“El miedo a la muerte suele encerrar la trágica
paradoja de que, al cercenar los impulsos de la vida, contribuye a
eludir los riesgos que la vida incluye”, advierte el autor; a través del
análisis de un célebre relato de León Tolstoi, destaca que “la sociedad
y los estereotipos culturales favorecen el adormecimiento de la vida”.
La
muerte de Iván Ilich, escrita por León Tolstoi en 1886, es una obra
paradigmática sobre la muerte como situación límite; sobre el drama del
sentido de la vida ante la cercanía de la muerte. La novela presenta la
historia de una persona que encarna el estilo de vida y los parámetros
existenciales de muchas personas, los cuales son bruscamente
cuestionados por la enfermedad y la proximidad de la muerte. La lectura
de La muerte de Iván Ilich puede hacerse en tres niveles superpuestos.
El primero es el nivel de la crítica social, que Tolstoi propone en la
mayor parte de su obra. En el caso de La muerte..., la crítica recorre
dos caminos; el primero es el de la insensibilidad social ante la muerte
de los demás, y el otro es el de la vida de una persona que refleja el
vacío al que habitúan los convencionalismos sociales. Pero hay un
segundo nivel, el del recorrido existencial ante la proximidad de la
muerte. El relato abarca los últimos meses de la vida de Iván Ilich, y
Tolstoi acentúa el drama al establecer un doble contraste: por una
parte, presenta a una persona que se apaga mientras recuerda los
momentos en que gozaba de salud, éxito y riquezas; por otra, confronta
su padecimiento con la indiferencia de su esposa, sus hijos, los
médicos, colegas.
El tercer nivel corresponde al último pensamiento de Iván: “Ha
terminado la muerte. Ya no existe”. Este nivel se articula con lo que
formularía Ludwig Wittgenstein en Tractatus Logico-Philosophicus: “La
muerte no es un ningún acontecimiento de la vida. La muerte no se vive”.
En este nivel –en el que está presente un sentimiento de extrañeza– hay
una propuesta muy del estilo de Tolstoi en relación con el significado
de la muerte.
El dramatismo existencial con el que Iván Ilich vive la proximidad
de su muerte tiene un contrapunto, que lo acentúa, cuando Tolstoi expone
la trivialidad con la que se enfrenta la muerte de los demás. Heidegger
mencionaba que la muerte de otro puede ser ocasión para reflexionar
sobre el carácter temporal del ser humano, pero a menudo la muerte de
otra persona se convierte en un acontecimiento que despierta el morbo:
¿cómo fue su muerte?, ¿cuántos hijos deja?, ¿qué va a ser de su mujer?
En el relato de Tolstoi, las cavilaciones de otros están dirigidas a las
vacantes laborales que el fallecimiento de Iván Ilich producirá. Y una
parte del contexto de estas reacciones es el de los convencionalismos
fúnebres, que Tolstoi deja al descubierto.
En cualquier caso, hay una tendencia natural a evadir la muerte de
otra persona como algo que nos concierna, al fin y al cabo el que se
muere es otro. “Aparte de las reflexiones sobre posibles nombramientos y
cambios en el servicio, que podría traer consigo ese fallecimiento, el
hecho mismo de la muerte de un conocido provocó en cuantos recibieron la
noticia, según ocurre siempre, un sentimiento de alegría, porque había
muerto otro y no ellos”, se lee en La muerte de Iván Ilich. Karl Jaspers
explica este fenómeno de distanciamiento hacia la muerte de la
siguiente manera: “El hombre que sabe que ha de morir considera este
acontecimiento como una expectación para un indeterminado punto del
tiempo; pero, en tanto que la muerte no desempeña para él otro papel que
tener cuidado de evitarla, la muerte sigue sin ser para el hombre una
situación límite”.
Inclusive el sepelio resulta para los amigos de Iván una obligación
fastidiosa: no saben qué hacer ni qué decir, e interrumpe rutinas y
compromisos sociales más agradables. La actitud de la esposa en el
velorio se resume en guardar las apariencias, ya que la principal
preocupación que tiene en mente no es la muerte de su esposo sino el
futuro de ella; en especial, le preocupa la forma de obtener todo el
dinero posible de los seguros de vida. Pero la crítica de Tolstoi va
mucho más allá, en el recorrido que hace por la vida de Iván, en
especial sus últimos meses. A Iván Illich lo enfadan los rituales y la
hipocresía de los médicos, quienes no atinan a hacer un diagnóstico ni a
dar un remedio y, sin embargo, conservan la falsa actitud de tenerlo
todo bajo control y se dan aires de importancia, como si de ellos
dependiera la vida del paciente. A esto se suma la molesta
simplificación que los demás personajes hacen de los sufrimientos de
Iván, ya que para ellos la cuestión es que el enfermo no sigue al pie de
la letra las indicaciones médicas.
