miércoles, 29 de agosto de 2018

CUENTO DE FIN DE VERANO


Bájate las bragas

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Imagen: Film4.
Este relato forma parte de nuestro libro Tócate.
Estoy en la cocina. Azulejos de color celeste que nunca me gustaron. Mesada de mármol. Pila de aluminio. Abro la nevera. Hora del almuerzo. Dos tomates y un pepino. No hay más. Los miro con una sensación parecida al desánimo y me consuelo pensando en el pan congelado que, rociado con aceite de oliva virgen extra, dará cierta contundencia a un menú de solitaria que se está repitiendo con excesiva frecuencia. Mientras cojo los tomates con una mano y empuño el pepino con la otra me pregunto por el significado de excesiva y de frecuencia. Hay otras preguntas que surcan el aire. Las aparco. Lavo los tomates. Noto la piel dura contra la palma. La temperatura. Los seco con el trapo de cocina que, todavía con las manos húmedas, extraigo del primer cajón del mueble de madera que hay junto al lavavajillas. Los abro por la mitad. El jugo se desparrama sobre el mármol junto a las pepitas. Entonces agarro el pepino. Demasiado grande para mí sola, pienso. Pero si dejo la mitad en la nevera acabaré por tirarlo. Decido comérmelo entero. Quizás me queda alguna lata de atún. Miro en la despensa y bingo. Pongo a tostar el pan. Me encanta el olor del pan tostado. Abro la lata de atún. Me mancho. Me cago en todo. Es un vestido del color de los azulejos que me he puesto esta mañana. De los pocos frescos y bonitos que tengo para andar por casa. Me ha saltado aceite justo en el escote. Suerte que no me he puesto sujetador. Detesto los lamparones de aceite. En fin.
Pelo el pepino. Le dejo algunos trozos de piel. Dicen que así no repite. No sé si es cierto. A mí me funciona. Justo cuanto voy a cortar la primera rodaja, me suena el móvil. Por norma general no contesto cuando como ni cuando estoy a punto de comer, pero el número desde el que llaman me resulta extraño y siento curiosidad. Tampoco me va de un rato. Es sábado. No tengo nada mejor que hacer. «¿Diga?». «Bájate las bragas».
Cuelgo deprisa. Como si quien ha llamado me estuviera viendo. Como si me estuviera espiando. Voz de mujer. Una voz desconocida y aterciopelada. Una voz imperativa. Decidida. Una voz que me ha calentado como hace tiempo que no me calienta nada ni nadie. La gente es tan previsible en general. Tan poco osada.
Me apoyo contra el mármol. Me subo poco a poco el vestido con la punta del pepino. Me moriría de vergüenza si alguien me viera. O quizás me gustaría que alguien me viera. Lo que no me gusta es la palabra pepino. Pienso en las muchas ventajas que tiene la vida en solitario. Con la punta del pepino me aparto las bragas hacia un lado. Me excita notar la frialdad, la piel rugosa. Entonces recuerdo la orden, «bájate las bragas». Obedezco. Solo me las bajo un poco. Hasta dejar al descubierto el pubis, las nalgas. Me acaricio, primero de a poco, después más deprisa. Cierro los ojos y me acuerdo de aquella vez en que un egipcio me pintaba los ojos en un comercio lleno de pequeñas botellas de perfume, de su cuerpo envuelto en una túnica marrón y de la erección con la que me empujaba mientras me miraba a los ojos y me los delineaba con un pincel untado de kohl en aquel silencio de aromas mezclados, suspendidos bajo un atardecer que El Cairo consiguió grabarme en la memoria corporal. Me corro. Me limpio con la palma de la mano. Soy una cerda, pienso, porque no voy a lavarme y porque tampoco voy a lavar el pepino. Así, tal como está, voy a cortarlo para la ensalada, a mezclarlo con el tomate, a rociarlo de aceite y atún, a metérmelo en la boca y a tragármelo todo.
Fin de la historia, creo yo, una vez termino de almorzar y me tumbo en el sofá a dormitar un rato. Pero no. La llamada vuelve a mi cabeza y la intriga es inevitable. ¿Ha sido un número al azar? ¿Se trata de alguien que me conoce? ¿Una que quiere conocerme? ¿Cómo sabe mi número? ¿Quién? ¿Por qué me ha puesto a mil?
Intento deducir el tipo de mujer por la voz. Quizás, más que deducirlo, imagino lo que deseo. Morena, seguro. Solo me ponen las morenas. Boca generosa. Pechos grandes. Estatura media. No demasiado delgada. Femenina, pero al estilo lésbico: no para gustar a hombres ni a mujeres heterosexuales. Exclusivamente bollo. Joven, pero no tanto. La experiencia es un grado y, puesta a soñar, para qué limitarme. Desinhibida, pero con la típica timidez de quien prefiere una llamada anónima a una red de contactos. ¿Se habrá hecho una paja también ella? Puedo imaginarla, claro. Estamos en primavera, así que va ligera de ropa. Quizás unos shorts y una camisa bastante transparente. Sin ropa interior. Tras la llamada sonríe. Comprende su éxito. Mejor dicho, lo intuye. ¿Volverá a llamar? ¿Cuándo?
Lo único que me ha dicho es «bájate las bragas». Si por lo menos me hubiese llamado por mi nombre… «Andrea, bájate las bragas». Pero no. El colmo de la brevedad. No puedo averiguar si sabe quién soy, si me ha llamado a mí o a cualquiera.
Cojo el móvil, miro las llamadas recibidas. Reviso el número de teléfono. No me suena de nada. Lo agendo para ver si tiene WhatsApp. Tiene. La foto es una mierda de cactus. ¿Un cactus? ¿Qué le pasa? ¿Qué quiere decir? ¿Soy huraña? ¿Soy de México? ¿Bióloga? ¿Rara que te cagas? ¿No vas tener puta idea de quién soy a menos que me llames?
