lunes, 10 de octubre de 2016

Industria farmacéutica vs. salud pública

Alainet


Foto: Pixabay
Las empresas transnacionales del sector farmacéutico son objeto de frecuentes críticas por los abusos de su poder de mercado e incluso corrupción. Y es que los medicamentos no son una industria como las demás, sino que sus “leyes de mercado” tienen modalidades particulares. Primero, por el hecho que tienen un mercado cautivo (personas que padecen enfermedades o preocupadas por su salud), que es una clientela vulnerable, cuyas decisiones de compra dependen no tanto de sus gustos, ni en muchos casos de su real poder de compra, sino de quienes les recetan los medicamentos (generalmente los médicos) o de la urgencia de curar o aliviar alguna dolencia a cualquier costo. Se trata también de un área donde la calidad del producto puede ser de vida o muerte. Esto último, y la protección de patentes, son factores que disminuyen la competencia.
Este cuadro le da a la industria farmacéutica un poder desmedido para fijar los precios de comercialización, no tanto en proporción al costo real de producción, cuanto que en función de lo que el precio de mercado puede alcanzar. Los fenomenales ingresos de estas empresas transnacionales atestiguan de esta realidad; las tres mayores empresas mundiales: Novartis, Roche y Pfizer, suman en total un ingreso anual de 129 mil millones de dólares; el PIB de muchos países no se acerca ni de lejos a esta cifra.
Como ejemplo flagrante del sobre-precio basta recordar el caso de Sofosbuvir, desarrollado para tratar la hepatitis C (una enfermedad que antes no tenía cura), que afecta a más de 170 millones de personas en el mundo y puede causar la muerte. Hace 5 años, Gilead Sciences de EEUU compró la empresa Pharmasset por 11.000 millones de dólares, junto con la patente del Sofosbuvir, medicamento cuyo precio de venta multiplicó por 100. Un tratamiento diario durante 12 semanas llegó a costar hasta US$84 mil dólares[1]. Con la venta de este producto, en un año la empresa recuperó toda su inversión. Si bien ha bajado en algo el precio, el medicamento sigue siendo inaccesible a muchos enfermos de hepatitis C.
Cabe decir que, si los sectores empobrecidos no pueden pagar los precios elevados, tampoco es de preocupación para la industria: los pobres son vistos como un mercado para vender los medicamentos más comunes y baratos. Ello sin hablar de las “enfermedades olvidadas”, aquellas que afectan principalmente a sectores pobres del Sur y para las cuales las farmacéuticas no se empeñan en investigar medicamentos para contrarrestarlos, porque no se lo ve como una opción rentable; es el caso, por ejemplo, de la enfermedad de Chagas, de la cual se estima que apenas el 1% de personas afectadas tienen acceso a la medicación.
Ante este panorama de indefensión de la población frente al poder de la industria farmacéutica, le corresponde al sector público una alta responsabilidad para aplicar las necesarias medidas y regulaciones de control y equilibrio del poder de mercado, para garantizar el derecho humano a la salud, particularmente para los sectores más empobrecidos. Un signo alentador en este sentido fue la resolución, este año, en el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, que reafirma que el acceso universal a medicinas asequibles, seguras, eficaces y de calidad es una condición para gozar del derecho a la salud.
El acuerdo reitera el llamado a los Estados a que continúen colaborando para desvincular el costo de la nueva investigación y desarrollo, de los precios de los medicamentos, vacunas y diagnósticos, en el caso de enfermedades que afectan principalmente a los países en desarrollo y las enfermedades tropicales olvidadas. En otro acuerdo, se reconoce la necesidad de fortalecer las capacidades de los Estados en materia de salud pública, mediante, entre otras medidas, la aplicación efectiva de las flexibilidades reconocidas para países en desarrollo bajo el acuerdo de la OMC sobre TRIPS (aspectos relacionados con el comercio de los derechos de propiedad intelectual), para reducir el costo de las medicinas, por ejemplo, con el establecimiento de licencias obligatorias para producir medicamentos genéricos.
En la práctica, sin embargo, los países muchas veces son presionados a renunciar a estos derechos, particularmente si han firmado acuerdos comerciales. Tales acuerdos suelen incluir provisiones “TRIPS plus”, como una prolongación del plazo de las patentes y el sistema de disputas inversionistas-Estados que amenaza el uso de licencias obligatorias y otras flexibilidades de TRIPS. El Acuerdo Transpacífico (TPP), en caso de ser ratificado, alargaría, por ejemplo, los patentes para las nuevas drogas biológicas (resultantes de la biotecnología), que de por sí suelen ser mucho más caras, y prevé además que, a corto plazo, los países en desarrollo signatarios deben adoptar las mismas reglas de patentes que se aplican en los países desarrollados.
Respuestas regionales
En América Latina se está buscando diversas respuestas a estos retos. Por ejemplo, en 2010, el Ministerio de Salud de Perú lanzó un Observatorio de Productos Farmacéuticos (http://observatorio.digemid.minsa.gob.pe/), donde los consumidores pueden ubicar dónde comprar las medicinas más convenientes para sus tratamientos y a menores precios. La medida ha contribuido a rebajar los precios.
Una de las medidas más efectivas es la compra pública agregada, que significa que el Estado negocia en masa la compra de los medicamentos que más necesitan los servicios públicos de salud, lo que le permite un mayor poder de negociación con las empresas productoras. Por ejemplo, este año el gobierno ecuatoriano compró 326 medicamentos, de los más usados para el tratamiento de las principales causas de muerte, mediante una subasta inversa (o sea, donde son los vendedores que pujan, y gana la oferta de menor precio), lo que le permitió un ahorro de unos 320 millones de dólares, (y eso, comparado con el precio más bajo de venta en la región de cada medicamento; entonces representa un ahorro mucho mayor en relación a lo que antes pagaba). Todo el proceso es de acceso público: https://subastademedicamentos.compraspublicas.gob.ec/[2]
