miércoles, 7 de febrero de 2018

YA NO HAY PELOTAS DE TRAPO


Matando emoticones a garrotazos

Acerca de las nuevas formas de expresar emociones, del empobrecimiento del lenguaje y del asesinanto de la clínica a manos de los datos
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Autor: Daniel Flichtentrei 
"Pero si el pensamiento corrompe el lenguaje, el lenguaje también puede corromper el pensamiento." George Orwell
Natalia tiene 29 años, el año pasado tuvo una tromboflebits de la pierna izquierda que se resolvió sin secuelas. Hace una semana me consultó por un episodio de alteración de la fluencia verbal, cefalea y desorientación sin foco neurológico de pocos minutos de duración. Las imágenes cerebrales no mostraron alteraciones, el ecocardiograma fue normal. Le solicité estudios de trombofilia, anticuerpos anticardiolipina, antifosfolípidos, FAN y antinúcleo. Le indiqué anticoagulación oral, reposo y observación. Toma anticonceptivos desde hace seis años que suspendí en la primera consulta. Cinco días más tarde me volvió a ver porque presentó dos episodios de hematuria macroscópica. Le hice con urgencia un coagulograma con RIN y corregí la dosis de dicumarínicos, no repitió el sangrado. Hace diez días que no recibo noticias suyas pese a que le pedí que me informara a diario de su evolución. Decidí llamarla por teléfono, no me contestó, dejé un mensaje de voz. Un rato más tarde me envió un mensaje de Whatsapp que, ya que no uso ese medio regularmente, solo vi al día siguiente. El mensaje era breve, primitivo, pictográfico:
Me quedé unos minutos mirando la imagen en la pantalla del teléfono. Le respondí tecleando con torpeza extrapiramidal, apretando dos a tres letras a la vez, borrando y volviendo a escribir, luchando contra el obstinado sistema de texto predictivo que insistía en escribir palabras que yo jamás había escrito: “Hola Natalia, por favor ampliame un poco tu respuesta: ¿volviste a tener problemas para hablar? ¿apreció sangre otra vez en la orina? ¿suspendiste los anticonceptivos?”
Necesito historias, no solo datos, para entender lo que le ocurre a un paciente. Pero algunos de ellos parecen haber adoptado la misma estúpida idea que la mayoría de la medicina de nuestros días: la era de la información es la era de los datos crudos y de la interacción a distancia. Me importa muy poco lo que crea el mainstream médico en el mundo, pero siento una enorme frustración cuando sus delirios de Big Data infestan a los pacientes que son sus principales víctimas.
Los estudios acerca de los cambios en el uso del lenguaje con los medios virtuales son contradictorios. Hay apocalípticos e integrados, tenofílicos y tecnofóbicos. Sus metodologías de investigación y sus conclusiones apuntan más a confirmar sus propios prejuicios culturales que a evaluar el posible deterioro que las nuevas modalidades lingüísticas imponen a las habilidades cognitivas, de razonamiento y de expresión. Según datos de 2015 de la empresa Swyft Media cada día se envían 6.000 millones de emojis, el 8% de los datos de los mensajes son emoticones. Afirma Noam Chomsky que: "El lenguaje de hoy no es peor que el de ayer. Es más práctico. Como el mundo en que vivimos", pero yo no estoy tan seguro. Es posible que se gane en algunos aspectos pragmáticos pero se pierde en los expresivos. La megalengua universal empobrece la comunicación, deja sin matices lo dicho, nos condena a una neolengua orwelliana que no solo manipula lo que puede decirse sino lo que puede sentirse y pensarse. Reduce la palabra a la mano rupestre de las cuevas de Altamira.
El psicólogo Albert Mehrabian, profesor emérito de la Universidad de California - Los Ángeles (UCLA), afirmó a mediados del siglo pasado, que, cuando conversamos con alguien, el 7% de la comunicación es verbal, el 38% es vocal (tono de voz, silencios) y el 55% es no verbal (gestos, postura, proxémica).
La decodificación de un mensaje intersubjetivo, algo elemental en la clínica médica, requiere de un entrenamiento -que demora años en alcanzarse- en la atención a señales verbales y no verbales y en su interpretación. No me detendré aquí a analizar el significado de otros recursos clínicos, hoy también devaluados para el idólatra enfático de los datos desnudos, como los que proceden del contacto físico con los pacientes. La comunicación humana es compleja y multidimensional, su reducción a lo denotativo mutila los aspectos connotativos que son fundamentales en medicina. El juicio clínico no es el producto meramente aditivo de la información bruta sino la conclusión cualitativa de una exploración que no se limita a lo explícito. Es posible que en otros ámbitos ajenos a la medicina existan fenómenos adaptativos a los cambios en el uso de la lengua que sean menos dramáticos de lo que imaginamos. Una lengua está viva, se transforma, aunque no siempre para mejor. El lenguaje configura el modo en que pensamos, aporta las categorías mediante las cuales entedemos lo real. En la práctica clínica, esa metamorfosis pone en escena una epistemología que hoy confunde a la medicina con la ciencia, a la consulta médica con el laboratorio, a la comunicación con la decodificación de variables mensurables; en fin, al padecimiento humano con sus mediadores fisiológicos.