Me duermo un rato. Quiero estar descansada para mi cita de esta noche. Una rubia hot que me presentaron el lunes unas amigas que están hartas de tenerme soltera. «Necesitas una amante, Andrea. Estás insoportable. Esta chica te va a encantar. Pon algo de tu parte, en serio, ya va siendo hora de que olvides a la tarada». Con el término «tarada» mis adorables amigas se refieren a una tipa con la que mantuve una relación absurda durante algún tiempo.
¿Qué me pongo? Concéntrate en la ropa interior, Andrea, me digo. Y reza por que ella haga otro tanto. Por fuera de negro, por dentro de azul noche. La gama del deseo de hoy. Me miro al espejo por enésima vez antes de salir.  Allá vamos.
Cuando llego al restaurante la rubia me está esperando. Vestida para matar. Cruce de piernas fastuoso con túnel hacia el centro metafórico de su cuerpo, falda corta de color tostado, tobillos aupados en sandalias con plataforma, camisa blanca con gemelos y con un escote en apariencia casual que deja entrever un sostén de encaje granate que, si no me equivoco, le queda algo pequeño y termina muy cerca de sus pezones. Si no fuera rubia sería perfecta; sonrío, le digo que no se levante para saludarme pero ya lo ha hecho, le rodeo la cintura para dirigir un beso muy cerca de su boca que ella mueve para encontrar la mía y humedecerla con una sutil apertura de los labios. Tiene claro a lo que hemos venido. No se anda con rodeos. No voy a permitir que me cohíba.
Asisto maravillada a su manera sexual de empuñar los cubiertos, de llevarse la comida a la boca, de chupar la cuchara del postre, de mirarme mientras lo hace y darme a entender que está lamiendo otra cosa.
A la noche, ya en su casa, en una cama de sábanas de lino sin duda planchadas para la ocasión, música de jazz clásico, las no menos de treinta velas encendidas mientras desaparezco un momento en el lavabo, los aceites de masajes en la mesita de noche al alcance de la mano, la sonrisa que todo lo pide y todo lo da, allí y en ese ambiente, ofrezco el do de pecho con la frase telefónica de la mañana en la cabeza, que me excita y estimula sin que yo lo quiera e incluso sin que lo acepte. La rubia tiene las nalgas duras y redondas. Le digo «bájate las bragas». Lo hace como si hubiese esperado que se lo pidiera. Antes le he quitado el sostén que, en efecto, resultaba demasiado pequeño para sus pechos, que he lamido con una gula evidente. Me monto en sus nalgas. Gime. Le tapo la boca con una mano mientas con la otra entro en ella. Me muerde los dedos, los aparto dolorida, pero es ella quien grita. Se ha corrido. Su pelo rubio huele a frutas. Su sudor a resina. Su espalda a tierra mojada. Suspiro. Muevo mi sexo entre sus nalgas. Entonces me corro yo. Horas después, nos dormimos agotadas.
Le beso los hombros cuando nos despertamos. Coloco la cara entre sus senos. La respiro. Ella suspira. La toco. Está empapada. Le abro las piernas con mis pies. Tanto como puedo. La penetro. Se mueve al ritmo de mi deseo. Me deslizo al ritmo del suyo. Me penetra. Y estando así, una dentro de la otra, rozándose con precisión nuestros cuerpos, tenemos un orgasmo común y salvaje.
Mientras me hace el desayuno me pregunto cuánto tiene que ver la llamada de la mañana anterior con el nivel de placer al que he llegado. Por qué lo oculto se nos instala en un lugar inconfesable. Me sirve café, tostadas y zumo recién hechos en la terraza. Apenas hablamos. Mirarnos, eso sí. Más de reojo que de frente. No nos conocemos apenas. Me pregunto qué debe de estar pensando ella. Siento que debo irme cuanto antes.
«Ya nos llamaremos», le digo desde el ascensor. Pero no le he pedido el teléfono ni le he dado el mío. «Claro», dice ella. Y cierra la puerta del apartamento antes de que acabe de taparme a mí la del ascensor.
Salgo de casa de la rubia intentando recordar cómo se llama. Es un nombre con ese. Silvia no. Sara. Sandra. No, no. Sonia. Tampoco, joder. Cómo se llama. Susan. Sí, eso es. Susan. Me tranquilizo. Ok, sé cómo se llama. Y qué. Ni que fuera un concurso y hubiese premio.
Me doy cuenta de que me entretengo con el tema del nombre para no pensar en el teléfono de las bragas —he decidido bautizarlo así—. Joder, cómo puedo estar pensando en esa guarrada en vez de centrarme en la noche que acabo de pasar con Susan —ahora me repito su nombre feliz de haberlo recordado; cuántas veces no ha sido así—, que es lo mejor que me ha pasado en los últimos meses, no cabe duda, y resulta que en lugar de flipar con ella sigo colgada de una mierda de llamada que además casi seguro que fue un error. Que me den. En serio, Andrea, no vas bien, me digo. Has perdido el norte. No se lo cuentes a nadie.
Voy caminando. No vivo lejos de la rubia. Saco el móvil del bolsillo. Miro las llamadas recibidas. No lo hagas, me digo. No tienes que hacerlo. Andrea, no pienses con los ovarios. Te mueres de ganas. Quieres conocer a esa tía descarada. Quieres follártela. Boca arriba, boca abajo. Bajarle las bragas, que te las baje. Bajaros las bragas las dos a la vez. Solo un poco, lo suficiente. ¿En serio?
¿Llamaría a Susan si tuviera su teléfono? Oficialmente no lo tengo. No sería difícil hacerme con su número. Pero averiguarlo sería mostrar demasiado interés. Ella tal vez piense lo mismo. ¿Cine? No me apetece. ¿Amigas? No tengo ganas. ¿Y qué quiero?
