Busca las moléculas de ADN específicas del cáncer entre las muchas que circulan por el torrente sanguíneo
El cáncer de páncreas, a pesar de no ser de los que más incidencia presenta, sí tiene una tasa de mortalidad elevada. Se estima que menos del 9% de los pacientes sobrevive más de cinco años tras el diagnóstico.
Esto se debe, en gran parte, a que se suele detectar cuando ya existe
metástasis por la falta actual de pruebas útiles para hacer un
diagnóstico precoz.
La detección temprana en cualquier
tipo de cáncer es esencial para mejorar el pronóstico de la enfermedad.
Ahora, un equipo de investigadores de la Escuela de Medicina Johns
Hopkins, en Baltimore (EEUU), y dirigido por Bert Vogelstein, ha
desarrollado un análisis de sangre que localiza el ADN del tumor en la
fase temprana del cáncer de páncreas.
Este método, cuyos resultados se publican en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences,
consiste en una biopsia líquida que busca las moléculas de ADN
específicas del cáncer entre las muchas que circulan por el torrente
sanguíneo.
En concreto, este sistema rastrea mutaciones iniciadoras del proceso tumoral en combinación con otros biomarcadores
frecuentes en el cáncer de páncreas. Para este trabajo se recogieron
muestras de tejido tumoral y de sangre de 221 personas con cánceres
pancreáticos en estadios I y II, junto con muestras de sangre de otros
182 pacientes sanos sin historial de cáncer, enfermedades autoinmunes o
enfermedad renal crónica.
Combinando mutaciones de KRAS
-que indican el inicio del proceso tumoral en muchos tipos de cáncer-
con otros biomarcadores específicos del cáncer de páncreas, han
conseguido detectar esta enfermedad en el 64% de los pacientes, con un
único falso positivo.
Los autores aseguran que el test todavía no está listo para usarse fuera del contexto de la investigación
pero que "si se valida la eficacia de esta prueba en estudios
posteriores, se podría emplear para identificar cánceres pancreáticos
tempranos y asintomáticos", indica el profesor Vogelstein en un
comunicado del centro.
Además, los investigadores también se plantean utilizar este mismo enfoque para detectar otros cánceres como el pulmón o el de colon.
La
biopsia líquida es el futuro de la investigación en cuanto a detección
precoz del cáncer, explica Marta Puyol, la directora de investigación
biomédica de la Asociación Española Contra el Cáncer (AECC). "Es una
herramienta muy potente que permite, a través de una técnica muy poco
invasiva, saber si una persona tiene cáncer o si tiene un alto riesgo de desarrollarlo en el futuro",
añade. El que sea tan poco invasivo permite que haya mejor
monitorización y seguimiento, tanto en pacientes sanos que puedan tener
riesgo como en aquellos que ya tienen la enfermedad.
En cuanto al coste que pudiera tener este tipo de prueba, la experta considera que no sería muy alto.
"Estos avances siempre empiezan con un coste más elevado y luego se va
reduciendo, aunque dependería del número de biomarcadores que se
analicen", indica Puyol, que señala que el precio sería "muy asumible"
para un sistema de sanidad como el nuestro.
"Además,
para los pacientes no es lo mismo ser tratados de un cáncer en fase I
que de uno ya con metástasis, puesto que la combinación de fármacos en
este último caso sería mucho más prolongada", asegura. "Tanto el
paciente, como el sistema como los investigadores preferimos detectarlo
cuanto antes, porque el resultado es muchísimo mejor, también
económicamente", concluye Puyol.
Reproducciones de cráneos neandertales
en el despacho de Antonio Rosas, en el Museo Nacional de Ciencias Naturales en Madrid. / Juan Millás
Los neandertales conformaron la especie
‘Homo’ más cercana a la nuestra. Desaparecidos hace unos 40.000 años,
su último reducto estuvo en la península Ibérica. Su final plantea
muchos interrogantes sobre el presente. ¿Estuvo relacionado con el
cambio climático? ¿La tecnología nos hace superiores? Y, si ellos
desaparecieron, ¿por qué seguimos aquí?
Lunes 04 de Septiembre de 2017
HACE 70.000 AÑOS, un pequeño grupo humano, dos o tres individuos,
pescó unos cuantos mejillones, se acercó a un abrigo rocoso, encendió un
fuego y, mientras se comía los moluscos, se dedicó a tallar piedras.
Las huellas de aquella escena quedaron fosilizadas y esto ha permitido
su reconstrucción a los científicos que trabajan en dos yacimientos
arqueológicos del peñón de Gibraltar, las cuevas de Vanguard y Gorham.
Es un momento muy cercano, familiar, aunque a la vez muy alejado. Y no
solo en el tiempo: aquellos humanos no eran sapiens como nosotros. Como
neandertales, pertenecían a una especie humana distinta. Sus últimos
miembros vivieron en este rincón del sur de Europa. Junto a otros
yacimientos peninsulares, como El Sidrón en Asturias, estas cuevas han
contribuido a transformar la imagen de aquella especie que habitó
durante cientos de miles de años en Europa: la arqueología ha revelado
que no fueron unos homínidos brutos y apenas dotados de razón, como se
les ha descrito muy a menudo, sino unos seres muy parecidos a nosotros
aunque, a la vez, distintos, y no solo anatómicamente.
Antonio Rosas, director del Grupo de
Paleoantropología del Museo Nacional de Ciencias Naturales, junto a la
reproducción de un esqueleto de neandertal. Juan Millás
Los neandertales tenían la capacidad del lenguaje, enterraban a
sus muertos, eran solidarios con aquellos que no podían valerse por sí
mismos, se decoraban con plumas y conchas, comían de todo (hasta atún y
focas), e incluso se ha encontrado en Gibraltar un dibujo geométrico
(aunque ninguna representación de animales o cosas) que indicaría que
eran capaces de plasmar un pensamiento simbólico. Nuestra cercanía a
esos otros humanos agranda el mayor misterio que les rodea: ¿por qué
desaparecieron? Aunque la pregunta clave es aún más inquietante: ¿por
qué ellos se fueron y nosotros seguimos aquí?
