sábado, 24 de marzo de 2018

SI EL TRABAJO ES SALUD,QUE TRABAJEN LOS ENFERMOS


El trabajo mata y mata mucho

El Salto

En un mundo donde lo único que importa es el dinero, nuestras vidas —las de las trabajadoras— son supeditadas al beneficio económico.

 
Un trabajador en la construcción de la estación de metro de Sol. OLMO CALVO
En 2017, según los datos provisionales del Ministerio de Trabajo, 618 personas murieron en accidente laboral y 4.510 sufrieron un accidente laboral grave que les dejará alguna secuela permanente. De mantenerse la tasa de incidencia actual, en una vida laboral de 37 años —la que se nos exige para disfrutar del total de nuestra pensión—, de cada 107 trabajadoras una sufrirá secuelas permanentes por un accidente laboral y de cada mil, una morirá.
Los datos de enero de 2018 nos presentan un panorama aún más lúgubre: 52 personas murieron en accidente laboral, lo que supone un muy preocupante aumento del 23,8 % respecto a los datos de enero de 2017. Los accidentes graves también se han incrementado un 12.5 % en este periodo.
Por si estos datos no fueran suficientemente alarmantes, hay que tener en cuenta que estas son las cifras “oficiales”, que reflejan solo aquellos accidentes que la ley reconoce como laborales. No están incluidas en esta lista personas que, trabajando sin contrato, temen denunciar a su empleador tras sufrir el accidente —caso frecuente en el servicio doméstico— ni quienes, estando jubiladas, se ven forzadas a trabajar si quieren comer todos los días —no es difícil encontrar noticias en periódicos locales sobre muertes provocadas por maquinaria agrícola donde la víctima tiene más de 70 años—.
Tampoco recogen los sufridos por el 80% de los 3 millones de autónomos, cuyos ingresos no les permiten cotizar las cuotas por accidente de trabajo, muchos de ellos trabajando en los tres sectores de mayor siniestralidad laboral: el agrícola, la construcción y el transporte. Y, por supuesto, mucho menos se recogen los datos de muertes como la sufrida recientemente en Lavapiés por Mame Mbaye, fallecido a consecuencia de algo que forma parte del día a día del trabajo de un mantero: huir de la policía para preservar su medio de subsistencia.
Es también alarmante que se pretenda subir la edad de jubilación a los 70 años, cuando el riesgo de morir en accidente laboral mortal aumenta conforme aumenta nuestra edad —una persona que tiene más de 60 años corre un riesgo un 400% más alto de morir trabajando que una de 50 años—. Otro motivo que nos parece de peso para rechazar la ampliación de la edad de jubilación.
Es importante también reseñar que tampoco están incluidas las enfermedades profesionales. Si en el caso de la siniestralidad laboral hemos visto que la estadística oficial está lejos de la realidad, en el caso de las enfermedades laborales el subregistro de los datos oficiales es escandaloso. Los datos del observatorio de enfermedades profesionales recogen 20.600 nuevos partes, de los cuales 717 ocasionaron lesiones permanentes. En el resumen no se indica la existencia de muertes, pero dentro
del informe encontramos que han sido reconocidos cinco fallecimientos en 2016 —consecuencia de enfermedades profesionales iniciadas a partir del 1 de enero de 2007— y que han muerto 337 pensionistas de incapacidad permanente derivada de la enfermedad profesional, sin que se especifique si la muerte ha sido causada o no por la enfermedad profesional que padecían.
Los datos que maneja la OIT sobre muertes ocasionadas por el trabajo son de 2 millones de muertes anuales en el mundo, de las cuales 360.000 serían por accidente laboral y el resto por enfermedad profesional, lo que supone que, por cada persona que muere en accidente de trabajo, mueren cinco por enfermedad laboral —en nuestro país se reconocieron 0,008 muertes por enfermedad laboral respecto a las reconocidas por accidente—. Creemos que la comparativa no requiere de más explicaciones.
De nuevo tenemos que hacer hincapié en el silenciamiento de las muertes ocasionadas por el trabajo. La OIT informa de 2 millones de muertes anuales relacionadas con el trabajo, y para saberlo hay que realizar una intensa revisión de noticias. Aún más doloroso, el mismo informe estima en 12.000 las niñas que mueren cada año por accidente laboral. ¿Alguien ha oído hablar de ellas? ¿cuánta gente sabe que el 28 de abril es el Día Mundial de la Seguridad y la Salud en el Trabajo y también el Día Internacional en Memoria de los Trabajadores Fallecidos y Heridos?
Indigna también que, en los artículos sobre muertes relacionadas con el trabajo de los organismos supranacionales, los datos vayan siempre acompañados de su coste económico. Desgraciadamente, en un mundo donde lo único que importa es el dinero, nuestras vidas —las de las trabajadoras— son supeditadas al beneficio económico, lo que implica que las políticas de prevención no vayan encaminadas a alcanzar una siniestralidad 0, sino una siniestralidad asumible.
Muestra de esto es la clara vinculación entre precariedad y muertes por accidente laboral en nuestro país. Las estadísticas muestran que, desde 2013 —año en que se aprobó la última y drástica reforma laboral—, las muertes en el trabajo suben de año en año. El incremento de accidentes laborales desde 2013 es de un 12,72%, mientras que las horas trabajadas solo han aumentado unas décimas por encima del 6%. La subcontratación es también causa directa de siniestralidad.
Si nuestro Estado pretendiera reducir a cero las muertes causadas en el trabajo, lo primero que tendría que hacer es terminar con la precariedad laboral y con la subcontratación. De nada sirven políticas y normativas de prevención si quienes trabajamos nos vemos obligadas a elegir entre nuestra seguridad y la miseria a causa de un mercado laboral cada vez mas asfixiante.
Es importante mencionar la altísima incidencia de enfermedades provocadas por causas psico-sociales. Son varias las enfermedades mentales vinculadas con el trabajo. La ansiedad y el estrés son las más frecuentes, quizás esto explique que la primera causa de muerte por accidente laboral, por delante de los accidentes de tráfico —aun incluyendo los ocurridos in itinere— son infartos y derrames cerebrales. Pese a ello, las enfermedades psíquicas no están incluidas en el cuadro de enfermedades profesionales del Estado español. Otro claro indicador de que la precariedad, la inseguridad laboral y el exceso de carga de trabajo son causas directas de las muertes en el trabajo.
¿Veremos alguna vez que los grandes medios se ocupen de tratar este asunto? ¿Se ocupará algún gobierno de proteger nuestras vidas eliminando la inseguridad laboral? Como no creemos que esto vaya a ocurrir, a las trabajadoras no nos queda más remedio que tomar conciencia de que, cada mañana, cuando nos levantamos para ir a trabajar, nos estamos jugando la vida y tener presentes los riesgos que corremos para poder evitarlos.