Llego a casa. Cojo el móvil. Le doy a la tecla verde. Llamando. El corazón se me acelera. El teléfono al que llama está desconectado o fuera de cobertura. Mierda. Mierda. Mierda. Acción fallida. No estás pensando, Andrea. Estás atontada. Verá la llamada perdida. Confirmación de tu interés. ¿Por qué quieres meterte en un lío?
Voy a la cocina, ni siquiera enciendo la luz. Imagino que acaba de llamarme. Imagino que me ha dicho: «Me gusta que me hayas obedecido. Ahora no te las bajes. Tócate». Me desabrocho el cinturón. Botón, cremallera. Me cuesta meter la mano por los vaqueros, tan ceñidos. Me ayudo por fuera con la otra mano. Actúo con las dos. Adelante y atrás, cada vez con más intensidad. No puedo estar más mojada. El orgasmo me deja con las piernas temblando. Apoyada en el mármol, frío. Mantengo la mano caliente por debajo de las bragas.
Lunes. Me voy a la tele. Me doy cuenta de que miro a todo el mundo como indagando. Como si me propusiera y fuera posible averiguar quién es. Cuando digo que miro a todo el mundo me refiero a las mujeres. Para mí, en ese sentido, ni existe ni ha existido ni va a existir nada más. Me fascinan, me pueden, me encantan, me seducen, me enloquecen. Y ahora que sospecho que hay una que me desea en secreto, que no en silencio, me derrito por averiguar quién es.
Cruzo miradas, sonrío más que de costumbre. Busco cercanías. Ser presentadora de televisión es un obstáculo. Hay demasiadas posibilidades y casi ninguna pista. En maquillaje creo notar que la maquilladora me toca con mayor intención que otras veces. Intento darle permiso con comentarios de doble sentido, pero no avanza. La de vestuario me ayuda con la ropa de un modo que a mí me parece distinto, cómplice; le pido que se pruebe una de mis blusas, se la abotono, la miro en el espejo, se incomoda; tiene novio, y lo sé, pero nunca se sabe con las que de pronto quieren probar. La productora me abraza feliz por el éxito de una gestión reciente que nos va a permitir entrevistar a Jennifer Aniston, de quien llevo años enamorada. Le pregunto si le va a dar un ataque de celos. Se ríe y no aprovecha el comentario. Una de las cámaras me guiña dos o tres veces el ojo mientras esperamos en plató. Le miro el culo de un modo más explícito que nunca. De nada sirve. No hay respuestas.
Exagero. Sobredimensiono. No tiene por qué ser alguien del trabajo. Tengo un montón de seguidoras. Cualquiera de ellas podría haber decidido dar un paso. ¿Y si es una broma de mis amigas? Las mato, te lo juro que las mato bien muertas. Cucarachas.
Resumamos la semana. Teatros, entrevistas, cines, programas, reuniones, velocidad, estrés, agenda apretujada y el móvil a todo gas y sin llamadas del teléfono de las bragas. Yo tampoco insisto. No olvido ni espero. Pero llega el sábado otra vez.
Susan me ha mandado un e-mail —qué raro que en vez del teléfono haya pedido a mis amigas el correo electrónico— para citarme en un japonés. Acepto. La cena es de lo más estimulante. Usa los palillos para atrapar las piezas de sushi pero también para separarme el escote de la piel y recorrer el borde de mi sostén hasta colocar uno de los palillos justo en medio, entre mis pechos, de modo que noto la humedad que conserva después de que ella se lo haya llevado a la boca para limpiarlo con la lengua. Me sonríe. Me digo que es la rubia de carácter menos rubio que he conocido en mi vida. Hemos entrado descalzas al tatami, así que coge uno de los cubitos en que se está enfriando el blanco que hemos pedido y, después de recorrerse con él la boca, lo lleva hasta los dedos de uno de mis pies, el que le queda más cerca. Me da escalofríos y placer. Me acaricia con el hielo, lo retira un instante y vuelve a pasearse con él por mi tobillo mientras se le derrite entre las manos. Yo me dejo hacer. La devolución llegará cuando alcancemos la cama.
Salimos a la calle incendiadas. Nos sobra la ropa. Caminamos deprisa. De vez en cuando nos empujamos hasta cualquier pared para besarnos.
En su casa, en el ascensor, le arrebato con la boca el sostén de puntilla, esta vez de color verde inglés. Le aparto con la lengua el tanga a juego. Abro la boca en sus pechos. Tropiezo con sus pezones, los busco, los pierdo, los huelo, los muerdo. La acaricio con las manos y después con el cuerpo. Entramos en la casa. Nos desnudamos una a la otra camino del dormitorio. No llegamos, nos detenemos en la alfombra blanca y mullida de la sala. Allí la aplasto, damos vueltas, me aplasta, damos vueltas, nos encajamos, nos cabalgamos, nos miramos, cerramos los ojos, sudamos, gemimos. Se convierte en una noche larga, tan larga que se hace de día sin que termine. De pronto la luz que entra desde la terraza nos sorprende. Por la noche no bajamos las persianas, así que ahora es tan de día fuera como dentro. Estoy rendida. La rubia no. Me coloca boca abajo, con la cabeza mirando hacia la terraza. Entonces me fijo en lo que se ve justo al nivel de mis ojos. Lo reconozco enseguida. Es el cactus de su foto de WhatsApp. Abro las piernas. Me tiene. Antes de seguir le pregunto: «O sea, que eres tú. Y eres morena, ¿verdad?». Se mete dentro de mí mientras contesta, inmóvil, un instante: «Creí que nunca ibas a darte cuenta».
Estudio presentado en ESC Congress 2018

