.
Si en vez de medir la presión arterial de la manera habitual (con el
mango y la perilla) se aplica una serie de electrodos para poder ver
las formas de onda que los osciloscopios registran ante el fluir de la
sangre, el clásico binomio “14/9” que marcaría el límite entre la salud y
la enfermedad –cifras que en realidad son 140 y 90, los valores límite
de presión arterial sistólica y diastólica medidos en milímetros de
mercurio– debe cederle lugar a parámetros más complejos. Aparecen
curvas, mesetas, cadenas accidentadas, ciclos de hiperactividad y
reposo, languideces, rispideces y otras formas y figuras que serán
diferentes en cada persona y en cada momento. Suena lógico pensar que
esas formas no son caprichosas ni azarosas y obedecen a algún tipo de
ley. Que encierran un lenguaje ansioso por ser descifrado. Pero hasta
ahora los intentos por indagar en él han sido muy escasos. Casi una
rareza. Hasta ahora la medicina ha preferido cotejar otros parámetros.
En la Antigüedad, antes incluso de que los médicos de Oriente y de
Occidente hubieran tomado caminos tan dispares entre sí, no era una
rareza. Los médicos chinos, con sus dedos, su experiencia y su
sensibilidad poética como herramientas, intentaron traducir esas
herméticas señales dadas por la vida que fluía a un lenguaje con el que
pudieran diagnosticar y tratar a los enfermos. Los médicos de la escuela
Nei Jing, hace dos mil años, establecieron una suerte de laborioso
sistema con 24 características mayores y otras menores para codificar el
pulso. Apoyaban tres dedos sobre el brazo de un paciente y describían
si lo que palpaban se sentía “hueco”, “flotante”, “resbaladizo”,
“tenso”, “intermitente” o de otra forma, y en base a tal escrutinio
diagnosticaron, pronosticaron e impartieron tratamiento con un grado de
eficacia tal que, al menos, les alcanzó para seguir detentando por
siglos su lugar de médicos en la sociedad.
Luego, en el siglo II y a orillas del Mediterráneo, el gran maestro
Galeno, ávido de claridad y de conceptos límpidos, dedujo que el pulso
no es mucho más que el simple eco de los latidos del corazón, y así la
medicina occidental dio por respondida la pregunta, y dejó de
preguntarse por aquel murmullo que los médicos chinos decían sentir tan
claramente.
La complejidad
En la década de 1920 se puso la mira en la capacidad que tienen los
organismos vivos de autorregularse y mantener un medio interno –un
“adentro” diferenciado de un “afuera”– y se la llamó “homeostasis”. Los
primeros modelos de homeostasis estaban inspirados en artificios de
ingeniería y la asemejaban a un servomecanismo de control con la función
de corregir “en tiempo real” cualquier posible desequilibrio en la
composición química, la humedad, la temperatura o la presión interna del
organismo.
Pero la forma en que se las arregla el organismo para controlar la
presión de la sangre en las arterias parece estar entre los fenómenos
más complejos de la naturaleza. La red arterial se ramifica en millones
de vasos que se subdividen hasta su mínima expresión, de modo que cada
célula recibe la cantidad exacta de nutrientes que necesita para sus
funciones vitales en tiempo y forma. La vida –la vida en tanto
vitalidad, no en tanto biografía– parece consistir más bien en millones
de desequilibrios simultáneos con diferentes magnitudes y sentidos y
operando en diferentes niveles, y se complementa con otros millones de
movimientos que reaccionan antes los anteriores y tienden a
compensarlos. El resultado visible de ese caos es tal que en el siglo
XVII René Descartes se maravilló de la racionalidad de la naturaleza e
imaginó la salud como un estado en que el spiritus animalis fluye
haciendo sonar bellos acordes diatónicos, pero todo indica que la música
del organismo debe parecerse más a un caos desafinado y ensordecedor
donde, a pesar de todo, es posible encontrar una rara especie de
armonía, sin que se pueda predecir si un cambio en apariencia
insignificante pasará inadvertido o, por el contrario, producirá una
hecatombe.
Para entender ese caos y poder operar sobre él, la biomedicina lo
diseccionó. Eso permitió establecer leyes generales y elaborar modelos
eficaces que permitieron, por ejemplo, el tratamiento de la hipertensión
arterial y las afecciones cardiovasculares en forma masiva a partir de
la segunda mitad del siglo que pasó. Pero esos modelos simples son menos
precisos a la hora de vérselas con la particularidad de cada caso:
¿Cómo saber –por ejemplo– por qué una determinada persona tiene
dificultades para controlar su presión arterial? ¿Por qué una persona
fallece tras un infarto mientas que otra, internada en el mismo lugar,
con el mismo diagnóstico, la misma edad y sometida al mismo tratamiento,
no, sobrevive y se recupera? ¿Cuán súbita es en realidad la “muerte
súbita”? La causa es como una aguja en un pajar.
El surgimiento del paradigma biopsicosocial de la salud –no para
suprimir al paradigma biomédico sino supuestamente para complementarlo–
les complicó todavía más las cosas a quienes seguían con su modelo bien
armado, porque hizo evidente que el contexto social, la subjetividad y
la disponibilidad o falta de recursos económicos, físicos y simbólicos,
jugaban en la misma cancha que las ciencias más “exactas” con las que
los médicos se enfrentaban a la incertidumbre. Para peor, las
enfermedades que más gente matan hoy –hipertensión, infartos, cáncer–
son las que más se ajustan a estos nuevos modelos de análisis con mayor
grado de incertidumbre, donde hallar la causa puntual ya no es tan
sencillo como hacerlo ante una enfermedad infecciosa.