Antes de lanzar la subasta, Ecuador realizó un estudio de los precios de todos los medicamentos más esenciales en la región, y encontró que una misma empresa farmacéutica vende el mismo medicamento en diferentes países con variaciones de precios de hasta 300% o incluso 600%, en algunos casos. El estudio le permitió fijar el precio referencial de la subasta, ya que normalmente las farmacéuticas no sueltan este tipo de información.
Sin duda esta ventaja aumentaría si varios países compran en conjunto, lo que se hace posible en el marco de los acuerdos de integración regional. Los países de Centroamérica ya cuentan con un mecanismo común para la compra de unas 64 medicinas básicas; y ahora los países de Suramérica (o varios de ellos) están considerando la posibilidad de hacer lo propio, para lo cual Ecuador ha puesto a disposición de Unasur su base de datos de precios en la región.
Por su parte, el Instituto Suramericano de Gobierno en Salud (ISAGS), entidad de Unasur, está impulsando una serie de medidas para estos propósitos. Además de impulsar una compra pública agregada entre los países interesados y de ampliar la base de datos de precios (la cual se hará público), se está elaborando un mapeo de las capacidades productivas de medicamentos en la región, en particular en el sector público, con la idea de que un país productor podría abastecer a toda Suramérica con un medicamento específico, a menor costo. Hay iniciativas también que apuntan a desarrollar nuevos medicamentos para las enfermedades particulares de la región, en particular las “olvidadas”.
Otras respuestas que se están trabajando regionalmente incluyen: desarrollar vademécums fármaco-terapéuticos en el sistema de salud pública (históricamente han sido elaborados por las empresas) con información más completa y objetiva para orientar a los médicos; adoptar legislaciones adecuadas para fijar techos a los precios de medicamentos, evitando el mal uso de las patentes; homologar los sistemas de registro sanitario y de control de calidad, que no tienen por qué ser distintos en cada país. En el caso de medicamentos “biosimilares” (un equivalente de genéricos, para los medicamentos biológicos), por ser más complejos, hay la exigencia adicional de asegurar que tengan la misma calidad, lo que requiere invertir en investigación previa, que se podría hacer conjuntamente.
Amenazas
No obstante, se sigue enfrentando diversos problemas. Uno de ellos es la “judicialización de la salud” como le explicó a ALAI, en una entrevista, la nueva directora ejecutiva de ISAGS, Carina Vance. Los ministros de salud de la región han identificado que es una de las principales amenazas a los sistemas de salud, tanto para el uso racional de medicamentos, como para la sostenibilidad de los sistemas, afirmó. Por ejemplo, hay juicios planteados por grupos de enfermos que han obligado al Estado a cubrir el costo de medicamentos patentados, que no están en el cuadro nacional de medicamentos, ni necesariamente son mejores, siendo además que el sistema judicial no está capacitado técnicamente para juzgarlo. Colombia, en 2003, tuvo que gastar más de mil millones de dólares por casos judicializados. En varias oportunidades se ha descubierto que los bufets de abogados u ONGs que auspician a estos grupos de pacientes reciben financiamiento de las empresas farmacéuticas transnacionales, lo que constituye un claro conflicto de interés.
A la par de estas prácticas, los niveles de corrupción van penetrando a diversos estamentos de la sociedad. Es el caso de los premios e incentivos económicos que las farmacéuticas entregan a ciertos médicos para que receten sus medicamentos de marca, o a las farmacias que más venden sus productos.
También hay cortes nacionales que han bloqueado, por ejemplo, el uso de medicamentos “biosimilares”, por demanda de las empresas. O hay empresas farmacéuticas que deciden unilateralmente retirar un medicamento y remplazarlo por otro más caro, como lo denunció recientemente en Ecuador una fundación que trabaja con personas hemofílicas.
En suma, la concentración del poder de mercado de las transnacionales farmacéuticas representa una amenaza directa al derecho a la salud. La única manera de enfrentar efectivamente este poder es con políticas públicas, que tendrán mayor fuerza si son concertadas regional e internacionalmente. Todos los gobiernos, con independencia de su color político, son afectados. En tal sentido es preocupante la tendencia en algunos países hacia la reprivatización de los servicios públicos, que reduciría este margen de maniobra; y más aún, dado el carácter del sector farmacéutico, podría prestarse para afianzar el cuadro de corrupción. Asimismo, sería inadmisible que se siga entregando mayores prerrogativas a estas empresas a nombre del libre comercio o de atraer la inversión extranjera.
Artículo publicado en la edición 517 (septiembre 2016) de la revista América Latina en Movimiento de ALAI, titulada “El poder transnacional y los nuevos TLCs”.http://www.alainet.org/es/revistas/517
Notas:
[1] Martin Khor, Access to medicines and the right to health and life, www.alainet.org/es/node/168961
[2] Ver también: Sally Burch, El poder de las farmacéuticas y el derecho a los medicamentos, www.alainet.org/es/articulo/179977
Fuente: http://www.alainet.org/es/articulo/180785
 LELIA POCHETTINO, ESPECIALISTA EN ETNOBOTANICA