Tómate unas vacaciones largas, podrían prolongar tu vida


Investigadores finlandeses han seguido durante 40 años la evolución de más de mil ejecutivos con al menos un factor de riesgo de enfermedad cardiovascular. Los resultados revelan que para reducir la mortalidad no solo es importante llevar una vida saludable y tomar los medicamentos adecuados, también reducir el estrés, y unas vacaciones de más de tres semanas ayudan a conseguirlo.
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<p>La reducción del estrés y unas vacaciones de más de tres semanas (algo inalcanzable para muchas personas) pueden ayudar a reducir el riesgo de enfermedad cardiovascular, según los resultados del estudio. / Pixabay</p>
La reducción del estrés y unas vacaciones de más de tres semanas (algo inalcanzable para muchas personas) pueden ayudar a reducir el riesgo de enfermedad cardiovascular, según los resultados del estudio. / Pixabay
Tomarse vacaciones podría prolongar la vida. Esa es una de las conclusiones de un estudio realizado a lo largo de cuatro décadas y presentado este martes en el congreso que la Sociedad Europea de Cardiología (ESC Congress 2018) celebra entre el 25 y 29 de agosto en Múnich (Alemania).
"No piense que llevar un estilo de vida saludable va a compensar tener un trabajo demasiado duro y sin vacaciones", señala Timo Strandberg, profesor de la Universidad de Helsinki (Finlandia) y coautor del trabajo, aceptado para su publicación en The Journal of Nutrition, Health & Aging. "Las vacaciones pueden ser una buena forma de aliviar el estrés", añade el experto.

De forma aleatoria los voluntarios se dividieron en dos grupos: uno de control (610 hombres) y otro de intervención (612 individuos) con el que se trabajó durante cinco años. El grupo de intervención recibió asesoramiento verbal y por escrito cada cuatro meses para que sus integrantes realizaran actividad física aeróbica, comieran siguiendo una dieta saludable, lograran un peso adecuado y dejaran de fumar.
El estudio se basa en los datos de 1.222 ejecutivos varones de mediana edad, nacidos entre 1919 y 1934 y reclutados para el denominado Helsinki Businessmen Study en 1974 y 1975. Los participantes tenían al menos un factor de riesgo de enfermedad cardiovascular (tabaquismo, presión arterial alta, colesterol alto, triglicéridos elevados, intolerancia a la glucosa o sobrepeso).
Cuando estos consejos para mejorar su salud no fueron efectivos, este grupo también recibió los medicamentos que se recomendaban en aquel momento para disminuir la presión sanguínea (betabloqueantes y diuréticos) y los lípidos (clofibrato y probucol). Por su parte, los ejecutivos del grupo de control recibieron la atención médica habitual y los investigadores no los vieron.
Un resultado inesperado
Como recogieron los estudios de aquella época, al final del experimento el riesgo de enfermedad cardiovascular se redujo en un 46% en el grupo de intervención en comparación con el de control. Sin embargo, en el seguimiento de 15 años que se hizo después, durante 1989, se descubrió que había habido más muertes en el grupo de intervención que en el de control. ¿Qué había pasado?
El análisis presentado ahora ha extendido aquel seguimiento de la mortalidad a 40 años (hasta 2014), utilizando registros nacionales de defunciones y examinando datos inéditos sobre las cantidades de trabajo, sueño y vacaciones que tuvieron los participantes. Los investigadores volvieron a encontrar que la tasa de mortalidad fue significativamente más alta en el grupo de intervención que en el de control hasta 2004. Después, hasta 2014, las tasas de mortalidad de ambos grupos fueron las mismas.
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Evolución de la mortalidad en los grupos de intervención y control a lo largo de los años. / European Society of Cardiology
Según los datos, las vacaciones más cortas se asociaron con un exceso de muertes en el grupo de intervención, donde además se observó que los hombres que como mucho se fueron tres semanas de vacaciones tuvieron un 37% más de probabilidades de morir de 1974 a 2004 que aquellos que pudieron disfrutar de un periodo vacacional más largo. El tiempo de vacaciones, sin embargo, no tuvo impacto en el riesgo de muerte dentro del grupo de control.

