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lunes, 23 de abril de 2018
¿En qué piensan los animales?
Carl Safina (EE UU, 1955) es ecólogo marino y divulgador. En Mentes maravillosas, su primer libro traducido al castellano, arroja luz sobre uno de los mayores misterios de la biología: el pensamiento animal. Para ello, visita a los elefantes de Kenia, los lobos de Yellowstone y las orcas de Canadá. Todo con un único objetivo: entender mejor ‘quiénes’ son algunas de las criaturas con las que compartimos el planeta.
Imagen de cubierta del libro de Carl Safina.
La primera regla del club de los etólogos es no atribuir emociones humanas a los animales. La ciencia que estudia el comportamiento de otros seres llama a este sesgo ‘antropomorfismo’, que nos advierte contra los prejuicios que durante siglos han hecho que los cuervos sean aves de mal agüero, los zorros unos tramposos y las cigarras unas vagas.
Cuando Konrad Lorenz, Niko Tinbergen y Karl von Frisch fundaron la etología a mediados del siglo XX, se propusieron acabar con estos arraigados mitos. La solución para no repetir los errores del pasado era abrazar la más absoluta objetividad y limitarse a describir lo que veían. Podemos observar ‘qué’ hace un elefante, pero no ‘cómo’ se siente.
Casi medio siglo después de que los padres de la etología ganaran un Nobel por su trabajo, Carl Safina (Nueva York, 1955) defiende que esta ciencia debe evolucionar. Mentes maravillosas (Galaxia Gutenberg, 2017) es el primero de sus libros que se traduce a nuestro idioma. En él se atreve a hacer a los animales lo que hasta ahora ha sido una pregunta prohibida: “¿Quiénes sois?”.
Sí, tu perro te quiere
Es una cuestión tan complicada que el estudio del pensamiento animal se ha evitado durante décadas. Safina es ecólogo marino, divulgador e investigador de la Universidad de Stony Brook (EE UU) y en Mentes maravillosas examina este enigma con una irreprochable rigurosidad científica.
La tesis del libro podría resumirse así: ya sabemos que no hay que dar a los animales sentimientos que no tienen, de acuerdo, pero tampoco les neguemos los que sí poseen. Si nuestro perro actúa como si nos quisiera y su cerebro, comportamiento e historia evolutiva sugieren que puede hacerlo, aceptemos que exista la posibilidad de que lo haga.
Miedo, ira, amor, luto, curiosidad, placer, altruismo, lujuria… El ser humano no tiene la exclusividad de estas y muchas otras emociones, sino que las comparte con otras de las criaturas que habitan el planeta. Al menos, en cierta medida. En Mentes maravillosas, Safina recurre a cientos de estudios científicos para colocarse a medio camino entre aquellos que defienden que los animales son iguales que las personas y los que les niegan cualquier atisbo de consciencia.
Mentes maravillosas es un viaje por el mundo que va mucho más allá de su extensa bibliografía. El libro se divide en tres partes, una para cada animal del que Safina busca saber algo más que su dieta, hábitat o reproducción. Así, conoceremos a los elefantes de Kenia, los lobos del Parque Nacional de Yellowstone (EE UU) y las orcas de Canadá. La lección es que solo sabiendo ‘quiénes’ son estas criaturas podremos entender qué perderemos con su desaparición.
domingo, 22 de abril de 2018
EDUCACIÓN SEXUAL

El pozo de la pornografía
Colonizar la fantasía de los adolescentes con las imágenes del porno estereotipado es convertirlos, en el mejor de los casos, en ignorantes e incompetentes
Tener hijos es afrontar miedos casi a diario. Cuando son recién nacidos si no te despiertan ellos con su llanto, te despiertas tú para pegar la oreja a la cuna y asegurarte de que respiran. Cuántas veces no habré puesto la mano sobre su espalda, su vientre para asegurarme de que se producía ese movimiento rítmico. Saber respirar, como saber comer o saber digerir la leche mamada no es automático. El ser humano nace en una fase de desarrollo muy inferior a la de otros mamíferos; no llegamos al mundo, como los potros o los terneros, capaces de ponernos en pie y andar. Cuando la etapa bebé se ha superado y nuestros hijos caminan, empieza otra: la del pánico a que se den un golpe o peor aún se corten, se electrocuten, se precipiten por una ventana o vaya usted a saber qué otra desgracia. Convivir con un pequeño nos pone en alerta casi permanente. La culpa la tiene, como sabemos, su curiosidad. El deseo de investigar los lleva a dejar caer los juguetes por el placer de verlos estrellarse contra el suelo y comprobar cómo nosotros nos agachamos a recogerlos. El afán de experimentar les hace meter los dedos en los enchufes, gatear hasta los rincones más insospechados, chupar y morder cuanto cae en sus manitas, pues en la primera infancia el tacto y el olor son las herramientas principales de percepción.