Las plantas con algo más
La quinua, de uso milenario en la región andina, llegó a los centros urbanos porque fue “descubierta” por la NASA. Casos como éste constituyen el objeto de estudio de esta doctora en ciencias naturales: desde los saberes comunitarios sobre las plantas hasta la voracidad de las multinacionales farmacéuticas que patentan esos conocimientos ancestrales. Los cultivos libres de agrotóxicos, la agricultura familiar, el valor de las huertas frente a los grandes cultivos industriales.
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 Por Verónica Engler

En un momento en el que las hectáreas de desmonte crecen a un ritmo más que peligroso en nuestro país y en el que el patentamiento de los saberes sobre la naturaleza atentan contra la vida de las comunidades, parecería que desde la ciencia difícilmente se pudiera aportar una visión distinta a la del progreso desenfrenado guiado unilateralmente por el Occidente blanco y cristiano. Sin embargo, no es tan así.
La doctora en ciencias naturales Lelia Pochettino se dedica desde hace más de treinta y cinco años a la etnobotánica, que implica, entre otras cuestiones, el estudio de las plantas y los saberes comunitarios asociados a ellas. Investigadora principal del Conicet y responsable del Laboratorio de Etnobotánica y Botánica Aplicada de la Facultad de Ciencias Naturales y Museo de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), el espectro de intereses de Pochettino es amplio y de gran interés social. En esta entrevista de Página/12 repasa tópicos como la biodiversidad, el valor de las huertas frente a los grandes cultivos industriales, los saberes comunitarios sobre las plantas y la voracidad de las multinacionales farmacéuticas por patentar lo que es de todos y de nadie, y la ética de quienes hacen ciencia a la hora de posicionarse respecto a su objeto de estudio y a su propio lugar en la construcción del conocimiento.