Mientras manejaba por la Avenida General Paz sonó el tono de mensajes del celular. Estaba ansioso por conocer su respuesta a mis preguntas. Estacioné sobre la banquina, busqué mis anteojos, abrí el teléfono, recorrí dos o tres veces una multitud de íconos cuyo significado ignoro y que jamás he usado, hasta identificar el de Whatsapp. Por fin tendría la información de mi paciente que me tenía tan preocupado. Su mensaje fue menos breve que el anterior, pero igual de enigmático y brutal para un sobreviviente de la era verbal como yo:
La llamé por teléfono, no me contestó. Necesitaba hablar con ella, escuchar el tono de voz con el que me contaba cómo estaba evolucionando, percibir la intensidad del relato, las pausas de silencio, su prosodia, el ritmo de su respiración, imaginar los gestos que acompañarían lo que me decía; repreguntar. Quería conversar. Como un dinosaurio clínico en extinción buscaba información más narrativa y compleja que su austero OK.
 “Hay más cosas entre el cielo y la tierra, Horacio. Que las que sospecha tu filosofía.”, William Shakespeare
El New England Journal of Medicine acaba de publicar en su blog que en medicina ambulatoria los estudios muestran que, pese al aumento de sofisticados estudios complementarios, el 89,4% de los pacientes se encuentran en un área donde no tenemos diagnóstico pero aún así mejoran (el área 2 del gráfico).
No hay datos que expresen lo que sucede en la mayoría de los casos, en todo caso hay solo datos negativos que informan lo que nuestros pacientes no tienen pero nada dicen de lo que padecen. Ese territorio de incertidumbre se llama medicina. El objeto de la clínica es el padecimiento humano, no la corrección de variables. Entre la futilidad y la relevancia se extiende el áspero territorio de la existencia de las personas, de sus tristezas y sus alegrías, de lo que los lleva a nuestros consultorios buscando un alivio a dolores que no siempre podemos nombrar con un diagnóstico preciso. Es en los intersticios del relato, en ese espacio que el laboratorio no ve y que la aritmética no señala donde sucede la mayor parte del padecimiento de las personas. No me refiero solo a la subjetividad, ni muchos menos a la sobreinterpretación descabellada de tantas disciplinas que niegan a la ciencia, nada de eso. Hablo de trastornos disfuncionales, de signos y de síntomas que resultan evidentes al ojo experto pero que ningún dato objetivo saca a la luz. De lo que existe más allá de la reducida cuadrícula de nuestras categorías. Son enfermedades que no cumplen con los criterios de demarcación estrechos que la medicina tiene para tipificar el padecimiento.
Las emociones son detectores instintivos universales de valor, ponen un sello valorativo a las cosas, las personas y las situaciones. Son marcadores somáticos primitivos que, después, la corteza prefrontal analiza, designa y clasifica. Le asignan a la experiencia un valencia o tono emocional con el que se las almacena en la memoria para ser convocadas cuando sea necesario. Son una clave que organiza el mundo. Suele olvidarse que una emoción comunica mediante su expresión física dando señales a los otros de nuestros estados personales. Pero también lo hacen con nosotros mismos, nos "dicen" qué estamos sintiendo y qué necesitamos. Esta función dual permite a los individuos co-participar de sus propios estados subjetivos, compartir sus mundos internos. Muchas veces sin apelar a la palabra ponen en escena una "resonancia" compartida que nos da información compleja, muy difícil de expresar pero imprescindible tanto para nuestros semejantes como para nosotros mismos. Nos conectan con un un nivel interior muy profundo que nos "dice", en un lenguaje anclado en el cuerpo mediante sensaciones, el valor que le asignamos a lo vivido. Comprendo lo que otro siente a través de lo que siento yo, re-sonamos juntos (identificación proyectiva). Esta relación emocional establece un vínculo que se retroalimenta de señales de ambas partes (feedback positivo) que no solo expresa a los otros lo que sentimos sino que nos permite averiguarlo a nosotros. Su propia naturaleza multidimensional excede los límites del lenguaje verbal y, desde ya, no puede mutilarse en el lecho de Procusto de un tonto emoticón. El periódico inglés The Guardian publica hoy un nota cargada de un optimismo a mi juicio aterrador y distópico: el gobierno japonés estimula la creación de "robots empáticos" para suplir la carencia de enfermeras y cuidadores ante la creciente demanda de asistencia de ancianos en soledad. No cuenten conmigo...