Hace ya unos años, cuando me lamentaba con un amigo de la relación de nuestros hijos con la tecnología, él, también padre, repuso: “Igual que para nuestros padres el temor era que jugando en un descampado nos cayésemos a un pozo, hoy el pozo es internet. Despreocúpate.” Pero no lo he logrado. El fantasma del pozo que se puede tragar a mi niña se me aparece en cuanto está un rato en su cuarto con la tableta. Y de los pozos que mi fantasía dispara, el más profundo y el que más me aterra es el de la pornografía. Otros tendrán pánico a las drogas o los pederastas o a los casinos en línea o a las sectas. El miedo es libre. A mí lo que me espanta es que mi hija, sea por iniciativa propia, sea porque se lo enseñan sus amigos, empiece a encontrar películas porno en internet y se crea que ésa es la realidad, eso es lo que tendrá que hacer y lo que tendrá que sentir cuando esté con una pareja.Luego su mente se va desarrollando y podemos dialogar para hacerles entender lo temerario de ciertas conductas. Superado el primer septenio, descansamos de nuestra vigilancia, pero por poco tiempo. Pronto llega la preadolescencia y empieza otra lucha: los críos quieren tener móvil propio para seguir explorando. Esta batalla en algunas familias puede alcanzar niveles de tensión interestelares: los padres nos resistimos, ellos insisten, saben hacer valer sus derechos. Como el mejor letrado nos acusan de ser los primeros que abusamos de las pantallitas, y antes o después logran el codiciado dispositivo. Algunos tienen la suerte de que sus padres les compran los móviles sin debate, precisamente porque con el telefonito esos progenitores espantan algunos miedos y creen que tendrán controlada a su criatura en todo momento. Yo no soy de ésas, mi caso es el contrario. Aunque mi hija esté físicamente en su dormitorio, si está con el móvil o la tableta, no tengo ni la más remota idea de donde está mentalmente y eso me espeluzna.
Las estadísticas indican que el consumo de porno en internet es altísimo. Según Carles Colis explicaba en este diario “un tercio del tráfico mundial en internet es pornografía” y “hoy el porno es la escuela de educación sexual de los niños y niñas”.
Colonizar la fantasía de los adolescentes con las imágenes del porno estereotipado, duro, violento que abunda en la red, antes de que puedan descubrir la sexualidad por ellos mismos en una relación erótica real, es convertirlos, en el mejor de los casos, en ignorantes e incompetentes. Llegado el momento tendrán miedo de no estar a la altura, se sentirán decepcionados o que decepcionan, verán limitada su capacidad de expresión porque piensen que lo que les gusta o les desagrada no se acomoda a lo que han visto en la red como la norma. Y en el peor de los casos, se volverán, por ignorancia, en cooperadores necesarios de modelos sexuales sexistas, misóginos, racistas, sádicos, humillantes y circenses. Porque quienes hacen pornografía, en contra de lo que predican, lo último que defienden es la libertad de cada cual para ser como espontáneamente desee ser. No todos los hombres quieren ser depredadores, ni agresores, ni todas las mujeres agentes pasivas o humilladas. Es difícil explicar a un adolescente qué es el placer, cómo se alcanza, qué es normal y que inaceptable. Tenemos todavía demasiados tabúes y dificultades como padres y como educadores, nosotros mismos no recibimos una educación adecuada y en el mejor de los casos aprendimos equivocándonos. Pero dejar la educación sexual en manos de los pornógrafos, no es una opción.
sábado, 21 de abril de 2018
La muerte del doctor Montes
David Torres
Espero que la muerte del doctor Luis Montes, que falleció ayer jueves de un infarto mientras conducía, haya transcurrido del modo en que a él le hubiera gustado. Es algo que le deseo de corazón a cualquier ser humano, la más triste de las criaturas vivientes, la única que sabe que no es inmortal. En otros tiempos, cuando la vida era, como advirtió Hobbes, breve, desagradable y brutal, la existencia consistía básicamente en prepararse para el tránsito final, lo que algunos teólogos llamaban el bien morir.
