Tan solo una bebida alcohólica al día aumenta ligeramente el riesgo que tiene una persona de presentar problemas de salud, de acuerdo con un nuevo estudio.
Los autores también concluyeron que no hubo beneficios a la salud con ningún nivel de consumo de alcohol, un hallazgo contrario a muchas investigaciones previas y lineamientos de salud pública en muchos países.
El análisis, realizado en 195 países y territorios desde 1990 hasta 2016, se basó en 694 fuentes de datos y analizó 592 estudios para determinar los riesgos a la salud de la ingesta de alcohol. Aunque el estudio está entre los más grandes de su tipo, también fue observacional; relacionó el consumo en toda una población con las tendencias de salud promedio.
Los métodos no fueron convincentes para muchos expertos.
El especialista en estadística de la Universidad de Cambridge David Spiegelhalter, por ejemplo, escribió acerca de la conclusión del estudio: “Afirmar que no hay un nivel ‘seguro’ no parece un argumento para ser abstemio. No hay un nivel seguro de conducción, pero los gobiernos no recomiendan que la gente evite conducir autos”.
También diseñaron un método para distinguir el consumo de alcohol entre los turistas del de las poblaciones residentes y relacionaron los datos de consumo con veintitrés resultados en la salud, desde accidentes automovilísticos, suicidios y tuberculosis, hasta cirrosis hepática, enfermedades cardiovasculares y distintostipos de cáncer.Los investigadores se basaron en datos de ventas y encuestas para calcular la prevalencia del consumo de alcohol en cada país, e hicieron estimaciones del consumo de bebidas estándar diarias. Estas representan diez gramos, o cerca de 0,01 mililitros de alcohol etílico puro: el equivalente a 100 mililitros de vino tinto con un nivel alcohólico de trece por ciento; 355 mililitros de cerveza con un porcentaje de alcohol de 3,5, o treinta mililitros de whisky de 80 grados.
En 2016, fueron contabilizados como bebedores el 25 por ciento de las mujeres y el 39 por ciento de los hombres; cerca de 2400 millones de personas en todo el mundo. Las mujeres consumían en promedio 0,73 tragos al día y los hombres, 1,7.
Las tasas de ingesta de alcohol varían mucho por país, pero en general el estudio encontró que mientras mayor era el nivel de ingresos promedio del país, mayor era la prevalencia del consumo alcohólico.
El estudio, publicado en la revista médica The Lancet, concluyó que el consumo de alcohol está implicado en 2,8 millones de muertes al año en todo el mundo, lo que lo convierte en el séptimo factor de riesgo de muerte e incapacidad.
Entre las personas de 15 a 49 años, beber alcohol es el único factor de riesgo más común de muerte e incapacidad. En 2016, el alcohol representó el 6,8 por ciento de las muertes en hombres y el 2,2 por ciento en mujeres.
“La diferencia principal entre el alcohol y el cigarro es que a nadie le sorprende que fumar sea malo”, dijo la autora principal, Emmanuela Gakidou, profesora de ciencias de la medición para la salud de la Universidad de Washington.
“Pero sí causa mucha sorpresa, incluso entre los expertos, que el alcohol sea tan malo para las personas como en realidad lo es”.
Muchos estudios y la mayoría de los lineamientos de salud sugieren que el consumo moderado de alcohol —una o dos bebidas al día— es seguro e incluso podría reducir el riesgo de presentar cardiopatías, infartos o diabetes.
Sin embargo, Gakidou y sus colegas encontraron que solo un trago por día durante un año aumenta ligeramente los problemas de salud relacionados con el alcohol, de una tasa de 914 por cada 100.000 personas a 918 por cada 100.000 personas.
Por una psicología sin ajardinamientos
por Marino Pérez
El catedrático de Psicología Marino Pérez pone en duda la credibilidad de la psicología positiva y la califica como “una ciencia que hay que sostener con alegatos porque no se sostiene por sí misma”
Sin dejar de reconocer la legitimidad de la carta de la Sociedad Española de Psicología Positiva y su comprensible defensa de la psicología positiva, no dejan de llamar la atención algunas “debilidades”, más que “fortalezas”, del alegato. Por lo pronto, parece que la propia psicología positiva abandona la “resiliencia” y la “positividad” a favor del cabreo y del malhumor, cuando encuentran algo que nos les gusta. De todos modos, lo que más sorprende, como defensa del carácter científico de la psicología positiva, es ver que, según parece también, es una ciencia sin teoría: “no es una teoría, sino un campo de estudio”, se dice. La psicología positiva se reconoce o arroga como la “ciencia de la felicidad” y, sin embargo, no tendría, entonces, una teoría de la felicidad, que investigarían sin saber qué es (si fuera así, sería como aquellos que fueran a explorar el polo Oeste sin plantearse qué es un polo terrestre).