–Usted investiga desde hace más de tres décadas la relación entre los seres humanos y las plantas. ¿Qué aprendió en estos años, cuáles fueron las nociones que se modificaron?

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LA INVESTIGADORA ARGENTINA MARIA LELIA POCHETTINO
–Una de las cuestiones que cambió fue la idea de lo tradicional. Cuando empecé a trabajar, lo tradicional era lo nativo, nos interesaban las plantas americanas y la forma en que eran utilizadas por las comunidades, si eran plantas exóticas no nos interesaban. También pensábamos que lo tradicional era no sólo lo consuetudinario sino también lo ancestral, lo que venía desde hace mucho tiempo. Y luego fuimos viendo que las comunidades dan respuestas a sus problemas a veces con plantas, y otras veces, si tienen, usan aspirinas en lugar de corteza de sauce porque es más rápido. Entonces, comencé a ver la dinámica en ese conocimiento, el carácter oportunista de la solución a determinados problemas y la apropiación de los saberes por parte de las comunidades. Hay plantas exóticas que definen a determinadas comunidades, son plantas europeas o asiáticas con las que, sin embargo, las comunidades se sienten identificadas. Como por ejemplo las habas en Bolivia. El plato paceño es choclo, papa, queso, carne y habas; y las habas son del Mediterráneo, y sin embargo se andinizaron, es decir que crecían bien a los tres mil metros o más arriba, y entonces, reemplazaron a otras plantas, como por ejemplo los porotos, que había que conseguirlos de los valles más abajo. Entonces las habas daban una solución para los que vivían en altura, y se convirtió en un producto típico de esa zona andina.

–En los últimos años se observa un incremento en la formación de huertas en las zonas periféricas a las ciudades, como por ejemplo en el Gran La Plata o en las afueras de Posadas, en suelos que no están destinados a un uso intensivo ni a la producción industrial. ¿De qué manera este fenómeno se relaciona con las migraciones poblacionales y con la preservación de la biodiversidad?

–El tema de los huertos es muy convocante en este momento porque allí se juntan los saberes tradicionales con lo que es biodiversidad. El espacio de huerta o jardín que está pegado a la casa es uno de los espacios de máxima diversidad y además constituye el lugar de la experimentación. Ahí la gente empieza a elegir una plantita, y luego se le aparece otra rara, por ejemplo la misma pero con flor de otro color, y entonces la guarda. El caso de las huertas periurbanas en particular, lo que refleja es esta voluntad de reproducir el espacio de origen, de donde vienen las personas, en esa zona donde viven actualmente. Y en el mínimo espacio que se tiene reproducen las plantas de sus lugares de origen, que no las conseguirían de otra forma. No son huertas urbanas sino como una transición entre lo que es la ciudad y el campo, son terrenos más amplios, muchas veces destinados a la producción comercial, pero en los que la gente se reserva un pequeño espacio para experimentación, para poner lo que le gusta. En esas huertas se sigue potenciando la diversidad, porque se tiene lo que cada uno traía, más lo que no se consiguió y se reemplaza por otras cosas, más lo propio de la zona. Nosotros hicimos una investigación para ver por qué la gente guarda las semillas para volver a sembrarlas. Y por ejemplo, hay un criterio innovador, es decir “porque es rara, porque es distinta”, que es importantísimo. Pero también hay otros criterios que tienen que ver con cuestiones simbólicas o afectivas, cuando se guarda porque se lo regaló alguien a quien se quiere mucho, como recuerdo de esa persona.

–¿Y este tipo de huertas periurbanas son un fenómeno cuantitativamente significativo?