El profesor reconoce que el manejo del estrés no formaba parte de la medicina preventiva en la década de los 70, pero ahora se recomienda para las personas con riesgo de enfermedad cardiovascular. Además, actualmente hay más medicamentos disponibles para reducir los lípidos (estatinas) y la presión arterial (inhibidores de la enzima convertidora de angiotensina, bloqueantes de los receptores de angiotensina, bloqueantes de los canales de calcio).
Strandberg aporta una explicación: "En nuestro estudio, los hombres con vacaciones más cortas trabajaban más y dormían menos que los que tenían vacaciones más largas. Este estilo de vida estresante podría haber invalidado cualquier beneficio de la intervención. Incluso pensamos que la intervención en sí misma también puede haber tenido un efecto psicológico adverso en estos hombres, al aportar estrés a sus vidas".
"Nuestros resultados no indican que la educación sanitaria sea perjudicial”, subraya Strandberg. “Más bien, apuntan que la reducción del estrés es una parte esencial en los programas destinados a reducir el riesgo de enfermedad cardiovascular; sin olvidar que los consejos sobre el estilo de vida se deben combinar sabiamente con el tratamiento farmacológico moderno para prevenir los eventos cardiovasculares en individuos de alto riesgo”.

martes, 28 de agosto de 2018

La obra de arte más antigua la hizo un neandertal

La especie extinguida es la autora de unas enigmáticas pinturas rupestres realizadas en tres cuevas españolas hace 65.000 años

Una pseudoescalera realizada hace 64.800 años en la cueva de La Pasiega (Cantabria). C.D STANDISH, A.W.G. PIKE Y D.L. HOFFMANN