“Estas cuevas nos acercan al día a día de los neandertales. Por eso es tan emocionante”
“Estas cuevas son muy generosas, nos acercan al día a día de los
neandertales. La escena de los mejillones no puede ser más humana: dos
personas junto al fuego, que comen y, a la vez, trabajan un poco. Por
eso es tan emocionante”, señala Geraldine Finlayson, que, junto a su
marido, Clive, director del Museo de Gibraltar, lleva 27 años dirigiendo
la excavación de aquellas grutas con un equipo internacional en el que
también trabajan un gaditano y un neozelandés afincado en Liverpool.
Clive es, además, autor de un excelente ensayo sobre la evolución
humana, El sueño neandertal (Crítica). Batidas ahora por el
mar, en la vertiente oriental del Peñón, hace miles de años esas cuevas
se encontraban a unos cuatro kilómetros tierra adentro, con un paisaje
similar al de la actual Doñana y un excepcional clima cálido en Europa
cuando el resto del continente vivía periodos glaciales.
Declaradas en 2016 Patrimonio de la Humanidad de la Unesco por su
extraordinario valor arqueológico, en Vanguard y Gorham han aparecido
todo tipo de restos relacionados con los neandertales, aunque solo un
indicio humano: un diente de leche de un ejemplar de cuatro o cinco años
de hace unos 50.000 años encontrado a principios de julio. Dado que la
presencia de los neandertales allí se prolongó durante 100.000 años, es
tal vez el mejor lugar del mundo para tratar de comprender la vida
material y simbólica de esta especie. De hecho, las cuevas han recibido
el apodo de neandertalandia.
La cueva de Gorham, en Gibraltar. Juan Millás
El nombre de neandertales viene del valle de Neander, en
Alemania, donde se descubrieron algunos de los primeros restos. Se trata
de una especie humana que vivió en Europa, desde el extremo sur del
Mediterráneo hasta Siberia, y en algunas zonas de Oriente Próximo.
Aunque muchos datos siguen discutiéndose y, como ocurre siempre con el
estudio de la prehistoria, nuevos descubrimientos pueden cambiar el
panorama, la mayoría de los científicos cree que evolucionaron desde una
especie anterior de homínidos hace unos 250.000-300.000 años (algunos
expertos hablan de 400.000). Su misteriosa desaparición, hace unos
40.000 años (el equipo de los Finlayson discrepa y cree que hubo
neandertales en Gibraltar hasta hace 28.000), coincide con la llegada a
Europa desde África de los sapiens, nuestra especie.
En cualquier caso, el consenso científico nos habla de una especie
que habitó Europa durante un periodo larguísimo: unos 200.000 años como
mínimo. Para hacernos una idea de esta dimensión, baste recordar que
nuestra civilización, que arranca con la agricultura, solo tiene 10.000
años; Altamira se
pintó hace unos 15.000 y la pirámide de Keops se construyó hace 4.500.
Los neandertales lograron sobrevivir todo ese tiempo adaptados a unas
condiciones climáticas variables y en ocasiones tremendamente frías
(inviernos como los siberianos en todo el continente), pero se
desvanecieron en un espacio de tiempo relativamente breve.
Los neandertales se medicaban con corteza de álamo, fuente natural de ácido salicílico
“En la extinción de las especies nunca hay una sola causa, aunque casi
siempre existe una por encima: la degradación del medio”, explica
Antonio Rosas, director del Grupo de Paleoantropología del Museo
Nacional de Ciencias Naturales, uno de los máximos expertos españoles en
esta especie y autor del libro de divulgación Los neandertales
(Catarata). “En el caso de los neandertales se trata de un fenómeno
multifactorial”, prosigue Rosas. “En un periodo especialmente frío, los
bosques desaparecen, algo que ocurrió durante el último máximo glacial.
Es muy posible que ese deterioro climático y ecológico influyese en la
extinción. El número de efectivos era muy bajo y muy variable. Además,
llegaron poblaciones nuevas, con una tecnología distinta y un aparato
cultural muy potente”. Aquellas poblaciones somos nosotros, los sapiens. Los hombres modernos comenzaron a entrar en contacto con los neandertales hace unos 70.000 años en Oriente Próximo: los sapiens llegaban desde África y ellos desde Europa, en busca de tierras cálidas ante un periodo glacial especialmente intenso.
Reconstrucciones forenses a partir de cráneos neandertales, en el Museo de Gibraltar. Juan Millás
Desde el despacho del paleoantropólogo Rosas, junto a la
Residencia de Estudiantes, se contempla una soberbia vista de Madrid,
pero lo más interesante está dentro. En un armario refrigerado detrás de
su mesa se guarda la mayor colección de restos óseos neandertales de la
Península, pertenecientes a 13 individuos de la cueva de El Sidrón
(Asturias). Después de más de una década excavando, y tras haber
encontrado 2.100 restos humanos, el trabajo de laboratorio sigue dando
frutos. Gracias a esos vestigios se confirmó que eran caníbales —por
los cortes en los huesos—, pero también se descubrió hace unos meses,
por el estudio del sarro dental, que se medicaban: un individuo con un
doloroso absceso masticó corteza de álamo, una fuente natural de ácido
salicílico, el ingrediente analgésico de la aspirina.
Un equipo del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva de
Leipzig (Alemania), dirigido por el biólogo sueco Svante Pääbo,
secuenció el genoma neandertal en
2010, lo que llevó a descubrir que pese a tratarse de dos especies
diferentes, se produjeron hibridaciones entre neandertales y sapiens
en Oriente Próximo hace 70.000 años. El resultado de esos encuentros
sexuales es que los humanos no africanos tenemos entre un 2% y un 4% de
genes neandertales que han contribuido, por ejemplo, a una mayor
resistencia a ciertas enfermedades infecciosas.
La historia de los neandertales ha despertado un interés inagotable porque habla de un mundo en el que los sapiens no éramos los únicos humanos —hace 150.000 años coincidían cuatro especies: sapiens, neandertales, floresiensis y erectus—.
Esos encuentros con otra humanidad, confirmados por la genética aunque
casi nunca por la arqueología, han sido imaginados en las mejores
novelas sobre la prehistoria: En busca del fuego, de J. H. Rosny, que Jean-Jacques Annaud llevó al cine; en la saga de El clan del oso cavernario, de Jean M. Auel, o la menos conocida Los herederos,
del premio Nobel William Golding. En todos los casos, los neandertales
salen perdiendo, retratados como seres menos inteligentes que los sapiens, que dominan una tecnología más sofisticada.