Tarde o temprano (de verdad espero que sea muy tarde) todos deberemos enfrentarnos a ese trago y hay gente que prefiere apurarlo hasta la última gota. Puede ser por convicciones religiosas, para imitar el mal rato que pasó Jesucristo, o bien por simple curiosidad, como aquel amigo del que hablaba la pianista Mitsuko Uchida, el cual no quiso que lo sedaran porque la muerte es algo que sólo ocurre una vez y quería saber qué se sentía. Respeto ambas opiniones, pero agradecería que respetaran también la mía, que consiste en que preferiría no saber nada del asunto. Puesto que he pasado gran parte de mi vida en compañía de drogas duras (el whisky de malta, los habanos Partagás, el rock sinfónico, el ibuprofeno), no sé por qué debería renunciar a ellas en el último momento. Mi opinión al respecto coincide con la de Bob Hope, quien, cuando ya muy enfermo, su esposa le preguntó dónde le gustaría que le enterraran, contestó: “Que sea una sorpresa”.
Luis Montes fue víctima de una asquerosa campaña de acoso y derribo por parte del gobierno de Esperanza Aguirre, el mismo que ha resultado un pozo infinito de mierda, el mismo que arrambló con la sanidad pública madrileña y desguazó varios hospitales bajo el sabio y neoliberal propósito de forrarse. Manuel Lamela, el consejero de Sanidad que orquestó la campaña contra Montes, hizo un negocio redondo con las privatizaciones y transbordó con toda tranquilidad de la gestión pública a la empresa privada, especializándose en transfusiones de dinero opaco. A Montes lo acusaron de matar a más de 400 personas mediante sedaciones terminales irregulares, y los tertulianos y escribas a sueldo de la lideresa repitieron el mantra con tanta convicción que mucha gente terminó por creer que los pacientes del Severo Ochoa podían acabar en una caja de pino apenas se descuidaran en una siesta.
Todo era mentira, por supuesto, y la justicia archivó el caso, pero el daño ya estaba hecho. Lo que no investigó la justicia y lo que tampoco comprobaron los lameculos de Aguirre es cuántos españoles acabaron en el cementerio gracias a la privatización brutal, al ahorro de costes, al desmantelamiento de los hospitales, a la externalización de las mamografías, a la compra y venta de sangre. Con toda seguridad, bastante más de 400. Ya se preguntaban los filántropos de Goldman Sachs el otro día si curar a los enfermos puede seguir siendo una forma de negocio sostenible. Es verdad, cómo no habíamos caído en ello, cuando está claro que un enfermo crónico de leucemia sale mucho más caro que uno muerto.
Montes ayudó a muchos pacientes, con su consentimiento, a pasar al más allá de la forma menos dolorosa posible. Resulta simplemente aterrador que a estas alturas del tercer milenio tengamos que seguir soportando la dictadura del dolor sólo por el capricho irracional de unos cuantos antropoides. Lo que no le negamos a un perro -una muerte dulce y apacible en brazos del sueño en lugar de semanas o meses de espantosos sufrimientos- se lo negamos a nuestros seres queridos sólo porque lo dicta una ley absurda, injusta y putrefacta. Las leyes injustas, diga lo que diga Montaigne, hay que desobedecerlas, siempre, hasta las últimas consecuencias, como se desobedecieron en su día las leyes raciales contra judíos y negros.