El derrumbe espiritual de Iván está motivado, en primer lugar, por
los dolores que experimenta, como señales de que su muerte está próxima,
pero también por la indiferencia de los demás ante sus padecimientos.
La convicción de que se está muriendo y que a nadie le importa se
traduce en una enorme soledad. “Los que lo rodeaban no lo comprendían o
no querían comprenderlo, y pensaban que todo seguía igual que siempre.
Eso era lo que más hacía sufrir a Iván Ilich.” En especial es sensible a
la soledad que le resulta de la indiferencia de su familia; para su
esposa y su hija, la enfermedad, las quejas, los cuidados que requiere
Iván son molestos, en la medida que alteran su vida diaria. Acerca de la
soledad, uno de los fragmentos más dramáticos es el que describe la
actitud de la hija: al volver de un médico, Iván empieza a contarle a su
mujer lo que le dijo el doctor cuando “entró su hija, con el sombrero
puesto: se disponía a salir con Praskovia Fiodorovna [su madre]. Hizo un
esfuerzo para sentarse a escuchar las palabras aburridas de Iván Ilich;
pero no pudo resistirlas hasta el final, ni la madre tampoco”. Para la
hija, fuerte, sana y enamorada, la enfermedad de su padre es irritante
porque estorba su felicidad. Por su parte, Iván quiere que alguien lo
compadezca y le tenga lástima, la que se le tiene a un niño enfermo.
Revelación de la vida
El contraste entre la vida ordinaria que la sociedad impone y el
drama de una vida que se apaga se manifiesta en la soledad de Iván
Ilich. Gracias a la recreación de este sentimiento por Tolstoi es
posible comprender la trampa que suele constituir el rejuego de la vida y
de la muerte.
El miedo a la muerte no es sino una proyección del deseo de vivir y
suele encerrar la trágica paradoja de que, en tanto cercena los impulsos
de la vida, se dejan de asumir los riesgos que ésta incluye. De esta
forma, al protegernos de la muerte imposibilitamos el desarrollo de la
vida. En esta paradoja, la sociedad y los estereotipos culturales
favorecen el adormecimiento de la vida. En la sociedad es muy fácil
protegerse, al menos en apariencia, de los peligros de la vida, pero esa
protección tiene un costo: la vitalidad cede ante los parámetros y
convencionalismos sociales. Soren Kierkegaard y Friedrich Nietzsche
coincidieron en este punto. Para ambos existe un peligro mayor que el de
la muerte: la pérdida del yo por miedo a la vida o, en otras palabras,
por la comodidad que produce ser uno más en la sociedad.
Kierkegaard, en La enfermedad mortal, lo expresa de la siguiente
manera: “Todo ser humano en su estructura primitiva está natural y
cuidadosamente dispuesto para ser un yo, por lo que no debe, de ninguna
manera, renunciar a ser sí mismo por miedo a los hombres. Sin embargo,
con tanto mirar a la muchedumbre de los hombres en torno suyo, con tanto
ajetreo en toda clase de negocios mundanos, con tanto afán por llegar a
ser prudente en el conocimiento de la marcha de todas las cosas en el
mundo, el yo va olvidándose de sí mismo, sin atreverse ya a tener fe en
sí mismo, pues es infinitamente mucho más fácil y seguro ser como los
demás, es decir, un mono de imitación, un número en medio de la
multitud.”
Nietzsche insiste en esta misma idea a lo largo de su obra. En
Schopenhauer como educador, afirma lo siguiente: “En el fondo todo
hombre sabe muy bien que sólo está una vez, en cuanto ejemplar único,
sobre la Tierra. Lo sabe, pero lo esconde, como si se tratara de un
remordimiento de conciencia. ¿Por qué? Por miedo al vecino, que exige el
convencionalismo y se oculta tras él. Pero ¿qué es lo que lleva al
individuo a temer a su vecino, a pensar y obrar con el rebaño y a no
estar contento de sí mismo? En algunos, pocos y raros, tal vez el pudor.
En los más, la comodidad, la inercia, en una palabra, la tendencia a la
pereza”.