Resto óseo de ave con marcas de cortes neandertales
encontrado en los yacimientos de Gibraltar, ahora en el Museo de
Gibraltar. Juan Millás
Golding, el autor de El señor de las moscas, incluso inventa
un lenguaje menos evolucionado, sin pensamiento lógico. En el filme de
Annaud, los neandertales solo emiten gruñidos y no dominan el fuego
(apenas saben conservarlo, y no prenderlo). La arqueología ha desmentido
esas teorías.
Clive Finlayson: “No me gusta hablar de último refugio, estuvieron siempre aquí”
“Los neandertales nos fascinan porque nos recuerdan demasiado a
nosotros”, explica el biólogo mallorquín Lluís Quintana-Murci, director
de la Unidad de Genética Evolutiva Humana en el Instituto Pasteur de
París. “Es una mezcla de miedo y curiosidad, de amor y odio, porque
somos nosotros mismos, pero a la vez no”. “Nos apasionan porque en el
árbol filogenético humano es la criatura más cercana a los hombres y, al
mismo tiempo, es diferente. Es otra humanidad, como si encontrásemos
extraterrestres inteligentes”, señala el paleoantropólogo francés
Jean-Jacques Hublin, director del Departamento de Evolución Humana del
Instituto Max Planck. Él dirige el equipo que ha realizado uno de los
descubrimientos más extraordinarios de los últimos años, que ha
desplazado el nacimiento de nuestra especie desde Etiopía hace
195.000 años hasta la cueva de Jebel Irhoud (Marruecos) hace 300.000.
“Cuando hablamos de los neandertales, nos movemos entre dos caricaturas.
Por un lado son presentados como hombres-mono muy primitivos, una
especie de chimpancés escapados de un zoo. Pero también hay otra
caricatura: decir que son como nosotros, que no hay diferencias”.
Las diferencias son, primero, anatómicas. Un neandertal en el metro
dejaría alucinados a sus compañeros de vagón. Su frente prominente, que
dibuja una especie de visera sobre los ojos, o su ancha nariz no
pasarían inadvertidas. Tampoco su estructura ósea, mucho más maciza que
la nuestra, ni su corpulencia. Sin embargo, su cerebro era más grande
que el de los humanos modernos. Dependían, como nosotros, de una cultura
material para su supervivencia y tenían la misma mutación en el gen
FoxP2, asociada en los humanos al habla. Eso significa que disponían de
la capacidad anatómica y genética para el lenguaje, y los expertos creen
muy difícil que se coordinasen para tantas actividades sociales sin
algún tipo de comunicación.
Muchos de esos descubrimientos se han realizado en laboratorios,
pero primero hay que encontrar los vestigios de su presencia. Y para
ello existen pocos lugares tan importantes como las cuevas en las que
vivieron los últimos neandertales. Acceder a Vanguard y Gorham requiere
un permiso porque hay que cruzar una zona militar británica. Existe un
cupo para visitas turísticas que gestiona el Museo de Gibraltar. Para
llegar es necesario bajar (y lo peor, volver a subir) 344 escalones
hasta la cueva. Cuando el mar está bravo, lo que ocurre a menudo, el
acceso a Gorham es imposible. No así a Vanguard. “Los descubrimientos
realizados han contribuido a cambiar la imagen de los neandertales. Lo
que consideramos moderno ya aparece aquí”, explica Clive Finlayson.
Una excavación de este tipo se realiza con pinceles y con pequeñas
paletas, manejados por un equipo multidisciplinar. Se avanza muy
lentamente, en diferentes niveles, y luego en el laboratorio se trilla
minuciosamente lo que se descubre: restos de carbón que indican
hogueras, huesos de animales que pueden ayudar a la datación o a
determinar el tipo de alimentación (comían de todo, focas monje,
mariscos, delfines, atunes o cabras), polen y plantas que permiten
recomponer el paisaje (es la especialidad de Geraldine Finlayson). Los
coprolitos de hienas —las heces fosilizadas—, muy frecuentes, son
también una mina de información. En las cuevas de Gibraltar solo faltan
los huesos —menos el diente hallado en julio—. En otros yacimientos de
la Península se han encontrado restos humanos: las colecciones más
completas han aparecido en El Sidrón (Asturias) y en la sima de las
Palomas (Murcia).
¿Cómo se sabe que se decoraban con plumas? Por las marcas de cortes
que se han encontrado en huesos de pájaros, en partes donde no había
nada comestible. De hecho, el equipo ha diseccionado buitres hallados
muertos para comprobar si, al sacar las plumas con tejidos, los cortes
eran iguales. Resulta increíble cómo, a través de los más pequeños
indicios, se puede recomponer el puzle del pasado. Son necesarias muchas
horas de laboratorio —el diente se encontró trillando la arena con una
pinza — y análisis realizados por expertos en diferentes campos.
“Estamos en un sitio donde la arena lo tapa todo muy rápido y guarda el
pasado casi como en una fotografía”, explica el arqueólogo gaditano
Francisco Giles Guzmán, del equipo del Museo de Gibraltar. Los restos
líticos, piedras talladas y utilizadas como instrumentos, se encuentran
por todas partes, a veces sin excavar.
Detalle de la excavación en el abrigo de la cueva de Gorham. Juan Millás
“Es una zona en la que siempre hubo un clima benigno. Ni en los
peores momentos de frío llegó la fauna de la era glacial que se
encuentra muy cerca, por ejemplo en Granada. Aquí no vagaron mamuts ni
rinocerontes lanudos, ni renos”, asegura Clive Finlayson. “Por eso no me
gusta hablar de último refugio: estuvieron siempre aquí, no se trata de
poblaciones que se replegaron, sino que sobrevivieron ayudadas por el
clima”. La mayoría de los expertos cree que se trata de los últimos
neandertales —también hay restos tardíos en Croacia—, pero polemizan
sobre las dataciones, difíciles de calcular con el procedimiento del
carbono 14. Lo que sí está claro es que la especie fue avanzando hacia
el sur, hacia la península Ibérica, conforme las poblaciones se hacían
más pequeñas e iban desapareciendo de otros lugares. La ubicación de
esas dos cuevas plantea otra incógnita: ¿por qué no cruzaron el
Estrecho? Se han descubierto asentamientos humanos al otro lado, en la
costa de Marruecos pero no se han encontrado hasta ahora restos de
neandertales en África.
