma muy distinta. Cuando tienen que enfrentarse a una enfermedad saben perfectamente los sufrimientos que conlleva, las posibilidades que tienen de salir con vida y el estado en el que quedarán después. Muchos renuncian al tratamiento que darían a sus pacientes, aunque eso les cueste la muerte. Saben que el trance será menos doloroso.

El doctor Marcos Gómez, presidente de la comisión deontológica de la Organización Médica Colegial y autor del libro El hombre y el médico ante la muerte, lo tiene claro: “Tengo dadas instrucciones verbales y escritas a mi familia y mis colaboradores. No quiero tratamientos heroicos por muy bienintencionado que sea el oncólogo que me trate.”

La mayoría de los médicos quieren tener claro que, llegado el momento, no se tomarán medidas que no hayan aprobadoUn estudio del geriatra estadounidense Joseph J. Gallo, confirma que la postura ante la muerte de Gómez es la más habitual entre sus colegas norteamericanos. Mediante una encuesta, que cumplimentaron 765 doctores de todas las edades, descubrió que el 89% habían explicado a sus familias sus preferencias respecto a los tratamientos de vida y muerte. Un 64% eran más precavidos aún, y habían especificado en complejos documentos como querían que se trataran cada una de las enfermedades que pudieran afectarles en un futuro: que procedimientos podrían utilizarse, y cuáles no, y hasta qué punto se podría salvar su vida si ello conllevaba un riesgo de quedar incapacitados. En definitiva, la mayoría de los médicos quieren tener claro que, llegado el momento, no se tomarán medidas que no hayan aprobado.

A veces es peor el remedio que la enfermedad

Si la mayoría de los médicos renuncia explícitamente a determinados tratamientos, ¿están haciendo a los pacientes pasar por un aro que ellos no atravesarían? El doctor Gómez cree que “hay que hacer una llamada a la sensatez y el buen hacer de los médicos”. La legislación española exige que sean los pacientes los que elijan como quieren ser tratados. El problema, según Gómez, reside en que “los enfermos no tienen los conocimientos suficientes. El médico tiene que ser muy honrado y explicar qué mejoras encontrará el enfermo tras el tratamiento, aconsejándole y evitando que se encuentre solo en la toma de decisiones tan importantes.”

Los oncólogos son quizás los médicos que se enfrentan a tratamientos más duros. Mónica Pereira, miembro del grupo de emergencias del Colegio de Psicólogos de Madrid, explica que a este tipo de profesionales “les cuesta más pasar por una quimioterapia porque conocen las consecuencias.” Según ha explicado a El Confidencial, uno de los pacientes a los que asesoró psicológicamente era médico y se negaba a aceptar el tratamiento para un cáncer que tenía cura. Finalmente lograron convencerle, superó la enfermedad y sigue vivo. Este es un caso ejemplar, pero lo cierto es que las posibilidades de éxito frente al cáncer no son siempre las mismas. Los médicos siempre recomiendan a sus pacientes intentar el tratamiento, por difícil que sea, pero según cuenta Pereira, “cuando se trata de ellos mismos muchos tiran la toalla.”

Se está gastando innecesariamente el dinero en tratamientos que no han demostrado su efectividadLos médicos saben lo que conllevan otras técnicas usuales como la reanimación cardiopolmunar (RCP) que, cuando se hace bien, acaba con buena parte de las costillas del paciente. Se trata, de hecho, de un ejemplo paradigmático. La doctora Susan Diem realizó un estudio para el New England Journal of Medicine comparando cómo se muestra la RCP en la televisión y cómo es en realidad. Mediante el análisis de las series Urgencias, Chicago Hope y Rescue 911 –el estudio es de 1996, por lo que no existían House ni Anatomía de Grey–, descubrió que en la ficción el 75% de las reanimaciones tenían éxito, y en un 67% de los casos los pacientes volvían a sus hogares sanos y salvos. La realidad es que, según un estudio de 2010 en el que se examinaron más de 95.000 casos reales de RCP, sólo el 8% de los pacientes sobreviven más de un mes tras la reanimación.