Si se puede elegir el momento y la forma de morir, muchos elegiríamos el final perfecto que imaginó para sí Billy Wilder: con más de cien años, desnudo, en la cama, en brazos de una rubia despampanante; entonces el marido entra por la puerta y, por la espalda, le pega un tiro en la cabeza. No habrá tanta suerte. Mejor que sea una sorpresa.
viernes, 20 de abril de 2018
Neandertales y ‘sapiens’ convivieron menos de mil años en la región cantábrica
La datación de trece yacimientos del norte de España ha permitido precisar el tiempo que cohabitaron neandertales y Homo sapiens en esta región del suroeste de Europa. Según el estudio, liderado por el Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana, ambas especies coincidieron durante menos de un milenio, lo que pudo reducir sus posibilidades de interacción y reforzaría la hipótesis de una causa de extinción intrínseca.
Boca de la Cueva de Amalda, uno de los yacimientos estudiados. / Joseba Rios
Neandertales y Homo sapiens no pudieron coexistir más de un milenio en la región cantábrica, lo que reduce significativamente las posibilidades de interacción entre ambos grupos y refuerza la hipótesis de una causa de extinción intrínseca, según un estudio basado en fechas de radiocarbono de trece yacimientos de esta zona del suroeste de Europa, cuyos resultados se publican hoy en la revista PLoS ONE.
La región cantábrica es una de las zonas europeas con mayor registro arqueológico asociado a las últimas poblaciones neandertales y primeras de humanos modernos, “aunque la mayoría de ellas no están fechadas adecuadamente, y este trabajo liderado por Ana Belén Marín-Arroyo viene a solventar esta carencia”, comenta Joseba Rios Garaizar, arqueólogo del Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana (CENIEH), que ha participado en la selección de muestras, contextualización e interpretación de los resultados.
Las fechas obtenidas mediante Carbono 14 se integraron en un modelo bayesiano que ha permitido precisar el momento exacto de la transición entre neandertales y humanos modernos en la zona norte de España. Así, el Musteriense (complejo tecnocultural de los neandertales) terminó hace entre 45.000 y 48.000 años, mientras que el Chatelperroniense (complejo tecnocultural de transición atribuido a los últimos neandertales) duró entre 41.500 y 42.600 años.
“El Musteriense y Chatelperroniense no se solaparon, lo que indica que este último podría ser intrusivo en la región, posiblemente procedente de Francia donde está ampliamente representado en yacimientos como Grotte du Renne o Saint-Césaire entre otros”, comenta Rios.
Extinción neandertalLa nueva cronología también sugiere que el Auriñaciense (complejo tecnocultural de los primeros humanos modernos) aparece hace entre 40.500 y 43.300-años, solapándose con el Chatelperroniense, y terminó hace alrededor de 33.000-34.600 años en la zona occidental, después de que el Gravetiense se hubiera establecido en la parte oriental. “Por otro lado, el progresivo avance este-oeste del Gravetiense apuntaría más hacia un origen continental e intrusivo que hacia una evolución cultural surgida dentro de la propia región”, señala el experto.
Antes de extinguirse, los neandertales vivieron en Eurasia durante un periodo que abarca unos doscientos mil años (hace entre 250.000 y 39.000 años), como constata el registro fósil. Actualmente, los avances metodológicos en los sistemas de datación proporcionan una mejor comprensión del momento exacto del reemplazo de unas poblaciones por otras.
“Hoy sabemos que el reemplazo no fue un evento único en todo el continente, sino que tuvo lugar en diferentes momentos en diferentes regiones. Por lo tanto, las condiciones locales podrían haber jugado un papel esencial en la extinción de los neandertales” comenta Joseba Rios.
Referencia
Ana B. Marín-Arroyo, Joseba Rios-Garaizar, Lawrence G. Straus, Jennifer R. Jones, Marco de la Rasilla, Manuel R. González Morales, Michael Richards, Jesús Altuna, Koro Mariezkurrena, David Ocio. (2018). “Chronological reassessment of the Middle to Upper Paleolithic transition and Early Upper Paleolithic cultures in Cantabrian Spain” PLoS ONE.
En esta investigación, financiada por la Comisión Europea (programa FP7), el Ministerio de Economía y Competitividad, la Universidad de Cantabria y el Cantabria Campus Internacional, han colaborado diversas instituciones nacionales como el CENIEH, la Universidad de Oviedo y el Centro de conservación de materiales arqueológicos de Guipúzcoa, e internacionales como las universidades de Nuevo México en EE UU, Simon Fraser en Canadá, e Imperial College y Cambridge en Reino Unido.
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