–Sí, es un fenómeno importante, muy difundido. Algo interesante es que, por ejemplo, entre los propios quinteros no hay percepción de la diversidad que están manteniendo. Si se les pregunta qué tienen plantado en la quinta, dicen: “tomate, acelga”, según la época que sea, las verduras que llevan al mercado. Pero resulta que al lado de la casa tienen un ají diferente que le dio alguien, y al lado tienen un burrito, por ejemplo, que es del norte, para hacer té, y como no crece en La Plata se lo trajeron y lo plantaron. Pero como eso no forma parte de la explotación hortícola, no está visto como diversidad. Entonces existen esos espacios, la macetita, los canteros, la huerta para consumo propio, que están ahí diversificando.

–¿Qué sucede cuando las plantas medicinales usadas tradicionalmente por comunidades nativas en algún momento comienzan a comercializarse en las dietéticas de los centros urbanos? ¿Cómo se da este pasaje, los saberes originarios se transmiten?

–El tema es que muchas veces somos nosotros mismos los que los terminamos difundiendo. El trabajo científico de visibilización de esos saberes locales luego se difunde por otros ámbitos y la gente se termina enterando, o también por transmisión oral de pueblo en pueblo. Pero ahora, normalmente, una planta que se encuentra en una dietética y está de moda la instala el mercado. Con la quinua lo que veíamos es que se instaló porque la NASA la “descubre”, la convierte en un producto de importancia para hacerle alimentos a los astronautas porque contiene muchas proteínas. Entonces sale al mercado vendido como un alimento muy importante, y la gente lo empieza a utilizar, pero tiene mucho más de cinco mil años de uso en la región andina. Con la quinua en particular y con los amarantos hubo problemas porque fueron alimentos negados desde la Conquista. Los españoles habían prohibido los amarantos como alimento de calidad porque en México se usaban en ceremonias, como una ofrenda a un Dios. En los sacrificios se moldeaban figuras con harina de amaranto y se tomaban con la sangre del sacrificado, pero era una ofrenda. Y eso se tomó como una idolatría y entonces prohibieron todas las semillas. Cuando yo empecé a viajar al Norte, a comienzos de los años 80, era muy raro conseguir quinua, no había en los mercados. Y hoy en día hay quinua en todas partes, se puso de moda. Pero no es que la NASA la descubrió, sino que se avivaron de que era muy útil y se convirtió en un boom alimentario.

–El hecho de que una institución científica estadounidense tenga que valorizar la quinua para que la empecemos a consumir, ¿no es un indicativo de la desvalorización de lo nativo que hay aquí?

–Sí, por supuesto. No era algo que se viera como valioso. Pero hay otra cosa que está jugando en el tema de la quinua y que es el cambio en los hábitos alimentarios, porque como son alimentos que son concentrados nutricionales, cuando se cambia el hábito, por ejemplo si se deja de comer carne y se empiezan a comer granos, la quinua o el amaranto son alimentos espectaculares para eso. Entonces, no es sólo que se revaloriza sino que hay un mercado ávido de personas que quiere consumir este tipo de productos. O sea que la época dio justo para que eso se instalara. Pero ¿por qué se mantiene? Aparecieron un montón de cosas que después a lo largo del tiempo no se mantienen. Pero con la quinua hay un montón de recetas que son típicas de esta zona, todo lo que se hace con arroz o con trigo se puede hacer con quinua. Entonces la gente prueba y se va manteniendo.

–Hace varias décadas el biólogo Eduardo Rapoport inició en la Patagonia el estudio y la difusión de las malezas comestibles, a las cuales rebautizó como “buenezas”. Usted también trabajó con estos yuyos que crecen de manera silvestre, abundante y que poseen importantes cualidades nutricionales. ¿Cómo fue esa experiencia?

–Sí, nosotros lo copiamos a él y a Ana Ladio, que trabajaba con él, somos amigos. Lo hicimos hace como una década cuando a mí me convocaron de la Cátedra Libre de Soberanía Alimentaria (de la Universidad de La Plata), era para la conversión a la producción sin agrotóxicos, la idea era que ya que la gente que se convertía hacía extracción manual de las malezas, le pudiera dar un valor agregado, como por ejemplo para la preparación de comidas. Yo creo que con respecto a las malezas comestibles más que desconocimiento hay desvalorización, porque tenemos un modelo agricultor productor tan fuerte, que lo que se junta está mal visto porque no forma parte de una economía productiva. Yo trabajé con descendientes de inmigrantes italianos y ellos sabían un montón de las malezas que se podían comer, pero ninguno las había probado, porque en sus casas no se acostumbraba, porque tenían la verdura de la quinta que era la que usaban para alimentación. Entonces las malezas las tiraban, pero sabían que se podía comer.