El doctor Gómez es claro al respecto: “Hay tratamientos que provocan sufrimientos muy grandes”. El médico explica que hay que saber valorar caso por caso, y no sólo con respecto al sufrimiento que conllevan ciertos tratamientos, sino también respecto a su coste. Ante un tema tan polémico, Gómez quiere dejar claro que “lo primero es el paciente”, pero no se muerde la lengua: “Es muy probable que se esté gastando innecesariamente el dinero en tratamientos que no han demostrado su efectividad.”

Dos maneras de enfrentarse a la muerte

Según Pereira, en el transcurso de su carrera como psicóloga ha identificado dos maneras que tienen los médicos de enfrentarse a su propia muerte. “Los médicos tiene que protegerse del sufrimiento de su día a día de alguna manera”, explica Pereira. “Algunos aceptan su propia muerte, y otros la niegan, haciendo vida normal como si no tuvieran información sobre lo que les está pasando.”

La salud no es sólo un asunto físico, sino también emocionalHay especialidades médicas para las que se necesita una actitud frente a la muerte especialmente sólida. Es el caso de los médicos de cuidados paliativos, como el doctor Gómez, que afirma pensar en la muerte “con naturalidad” y no sentir miedo ante la misma. No es para menos, todos sus pacientes fallecen tarde o temprano, algo que muchos médicos no son capaces de soportar. Su dilatada experiencia en las unidades de cuidados paliativos –fue uno de los pioneros de la materia en España– le ha enseñado la importancia que tiene atender psicológicamente a los pacientes terminales y sus allegados. “Hay veces que los familiares lo pasan peor que el propio enfermo, de hecho”, explica Gómez, “las personas cuando se van a morir son tan generosas que la mayor parte de su sufrimiento viene dado por el de su familia.”

La medicina sigue mejorando pero, ¿hemos logrado avanzar en el modo en que nos enfrentamos a la muerte? Pereira es optimista al respecto: “Se está humanizando la profesión del médico y están aprendiendo que la salud no es sólo un asunto físico, sino también emocional.”

miércoles, 7 de marzo de 2012

Daniel Halperin: "El colonialismo europeo es el culpable de la expansión del VIH en África"

'LaVanguardia.com' habla con el epidemiólogo Daniel Halperin acerca de un provocativo ensayo sobre un virus que ha matado a decenas de millones de personas en el mundo | 'Tinderbox' ha sido escrito junto al periodista de 'The Washington Post', Craig Timberg


Henry Morton Stanley fue un explorador y periodista galés nacionalizado estadounidense famoso por encontrar en África al desaparecido David Livingstone. Getty


Daniel Halperin es antropólogo y epidemiólogo estadounidense en la Universidad del Norte de Carolina, Estados Unidos. Daniel Halperin

El virus de inmunodeficiencia humana (VIH) nació en los alrededores de 1900 en una selva del sudeste de Camerún. Se encontraba en la sangre de un chimpancé en una zona en la que la huella humana era prácticamente desconocida. Un hombre cazó ese ejemplar infectado. Se cortó con una de las herramientas con las que descuartizó al animal antes de comérselo y el virus entró por primera vez en contacto con sangre humana para posteriormente mutar.

Muy poco hubiera sucedido tras ese singular episodio sin el papel fundamental que jugó la colonización europea de África a finales del siglo XIX y principios del XX. Una lucha económica y política entre países como Alemania, Francia, Bélgica o Reino Unido, entre otros. Un conflicto por áreas del continente negro que propició cambios de costumbres en la zona y abrió nuevas rutas por las que el virus salió de aquel remoto paraje del sudeste de Camerún y terminó convirtiéndose en una epidemia que ha matado a decenas de millones de personas en el mundo.

Esta es una de las provocativas ideas del antropólogo y epidemiólogo estadounidense de la Universidad del Norte de Carolina, Daniel Halperin, y del periodista de The Washington Post, Craig Timberg, quienes acaban de publicar para el mercado anglosajón el libro Tinderbox: How the West Sparked the Aids Epidemic and How the World Can Finally Overcome It (Una caja para hacer fuego: cómo Occidente provocó la epidemia del Sida y cómo el mundo puede finalmente superarla).