Si la humanidad encontrara vida inteligente en otro planeta sería la noticia del milenio. Esos nuevos seres astutos obligarían al ser humano a replantearse su propia existencia y sus relatos religiosos de la Creación. No seríamos excepcionales. No estaríamos solos. Por sorpresa, esa noticia del milenio llega hoy, pero en pasado: no estuvimos solos. Una nueva datación de unas enigmáticas pinturas rupestres garabateadas en tres cuevas españolas muestra que se ejecutaron hace unos 65.000 años, más de 20.000 años antes de que los humanos modernos, los Homo sapiens, llegaran a la península ibérica. Los artistas solo pudieron ser neandertales. El hallazgo es la portada de la revista Science.
Las implicaciones del descubrimiento son descomunales. Es la primera prueba irrefutable de que los neandertales, extinguidos hace unos 40.000 años, tuvieron “lenguaje, cognición avanzada y pensamiento simbólico”, según explica el arqueólogo portugués João Zilhão, coautor de la investigación. Los dibujos analizados son una mano en negativo ejecutada hace al menos 66.700 años en la cueva de Maltravieso (Cáceres), un depósito mineral cubierto de pintura en una pared de la cueva de Ardales (Málaga) y un signo lineal, similar a una escalera, realizado hace al menos 64.800 años en la cueva de La Pasiega (Cantabria). Son las obras de arte más antiguas que se conocen en el planeta.
La pseudoescalera neandertal, en un dibujo de las pinturas de La Pasiega realizado por el prehistoriador francés Henri Breuil en 1913 (las siluetas animales son posteriores).
La pseudoescalera neandertal, en un dibujo de las pinturas de La Pasiega realizado por el prehistoriador francés Henri Breuil en 1913 (las siluetas animales son posteriores). H. BREUIL
Para Zilhão, el descubrimiento “acaba con la narrativa del Génesis, la de los humanos modernos saliendo de África como la especie elegida”. El investigador, de la Universidad de Barcelona, va incluso más allá de las conclusiones publicadas hoy en la revista Science. Zilhão cree que los llamados neandertales —con un cráneo con frente huidiza y un cuerpo más bajo y robusto— eran, en realidad, Homo sapiens. Los neandertales seríamos nosotros mismos.
“Los humanos modernos somos anormalmente homogéneos. En el pasado, la especie humana era más diversa que ahora, como ocurre en otras especies actuales. La variabilidad interna que hoy vemos en los chimpancés es mayor que la que veríamos en todos los humanos pasados y presentes si los considerásemos una sola especie”, reflexiona Zilhão. Según las etiquetas actuales, hace 80.000 años coexistían en la Tierra cinco especies humanas: Homo sapiens, neandertales, Homo floresiensis, Homo erectus y denisovanos. Para el arqueólogo, todas eran lo mismo. “En realidad, nunca hubo más de una especie humana”, sostiene.
“La evolución es muy compleja y tiendo a pensar que los humanos modernos actuales somos el resultado de un delta fluvial que se ha ido nutriendo en su camino evolutivo de una red de afluentes, en este caso de otras poblaciones arcaicas, como los neandertales, que han contribuido a nuestra conformación actual, tal como indican la genética y los fósiles”, opina la paleoantropóloga Josefina Zapata, de la Universidad de Murcia.
De izquierda a derecha, los investigadores Daniel Garrido, Marcos Garcia, Alistair Pike, Dirk Hoffmann, Carola Hoffmann y João Zilhão.
De izquierda a derecha, los investigadores Daniel Garrido, Marcos Garcia, Alistair Pike, Dirk Hoffmann, Carola Hoffmann y João Zilhão. UB
Zapata participa junto a Zilhão en otra investigación que se publica de manera simultánea en la revista Science Advances. Los científicos han vuelto a datar unas conchas marinas perforadas y pigmentadas aparecidas en la cueva de Los Aviones, en Cartagena (Murcia). La nueva datación sugiere una antigüedad de más de 115.000 años, más del doble que los 50.000 años calculados en 2010. Para los autores, el resultado confirma que los neandertales ornamentaban sus cuerpos con collares unos 30.000 años antes de que los llamados humanos modernos comenzaran a hacerlo en África. A juicio del paleoantropólogo Erik Trinkaus, de la Universidad Washington en San Luis (EE UU), estos nuevos estudios certifican que “los neandertales y los humanos modernos eran conductualmente y mentalmente equivalentes”.
Gracias a los últimos avances técnicos, en las nuevas dataciones se ha podido emplear el método del uranio-torio. Los investigadores han analizado muestras de unos pocos miligramos de carbonato de calcio tomado de la superficie de las pinturas rupestres. Cuando se forman estos materiales por precipitación, se acumulan trazas de uranio, que decae a torio a un ritmo conocido. La proporción de estos dos elementos químicos desvela la edad precisa de la muestra.
Conchas perforadas encontradas en la cueva de Los Aviones (Cartagena).
Conchas perforadas encontradas en la cueva de Los Aviones (Cartagena). J. ZILHÃO
La directora del Centro Nacional de Investigación sobre Evolución Humana, María Martinón Torres, no comparte la idea de que neandertales y sapiens fueran la misma especie. “Los neandertales eran marcadamente diferentes en su morfología, en sus adaptaciones biológicas —por ejemplo a climas completamente diferentes—, en su secuencia genética perfectamente distinguible e incluso en su sistema inmune. Y, aunque hubo cruces fértiles [sexo con descendencia entre neandertales y sapiens], también sabemos que hubo problemas de infertilidad, lo que significa que no éramos totalmente compatibles”, afirma la paleoantropóloga.
Martinón, que no ha participado en las nuevas investigaciones, cree que hay dos posibilidades: o la capacidad artística surgió de manera independiente en neandertales y sapiens, “ya que ambos tenían grandes cerebros”, o la heredaron de un ancestro común, hace unos 500.000 años. “A ver si se derriba finalmente la teoría de que los neandertales se extinguieron porque eran cultural y simbólicamente inferiores a los humanos modernos”, sentencia.
El prehistoriador Marcos García Diez, de la Universidad Isabel I (Burgos), subraya otro hallazgo importante de su equipo. En la cueva malagueña de Ardales, los neandertales pintaron al menos en dos momentos diferentes, con 20.000 años de diferencia. “Conservaron una tradición simbólica durante miles de años. El espacio, la cueva, también era simbólico. Alguien tenía que decir: Este es nuestro espacio. Esta es nuestra ermita”.

‘¿Por qué es divertido el sexo?’ La evolución tiene la respuesta


El ser humano es el animal con la vida sexual más estrafalaria. Tanto, que le ha ayudado en el desarrollo de nuestra cultura. Con esta tesis de partida, el antropólogo Jared Diamond contesta preguntas que ni nos habíamos planteado en el que es su libro más accesible.
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<p>El sexo humano es el más extravagante de la naturaleza, según Diamond. / AdobeStock</p>
El sexo humano es el más extravagante de la naturaleza, según Diamond. / AdobeStock
Jared Diamond (EE UU, 1937) comenzó estudiando el funcionamiento de la vesícula biliar. Su curiosidad lo llevó a aventurarse en áreas como la ornitología, antropología, ecología, geografía y biología evolutiva. De este popurrí surge una de las mentes más brillantes e interesantes de nuestro tiempo, ganador del Premio Pulitzer por su libro Armas, gérmenes y acero, publicado en 1997.
Ese mismo año Diamond publicaba también ¿Por qué es divertido el sexo?, un libro que puede parecer menor en comparación con su hermano en ambición y extensión. No se dejen engañar. Diamond explica la evolución de la sexualidad humana con su pasión y humor característicos y desde un punto de partida que pocos lectores se habrán planteado antes: aunque a nosotros no nos lo parezca, somos el animal con la vida sexual más extravagante. Y, en parte, por eso hemos llegado hasta aquí.