“Nos hemos creído durante una gran parte de la historia que los ‘sapiens’ somos superiores”
El retrato que se extrae de esas últimas poblaciones de neandertales es
el de una sociedad compleja. Pero, al igual que no pasaron a la costa
africana mientras que los sapiens atravesaron 100 kilómetros de
mar abierto para alcanzar Australia, nunca superaron ciertas
límitaciones tecnológicas. Los neandertales cazaban con lanzas de
contacto, escondiéndose, no habían inventado el arco o las lanzas que se
arrojaban desde la distancia. Tenían pensamiento simbólico y se
decoraban el cuerpo, pero no produjeron el arte figurativo
característico de los sapiens. Al igual que nosotros, dominaban
el fuego, procesaban los alimentos y, sobre todo, sobrevivieron en un
ambiente inimaginablemente hostil. Conocían a fondo el entorno en el que
vivían, como demuestra su manejo de la corteza de álamo para el dolor o
su consumo de criaturas marinas. ¿Es superior nuestra tecnología o solo
diferente? La llegada de los humanos modernos a Australia y América
coincidió con extinciones masivas de megafauna, lo que prueba que
nuestros inventos plantean enormes problemas, como queda claro con lo
que está ocurriendo en el planeta desde la revolución industrial.
“¿Qué es una especie humana?”, se pregunta Antonio Rosas. “Nos hemos creído durante mucho tiempo que los sapiens
somos superiores. Durante gran parte de la historia, el concepto de
humanidad no incluía a otras poblaciones, basta con ver lo que se decía y
escribía en la época del colonialismo. Ellos habían desarrollado todos
los atributos que consideramos humanos y, sin embargo, no son iguales a
nosotros. Es una humanidad diferente, seguramente con una psicología
distinta. La inteligencia es una potencialidad, una capacidad para
aprender, que se manifiesta de diferentes maneras”. Clive Finlayson
señala por su parte: “Las diferencias con nosotros son culturales y la
cultura material no es un indicador de inteligencia. ¿Eran menos
inteligentes que nosotros en el Renacimiento porque no tenían Internet?
¿Eran menos inteligentes mis abuelos porque no tenían aviones?”.
Escena tomada durante unas recientes tareas de
investigación sobre los neandertales llevadas a cabo en las cuevas de
Vanguard y Gorham (Gibraltar). Juan Millás
Su habilidad técnica, su capacidad para adaptarse a diferentes
ambientes, su larguísima presencia en hábitats cambiantes hace todavía
más profundo el misterio de su desaparición. Los estudios genéticos
trazan un panorama con muy pocos individuos en un espacio muy grande.
Una cifra aceptada es la de 30.000 neandertales en Europa (algunos
expertos hablan de 100.000). Cuando una población así sufre una crisis,
por motivos climáticos o porque disputan unos recursos escasos con otra
especie cuya tecnología es más eficaz, su supervivencia se convierte en
muy frágil. Tal vez, sencillamente, no superaron una de esas crisis y
los grupos dispersos, sin contacto, se extinguieron poco a poco.
Sin embargo, resulta imposible esquivar un dato: ellos se van cuando
llegamos nosotros. “Su desaparición está ligada a la llegada de los
hombres modernos”, señala Jean-Jacques Hublin. “Fueron reemplazados y en
parte absorbidos por los sapiens. El problema no es por qué
desaparecieron los neandertales, sino por qué los hombres modernos
conocieron esa expansión planetaria. Todas las formas humanas que se
encontraron a su paso fueron extinguiéndose”.
El descubrimiento de varios cráneos de neandertal a mediados del
siglo XIX se produjo más o menos cuando Darwin estaba a punto de
publicar El origen de las especies. De hecho, el científico
tuvo en sus manos un cráneo encontrado en Gibraltar en 1848. Esos restos
probaban que habían existido otros humanos diferentes. Ahora las
preguntas que nos plantean los neandertales son diferentes, pero
igualmente significativas. ¿Por qué desaparece una especie? ¿Qué nos
convierte en humanos? ¿La tecnología nos hace superiores? Y, en tiempos
de cambio climático, resulta especialmente importante preguntarse hasta
qué punto es posible sobrevivir a una transformación drástica en el
medio ambiente. Aquellos otros humanos cambiaron una vez nuestra forma
de ver el mundo y está ocurriendo de nuevo. El lugar donde sobrevivieron
los últimos neandertales es ahora una cata en el suelo húmedo de la
cueva de Gorham, donde un grupo internacional de arqueólogos excava
pacientemente, mientras otros científicos escrutan restos milimétricos
en un laboratorio. Tratan de entender quiénes fueron esos otros humanos
y, por lo tanto, quiénes somos nosotros.
El holandés Mark Langedijk pidió la eutanasia en julio de 2016.
El holandés Mark Langedijk tenía 41 años cuando pidió la eutanasia,
en julio de 2016. En la plenitud de su vida era alcohólico, padecía
depresión y un trastorno de ansiedad. Divorciado y con dos hijos
pequeños, había entrado y salido de 21 clínicas de desintoxicación en un
intento de superar sus problemas. Murió en su casa. Estuvo acompañado
por sus padres, sus hermanos, un primo y su mejor amigo, un párroco. La
vecina preparó una sopa y comieron y bebieron hasta que llegó el momento
de la despedida, cuando el doctor le inyectó una sustancia letal. Su
caso levantó enorme polvareda, porque Mark no era un enfermo terminal.
Tampoco padecía una demencia aguda que le robara la lucidez. Sin
embargo, su médico de cabecera consideró que su sufrimiento, y su
dependencia del alcohol, eran insuperables.
La
Ley de Eutanasia entró en vigor en Holanda en 2002, y penaliza su mala
práctica hasta con 12 años de cárcel. Pero “la vida no es una
obligación”, dice el hermano de Mark, Marcel Langedijk, en un libro que
ha escrito sobre aquello.
Jacob Kohnstamm, presidente del organismo oficial que
analiza a posteriori los casos (la Comisión Regional de Revisión de la
Eutanasia), recalca que “la eutanasia
es una posibilidad, no una obligación”. “Creo que gracias a ella la
gente vive más; es un alivio saber que el médico te ayudará si el dolor
es insoportable y el mal irreversible”, agrega. El caso de Mark
Langedijk se consideró correcto; no fue remitido a la fiscalía. La ley holandesa considera eutanasia tanto la
practicada por el médico, como la ayuda al suicidio (el paciente toma
una sustancia preparada por el doctor) y la combinación de ambas. Y
contempla la objeción de conciencia del facultativo. “Tener una ley que
permita hablar con el paciente es siempre mejor que recurrir a una
sedación paliativa masiva sin decírselo. Es un acto médico para combatir
el dolor, sin duda, pero el enfermo puede morir con ello y tal vez no
lo haya pedido”, apunta Kohnstamm.