–¿Me puede explicar cómo es el fenómeno de la etnobiopiratería, la apropiación de conocimiento nativo por parte de las multinacionales farmacéuticas, que se ha incrementado fuertemente en las ultimas décadas?

–En realidad se dio siempre, lo que pasa es que en los últimos años empezamos a protestar. El término biopiratería lo acuña la RAFI (Rural Advancement Foundation International, actualmente Grupo de Acción sobre Erosión, Tecnología y Concentración) a fines de los años 80 para designar la apropiación de saberes sobre la naturaleza en general sin el consentimiento de las comunidades involucradas. Fundamentalmente los inicios de esto, de pensar que alguien se está apropiando, tiene que ver con la aparición de los convenios de cooperación. El esquema general es: el Norte rico en tecnología, el Sur rico en recursos y pobre en tecnología, en una tecnología que apunta al desarrollo y a la producción de productos. Entonces, supuestamente estos países ricos en tecnología lo que hacen es hacer convenios con países pobres en tecnologías y ricos en recursos para hacer prospección, ver qué hay y qué se puede desarrollar, y compartir el beneficio del desarrollo. El tema es que si se están buscando plantas medicinales y en lugar de hacer prospección en toda la flora de un país se le va a preguntar a la gente que está hace miles de años en la zona qué está usando como medicina, se acorta el tiempo de experimentación. Entonces, no sólo es biopiratería, sino que es etnobiopiratería, porque se está aprovechando el potencial de la flora y también los saberes de la gente sobre esa flora.

–Pero pareciera que los países del Norte no compartieron mucho sus beneficios con las comunidades nativas del Sur, que los proveyeron de sus conocimientos.

–Claro. Se fueron desarrollando distintos proyectos que, a lo largo del tiempo, demostraron no ser demasiado eficientes en el retorno, en el compartir esos beneficios. Entonces, terminó habiendo siempre protestas de las comunidades involucradas porque sentían que las habían robado, se habían apropiado de sus saberes para el desarrollo de medicamentos, y ellos no tenían participación en los beneficios. Y el tema en estos últimos cuarenta años se fue instalando y se ha convertido en crucial para nosotros, tanto que yo como miembro de un organismo de ciencia y técnica tengo el deber de dar a conocer los resultados de mis investigaciones, es decir, tengo que publicar. Pero, por otro lado, está la cuestión sobre qué uso se hace de esas publicaciones.

–Hay una disyuntiva ética, porque sus publicaciones muchas veces son utilizadas por las multinacionales farmacéuticas para apropiarse del conocimiento de las comunidades, vía patentamiento, por ejemplo.

–Exactamente. Pero nosotros lo que creemos es que si cuando publicamos estos trabajos decimos de qué comunidad es, lo que hacemos es darle voz a esa comunidad, y tiene que servir para que otros no patenten esos saberes, más que para que otros se enteren de lo que estas comunidades están usando.

–Pero ¿las publicaciones científicas pueden servir para proteger a las comunidades nativas y sus saberes sobre las plantas?

–En Perú sirvió en el caso de la maca, que es un energizante que se viene usando desde hace miles de años en una zona muy reducida de Perú. Y la maca es “descubierta” por el mundo Occidental en los años 60, porque hay un trabajo de un agrónomo que dice que es una planta olvidada. Pero se instala como energizante a nivel comercial en los años 80. Entonces, una compañía norteamericana la patenta y, entre los fundamentos que plantea, está la tesis de un químico canadiense, que estudia todos los compuestos de la maca y cómo la utiliza la comunidad. Entonces Perú, a través del Indecopi (Instituto Nacional de Defensa de la Competencia y de la Protección de la Propiedad Intelectual) protesta esa patente diciendo que el uso era ancestral, y utiliza la misma publicación que la empresa usaba para demostrar que tenía principios activos que podían servir. Pero tampoco es que cada vez que hay un problema de patentes sale a relucir un trabajo etnobotánico. Eso es lo que nosotros querríamos, servir para estos casos de litigio, para demostrar que la propiedad del conocimiento no es individual.