Angela Saini, periodista científica

“Nada en nuestra biología permite decir que la igualdad de género es imposible”


En su libro Inferior la periodista científica británica Angela Saini desmonta los prejuicios biológicos sobre las mujeres y examina cómo la ciencia las ha infravalorado desde que Darwin afirmara que eran inferiores intelectualmente. De forma amena y rigurosa blande centenares de estudios para mostrar que los tópicos sexuales, físicos y mentales son injustos.

<p>La periodista científica Angela Saini. / Rainer Niermann</p>
La periodista científica Angela Saini. / Rainer Niermann
Desde joven, Angela Saini (Londres, 1980) se sintió sola. En el colegio era la única chica en sus clases de química y matemáticas. Lo mismo le sucedió en la universidad, cuando decidió estudiar ingeniería. No lograba entender por qué.
Hoy es periodista científica, presenta programas de divulgación científica en la BBC y su obra ha recibido numerosos premios de prestigio.
libro
En su libro Inferior (Círculo de Tiza, 2018) recorre algunos de los lugares comunes sobre las diferencias entre los dos sexos, como el de la debilidad física de la mujer con respecto al hombre, el de la diferencia de cerebros o el tópico de que los hombres son sexualmente más activos.
En el libro citas un artículo de The New York Times que dice que, desde el cambio de milenio, las revistas científicas han publicado 30.000 artículos sobre diferencias de género, siempre avalando el “mito de que existen”. ¿No existen?
No es útil pensar en diferencias de esa forma porque el 85% de las diferencias son entre individuos, no entre clases. Las investigaciones muestran que los cerebros difieren de manera individual y que las diferencias psicológicas son pequeñas. Somos diferentes en cuanto a capacidades y habilidades, sí, pero como individuos.
Lenguaje, razonamiento, cooperación, socialización… En el libro comentas que estos estudios sobre diferencias te parecen “cuestionables”. ¿Por qué esta obsesión por buscarlas?
Pensamos en esos términos porque los estereotipos que tenemos sobre hombres y mujeres están arraigados. Sin embargo, no son universales. Diferentes sociedades tienen distintos estereotipos sobre hombres y mujeres. En nuestro contexto occidental hay algunos muy fuertes que introducimos en los niños y niñas desde una edad temprana. Los nombres que les ponemos, la forma en la que interaccionamos con ellos, los juguetes, la ropa… Imprimimos un género en sus mentes y eso tiene un impacto en el desarrollo de sus cerebros y en la forma en la que ven el mundo. Los estereotipos a veces se confirman en ellos y ellas, pero porque ya se los hemos instalado.