Pensé todo esto detenido durante algunos minutos al costado de la General Paz. Arranqué el auto rodeado por un campamento de cientos de familias de personas despedidas de su trabajo; los saludé, toqué bocina para mostrales mi solidaridad con ellos. Me respondieron con sus brazos en alto, agradecidos. Puse un CD (sí, yo todavía uso CDs), subí el volumen. A mis espaldas la tarde caía sobre el río. La música me llevó de la mano, me fui encendiendo. Fui desde los emoticones de Natalia a la brutalidad de los despidos de personas cuyo dolor tampoco entra en una planilla de cálculo ni en en estúpida "carita triste" de WhatsApp.
“Estás llamando a un gato con silbidos.
El futuro ya llegó,
llegó como vos no lo esperabas.
Todo un palo, ya lo ves”

Mientras volvía a casa tuve ganas de salir a matar emoticones a garrotazos.

LA MUTILACION MENTAL DE LOS CATOLICOS NO SE INCLUYE

Día Internacional de Tolerancia Cero con la Mutilación Genital

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La mutilación genital, entendida como “todos aquellos procedimientos consistentes en alterar o dañar los órganos genitales femeninos por razones que nada tienen que ver con decisiones médicas”, según la ONU,es una violación de los derechos humanos. Cada año se le mutilan los genitales a cerca de tres millones de niñas. Se calcula que en el mundo hay al menos 200 millones de niñas y mujeres mutiladas. El 6 de febrero se celebra el Día Internacional de Tolerancia Cero con esta práctica.
Además, refleja una desigualdad entre los sexos muy arraigada y constituye una forma extrema de discriminación. La práctica viola sus derechos a la salud, la seguridad y la integridad física e incluso el derecho a la vida en los casos en que el procedimiento acaba provocando la muerte.
Para erradicar la mutilación genital femenina es necesario realizar esfuerzos coordinados que involucren a las comunidades enteras y que se enfoquen en los derechos humanos y en la igualdad de género. También deben atenderse las necesidades de salud sexual y reproductiva de las mujeres y niñas afectadas.
Licencia : Creative Commons
Categoría SINC:
Biomedicina y Salud
El Roto

martes, 6 de febrero de 2018

VIVIR EN BOLAS (Y TETAS)