Pero lo cierto es que la psicología positiva tiene teoría, cómo no, siendo una de sus más conspicuas formulaciones la distinción entre hedonismo y eudaimonía, junto con el supuesto crecimiento en espiral (“upward spiral”) del mutuo fortalecimiento entre las emociones positivas, las relaciones sociales y la salud física. Se trata de una teoría debida a Barbara Fredrickson, considerada una de las investigadoras con mayor perfil científico dentro de la psicología positiva, que ella y sus colaboradores tratan de fundamentar con análisis matemáticos y bases genómicas. Una vez más, porque no es la primera, un análisis crítico de sus estudios muestra que están plagados de problemas que van desde la teoría y la conceptualización, pasando por las mediciones, a los análisis estadísticos e interpretaciones de los “hallazgos”. De uno de estos análisis críticos se hace eco la revista Materia, del que viene esta espiral de comentarios, y que tanto parece cabrear a la psicología positiva. En realidad, con quien debieran estar cabreados es con la reincidencia de Fredrickson.
Mejor nos iría a los psicólogos con la Psicología, sin más, que ya bastantes problemas tiene para establecer su campo científico, como para ajardinarlo y quedarse con lo que florece. Mejor le iría a la Psicología, sin andar por las ramas y sin dividirla en positiva y negativa.Si hubiera que quedarse con que la psicología positiva es un “campo de estudio”, en vez de una teoría, ello de por sí no define una ciencia. Si bien una ciencia tiene un campo (de teorías, conceptos, términos, procedimientos, métodos, etcétera), con algún “cierre” o recurrencia lógica y empírica, un campo de estudio sin teoría o con teorías “por los suelos” no se ve que sea una ciencia. Desde luego, no sería una gran ciencia, si acaso una ciencia que hay que sostener con alegatos porque no se sostiene por sí misma. Dejando aparte consideraciones de este tipo (difíciles de eludir si se quiere tratar a fondo del asunto), la pregunta sería de qué y cómo se puebla el campo de la psicología positiva. A lo que parece, de meter en su campo todo lo relacionado con “lo positivo” de la psicología de siempre y acotarlo con rótulos y vallas de psicología positiva, de modo que no se puede tocar ni entrar con “malas noticias”. ¿Es que la psicología no estaba interesada en el bienestar hasta la llegada de la psicología positiva en el año 2000?
— Marino Pérez, catedrático de Psicología de la Universidad de Oviedo
Estoy en la cocina. Azulejos de color celeste que nunca me gustaron. Mesada de mármol. Pila de aluminio. Abro la nevera. Hora del almuerzo. Dos tomates y un pepino. No hay más. Los miro con una sensación parecida al desánimo y me consuelo pensando en el pan congelado que, rociado con aceite de oliva virgen extra, dará cierta contundencia a un menú de solitaria que se está repitiendo con excesiva frecuencia. Mientras cojo los tomates con una mano y empuño el pepino con la otra me pregunto por el significado de excesiva y de frecuencia. Hay otras preguntas que surcan el aire. Las aparco. Lavo los tomates. Noto la piel dura contra la palma. La temperatura. Los seco con el trapo de cocina que, todavía con las manos húmedas, extraigo del primer cajón del mueble de madera que hay junto al lavavajillas. Los abro por la mitad. El jugo se desparrama sobre el mármol junto a las pepitas. Entonces agarro el pepino. Demasiado grande para mí sola, pienso. Pero si dejo la mitad en la nevera acabaré por tirarlo. Decido comérmelo entero. Quizás me queda alguna lata de atún. Miro en la despensa y bingo. Pongo a tostar el pan. Me encanta el olor del pan tostado. Abro la lata de atún. Me mancho. Me cago en todo. Es un vestido del color de los azulejos que me he puesto esta mañana. De los pocos frescos y bonitos que tengo para andar por casa. Me ha saltado aceite justo en el escote. Suerte que no me he puesto sujetador. Detesto los lamparones de aceite. En fin.
Pelo el pepino. Le dejo algunos trozos de piel. Dicen que así no repite. No sé si es cierto. A mí me funciona. Justo cuanto voy a cortar la primera rodaja, me suena el móvil. Por norma general no contesto cuando como ni cuando estoy a punto de comer, pero el número desde el que llaman me resulta extraño y siento curiosidad. Tampoco me va de un rato. Es sábado. No tengo nada mejor que hacer. «¿Diga?». «Bájate las bragas».