Revisada hasta ahora la ley en tres ocasiones, su puesta en
práctica aumenta. Si al legalizarse, en 2002, hubo 1.882 eutanasias, el
año pasado sumaron 6.091, es decir, un 4% de todas las muertes contabilizadas (148.973)
en el país. El año anterior fueron el 3,75% (5.516 muertes). Los
médicos suelen rechazar la mitad de las peticiones, y entre las razones
del incremento se apunta el envejecimiento de la población, la mejora de
la comunicación entre paciente y médico, y el mayor grado de
información del afectado.
El 83% de los pacientes a los que el año pasado se le
practicó la eutanasia en Holanda padecía cáncer, enfermedades como
Parkinson, esclerosis múltiple, ELA, o bien eran enfermos de corazón y
pulmón. Otras 141 personas sufrían una demencia en fase inicial,
con síntomas como pérdida de la orientación o cambios de personalidad
ya visibles. Otras 60 se llevaron a cabo por problemas psiquiátricos,
244 por acumulación de males propios de la edad y 1.509 por otros
trastornos. En un 96% de los casos la eutanasia la practicó un médico;
un 3,5% consistió en ayuda al suicidio y un 0,3% a una combinación de
ambas modalidades, asistencia y eutanasia. Si bien las estadísticas
señalan que un 85% de los holandeses apoya la ley, no todos los casos de eutanasia están claros.
Kohnstamm y los 45 juristas, médicos y expertos en ética que
evalúan las eutanasias practicadas concluyeron que 10 de ellas no se
ajustaban a las exigencias legales. Eso exige un paciente seguro y
consciente, que lo pide repetidas veces y una dolencia irreversible con
dolores insufribles. El doctor está obligado a consultar a otro colega
antes de proceder. “Mi mayor deseo es cumplir las leyes, de modo que esa
decena de casos fueron enviados al fiscal y a la Inspección General de
Salud. Debo decir, sin embargo, que nunca, desde la aprobación de la
ley, ha habido que procesar a un facultativo. Todos obraron de buena fe,
pensando en el paciente. Por eso es muy difícil enfilar la vía penal”,
asegura.
El papel de los médicos
Tampoco para los médicos es fácil. Atendida en su
mayoría por los de cabecera, suelen recibir un par de ruegos anuales.
Uno de ellos, que prefiere mantener el anonimato, cuenta que dejó de
fumar hace años. Después de practicar una eutanasia se sube a la bici,
pedalea lejos de la ciudad y consume un paquete de cigarros en pocas
horas. El detalle del tabaco es personal, pero en la dureza de la
situación se reconocen otros colegas. El final de Mark Langedijk está descrito con detalle
en el libro de su hermano, y una de las dudas más repetidas al saberse
lo ocurrido señalaba a su familia: ¿hicieron lo posible por ayudarle?
Paul Schnabel, sociólogo y senador liberal de izquierdas, rechaza
“opinar sobre sucesos particulares”; considera que no le corresponde.
“Por otro lado, es cuestión de opiniones que un 4% de las muertes
totales por eutanasia parezca mucho o poco. La principal razón para
pedirla sigue siendo el cáncer”, dice. Pero apunta dos datos esclarecedores. “En la ley de
eutanasia subyace la libertad de decidir sobre tu vida. Un sentimiento
de autonomía sobre cómo gestionar el final; por otro lado, las familias
en nuestro país se organizan de manera más independiente que en el siglo
XVII. Entonces, solo los ricos podían vivir por su cuenta. En los
hogares pobres tenían que convivir varias generaciones. No es una
cuestión de amor. Todo el mundo se quiere. No es eso. Es que hijos y
padres suelen residir en lugares distintos y las pensiones son lo
bastante buenas. De modo que los padres también ‘se independizan’ de los
hijos, señala.
Primera reprimenda
Otro ejemplo anónimo es el de un anciano de 88 años,
aún en plenas facultades, que lo tiene todo preparado para cuando su
vida resulte insufrible. Espera que su familia y su doctor sepan cómo
actuar.
Uno de los casos más polémicos de eutanasia en 2016 se cerró con la primera reprimenda recibida por un médico
Uno de los casos más polémicos de eutanasia en 2016 sí se
cerró con la primera reprimenda a un médico por “forzar la situación”
con una paciente aquejada de demencia aguda. Ella firmó ante notario una
declaración donde afirmaba que solicitaría la eutanasia “cuando lo
creyera conveniente”. A pesar de que había perdido ya la razón, ante su
mal estado y con el documento en cuestión, fue el facultativo quien
“consideró que había llegado el momento”. Le puso un barbitúrico en el
café y luego le inyectó una sustancia letal por vía intravenosa. La
mujer se resistió, pero su rechazo fue considerado un acto reflejo y el
procedimiento siguió adelante. “No conozco a ningún médico que ante un
paciente con demencia y una buena calidad de vida vaya a practicar la
eutanasia”, sigue Schnabel, responsable también de la comisión que ha
desaconsejado ampliar la legislación actual a una eutanasia por cansancio vital. Se trata de un nuevo concepto, cuyos protagonistas son
ancianos sanos a partir de los 75 años, que sienten su vida completa y
no desean seguir adelante. A Schnabel, el cansancio vital le parece más
“una forma de asegurar la libertad de decidir sobre el final, porque la
ley vigente ya puede afrontar casos de sufrimiento extremo derivado de
sentirse acabado, sin estar enfermo”. René Héman, presidente de la Asociación holandesa de
Médicos, va más allá. Sostiene que “la generación entre entre 20 y 30
años quiere tener la seguridad de que podrá influir en todas las
circunstancias de su vida, desde tener o no hijos, hasta el momento de
la muerte; los de 40 y 50 años no desean acabar en un asilo”. “Pero al
final, nadie quiere morir antes de tiempo. Una edad avanzada no es una
enfermedad. El cansancio vital es un problema social que debemos
encarar, pero una ley adicional puede tener efectos nocivos sobre la
sociedad; corremos el riesgo de que los mayores se sientan desprotegidos
y crean que deben firmar una declaración rechazando la eutanasia”,
añade.