Según la investigación, una vez el virus pasó del chimpancé al humano, el río Congo se convirtió en el camino por el que una sola persona infectada pudo haber llegado a Kinshasa, en aquel entonces Leopoldville, fundada en 1881 por los belgas, la mayor ciudad del centro de África. Su llegada a esa gran urbe -"la zona cero del VIH"- facilitó que se propagara por las rutas comerciales del marfil y del caucho que los europeos habían creado.

El VIH encontró en Kinshasa una ciudad próspera y llena de energía en la que las viejas normas habían quedado atrás y donde un simple brote se convirtió en una epidemia letal y masiva. Para los autores, sin la llamada "lucha por África" de los europeos es impensable que un virus en un recóndito lugar de la selva camerunesa adquiriera finalmente dimensiones catastróficas. Sin esta explicación como base, la cepa asesina del VIH hubiera muerto sola en el bosque, argumentan los autores en el prólogo. "El colonialismo europeo es el culpable de la expansión del VIH en África", explica Daniel Halperin en conversación telefónica desde Mozambique con LaVanguardia.com

En un reciente avance publicado por The Washington Post la semana pasada, los autores explican que el VIH-1 del grupo M, el virus que tenían los chimpancés del sudeste de Camerún, había viajado por tres grandes rutas después de llegar a Kinshasa. Un subgrupo fue del este de Kinshasa hasta el lago Victoria. Otro, hacia el sur hasta Zambia, Botswana y Sudáfrica. Y un tercero saltó al otro lado del océano hasta Haití, y desde allí llegó a Estados Unidos y a Europa.

"El tema que trasciende del libro es la arrogancia de Occidente en su relación con África, antes y también en muchas ocasiones ahora", explica Daniel Halperin en conversación telefónica desde Mozambique con LaVanguardia.com. "Los colonialistas europeos no quisieron a propósito iniciar una epidemia, aunque ahora, si se mira atrás, uno ve que es así", señala.

"Con todo, ahora los europeos que están en África vienen para ayudar pero continúa algo de esa arrogancia occidental. Con África, necesitamos un poco de humildad, tenemos que saber que a veces las buenas intenciones pueden tener efectos negativos sin querer", explica el que fuera asesor técnico del Gobierno de Estados Unidos en el programa PEPFAR para combatir el Sida en relación a las ideas del libro.


martes, 6 de marzo de 2012

SABEN MAS COSAS SOBRE EL ORGASMO FEMENINO

Sexualidad y sensualidad femenidad ..

Trazan un mapa del orgasmo femenino

Un estudio analizó los efectos de estimular cada zona del cuerpo. Confirmaron algo que las mujeres ya sabíamos y se encontraron con una sorpresa.

Investigadores de la Universidad de Rutgers, de Estados Unidos, trazaron el “mapa del placer” femenino. Gracias a él, los científicos constataron algo que muchas mujeres suponíamos: el clítoris y la vagina proporcionan diferentes placeres.


El objetivo del estudio, encabezado por el neurólogo Barry Komisaruk, era descubrir qué parte del cerebro se activa cuando una mujer tiene un orgasmo. Los hallazgos fueron publicados en el “Journal of Sexual Medicine”.

El proceso fue muy particular. Estudiaron dentro del laboratorio a 11 mujeres sanas que tuvieron que autosatisfacerse con la mano o con un vibrador cilíndrico. Mientras, los investigadores les tomaban una prueba en un escáner y una resonancia magnética.

Notaron que, durante el acto, en las mujeres se activaron unas 30 áreas del cerebro, incluidas las que están relacionadas con el tacto, la memoria e, incluso, el dolor.

"Hemos demostrado, por primera vez, que la estimulación de la vagina, el cuello del útero y el clítoris activa tres sitios distintos y separados en la corteza sensorial”, contó Komisaruk a El Mundo.es.