Son algunas de las preguntas a las que Diamond responde en su libro más ameno, que sirve como una estupenda introducción a la filosofía de un autor que, sin resultar denso, tiende a obras enciclopédicas y poco ‘veraniegas’. Los lectores que quieran introducirse en el fascinante trabajo de Diamond no encontrarán un mejor punto de partida, con la salvedad del también breve –aunque más complejo–
 Sociedades comparadas.¿Por qué los hombres no dan el pecho a sus bebés, cuando tienen pezones funcionales? Si no los usan, ¿por qué tienen pezones? Ya puestos, ¿para qué sirven los hombres? ¿Por qué el ser humano tiene un pene gigantesco en comparación con el de otros primates? ¿Por qué tenemos sexo en privado y no en público?

Mucho más que sexo

Diamond nunca da puntada sin hilo. ¿Por qué es divertido el sexo? es mucho más que el clásico compendio de curiosidades científicas. El investigador defiende que entender cómo ha evolucionado la sexualidad humana sirve también para comprender otros de nuestros rasgos característicos, como la cultura, la capacidad de hablar, la relación entre padre e hijo y hasta el dominio de herramientas.

Durante el camino en el que Diamond nos convencerá –o no– de esa idea, descubriremos que los hombres son capaces de lactar, que el pene en erección de nuestros ancestros medía unos 4 centímetros y que las mujeres ‘ocultaron’ su ovulación a sus parejas para proteger a sus crías del infanticidio, y con ello abrieron las puertas al sexo recreativo, la monogamia y los cuidados familiares.
“Los paleontólogos atribuyen normalmente la evolución de estos rasgos a nuestra adquisición de cerebros más grandes, así como a la de la postura erecta. Yo mantengo la teoría de que nuestra estrafalaria sexualidad fue asimismo esencial para su evolución”, sostiene Diamond en el prefacio del libro.

Ficha técnica

diamond sexo
Título: ¿Por qué es divertido el sexo?
Autor: Jared Diamond
Editorial: Debolsillo
Fecha de publicación: 1997
Páginas: 192

lunes, 27 de agosto de 2018



Afirman haber encontrado restos de un Universo anterior

El célebre físico Roger Penrose cree haber localizado remanentes de agujeros negros que datan de antes del Big Bang



"Lo que afirmamos -explica Penrose- es que estamos viendo el remanente final de un agujero negro que se evaporó en el eón anterior". Junto a un grupo de colegas, el investigador británico acaba de publicar sus conclusiones en 
Arxiv.org.Una serie de anomalías luminosas que aparecen en ciertas imágenes de los científicos podrían ser restos de un Universo anterior. O por lo menos eso es lo que piensa Roger Penrose, el célebre físico de la Universidad de Oxford que a mediados de los sesenta explicó, junto a Stephen Hawking, cómo se forma una singularidad. Para Penrose, en efecto, esas extrañas espirales de luz serían restos de agujeros negros que lograron sobrevivir a la destrucción de un Universo que existió antes del Big Bang.
Penrose es uno de los padres de una teoría llamada "Cosmología Cíclica Conforme" (CCC), según la cual el Universo pasa por una serie infinita de ciclos (eones), durante los cuales primero se expande y después se comprime hasta convertirse de nuevo en un punto. Lo cual podría permitir que, bajo ciertas condiciones, la radiación electromagnética sobreviviera a la destrucción de un Universo para pasar a formar parte del siguiente.
Y esos restos "supervivientes" son precisamente los que Penrose y sus colegas creen haber identificado en el Fondo Cósmico de Microondas (CMB), la débil radiación residual del Big Bang que impregna por completo el Universo en que vivimos.

Puntos de Hawking

En su trabajo, los investigadores han bautizado a los círculos de luz que aparecen en las imágenes como "puntos de Hawking", en honor al recientemente desaparecido físico británico. De hecho, fue precisamente Hawking quien predijo que los agujeros negros emitían pequeñas cantidades de radiación electromagnética, algo que con el paso del tiempo implicaba su completa evaporación.
Hasta ahora, nadie ha sido capaz de ver la "radiación Hawking",pero Penrose cree que ha logrado detectar claros signos de esa radiación sobrante de un Universo anterior. "Creo que Hawking habría estado encantado de ver en una observación real los efectos que él predijo", asegura Penrose.
Según el físico británico, los "puntos de Hawking" aparecen con claridad en un mapa creado por BICEP2, un radiotelescopio situado en el Polo Sur. En 2014, en efecto, BICEP2 se encontró con una serie de "remolinos" de luz polarizada en el CMB. El equipo de BICEP2 dijo que esos remolinos, conocidos como "modos B", fueron causados por las ondas gravitacionales de la inflación, el crecimiento del universo después del Big Bang. Pero Penrose y sus colegas tienen para ellos una explicación muy diferente.
Los investigadores se fijaron en un punto concreto del mapa de BICEP2, que aparece rodeado por un anillo de luz polarizada, lo que indica una gran diferencia de temperatura entre sus partes interna y externa. En su artículo, los físicos sostienen que se trata de campos magnéticos de agujeros negros de un Universo anterior, evaporados a través de la radiación Hawking.
Según la teoría CCC, toda la energía de un agujero negro que se evapora se comprimiría en un punto diminuto a medida que el universo se encogiera, antes de expandirse otra vez en un nuevo eón. No podemos ver los puntos de Hawking en los datos, dice Penrose, porque las mediciones del Fondo Cósmico de Microondas solo se remontan a 380.000 años después del Big Bang. Pero sí que podemos ver los anillos luminosos.
En su trabajo, Penrose y su equipo localizaron hasta 20 de estas áreas de aumento de temperatura en los mapas de BICEP2. Y creen que por lo menos una de ellas es un "punto de Hawking", aunque señalan que otras cuatro o cinco merecerían ser investigadas más a fondo.