La ley favorece el control de la eutanasia, pero no resuelve la complejidad de su práctica. Por eso existe una Clínica para morir (Levenseindekliniek )
que acoge los casos más difíciles. Entre ellos resaltan los pacientes
psiquiátricos (un tercio de las solicitudes), y los que tienen demencia,
trastornos de la ancianidad y cáncer (otro tercio). En realidad, no es
una sede física con camas al uso, sino una red de 40 equipos ambulantes
formados por un médico y una enfermera, que en 2016 recibieron 1.796
peticiones (practicaron 498). En el primer semestre de 2017 han
registrado ya 1.286 (y ejecutado 373). Como el resto de sus colegas,
operan en la red sanitaria pública y dentro de la ley. “Creemos llenar un espacio vacío en Holanda en este campo”,
señalan sus portavoces. “Cuando un paciente dice que su vida está
completa, tiene a su vez suficientes problemas médicos que encajan en la
norma legal”. El servicio nació en 2012 y asegura sentirse apreciado
por la Asociación Médica, que lo cita con naturalidad, y también por la
población.
El envejecimiento de España pone en jaque el negocio crediticio de la banca
La pérdida de población perjudicará el crecimiento económico y la actividad empresarial
El
invierno demográfico se ha convertido en una de los principales
desafíos para España. La baja natalidad y el envejecimiento de la
población no es solo un reto social, sino también económico. Esa
dinámica se ha convertido en una amenaza para el modelo de negocio, por
ejemplo, del sector financiero. La Asociación Española de Banca (AEB)
ha elaborando un informe sobre los efectos de ese proceso en la
actividad bancaria al que ha tenido acceso ABC y que concluye que este
fenómeno puede llegar a hundir hasta un 37% la facturación procedente de
dos de sus principales líneas de negocio: el crédito hipotecario y la
financiación al consumo.
El estudio, encargado por la patronal
bancaria nacional a la Fundación Renacimiento Demográfico, recuerda
algunos datos demoledores: España fue entre 1990 y 2014, según datos de la OCDE y la ONU, el país soberano con la menor tasa de fecundidad media del mundo,
con una natalidad promedio en el periodo de 1,29 hijos por mujer, un
39% inferior a los 2,1 que se necesitan para que se produzca el relevo
generacional. Además, la esperanza de vida en nuestro país es la mayor
de Europa en los últimos años, y a nivel mundial solo es ligeramente
inferior a la japonesa. Desde 2012, España está perdiendo habitantes,
algo que no sucedía desde el fin de la Guerra Civil, y desde 2015 en
nuestro país muere más gente de la que nace.
Según las
proyecciones propias y las hechas en base a las estimaciones del
Instituto Nacional de Estadística (INE), el estudio contempla una
reducción de la población de entre el 1,2% y el 2% hasta 2030, y de
entre el 11,4% y el 24% hasta 2065, con un aumento muy notable del
segmento de más de 60 años, que consume menos, y una reducción de la
población de hasta 60 años, sobre todo de aquella entre 30 y 45 años,
grupo vital para la productividad y el consumo y que incluye por ejemplo
a la mayoría de compradores de primera vivienda.
«Estos cambios y tendencias demográficas presentan oportunidades y
riesgos para las empresas y la banca, con predominio global de los
elementos desfavorables, ya que el envejecimiento social y la pérdida de
población, a priori, no son positivos para el crecimiento económico,
los negocios y el bienestar en general», explica el informe.
Otra de las consecuencias que tendrá el cambio de la pirámide población española
es que se depreciarán algunos activos ya que, a nadie se le escapa que
una casa situada en una aldea que no tiene población cada vez vale
menos. Así, el informe prevé una depreciación de activos que sirven de
garantía o colateral de los créditos, como las viviendas, así como el
valor de las acciones de las empresas con negocio más afectado por el
declive demográfico, como todos los productos y servicios para niños y
jóvenes.
En la misma línea, la caída de la población y la
desaceleración de la actividad económica que conllevará se traducirá muy
probablemente en una presión política y social hacia unos tipos de
interés muy bajos de manera estructural, aunque puedan subir ahora a
medio plazo como consecuencia de la normalización de la política
monetaria del Banco Central Europeo (BCE).
Planes de pensiones, al alza
Pero
no todo va a ser negativo en el panorama económico español en los
próximos años. Una de las actividades que sin duda crecerá será la de
los planes de pensiones, sobre todo una vez que la población española se conciencie de que recibirá pensión cuando se jubile pero que, sin ninguna duda, será inferior
a la que están cobrando los pensionistas ahora por la caída del número
de cotizantes, de modo que será imprescindible tener un plan de pensión
privado complementario, como ocurre ya en muchos países europeos.
En
este contexto el estudio realizado para la AEB identifica oportunidades
derivadas del «número creciente de jubilados, con flujos estables de
ingresos y una esperanza de vida considerable al comenzar su etapa de
retiro, lo cual puede ser interesante tanto para la captación de pasivo a
coste moderado como para la colocación entre ellos de producto de
activo».
Como conclusión el estudio recomienda que «cada banco y cada empresa estudie la evolución que tendrá en su negocio el nuevo escenario demográfico e intente suavizar en alguna medida su impacto en sus cuentas».
La biógrafa del psicoanálisis escribió un libro para explicar el inconsciente a los chicos. Llega esta semana al país.
Historiadora excepcional. Escribió sobre Freud y sobre Lacan las biografías más completas.Foto: Olivier Bétourné
Elisabeth
Roudinesco vuelve a Buenos Aires después de 13 años. Historiadora del
psicoanálisis, alumna de Lacan y de Deleuze, amiga de Althusser y
Derrida, es una referencia ineludible para psicoanalistas e
investigadores de la herencia freudiana en el mundo entero. Desde París
conversa por teléfono sobre su exquisita formación y su influyente obra,
traducida a más de 25 idiomas. Ahora llega con un pequeño libro bajo el
brazo (El inconciente explicado a mi nieto), además de otro aún inédito: Diccionario amoroso del psicoanálisis.
Viene a inaugurar el Centro Argentino de Historia del Psicoanálisis, la
Psicología y la Psiquiatría de la Biblioteca Nacional, invitada por
este Centro, el Instituto Francés y el grupo editorial Penguin Random
House. –Usted escribió sobre las perversiones, los grandes
filósofos franceses del siglo XX, la “cuestión judía” y la actualidad
del psicoanálisis. Ahora publica un libro de divulgación dedicado a los
niños. ¿Qué la llevó a semejante cambio?