"Algunos expertos han afirmado que en la sexualidad femenina la principal fuente de placer la proporciona el clítoris y que este goce es relativamente menor con la estimulación vaginal o del cuello uterino. Sin embargo, nuestros hallazgos muestran que existe una fuerte activación sensorial producida por la estimulación de estas dos últimas zonas”, aclara el científico.

Pero no todo se localiza en la parte baja del cuerpo. La gran sorpresa apareció al analizar la autoestimulación de los pezones. “Activan no sólo la región de la corteza sensorial que esperábamos, sino que también activan las mismas zonas que la región genital ", dijo Komisaruk. Esto explicaría por qué algunas mujeres pueden tener orgasmos al recibir caricias en el pecho.

Además, este mapa demostró el poder curativo de los orgasmos. Dicen que ayudará a los médicos a tratar la falta de deseo sexual.

    domingo, 4 de marzo de 2012

    LITERATURA SOBRE LA LOCURA

    Por Tomás Eloy Martínez. de su libro "Lugar común la muerte" Estas fueron, una por una, las palabras que dijo el Secretario: “Yo estaba en el dormitorio, cuando el General despertó sobresaltado. Me había quedado montando guardia junto a la cama, como todas las noches, con la punta de los dedos en estado de alerta. Los males que enviaba el enemigo asomaban por la ventana y por los respiraderos del cielorraso. Bastaba un ademán de mis dedos para obligarlos a marcharse. Siempre actué como un pararrayos contra los males de afuera, pero no puedo hacer nada contra los males que el general tiene adentro, de los sueños”. Dijo que lo había tocado para imponerle sosiego: la piel del general estaba húmeda, pero había una extraña calidad en el sudor, como si perteneciera a otro cuerpo y se hubiera quedado allí por desorientación. Descubrió en su pecho la plaga de manchitas pálidas que solían brotar en las épocas de tristeza más honda, cuando el general sentía que todos lo abandonaban y que también él mismo acabaría por abandonarse. Vio el movimiento con que encendió la radio para escuchar el informativo de las siete, y el desencanto con que la había apagado al advertir que eran apenas las tres. Dijo que el General lo había mirado con agradecimiento, como si su vida dependiera de él (y el Secretario creía, en efecto, que la menor de sus distracciones bastaría para disolver la vida del General en la nada). Había imaginado (dijo) que él volvería a quejarse de dolores de vejiga, de la humedad que le enfriaba las articulaciones, de la pequeña llaga dejada en algún rincón de la uretra por la sonda que acababan de retirarle. Para moderar su inquietud, había observado al General cuidadosamente: dijo que había llevado la mirada hacia los filtros de los riñones, que había medido la densidad del viento en los alvéolos pulmonares, que había acompañado a la corriente sanguínea durante un largo trecho, para oír su velocidad y su cadencia. No había encontrado señales de turbación. Pensó entonces que el General haría como siempre, un ademán de apartamiento antes de volver la cara hacia la pared: váyase a dormir, López. Pero no fue así. Lo vio incorporarse en la cama con lentitud, como si temiera ser deshojado por el movimiento, disimulando la demacración de la cara con una sonrisa tan falsa, que parecía tallada sobre la carne viva. Sólo al cabo de un rato soltó la voz. Dijo que pocas veces la había sentido salir tan tenuemente, y aún no sabía si era porque los miedos del sueño habían tardado en retirarse de la voz o porque el General, inseguro de sus fuerzas quería mantenerla en un sitio descansado. Le confió (así dijo) que había soñado un sueño de muerte tan ajeno a todos los sueños de vida, que sólo él, López Rega, con sus conocimientos de los astros y el instinto de que estaba dotado para leer los designios de la noche, sabría descifrar sin equivocaciones. La declaración del General le sorprendió (así dijo) porque no creía que en un cuerpo de tan avanzada mortalidad como el suyo, pudiera haber lugar para los sueños.