–Algo parecido sucedió con la planta con la que se produce la ayahuasca, ¿verdad?

–Estados Unidos es en el único país en el que se puede patentar organismos vivos que existen en la naturaleza, que es el caso de la Banisteriopsis caapi, con la que se hace ayahuasca. Entonces, las comunidades de la Amazonia peruana y ecuatoriana, unidas en un colectivo de organizaciones logró demostrar que la ayahuasca involucra saberes tradicionales y que esa patente había que revocarla y se revocó, si no, cualquier cosa que se produjera con la ayahuasca, hasta los propios tratamientos de sanación que hacían las comunidades tendrían que haberle pagado a la corporación farmacéutica que la patentó. El problema es el patentamiento, que tiene que ver con apropiación de los saberes, pero son las lógicas imperantes, donde la propiedad privada es más importante que el saber colectivo.

sábado, 8 de octubre de 2016

SOMOS MALAS BESTIAS CAPACES DE LA MAYOR DULZURA

CANCIONES DE CUNA EN EEUU

Un viudo mece a su bebé con las nanas que compuso su mujer, fallecida al dar a luz

 Jared B. Decker logra recuperar las melodías que la esposa encriptó en un ordenador


Jared Buhanan Decker, con su hijo James, explica la historia de las 'nanas de ultratumba'
El estadounidense Jared Buhanan Decker, de Utah, se quedó desolado cuando su esposa Sharry murió en junio pasado dando a luz a su hijo James. "El mejor día de nuestras vidas se convirtió en el peor de mi vida", asegura resignado Jared recordando la figura de su mujer, compositora musical. "De los casi 10 años que estuvimos casados, solo estuvimos separados seis noches", añade.
Buhanan lo sentía sobre todo por su hijo, que no iba a conocer a su madre. Y porque él se veía solo criando al pequeño. Sin embargo, Buhanan encontró en el ordenador unas grabaciones musicales inéditas de su esposa. Al ir a escucharlas, no pudo porque estaban en un formato que él no era capaz de abrir. Buhanan no lo dudó, y decidió pedir ayuda en el ciberespacio.

"FRUSTRADO"

"Estaba muy frustrado. Era todo lo que me quedaba de ella", cuenta. "No sabía qué tipo de respuestas me iba a encontrar en internet. Esperaba que al menos una o dos personas me ayudaran", añade. Sin embargo, Buhanan se quedó abrumado cuando recibió gran cantidad de ciberrespuestas. Incluso hubo productores musicales que se pusieron a su servicio y se ofrecieron a ayudarle con las grabaciones halladas en el ordenador de su esposa.
"Cuando finalmente tuve conmigo la música, fue increíble escuchar su voz otra vez", explica Buhanan. "Fue una experiencia muy emocionante", concluye el padre, que ahora le pone las canciones al pequeño todos los días antes de dormir. "Me encanta ponerle estas canciones a James", sentencia. Es una bonita forma de que el bebé conozca a su madre y pueda arrullarlo todas las noches hasta que se duerma
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ESTUDIANDO EL BOCHO

Hallan un posible origen de trastornos neurocognitivos

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Científicos de varias instituciones españolas y la Universidad de California (EE UU) han identificado una población masiva de neuronas jóvenes, no reconocidas anteriormente, que migran en el cerebro humano durante los primeros meses de vida contribuyendo a la expansión del lóbulo frontal, una región estrechamente relacionada con funciones cognitivas y de ejecución. Errores en estas migraciones podrían ser responsables de algunos problemas neurológicos.
.<p>Cadenas migratorias de neuronas jóvenes en el lóbulo frontal del cerebro de lactantes. / <em>Science</em></p>
Cadenas migratorias de neuronas jóvenes en el lóbulo frontal del cerebro de lactantes. / Science
Investigadores del Instituto Cavanilles de Biodiversidad y Biología Evolutiva de la Universidad de Valencia, el Centro de Investigación Biomédica en Red sobre Enfermedades Neurodegenerativas (CIBERNED), la Universidad de California y del Instituto de Investigación del Hospital La Fe han puesto de manifiesto la existencia de una migración masiva de nuevas neuronas que, partiendo de las paredes ventriculares cerebrales, invaden toda la corteza prefrontal, área que está relacionada con funciones cognitivas y de ejecución. El trabajo aparece publicado hoy en Science.
Dicha neurogénesis ocurre justamente cuando el cerebro empieza a interaccionar con el ambiente que rodea al niño, lo que se traduce en un rápido incremento de tamaño y complejidad de esta región. Las nuevas neuronas se organizan en dilatadas cadenas que migran largas distancias.