–Se trata de una
colección muy particular, en la que se solicita a autores reconocidos
que escriban para niños de 12 a 15 años. En esa colección hay libros que
se plantean “cómo explicar el racismo a mi hija” o “cómo explicar el
universo a mis nietos”. Yo elegí El inconsciente explicado a mi nieto
(Libros del Zorzal). No fue fácil, porque el inconsciente es un
concepto no tan fácilmente accesible. Aunque no se tratara de un tema
“popular”, me parecía importante para el campo del psicoanálisis. Ahora
bien, ¿cómo hacer para ilustrar ese concepto para chicos? Entrevisté a
niños y niñas de 8 a 15 años, a quienes el libro está dedicado. Y la
pregunta que les hice era “¿Qué es el inconsciente para vos?”. Los que
tenían menos de diez años respondían: “Es cuando uno está loco”.
Consideraban el inconsciente en el sentido de alguien que no tiene
conciencia. Sin embargo, a partir de los 12 o 13 años, había un cambio. Y
la respuesta era más bien: “Es lo que está escondido en mí”. ¡Es
asombroso! Utilicé montones de ejemplos (como el de la parte sumergida
del iceberg). También hay un capítulo sobre el sueño, obviamente. Y otro
sobre el sexo (con ejemplos extraídos de historietas). Me divertí mucho
haciendo ese libro. –En París está por publicarse el Diccionario amoroso del psicoanálisis. ¿De qué se trata?
–También
se incluye en una colección muy prestigiosa. Y me gustó mucho prestarme
al juego que me propusieron (hay muchos otros “diccionarios amorosos”,
de la arquitectura, del teatro). Como yo ya había escrito un diccionario
“científico” del psicoanálisis (con Michel Plon, Paidós, 1999), tenía
que hacer más bien un “contradiccionario”. Pero aquí no hay
definiciones, conceptos ni países. El punto de partida fueron mis
viajes, mis viajes “amorosos”. Como el psicoanálisis es un fenómeno
urbano, hablé de mis viajes por las ciudades, contando cómo el
psicoanálisis se había implantado en cada una de ellas. Es una suerte de
paseo, pero totalmente arbitrario. Elegí temas (“amor”, “animales”,
“ciudades”) y muchos títulos de novelas (porque muestran cómo el
psicoanálisis penetró el mundo literario). Hay una entrada llamada
“espejo”, en la que hablo de Lacan pero lo mezclo con Lewis Carroll.
También hay otra sobre “La carta robada”, en la que narro la historia de
las múltiples interpretaciones de ese cuento de Edgar Allan Poe. Pero
no me sitúo en la perspectiva del autor, sino en la del detective. De
modo que comparo a Auguste Dupin con Sherlock Holmes. Hice toda una
lista con los apócrifos que erróneamente se atribuyen a Freud. Como el
psicoanálisis es una de las disciplinas más injuriadas en el mundo,
escribí una gran entrada sobre la “injuria”. Asimismo, hice otras
improbables, inesperadas: Philip Roth, Italo Svevo, Marilyn Monroe pero
no hay una entrada sobre Jung. Sólo lo abordé por su papel en Un método
peligroso, la película de David Cronenberg. Es decir que, en el índice,
van a encontrar a todos los protagonistas de la historia del
psicoanálisis, pero desplazados; fuera de sus lugares habituales. En
total, hay 89 entradas, que escribí con mucho placer. Es un recorrido
literario sobre los lugares, las novelas, los mitos del psicoanálisis.
Por supuesto, hay una dedicada a Buenos Aires… –¿Qué representa Lacan para usted en la actualidad?
–Lo
que queda en mí de Lacan son sus destellos absolutamente geniales.
Algunos textos muy importantes, transgresiones extraordinarias, la
capacidad de repensar el modelo freudiano en su conjunto a partir de la
lingüística y la filosofía. Puedo decir incluso que hoy no estaría acá
si no fuera por Lacan. Sin él, yo, hija de una psicoanalista, no me
habría interesado en el psicoanálisis. Mi generación –la del 68–, de no
haber sido por Lacan, habría seguido creyendo que el psicoanálisis era
algo arcaico, un asunto de viejos médicos notables. Sin embargo, en los
años 70, Lacan dio un impulso extraordinario a la reflexión intelectual
sobre el psicoanálisis. ¡Mi deuda con él es enorme! El Lacan
surrealista, el transgresor, el que supo situar el deseo, el del final,
dedicado a los nudos borromeos… Su relectura de Antígona fue una
verdadera obra maestra. Su reflexión sobre el amor místico, una muestra
de profundidad y de talento. Lo que me parece trágico, sin embargo, es
la herencia. Cuanto más fuerte es una teoría –y es el caso de la teoría
de Lacan–, más se presta al dogmatismo. La herencia no se hizo efectiva.
En todo caso, en Francia, la mayor parte de los lacanianos no logran
repensar ese maravilloso legado intelectual y clínico. Les cuesta
reflexionar sobre su situación actual, más allá del padre. –¿Por qué escribió la biografía de Freud después de la de Lacan? ¿Por qué ir más allá de Francia?
–También
se me impuso, pero de otra forma. Con Lacan, al principio, no tenía
archivos, mientras que en el caso de Freud fue exactamente lo contrario.
Había muchos archivos que ya habían sido utilizados y varias
biografías, de tal suerte que el problema no se planteaba de la misma
manera. Todo biógrafo, todo historiador debe saber perfectamente si es
el primero que elabora una biografía o si es el último entre varios. En
el segundo caso (que era el mío) está obligado a adoptar otra
perspectiva. Por eso, Sigmund Freud: en su tiempo y en el nuestro
(Debate) terminó siendo mi propia visión sobre Freud. De alguna manera,
Peter Gay (1988) hizo de Freud un gran sabio racionalista inglés. Ya
Ernest Jones había redactado la primera gran biografía, en tres tomos
(1953/1957), con una enorme cantidad de fuentes. También estaba Frank
Sulloway, que había considerado a Freud un “biólogo de la mente” (1979).