    “Me vi suspendido en el aire-había contado el General-, pero no temía caer. Arrancaba de lo alto de los árboles unas frutas de polvo, que no sabían a nada. Los pájaros me herían con sus picos y las garras, pero cuando se apartaban de mí advertía que eran ellos y no yo los que perdían sangre. En el fondo de un cráter volcánico, Isabel cavaba la fosa donde me enterrarían. Vi que Paladino en el borde del cráter, devoraba una de mis piernas. Yo sentía mis dos piernas intactas en el aire, y sin embargo sabía que aquella otra pierna era también de mi cuerpo. Vi a Vandor recomponer sus cenizas y ocupar, con los huesos vestidos de uniforme, un sillón que debía ser el de presidente. Todos ustedes hablaban de mi entierro en un dialecto que yo desconocía, aunque me daba cuenta, por la entonación, del significado de las palabras. De pronto yo también estuve en tierra. Más bien dicho, estuvo en tierra la conciencia de que era yo, porque mi cuerpo era el de otro. Miré hacia arriba y vi que un hombre muy triste flotaba en el aire. ¿Quién es?, pregunté asustado. ¿Nadie puede ayudarlo a bajar? Alguien (me parece que era usted) respondió: Es el pobre Perón, y no vale la pena bajarlo porque está muerto. En ese momento desperté”.
    Dijo que había ido a la cocina a preparar un poco de té. Oía rumiar al General las imágenes del sueño, mudándolas de orden y barajándolas como un mazo de cartas. Lo veía (así dijo) reproducir las desconocidas palabras de Vandor, Isabel y Paladino en un dialecto innoble que no parecía humano. Al volver con las tazas, había encontrado al General anotando en su cuaderno de cabecera algunos pormenores que de pronto le parecían imprescindibles: la fulguración de un diamante en las manos de Isabel, los tirabuzones de fuego que fluían de la cabeza de Paladino y, sobre todo, las heridas que correspondían a su cuerpo pero que sin embargo aparecían sobre el cuerpo de los pájaros. ¿Qué puede usted ver López?, le había preguntado. ¿Son augurios buenos o malos?
    Dijo que él, López Rega había repetido el sueño en voz alta para verificar si el movimiento de los personajes estaba influido por los movimientos del cielo. Luego de cada frase, había esperado la aprobación del General. Así fue López, de esa manera.

    -¿Recuerda si en algún momento del sueño oyó decir que en río cabe el océano?-había preguntado el Secretario.

    -No, sólo estaban hablando de mi muerte.

    -Y cuando volaba, ¿nadie le dijo que se situara en el centro, pero que caminara por el costado?

    -Nadie- había respondido el General-. El dialecto que ustedes hablaban estaba hecho de sentidos, pero no de palabras.

    -Entonces el sueño no quiere decir nada-había interpretado López-. Cualquiera de esas dos frases hubiera sido un aviso de que usted estaba en peligro. Pero como nadie las pronunció, los signos de la muerte, del volcán y del aire se fueron anulando mutuamente.

    Dijo que había retirado una de las dos almohadas del General, para ayudarlo a relajarse. Antes de apagar la luz le había impuesto la mano sobre los ojos, llevándolo lentamente hacia una nada por la que no pasaban los sueños ni las turbulencias del pensamiento.

    Eran las tres de la tarde. Caminábamos entre luces tan cristalinas que aún no terminábamos de dar un paso, cuando ya lo sentíamos borrado. A veces el vaho de las frituras madrileñas, nos salía al encuentro, confundido con el vaho de algunas flores prematuras. El Secretario y yo nos habíamos dado cita un par de horas antes en sus oficinas de la Gran Vía, donde, administraba,-“para pucherear”- un invisible negocio de importación y exportación. Apenas entré me había ofrecido tres libros de su cosecha, dedicados “al amigo cronista cordialmente” con una letra infantil y laboriosa. La firma respiraba a duras penas dentro de una rúbrica envolvente que se dejaba caer sobre cada letra como un párpado. Al pie de cada rúbrica un fleco desprendido de la R o de la g (la caligrafía era ingenua pero a la vez confusa) estaba adornado por tres puntos en forma de triángulo. “No son los puntos de la masonería-me había explicado, curándose en salud-. Por lo contrario, permiten identificar a las personas que tienen fe en Dios y amor por el conocimiento. Observe el triángulo, está más cerrado que el de los masones”. Lo acompañé a retirar unas cartas del hotel Gran Vía, y luego a comer un sándwich en una tasca de la calle Serrano. La tarde nos iba llevando hacia el Palacio de Oriente, donde no quise entrar porque los portales de acceso eran demasiado altos y me comunicaban malos presentimientos. Me preguntó si yo era supersticioso o si quién sabe había conseguido atravesar esa delgada tela de las apariencias más allá de las cuales todo era mágico. “Aún estoy del lado de acá” le dije. “Pero debo confesarle que cuando vengo a Madrid me vuelvo supersticioso”. Recordé que ya en el primer viaje, cuatro años antes, me había marchado de la ciudad con la impresión de que por las noches bajaban legiones de sembradores a espolvorear las calles con semillas de beatos. Me atemorizaban las mujeres de luto, Las tabernas con nombres de santos, el sabor a esperma de velas que tenían las verduras. Pero creo que no le confié esas aprensiones.