Somos prisioneros de nuestra cultura porque no podemos vivir fuera de ella. Nacemos y vivimos en sociedad, no podemos irnos a una montaña sin contacto con el exterior, ni tampoco lo querríamos [ríe]. Las cosas pueden parecer innatas y biológicas cuando en realidad están tejidas en nuestra forma de vida. Los estudios estrictos que evalúan las diferencias psicológicas y cognitivas entre hombres y mujeres, con muestras muy amplias de todo el mundo y en diferentes momentos, muestran que las diferencias no son muy grandes.
Hemos llegado pronto al eterno debate entre cultura y biología. ¿Son las diferencias innatas o aprendidas?
Entonces, ¿por qué parecen a veces tan grandes?
No podemos infravalorar la importancia de la socialización sobre el comportamiento. Las cosas no han sido siempre iguales en diferentes momentos o lugares, y algunas culturas tienen distintas reglas sobre el comportamiento sexual. Por ejemplo, entre los Mosuo de China las mujeres son dominantes y los roles de género están invertidos. Si las diferencias en el comportamiento fueran biológicas, sería imposible la gran variedad de costumbres existentes en las sociedades humanas, que además han cambiado con el tiempo. Igual que no hay un lugar en el mundo en el que el hombre dé a luz a los bebés.
De acuerdo, los Mosuo existen, pero la mayoría de la gente no vive como ellos. ¿Por qué?
La idea de que los patrones de comportamiento son universales y eternos no es cierta. Culturas como la occidental tienen muchas cosas en común entre sí en todo el mundo porque el patriarcado se extendió en un momento dado y se volvió el modo dominante de vida gracias a que funcionaba para algunas personas. Para los patriarcas era un éxito que reforzaron a través de la cultura y la religión. Es peligroso hacer grandes generalizaciones basadas en observaciones sobre cómo vivimos ahora. Las cosas no siempre fueron así, el patriarcado es un invento.

Se cree que emergió con la agricultura, cuando la posesión de riqueza se volvió algo importante. En
 La creación del patriarcado, la historiadora Gerda Lerner habla de los primeros patriarcados mesopotámicos y sirios. Las mujeres eran controladas por los hombres, sobre todo en su comportamiento sexual, porque ellos querían estar seguros de que no criaban a la descendencia de otros. Antes, cuando éramos cazadores y recolectores, no vivíamos así. La vida era mucho más igualitaria, como sucede en las tribus modernas de cazadores-recolectores. Averiguar cuándo y cómo cambió es un problema complejo, pero no creo que las respuestas se apoyen en la biología. Son culturales, es una cuestión de poder.¿Cómo se inventó el patriarcado?
Entonces, ¿debemos revisar lo que aprendimos sobre la prehistoria?
Mucha gente imagina que hace más de 10.000 años vivíamos como ahora, pero con menos medios: la familia nuclear donde la mujer se queda en casa y cuida a los niños y el hombre sale a cazar y trae comida. Así no es como viven los cazadores-recolectores. Viven en comunidades unidas, todo el mundo se ayuda, todo el mundo hace todo y las mujeres también cazan. Nos parece raro pero no debería sorprendernos que vivan de esta forma.
Pero nos sorprende.
Porque creemos que la igualdad es una invención reciente de las sociedades liberales. Por supuesto que no lo es. Lo que hacemos ahora es compensar algunas de las injusticias del pasado, pero estas no estaban ahí desde el principio de los tiempos, empezaron en algún punto. Los Mosuo forman comunidades matriarcales en la que las mujeres mandan y su vida es simple y nómada. Nunca han conocido los tipos de injusticia que yo he conocido y tienen libertades que yo nunca he tenido en una sociedad tecnológicamente avanzada. No digo que tengamos que volver atrás y vivir así, sino que no hay nada en nuestra biología que permita asegurar que la igualdad es imposible. Otras personas han vivido y viven de formas distintas.