Y, naturalmente, Henri Ellenberger (1970), que le había dedicado muchas
páginas. Entonces, se me ocurrió usar todos los trabajos existentes
sobre Viena para construir un Freud verdaderamente vienés, pero
retomando la totalidad de su vida. En Francia, los analistas de la IPA
(no creo que sea así en Argentina) tienden a vincular a Freud con las
neurociencias y no con la cultura. Yo traté de hacer lo opuesto,
mostrando cómo había abandonado la neurología para convertirse en un
pensador universal de la cultura. Lo cual no excluye el aspecto clínico
de su obra, por supuesto. En suma, mi libro sobre Lacan fue mucho más
simple, porque yo era la primera. Con Freud fue más complicado, porque
había que cuidarse de repetir lo ya dicho. –Hablemos de usted. ¿Cómo fue su formación intelectual y política de fines de los 60 a principios de los 70?
–Estudié
letras en la Sorbona, antes de mayo del 68. En un marco muy clásico y
formal, estudiaba gramática y filología. Dicho esto, no fue en la
universidad donde me formé en literatura, en historia y en teoría
interpretativa, sino leyendo la revista Les Cahiers du Cinéma y yendo a
la Cinemateca. Seguíamos a Hitchcock, Howard Hawks, Fritz Lang; a
Renoir, Rossellini, Visconti. Además, más allá de las aulas oscuras de
la Sorbona, rápidamente descubrí textos que me iban a acompañar en el
futuro: La revolución teórica de Marx, de Louis Althusser (1965),
Tristes trópicos, de Claude Lévi-Strauss (1955), Sobre Racine, de Roland
Barthes (1963) y Las palabras y las cosas, de Michel Foucault (1966).
¡Era muy estructuralista! Pero todo eso, en la Sorbona, estaba casi
prohibido. En esa época también descubrí los Escritos de Lacan (1966),
un hombre que conocía desde mi infancia, a través de mi madre, Jenny
Aubry, que era psicoanalista. Gracias a mi formación, los textos de
Lacan me resultaban accesibles. ¡Pero no había leído ni una página de
Freud! Mi madre me impulsó a hacerlo. Ella también me ayudó a entender
el nexo entre ese pensador genial que comentaba finamente la lingüística
saussureana, el personaje extravagante con el que me había encontrado
varias veces, y la experiencia clínica que el psicoanálisis implicaba.
Más tarde, en cierto modo, me iba a tener que “deslacanizar” un poco
para leer mejor a Freud. Después de obtener mi diploma en lingüística,
en 1969 me inscribí en la universidad de Vincennes (que luego de la
reforma de 1970 iba a llamarse París VIII). Para mi sorpresa, en ese
campus provisorio y caótico, lo que a mí me gustaba leer coincidía con
la enseñanza que recibía. ¡Era una situación excepcional! Había una gran
efervescencia intelectual… Los estudiantes teníamos la impresión de
asistir a la elaboración de un pensamiento vivo, a la “cocina” de libros
por venir. Allí fui alumna de Michel de Certeau y de Gilles Deleuze.
Hice la maestría con Tzvetan Todorov y luego terminé el doctorado en
letras en 1975. –Después de su monumental Historia del psicoanálisis en Francia escribió Lacan, tan polémico como exitoso…
–Era
evidente que había que volver a Lacan. En el último volumen de mi
Historia, yo lo había situado en el contexto de la historia del
movimiento. Me di cuenta de que entonces había que hacer el trabajo
inverso. Es decir, había que “extirpar” a Lacan de la historia del
psicoanálisis en Francia para hacer un libro aparte. Mi problema con ese
trabajo, que no es polémico en sí, es que la familia (Judith, la hija
menor de Lacan, y su marido, Jacques-Alain Miller, el responsable legal
de los derechos morales) no quería que lo hiciera en absoluto. Tampoco
tenían archivos (y si los tenían, no me los quisieron dar). De modo que
me vi obligada a buscar por el lado del hermano de Lacan, que aún vivía,
de los hijos del primer matrimonio y de todos los que lo habían
conocido. Puede decirse que para esta primera “biografía” de Lacan tuve
que constituir mi propio archivo casi de la nada. En cuanto a las
polémicas, siempre se produjeron con los psicoanalistas. Los lacanianos y
los antilacanianos se unieron en mi contra. Cuando uno hace historia,
nadie queda satisfecho. –¿Qué efecto tuvo para usted Gilles Deleuze?
–¡Me
encantaba Deleuze! Fui a su seminario por tres años. Fue quien, ya en
los 70, me permitió deconstruir a Lacan (al igual que Derrida después).
Para mí fue una etapa capital. El curso de Deleuze, junto con el de De
Certeau, eran una forma de desdogmatizarme del lacanismo. Deleuze era
fascinante, gran profesor. Aunque debo decir que Lacan entendía mejor la
locura del mundo. Fue el mejor clínico de las psicosis. –Usted fue miembro de la Escuela Freudiana de París, fundada por Lacan en 1964…
–Sí,
entre 1969 y su disolución, en 1980. Paralelamente, empecé a asistir al
seminario de Lacan. Entré a la Escuela en un momento en el que creía
que todavía encarnaba la “subversión freudiana”. También me hice miembro
del Partido Comunista en 1971, en un período muy particular, de
desestalinización y de alianza con el Partido Socialista. En esa época,
el PC se abría al mismo tiempo al estructuralismo (a Lévi-Strauss, pero
no a Foucault) y a Derrida. Además, estaba Althusser, de quien me hice
amiga, que daba un nuevo impulso a la renovación del partido y del
freudismo. Lamentablemente, ambas instituciones entraron en crisis muy
rápidamente. Por un lado, el fracaso del althusserismo y la ruptura de
la unión de la izquierda hicieron que abandonase el PC en 1979. Por otra
parte, en la Escuela Freudiana, en 1976 hubo una crisis por “el pase”
(método para determinar el fin de un análisis), en un momento en el que
la salud de Lacan empezaba a deteriorarse, y en el que muchos caían en
la adoración de un ídolo cuyas enseñanzas repetían como un catecismo.
Fue allí cuando mi voluntad de comprender lo que estaba pasando se
transformó en deseo de interrogar la historia. Me pareció que el estudio
de las condiciones de la implantación del freudismo en Francia podía,
en cierto modo, esclarecer la situación actual. Alejandro
Dagfal es director del Centro Argentino de Historia del Psicoanálisis,
la Psicología y la Psiquiatría (Biblioteca Nacional).