En el ámbito literario, Saint-Exupéry retoma muchas veces esta misma
idea; baste recordar el siguiente pasaje de Tierra de hombres: “Viejo
burócrata, has construido tu paz a fuerza de bloquear con cemento, como
lo hacen las termitas, todas las salidas hacia la luz. Has rodado como
una bola en tu seguridad burguesa; en tus rutinas, en los ritos
asfixiantes de tu vida provinciana, has alzado esa humilde muralla
contra los vientos y las mareas y las estrellas. No quieres inquietarte
con los graves problemas, bastante trabajo has tenido con olvidar tu
condición de hombre. No eres el habitante de un planeta errante, no
planteas preguntas sin respuesta. Nadie te ha sacudido por los hombros
cuando aún era tiempo. Ahora la arcilla con la cual estás hecho se ha
secado y endurecido y nada en ti podría, en adelante, despertar al
músico dormido, o al poeta, o al astrónomo que quizá te habitaban al
principio”.
La muerte de Iván Ilich está en la misma línea reflexiva. Tolstoi
relata la vida de Iván Ilich como muy afianzada en los estereotipos
sociales: la profesión, los éxitos laborales, el status social que ha
adquirido, la influencia que ha logrado, el ajetreo diario de un hombre
citadino en la Rusia decimonónica. Pero la aparente seguridad ante la
vida encierra un contrasentido. En un primer momento, a Iván Ilich le
aterroriza la posibilidad de la muerte, sobre todo porque se siente
cómodamente instalado en la vida: “El ejemplo del silogismo que había
aprendido en la lógica de Kiseveter: ‘Cayo es un hombre; los hombres son
mortales. Por tanto, Cayo es mortal’, le parecía aplicable solamente a
Cayo, pero de ningún modo a sí mismo. Cayo era un hombre como todos, y
eso era perfectamente justo; pero él no era Cayo, no era un hombre como
todos, sino que siempre había sido completamente distinto de los demás”.
Su estilo de vida constituye un bien preciado del que la muerte
puede despojarlo súbitamente, pero es confrontado por la enfermedad y la
proximidad de la muerte. En los pocos meses que transcurren desde los
primeros síntomas de la enfermedad hasta su fallecimiento, Iván Ilich va
cobrando conciencia del sinsentido de su vida, se va gestando
paulatinamente en él una transformación, de tal suerte que hacia el
final de su enfermedad lo que le angustia de la muerte ya no es la
pérdida de sus éxitos y sus comodidades, sino el vacío de su propia
vida; se siente incapaz de morir sin haber vivido, no quiere morir
teniendo una fuerte deuda con la vida. “Luchaba por volver a sus ideas
de antes, aquellas ideas que le ocultaban la de la muerte. Pero cosa
rara: lo que antes velaba, ocultaba y destruía la conciencia de la
muerte no producía ahora el mismo efecto.”
Finalmente comprende que aquellas cosas que no quería perder habían
constituido durante gran parte de su existencia el medio para perder su
vida. Paradójicamente, lo que constituía su seguridad ante la vida había
sido su ruina. El último día de su vida, Iván acepta su situación: “Su
carrera, su modo de vivir, su familia y aquellos intereses de la
sociedad y del servicio, todo podía haber sido distinto de lo que debía
ser. Trató de defender todo aquello ante sí mismo. Súbitamente, se dio
cuenta de la inconsistencia de lo que defendía; y ya no quedó nada por
defender”.
La novela concluye con dos párrafos que en una primera lectura
parecen desconcertantes. “‘¿Y el dolor?’, se preguntó. ‘¿Qué hago con
él? ¿Dónde estás, dolor?’.” Minutos después, en los últimos instantes de
su vida, se dice: “Ha terminado la muerte. Ya no existe”. Lo que hasta
un día antes había atormentado a Iván desapareció súbitamente. La misma
narración nos muestra dos motivos detrás del acontecimiento. El primero
tiene que ver con la clara conciencia y aceptación de que los parámetros
que habían guiado la vida de Iván eran equivocados. En este sentido, el
miedo a la muerte como sujeción a esos parámetros ya no tenía cabida, y
entonces tampoco tenía ya sentido el miedo a la muerte que lo
atormentaba. El segundo motivo y tal vez el más fuerte es la conciencia
de que aún hay tiempo de corregir; la convicción de que aún es posible
hacer algo por los demás, al menos para no causarles daño y liberarlos
de los sufrimientos que su situación les provoca. En ambos sentidos, los
últimos pensamientos de Iván atestiguan la convicción de Tolstoi de que
la muerte que se teme es la misma muerte que impide la vida y la
convierte en vacío.
* Extractado de “La experiencia literaria de la muerte. En torno de
La muerte de Iván Ilich de León Tolstoi”, cuya versión completa puede
leerse en
http://www.luis guerreromartinez.com