Anatomía de un campo nudista

Miles de argentinos cultivan la práctica de la desnudez en playas y clubes recreativos, como una forma de libertad frente a las prohibiciones morales que regulan el espacio público. Tiempo pasó una tarde en uno de estos paraísos, donde se cumplen, sin ropa, todos los rituales de las vacaciones: el asadito, el baño de sol, los chapuzones en la pileta y, por supuesto, el sexo.


El dueño del parque temático naturista Palos Verdes predica con el ejemplo: recorre sus dominios como su madre lo trajo al mundo. “No soy un fundamentalista, para nada. Por ahí usted viene otro día y me encuentra vestido. Pero quién se aguanta las bermudas con este calor”, interpela Ricardo Peralta, de vitales 75 años. Después saluda con la mano a una parejita libre de atavíos que se encamina a un lago artificial custodiado por sauces frondosos, olorosos eucaliptos y algún que otro espigado álamo. Una copia fiel del edén en el oeste del Conurbano. “Todo esto que ve lo hice yo, como decía Churchill, con sangre, sudor y lágrimas. Plantamos los árboles, hicimos las piletas, diseñamos los caminitos: me rompí el lomo para levantar esto”, dice Peralta de su obra cumbre, el icónico espacio “no textil” que le da de comer hace década y media. 
Como en la teoría del Big Bang, la génesis de este paraíso nudista fue obra de una gran explosión. El crac económico que en 2001 desnudó las miserias del neoliberalismo. “Acá teníamos una fábrica de ladrillos, pero con la crisis estalló todo por los aires, y había que seguir comiendo –explica Peralta–. Y el hambre da ideas.” De las seis hectáreas del predio hizo un camping turístico, primero para el público estudiantil y después para jubilados. La fortuna no le sonreía, hasta que un conocido de su ex mujer le acercó la fórmula molotov: “¿Y si probás con un campo nudista?” 
Con una mano adelante y otra atrás, Peralta puso manos a la obra, en un terreno casi virgen de Moreno: “Yo sabía tanto de nudismo como de astronáutica. Una sola vez había visto una playa nudista en Brasil, y a 200 metros. Las personas parecían hormigas.” Acondicionó la ex fábrica a contrarreloj. Publicó un aviso diminuto en Clarín: “En mi casa tenía dos teléfonos. Ese día no dejaron de sonar. Me di cuenta de que acá había un buen negocio.” 
Palos Verdes abrió sus puertas en octubre de 2002 sin bombos ni platillos. “Éramos cuatro gatos locos: una parejita, una amiga y quien le habla. De los que llamaron, ni uno”. Peralta no desesperó. Recién con la llegada del verano, el boca en boca surtió efecto: “Finalmente la cosa se levantó –dice, pícaro–, y con los años fui aprendiendo los códigos. Hay gente que quiere estar en contacto con la naturaleza, pero también llega mucho público swinger y gay, que antes eran muy discriminado y no tenía espacios. Este es un lugar muy libre, pero de mucho respeto. Vienen desde una mucama que trabaja en el barrio privado de acá al lado hasta un juez. De alguna manera, el nudismo unifica a las clases sociales. En bolas somos todos iguales. Acá no hay grieta.”
La vuelta a la naturaleza
Peralta otea el ojo de agua artificial bautizado “El Río de los Sueños” y rememora viejas épocas: “Tengo la imagen grabada de una parejita que llegaba en su Mercedes Benz, abrían un champancito y se metían al lago. Era la vuelta a lo natural.” Este domingo tórrido, los visitantes, más de cien, repiten el ritual de lo habitual: disfrutan de un buen asadito, del baño de sol y de la piscina semiolímpica con cascada.
El pase diario cuesta 400 pesos. Miguel, ex obrero de la planta, está a cargo de la recepción. Hace un alto en su agitada faena, pita un Parliament y explica que su adaptación al nuevo modelo de negocios fue gradual: “Imagínese, pasé de fabricar baldosas a atender gente desnuda. Antes me chocaba ver a una mujer tomando sol en bikini en una plaza del centro. Y ahora, converso con mi jefe en pelotas y ni me mosqueo”. 