Cuelgo deprisa. Como si quien ha llamado me estuviera viendo. Como si me estuviera espiando. Voz de mujer. Una voz desconocida y aterciopelada. Una voz imperativa. Decidida. Una voz que me ha calentado como hace tiempo que no me calienta nada ni nadie. La gente es tan previsible en general. Tan poco osada.
Me apoyo contra el mármol. Me subo poco a poco el vestido con la punta del pepino. Me moriría de vergüenza si alguien me viera. O quizás me gustaría que alguien me viera. Lo que no me gusta es la palabra pepino. Pienso en las muchas ventajas que tiene la vida en solitario. Con la punta del pepino me aparto las bragas hacia un lado. Me excita notar la frialdad, la piel rugosa. Entonces recuerdo la orden, «bájate las bragas». Obedezco. Solo me las bajo un poco. Hasta dejar al descubierto el pubis, las nalgas. Me acaricio, primero de a poco, después más deprisa. Cierro los ojos y me acuerdo de aquella vez en que un egipcio me pintaba los ojos en un comercio lleno de pequeñas botellas de perfume, de su cuerpo envuelto en una túnica marrón y de la erección con la que me empujaba mientras me miraba a los ojos y me los delineaba con un pincel untado de kohl en aquel silencio de aromas mezclados, suspendidos bajo un atardecer que El Cairo consiguió grabarme en la memoria corporal. Me corro. Me limpio con la palma de la mano. Soy una cerda, pienso, porque no voy a lavarme y porque tampoco voy a lavar el pepino. Así, tal como está, voy a cortarlo para la ensalada, a mezclarlo con el tomate, a rociarlo de aceite y atún, a metérmelo en la boca y a tragármelo todo.
Fin de la historia, creo yo, una vez termino de almorzar y me tumbo en el sofá a dormitar un rato. Pero no. La llamada vuelve a mi cabeza y la intriga es inevitable. ¿Ha sido un número al azar? ¿Se trata de alguien que me conoce? ¿Una que quiere conocerme? ¿Cómo sabe mi número? ¿Quién? ¿Por qué me ha puesto a mil?
Intento deducir el tipo de mujer por la voz. Quizás, más que deducirlo, imagino lo que deseo. Morena, seguro. Solo me ponen las morenas. Boca generosa. Pechos grandes. Estatura media. No demasiado delgada. Femenina, pero al estilo lésbico: no para gustar a hombres ni a mujeres heterosexuales. Exclusivamente bollo. Joven, pero no tanto. La experiencia es un grado y, puesta a soñar, para qué limitarme. Desinhibida, pero con la típica timidez de quien prefiere una llamada anónima a una red de contactos. ¿Se habrá hecho una paja también ella? Puedo imaginarla, claro. Estamos en primavera, así que va ligera de ropa. Quizás unos shorts y una camisa bastante transparente. Sin ropa interior. Tras la llamada sonríe. Comprende su éxito. Mejor dicho, lo intuye. ¿Volverá a llamar? ¿Cuándo?
Lo único que me ha dicho es «bájate las bragas». Si por lo menos me hubiese llamado por mi nombre… «Andrea, bájate las bragas». Pero no. El colmo de la brevedad. No puedo averiguar si sabe quién soy, si me ha llamado a mí o a cualquiera.
Cojo el móvil, miro las llamadas recibidas. Reviso el número de teléfono. No me suena de nada. Lo agendo para ver si tiene WhatsApp. Tiene. La foto es una mierda de cactus. ¿Un cactus? ¿Qué le pasa? ¿Qué quiere decir? ¿Soy huraña? ¿Soy de México? ¿Bióloga? ¿Rara que te cagas? ¿No vas tener puta idea de quién soy a menos que me llames?
Me duermo un rato. Quiero estar descansada para mi cita de esta noche. Una rubia hot que me presentaron el lunes unas amigas que están hartas de tenerme soltera. «Necesitas una amante, Andrea. Estás insoportable. Esta chica te va a encantar. Pon algo de tu parte, en serio, ya va siendo hora de que olvides a la tarada». Con el término «tarada» mis adorables amigas se refieren a una tipa con la que mantuve una relación absurda durante algún tiempo.
¿Qué me pongo? Concéntrate en la ropa interior, Andrea, me digo. Y reza por que ella haga otro tanto. Por fuera de negro, por dentro de azul noche. La gama del deseo de hoy. Me miro al espejo por enésima vez antes de salir. Allá vamos.