La existencia de esta extensa migración de nuevas neuronas en el cerebro humano durante las etapas lactantes aparece tras una serie de trabajos previos coordinados por el neurobiólogo mexicano Arturo Alvarez Buylla (University of California, San Francisco).
Primero viajan de forma tangencial y paralela a la superficie de los ventrículos laterales –muchas veces asociadas a vasos sanguíneos que le sirven de guía–; a continuación se dispersan de forma radial según se alejan de los ventrículos, y, finalmente, invaden la corteza prefrontal en todas direcciones.
En estudios realizados conjuntamente entre estos grupos de Valencia y San Francisco, ya se había demostrado la existencia de células madre en el cerebro humano. El grupo identificó, además, dos rutas de migración de células en el cerebro de lactantes, que partían de la región ventral de las eminencias ganglionares y se dirigían hacia los bulbos olfatorios y la corteza prefrontal ventral.
Las migraciones descritas en esta ocasión se organizan inicialmente en grandes cadenas de miles de células, cuya concentración les permite atravesar el complejo entramado nervioso que comienza a desarrollarse en las zonas más ventrales –donde se originan las células asociadas al ventrículo–, hasta llegar a las capas superiores donde se dispersan y comienzan la diferenciación.
"Estas células, que se diferencian en neuronas inhibidoras, serán las responsables de modular la información compensando el efecto de las neuronas excitantes, equilibrando la actividad del cerebro humano y contribuyendo a la plasticidad de sus circuitos. Es precisamente aquí donde un error podría dar lugar a desórdenes neurológicos", comenta José Manuel García Verdugo, científico del Instituto Cavanilles de la Universitat de València en el proyecto.
Células migradoras in vivo
Tal como se describe en el artículo publicado en la revista Science, para seguir estas rutas de migración los autores observaron que las células expresaban marcadores moleculares característicos de células migradoras inmaduras.

Los científicos consiguieron ver el movimiento real de estas células migradoras
 in vivo. Para ello emplearon rebanadas de tejido postmortem obtenidas a las pocas horas del fallecimiento, en las cuales marcaron con fluorescencia las células migradoras y vieron cómo éstas se desplazaban en cadenas e incluso cómo algunas se separaban para migrar individualmente hasta llegar a su destino final.Además, tras el análisis de su ultraestructura con microscopía electrónica, identificaron características que indicaban movimiento celular, como su morfología fusiforme o la presencia de contactos densos esporádicos.
Estas migraciones ocurren principalmente en los primeros tres meses de vida pero persisten hasta alrededor de los siete meses, siendo ya muy escasas las que se encuentran a partir de los dos años. A partir de los seis años ya no se detectan.
Por tanto, dada la naturaleza dinámica del lóbulo frontal en las etapas de lactante, lesiones en el cerebro humano durante el periodo neonatal y tercer trimestre podrían afectar al reclutamiento neuronal de la corteza prefrontal, dando lugar a ciertos déficits neurocognitivos y sensorimotores tales como epilepsia, parálisis cerebral y desórdenes del espectro autista.
Referencia bibliográfica:
Mercedes F. Paredes, David James, Sara Gil-Perotin, Hosung Kim, Jennifer A. Cotter, Carissa Ng, Kadellyn Sandoval, David H. Rowitch, Duan Xu, Patrick, McQuillen, Jose-Manuel Garcia-Verdugo, Eric J. Huang, and Arturo Alvarez-Buylla. "Extensive Migration of Young Neurons into the Infant Human Frontal Lobe". Science, 6 de octubre de 2016.

viernes, 7 de octubre de 2016