Quienes están trabajando en la Argentina en la recuperación de esa
complejidad de una serie de fenómenos clínicos no son médicos, sino
ingenieros y físicos. Y desde luego usan más que sus dedos para examinar
los parámetros vitales del paciente: apelan a la objetividad y la
precisión que posibilitan complejos equipos electrónicos de
visualización de señales y analizan lo que ven a la luz de la Teoría del
Caos –que permite estudiar sistemas muy complejos y susceptibles a
cambios– y la matemática de fractales, iniciada por Benoît Mandelbrot en
1975 y basada en el estudio de las propiedades de ciertas formas
geométricas –simetrías, espirales, ramificaciones, ejes móviles y otras–
que se desarrollan periódicamente en diferentes niveles a la vez, y
según las cuales a las fuerzas de la naturaleza parece haberles quedado
cómodo organizar la materia en los seres vivos. Ya generaron el interés
de la comunidad médica especializada en el último Congreso Argentino de
Hipertensión Arterial que se realizó en abril en Rosario, y cuentan con
trabajos científicos publicados y algunas ideas claras, pero todavía hay
demasiado por delante hasta saber con precisión qué dicen esas imágenes
sobre la salud de las personas y, sobre todo, en qué puede contribuir
esto a la salud pública.
Lidera este proyecto, llamado Gibio y llevado a cabo en la
Universidad Tecnológica Nacional (UTN), el profesor Ricardo Armentano,
decano de la Facultad de Ingeniería y Ciencias Exactas de la Universidad
Favaloro. Armentano sostiene que la ciencia formal “descompone los
problemas complejos en múltiples problemas más simples para poder
analizarlos”, pero que finalmente, en la suma de esas partes para
reconstruir la complejidad, algo se termina perdiendo, y eso que se
pierde puede ser muy importante: “Nosotros decimos que nuestro abordaje
va desde la célula hasta el banco donde está sentado el paciente. A
nivel humano, hoy sería imposible poder interpretar tantas variables
juntas. Y sin embargo, esto lo permitiría”. Junto con Armentano trabajan
el ingeniero Leandro Cymberknop (que realiza su tesis de doctorado
sobre medición de señales) y el físico Walter Legnani.
“Hoy se dispone de métodos de diagnóstico de alta tecnología, como
ecografías o cámaras gamma, y en base a esto estamos buscando marcadores
precoces de muchas enfermedades no transmisibles –explica Armentano–.
Lo que ha sorprendido a los médicos es que con estas técnicas y con la
Teoría del Caos es posible encontrar marcadores precoces de enfermedad
de manera muy sencilla, porque las herramientas miden la complejidad
biológica y permiten ver cuándo nos estamos alejando de ella.”
El descubrimiento
Para los seguidores del pensador francés contemporáneo Edgar Morin,
el filósofo de la complejidad, aquello que goza de plena salud es por lo
general más complejo que lo que está enfermo, lo que pierde vitalidad.
Llevándolo al terreno del laboratorio, si en vez de medir el par
“presión diastólica/presión sistólica” que tradicionalmente da el valor
de la presión arterial se visualiza la forma de onda que deja el flujo
sanguíneo al transitar por un punto del torrente arterial, lo que se ve
en la pantalla no es igual en una persona enferma y en otra sana.
El ritmo circadiano, la respiración, los ciclos cardíacos le marcan
al organismo una periodicidad y lo organizan en el tiempo, pero esa
periodicidad no es exactamente una regularidad. En el torrente
sanguíneo, sintetiza Cymberkomp, “hay caos, pero no anarquía ni
aleatoriedad”. Las aceleraciones del ritmo y las fuerzas que despliega
el organismo para contrarrestarlos en tiempo real, sea en la cabeza o en
las puntas de los pies, se manifiestan como rispideces en el flujo
arterial, como accidentes en la forma de onda, como ruidos, quejas y
caprichos de la señal.
La hipótesis central con la que trabajan en el proyecto Gibio es que
a medida que las hormonas reguladoras decaen, que los riñones responden
menos, que el corazón pierde potencia, que las arterias pierden
elasticidad o que el colesterol las tapa, esas formas fractales rugosas,
complicadas, que logran repetirse sin que ninguna sea exactamente igual
a la anterior, pierden esos minúsculos estados de desorden. Se tornan
más estables y regulares, así como se mella y se suaviza la hoja de una
sierra al desgastarse. La geometría de la enfermedad es más euclidiana
–con sus rectas y sus curvas, propias del mundo de lo ideal– y menos
fractal, menos propensa a adquirir las trabajosas formas que desarrolla
la materia viva, a dibujar simetrías, arabescos infinitesimales y otros
caprichos.
El determinismo
Volviendo desde el laboratorio a la filosofía, el caos es
determinista. La salud y la enfermedad son un fenómeno biopsicosocial
donde los factores que intervienen –biológicos, sociales, ambientales,
psíquicos, sanitarios– son demasiado heterogéneos como para poder
hacerlos encajar en una sola ecuación y determinar, por ejemplo, la
causa de una enfermedad crónica. Pero el análisis basado en la Teoría
del Caos viene a resolver este entuerto de manera determinista: en la
pantalla del instrumento de medición se ve algo complejo, y la forma de
esa complejidad significa algo. Hace referencia concreta a una causa, a
un fenómeno particular que tiene una descripción exacta. “Hay modelos
matemáticos para describir el caos, y hay equipos que lo pueden medir
–explica Armentano–. No se olvide de que somos ingenieros, y lo que
estamos diseñando son herramientas que permitan medir una enfermedad. No
es una cuestión de azar: creemos que hay datos que nos van a permitir
evaluar de manera precoz la causa de un fenómeno determinado.” El
lenguaje aún no está descifrado, ¿se parecerá en algo al que usaban los
viejos médicos chinos? Tal vez, pero en este caso estará despojado de
toda subjetividadF
.