Roberto es un habitué de la casa. Sus primeros pasos en el gremio los dio a principios de los años setenta, en las playas del Lago Constanza, en la triple frontera de Suiza, Austria y Alemania: “Me tiré una siestita y al despertar estaba rodeado de familias enteras que conversaban, comían y jugaban a los naipes completamente desnudas. Lo primero que atiné fue a sacarme la pilcha: porque el que desentonaba era yo.” Desde aquel día, quedó fascinado con la práctica. “En el nudismo no existe la discriminación. Acá tienen espacio el flaco, el gordo, el joven, el viejo, la mujer de tetas caídas y el hombre con un abdomen generoso como el mío. Yo tengo 74 años y hace 40 que estoy en esto. Somos como una gran familia”, cierra este nudista de vieja escuela y enfila hacia el poblado tanque australiano, pegadito al “Monumento a la Virilidad”. 
En la última década y media, con pizcas de inventiva, reciclado y juego cómplice con los parroquianos, Palos Verdes sumó diversos atractivos. Desde los senderos verdes bautizados “De la pasión” y “Ho Chi Minh”, rodeado de vigorosas cañas de bambú, hasta el “Retiro espiritual de Tarzán y Juana”,  el “Centro Cultural Oscar Wilde” y el “Templo de la Diosa Afrodita”, el aún abrasador horno ladrillero, hoy acondicionado para el sexo grupal. Los visitantes pueden pernoctar en el hotel, con espacio comunitario, buffet, un sofá de 10 metros de largo y habitaciones con camas de tres plazas pensadas para la comodidad de varios huéspedes. Los cuartos tienen disponibilidad de uso libre durante el día. Mantener la puerta abierta es señal de invitación a participar, mantenerla cerrada es signo de que los de adentro quieren privacidad. Una ley suprema es el código de convivencia del parque: “Sí quiere decir sí. Y no quiere decir no.”
El almuerzo desnudo
Tiras de asado, chorizos, morcillas, chinchulines crocantes, lomos jugosos. El banquete está servido. En la zona dedicada a las parrillas la camaradería es ejemplar. “Bueno, tampoco idealicemos tanto. Acá muchos le van a decir que esto es el paraíso, pero no es muy distinto al afuera. Es la sociedad que los fines de semana se mete acá adentro: gente normal, pero sin ropa”, reflexiona Eduardo, un herrero que disfruta del sol y de un buen vaso de tinto junto a las brasas. Lo acompaña Erika, su pareja de bronceado perfecto. “Somos del palo swinger, donde el cuerpo es muy importante. Pero ahora estamos en otro viaje”, dice el morocho, se ríe y frota su generosa panza.
“El Perro” es un músico que no precisa un vestuario ostentoso para hacer gala de su virtuosismo. Sube a escena pelado de indumentos, acompañado por su infiel saxo, y arremete con el eterno “Summertime”. “Acá todos tenemos la misma idea: compartir en la naturaleza. Yo pongo la música, otro hace masajes, aquel enseña a bailar. Este no es un lugar de búsquedas, es más un lugar para reencontrarse con uno mismo. Eso es el naturismo.” 
A pocos metros, Norma Díaz reposa feliz bajo el sol tremendo. Nudista con mil y una historias, recuerda sus andanzas en playas de Uruguay y Brasil. Dice que rinde culto a la fe naturista hace más de 25 años: “Vida sana, gimnasia, es toda una cultura”. Le pone el cuerpo todos los días: “Los que estamos acá tenemos como una doble personalidad. Nos gustaría estar afuera como estamos acá adentro. Pero desgraciadamente tenemos que ser hipócritas. Una vez que franqueamos aquel portón y encaramos la ruta, tenemos que ser otros. Si usted quiere hablar con la verdadera Norma, la tiene delante. En bolas.” «