Explicaciones alternativas

Otros investigadores creen que las "señales" identificadas por Penrose admiten explicaciones alternativas, como que los círculos luminosos se deban, en realidad, a una simple curvatura de la luz al pasar cerca de algún objeto masivo.
Pero Penrose y su equipo se defienden diciendo que también utilizaron mapas del CMB hechos por el telescopio espacial Planck, anterior al BICEP2, para comprobar si los puntos anómalos también estaban allí. Y descubrieron, después de más de 4.000 simulaciones informáticas, que también estaban presentes.
"Esto significa -asegura Daniel An, uno de los firmantes del artículo- que esos puntos no surgieron por casualidad, sino como consecuencia de algún fenómeno físico". Lo cual apunta a que la teoría, y las observaciones de restos de un Universo anterior, son correctas.Este punto en el mapa del Fondo Cósmico de Microondas podría ser una pista de la existencia de un Universo anterior

domingo, 26 de agosto de 2018

maquinas asesinas


Advertencia de la Academia Estadounidense de Pediatría | 24 AGO 18
Los cuatriciclos matan a más niños que las bicicletas
La Academia Estadounidense de Pediatría (American Academy of Pediatrics, AAP) advierte que los niños menores de 16 años no deben usarlos
Autor: Trisha Korioth Fuente: American Academy of Pediatrics ATVs kill more children than bicycles: AAP urges families to yield to safety
Resultado de imagen para All-terrain vehicles (ATVs) child
Ya no los ves en las granjas. Los vehículos todoterreno (ATV) son populares entre los entusiastas del aire libre de todas las edades que los recorren en senderos, campos y parques de vehículos todo terreno.
Los niños menores de 16 años no deben usarlos
Los vehículos motorizados de cuatro ruedas requieren habilidad y pensamiento rápido. Por lo tanto, la Academia Estadounidense de Pediatría (American Academy of Pediatrics, AAP) advierte que los niños menores de 16 años no deben usarlos.
En 2015, al menos 73 niños menores de 16 años murieron y 26,700 resultaron gravemente heridos por los vehículos todo terreno.
"Más niños mueren en vehículos todo terreno que mueren en accidentes de bicicleta", dijo Charles Jennissen, M.D., FAAP, un pediatra y experto en seguridad que estudia lesiones y muertes de ATV en niños.
Su primo de 13 años y un vecino murieron cuando conducían un ATV a una carretera cerca de la granja de su niñez y fueron alcanzados por una camioneta.
A pesar de su nombre, los cuatriciclos no son seguros en todos los terrenos
Más de la mitad de las muertes de ATV ocurren en las vías públicas. A pesar de su nombre, los ATV no son seguros en todos los terrenos. Tienen un centro de gravedad alto y neumáticos fuera de carretera que agarran de manera irregular las superficies pavimentadas o de grava.
Si los padres permiten que sus hijos menores de 16 años viajen en un ATV, la Dra. Jennissen les insta a seguir estas reglas de seguridad:
  •     Los conductores siempre deben usar cascos estilo motocicleta aprobados.
  •     No transportar pasajeros
  •     Manténgase alejado de las vías públicas.
  •     No permita que los niños conduzcan un vehículo todo terreno modelo adulto, que puede alcanzar velocidades de hasta 80 mph.
  • Su tamaño y velocidad los hacen demasiado peligrosos para que los niños manejen.
Hay cuatro categorías de ATV juveniles que varían en velocidad y tamaño del motor. Ninguno está hecho para niños menores de 6 años.
  • Los cuatriciclos para conductores de 6 años en adelante pueden viajar de 10 a 15 mph.
  • Los cuatriciclos para conductores de 10 años en adelante y mayores de 12 pueden viajar de 15 a 30 mph.
  • Los cuatriciclos para conductores de 14 años en adelante pueden viajar de 20 a 38 mph.
"No tenemos idea si estas son velocidades seguras para que los niños viajen. Los fabricantes no han hecho ningún estudio con niños y han determinado las velocidades a las que pueden conducir con seguridad ", dijo el Dr. Jennissen.
Los padres deben supervisar a sus hijos y hacer cumplir las normas de seguridad, pero simplemente observar a su hijo no evitará un choque. "Es muy fácil para un niño subirse a un ATV, apretar el acelerador y hacerlo funcionar", dijo la Dra. Jennissen. "Pero eso no significa que puedan tomar las decisiones necesarias para operarlos de manera segura".