La guarda de la pareja [
mate guarding] ya no es un problema gracias a los anticonceptivos y a los test de paternidad, pero hemos construido culturas y religiones alrededor de ella, y hemos instaurado la idea de que las mujeres y los hombres son y deben comportarse de ciertas maneras. Sus consecuencias perduran y debemos solucionarlas.Viviendo en una sociedad tecnológicamente avanzada, ¿todo eso de controlar hembras para asegurar la paternidad no es ya innecesario?
Es difícil de solucionar cuando muchos científicos, hombres y mujeres, muestran prejuicios ante los estudios de género. ¿Por qué esta falta de objetividad?
Odio decirlo, pero quienes hacen ciencia a veces desprecian a las humanidades y no las toman en serio. La ciencia está sujeta al sesgo y los prejuicios de la gente que la hace, pero los científicos no lo quieren oír. Yo soy una periodista con bagage científico y mi libro despierta interés porque sé qué respuestas buscan los investigadores. Creo que así se puede llegar a los científicos, hablando su idioma.
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Saini en una imagen de su página web.
Es difícil sacar algo en claro cuando puedes encontrar un estudio que diga lo que quieras oír. ¿Cómo evitar caer en la trampa del cherry picking?
Si quieres discutir de política siempre puedes encontrar un estudio que apoyará lo que dices. Y, si no tienes uno, lo puedes fabricar, hay predatory journals y la gente hace mala ciencia para apoyar sus creencias. Luego están los sesgos que pueden llegar a revistas reputadas. Es muy importante que estemos vigilantes. Cuando leemos estudios en la prensa debemos pensar con cuidado en lo que estamos leyendo: quién hace la investigación, sus intereses, quién la financia, cuáles son sus hipótesis… La ciencia es el mejor medio que tenemos para entender el mundo, pero nosotros somos imperfectos. El proceso es bueno, el problema es que nosotros no.
¿Se recurre cada vez más a débiles evidencias científicas para defender ideologías? Me estoy acordando de Jordan Peterson y sus langostas.
Da mucho miedo, me preocupa que tengan tanta influencia, con millones y millones de personas que se toman en serio lo que dicen. La falsa apariencia de respetabilidad científica viene del hecho de que usan estudios que coinciden con sus opiniones y hace que todo parezca convincente y respetable.
Históricamente se ha abusado mucho de la ciencia para hablar de sexismo y racismo, mira los nazis. Trump, la ‘alt-right’, la extrema derecha en Europa y el nacionalismo utilizarán cada herramienta que tengan para probar sus argumentos. No debemos pensar que ya hemos superado estos problemas. Las mujeres lucharon muy duro por el derecho al aborto y ahora en EE UU hay movimientos para limitarlo.

No puedo pensar en otra disciplina con un crédito tan bajo, hay mucha psicología evolucionista mal hecha. No me gustaría ver una especialidad entera considerada basura solo porque en ella se han cometido muchos errores, pero necesitan limpiar su casa.
La psicología evolucionista es fuente de muchos de los tópicos que atacas en el libro. ¿Crees que esta disciplina coquetea con la pseudociencia?
Estudios recientes señalan que la desigualdad en el cuidado de los hijos es responsable de la desigualdad profesional. ¿Es esta la última frontera hacia la igualdad?
No es el único problema, pero es uno de los grandes. En el mundo laboral, muchas mujeres cobran menos y no alcanzan puestos tan altos debido a la distribución desigual de los cuidados. Pero cuidar de mi hijo no es solo mi responsabilidad, es el trabajo de toda la familia porque ellos también son parte de su vida.
En el último capítulo dices que “la historia de la menopausia es la historia de cómo la ciencia ha fallado a las mujeres” y hablas de la importancia de las abuelas en la historia de la humanidad. ¿Es hora de reivindicar su papel?
Solo tenemos que mirar a nuestras propias familias para ver que el papel de las abuelas es inmenso. Yo venía de un mundo en el que, cuanto más envejeces, menos valor tienes como mujer. Ya no pienso así, miro a las mujeres de mi familia y veo que son poderosas, fuertes, independientes, sabias… maravillosas. Si eso es lo que me espera, no tengo ningún problema con ello.