La soledad es un factor de riesgo para la mortalidad, sobre todo en hombres

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Investigadores de la Universidad Autónoma de Madrid han analizado todos los estudios centrados en la soledad y la mortalidad publicados hasta la fecha en todos los idiomas. Los resultados de este metaanálisis revelan que la soledad es uno de los factores de riesgo asociados a la mortalidad, y que esta relación es más fuerte en hombres que en mujeres.
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<p class=" text-left">La soledad, la carencia voluntaria o involuntaria de compañía, es un factor de riesgo para la mortalidad. / Laura Rico</p>
La soledad, la carencia voluntaria o involuntaria de compañía, es un factor de riesgo para la mortalidad. / Laura Rico
El sentimiento de soledad es una sensación subjetiva en la que la persona experimenta insatisfacción con las relaciones sociales. Para averiguar qué relación existe entre este sentimiento y la mortalidad, investigadores de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM) han llevado a cabo un exhaustivo trabajo de revisión pionero en su campo.
La relación soledad-mortalidad es más fuerte en hombres que en mujeres, según este metaanálisis
El metaanálisis ha incluido población general  junto a población clínica e institucionalizada, y no se han considerado restricciones de tiempo ni de idioma. Los resultados, publicados en la revistas PLOS ONE, revelan que la soledad es un factor de riesgo para la mortalidad, y que esta relación es más fuerte en hombres que en mujeres.
“Esta relación más fuerte en hombres posiblemente es por varias razones. La primera es que las mujeres tienden a admitir más fácilmente sentimientos de soledad, y los hombres reconocen sentirse solos cuando la severidad y el impacto de estos sentimientos son mayores. La segunda hace referencia a que la soledad está relacionada con la salud y en ocasiones los hombres tienen actitudes negativas para acudir a los servicios de salud”, afirma Laura Rico, primera autora del artículo.
“También –añade– podemos decir que algunos estilos de vida poco saludables, por ejemplo el consumo de tabaco y el alcohol, están asociados con la soledad, y estos son más frecuentes en hombres que en mujeres”.
Más colaboración entre servicios sociales y de salud
La misma investigadora señala la necesidad de estrechar la colaboración entre servicios sociales y de salud, así como entrenar a los profesionales de la salud para identificar las necesidades sociales de los pacientes y derivarlos a servicios adecuados a tiempo, con el fin de evitar mayores problemas de salud, gasto sanitario y aumento de riesgo de mortalidad.
El trabajo fue llevado a cabo por investigadores del departamento de Psiquiatría de la UAM, centro colaborador de la Organización Mundial de la Salud, dirigido por el profesor José Luis Ayuso Mateos y del Centro de Investigación Biomédica en Red de Salud Mental (CIBERSAM).

ESPERO QUE SEA CIERTO



Mosquito del género 'Anopheles', transmisor de la malaria
Mosquito del género 'Anopheles', transmisor de la malaria - ARCHIVO
MALARIA

Un antiséptico común es capaz de curar la malaria en solo 48 horas

Añadido a los antipalúdicos disponibles, el azul de metileno mata al parásito de la malaria en menos de dos días, curando así al paciente y evitando la expansión de la enfermedad