    Los libros que me había regalado empezaban a pesarme. Nos internamos en los jardines de Sabatini y nos presentamos al fin ante la estatua de Alfonso El Sabio. López Rega completó una larga exposición sobre la era de espiritualidad que se avecinaba, en la que todos los hombres reconocerían al General como un conductor y un iluminado. Advirtió que la sociedad de consumo llegaba a su fin, y que por haberla combatido sin buscar antes la protección de las Fuerzas Inmateriales, el General había perdido el poder en 1955. No volverá a ocurrir, dijo: el espíritu del General estaba ahora inflamado de energía electro-magnética, y sólo esperaba la llegada del Gran Año Planetario para emplear a fondo esa energía contra los enemigos. Leyó la incomprensión en mi cara y vi que los ojos se le endurecían. Me preguntó si dudaba de él. Le respondí que no se trataba de eso: simplemente nos movíamos en longitudes distintas de onda.
    Una mariposa amarilla se depositó en la cabeza de Alfonso El Sabio. El aire de la tarde era tan diáfano que podía ver cómo la mariposa, al agitarse perdía el polvillo de las alas.

    Por suerte para usted y para mí el General está ahora más allá del bien y del mal- le oí decir-. Es puro espíritu.

    Tal vez por eso tiene sueños tan difíciles de interpretar-le insinué apuntando hacia algún blanco oculto de su omnipotencia.

    El General no tiene sueños sino visiones- declaró con cierta solemnidad-. Ya no está en condiciones de soñar. Hace cinco años, poco después de mi llegada a Madrid, le hicieron una operación muy delicada. El corazón estaba muy débil y no pudo resistir. Murió. Los médicos iban a dar el anuncio de la muerte cuando yo los detuve: concédanme solamente media hora, les dije. Total, ya no hay nada que perder. Me encerré en el quirófano, a solas con el General y lo llamé por su nombre astral. Al tercer llamado resucitó. Ahora es mi energía cósmica la que lo mantiene vivo.

    -¿Y el General lo sabe? -Lo intuye -dijo-. Cuando lo sepa verdaderamente ya no habrá modo de salvarlo. Morirá para toda la eternidad.

    Una línea de brisa desbarató el aire (fue algo más ligero que la brisa: su reverberación o su sombra). La mariposa levantó vuelo y se perdió en la lejanía del Manzanares.

    -Hay algo que no se ve claro-dije-: esas frases que el General no oyó en el sueño y que hubieran sido un mal presagio. ¿De dónde las sacó, López? -Son oraciones egipcias, del Libro de los Muertos-inventó-. Pero esas frases o cualquier otra hubieran dado lo mismo. Las dije para que el General se quedara pensando en ellas y las metiera dentro de sus visiones. Un día me llamará, me dirá que las oyó y volveré a explicarle que son un aviso de peligro.
    -¿Qué ganará con eso?- le pregunté. Yo, nada. No estoy al lado del General para ganar o perder. Pero el Movimiento sí saldrá ganando. El General se pondrá a averiguar de dónde viene el peligro, y cuando lo sepa, rodará la cabeza de algún traidor.