Como explica Teun Bousema, director de esta investigación publicada en la revista «
The Lancet Infectious Diseases», «el azul de metileno es muy prometedor dado que puede prevenir la expansión de la malaria tras un período breve de tratamiento. Además, nuestros hallazgos también sugieren que el azul de metileno funciona bien en especies que ya presentan resistencia a algunos fármacos específicos».La malaria, también conocida como ‘paludismo’, es una enfermedad causada por parásitos de la familia ‘Plasmodium’ que se transmiten a través de la picadura de mosquitos. Una enfermedad infecciosa de la que, de acuerdo con los datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), se registraron en todo el planeta 216 millones de casos en 2016, año en el que provocó la muerte de cerca de 445.000 de personas. Unas cifras muy similares a las alcanzadas en 2015 y que han llevado a la propia OMS a concluir que «la lucha contra la malaria se ha estancado». Sin embargo, esta situación podría mejorar, y mucho, en un futuro próximo. Y es que investigadores de la Universidad Radboud en Nimega (Países Bajos) han identificado un compuesto capaz de matar el parásito y evitar su transmisión en solo 48 horas: el azul de metileno, antiséptico generalmente utilizado para teñir ciertas partes del cuerpo antes o durante la cirugía.

Límite: 48 horasAnopheles Mosquito - Insects Morphology

Una de las principales causas por las que la malaria es tan letal se explica por la capacidad del parásito de desarrollar resistencia a todas las terapias disponibles. O lo que es lo mismo, a los tratamientos basados en la artemisina, que de por sí no son demasiado eficaces a la hora de frenar la expansión de la infección. Y es que no evitan que el parásito permanezca en la sangre del huésped durante ‘demasiado’ tiempo, lo que posibilita que sea recogido por el siguiente mosquito y lo transmita a su siguiente víctima.




Cuando un mosquito infectado de malaria pica a una persona no solo le extrae su preciada sangre. También le inocula el parásito en el torrente circulatorio. Y lo que hace este parásito es abrirse paso hasta el hígado del huésped, donde madurará y se reproducirá. Así, y al cabo de unos pocos días, el parásito, ahora en gran número, dejará el hígado y se introducirá en los glóbulos rojos, en los que formará células sexuales –o ‘gametocitos’, tanto femeninos como masculinos–. Por tanto, el siguiente mosquito que ‘chupe’ la sangre del huésped se llevará consigo los gametocitos, que fertilizarán en el estómago del insecto y darán paso a la siguiente generación del parásito. Y como esta ‘nueva generación’ se trasladará a las glándulas salivares del mosquito, será inoculada en el próximo ser humano escogido por el insecto para alimentarse. Y el ciclo se repite una y otra vez.


El azul de metileno puede prevenir la expansión de la malaria tras un breve período de tratamiento

El problema es que los antipalúdicos disponibles no son capaces de erradicar los gametocitos del parásito, que pueden permanecer en la sangre del paciente hasta muchas semanas después de haber recibido el tratamiento. Pero, ¿no hay nada que se pueda hacer para evitarlo? Pues según el nuevo estudio, sí: añadir azul de metileno a los tratamientos basados en la artemisina.
El estudio, llevado a cabo en Mali, muestra que la combinación de azul de metileno con los antipalúdicos ya disponibles es capaz de matar al parásito de la malaria en solo 48 horas, lo que además de curar al paciente evita que la infección sea transmitida al siguiente huésped. Todo ello con una curiosa particularidad. Como refiere Teun Bousema, «en nuestro trabajo hemos observado que los parásitos masculinos desaparecen del torrente circulatorio mucho más rápido que los femeninos».

Orina azul

En definitiva, y con independencia de su mayor afinidad por los parásitos masculinos, el azul de metileno podría abrir una nueva era en la lucha contra esta enfermedad que aún a día de hoy causa cada año cerca de medio millón de decesos, sobre todo de niños del África Subsahariana. Todo ello, además, de forma barata y segura. Y es que el azul de metileno es muy bien tolerado y provoca un único efecto adverso. De hecho, este efecto es más ‘estético’ que ‘adverso’: la orina se vuelve azul. De un azul brillante.


Como concluye Teun Bousema, «yo mismo he utilizado el azul de metileno y la orina presenta un color azul brillante. Es algo que tenemos que resolver, pues podría provocar que la gente dejara de tomarlo».