Cuando llego al restaurante la rubia me está esperando. Vestida para matar. Cruce de piernas fastuoso con túnel hacia el centro metafórico de su cuerpo, falda corta de color tostado, tobillos aupados en sandalias con plataforma, camisa blanca con gemelos y con un escote en apariencia casual que deja entrever un sostén de encaje granate que, si no me equivoco, le queda algo pequeño y termina muy cerca de sus pezones. Si no fuera rubia sería perfecta; sonrío, le digo que no se levante para saludarme pero ya lo ha hecho, le rodeo la cintura para dirigir un beso muy cerca de su boca que ella mueve para encontrar la mía y humedecerla con una sutil apertura de los labios. Tiene claro a lo que hemos venido. No se anda con rodeos. No voy a permitir que me cohíba.
Asisto maravillada a su manera sexual de empuñar los cubiertos, de llevarse la comida a la boca, de chupar la cuchara del postre, de mirarme mientras lo hace y darme a entender que está lamiendo otra cosa.
A la noche, ya en su casa, en una cama de sábanas de lino sin duda planchadas para la ocasión, música de jazz clásico, las no menos de treinta velas encendidas mientras desaparezco un momento en el lavabo, los aceites de masajes en la mesita de noche al alcance de la mano, la sonrisa que todo lo pide y todo lo da, allí y en ese ambiente, ofrezco el do de pecho con la frase telefónica de la mañana en la cabeza, que me excita y estimula sin que yo lo quiera e incluso sin que lo acepte. La rubia tiene las nalgas duras y redondas. Le digo «bájate las bragas». Lo hace como si hubiese esperado que se lo pidiera. Antes le he quitado el sostén que, en efecto, resultaba demasiado pequeño para sus pechos, que he lamido con una gula evidente. Me monto en sus nalgas. Gime. Le tapo la boca con una mano mientas con la otra entro en ella. Me muerde los dedos, los aparto dolorida, pero es ella quien grita. Se ha corrido. Su pelo rubio huele a frutas. Su sudor a resina. Su espalda a tierra mojada. Suspiro. Muevo mi sexo entre sus nalgas. Entonces me corro yo. Horas después, nos dormimos agotadas.
Le beso los hombros cuando nos despertamos. Coloco la cara entre sus senos. La respiro. Ella suspira. La toco. Está empapada. Le abro las piernas con mis pies. Tanto como puedo. La penetro. Se mueve al ritmo de mi deseo. Me deslizo al ritmo del suyo. Me penetra. Y estando así, una dentro de la otra, rozándose con precisión nuestros cuerpos, tenemos un orgasmo común y salvaje.
Mientras me hace el desayuno me pregunto cuánto tiene que ver la llamada de la mañana anterior con el nivel de placer al que he llegado. Por qué lo oculto se nos instala en un lugar inconfesable. Me sirve café, tostadas y zumo recién hechos en la terraza. Apenas hablamos. Mirarnos, eso sí. Más de reojo que de frente. No nos conocemos apenas. Me pregunto qué debe de estar pensando ella. Siento que debo irme cuanto antes.
«Ya nos llamaremos», le digo desde el ascensor. Pero no le he pedido el teléfono ni le he dado el mío. «Claro», dice ella. Y cierra la puerta del apartamento antes de que acabe de taparme a mí la del ascensor.
Salgo de casa de la rubia intentando recordar cómo se llama. Es un nombre con ese. Silvia no. Sara. Sandra. No, no. Sonia. Tampoco, joder. Cómo se llama. Susan. Sí, eso es. Susan. Me tranquilizo. Ok, sé cómo se llama. Y qué. Ni que fuera un concurso y hubiese premio.
Me doy cuenta de que me entretengo con el tema del nombre para no pensar en el teléfono de las bragas —he decidido bautizarlo así—. Joder, cómo puedo estar pensando en esa guarrada en vez de centrarme en la noche que acabo de pasar con Susan —ahora me repito su nombre feliz de haberlo recordado; cuántas veces no ha sido así—, que es lo mejor que me ha pasado en los últimos meses, no cabe duda, y resulta que en lugar de flipar con ella sigo colgada de una mierda de llamada que además casi seguro que fue un error. Que me den. En serio, Andrea, no vas bien, me digo. Has perdido el norte. No se lo cuentes a nadie.
Voy caminando. No vivo lejos de la rubia. Saco el móvil del bolsillo. Miro las llamadas recibidas. No lo hagas, me digo. No tienes que hacerlo. Andrea, no pienses con los ovarios. Te mueres de ganas. Quieres conocer a esa tía descarada. Quieres follártela. Boca arriba, boca abajo. Bajarle las bragas, que te las baje. Bajaros las bragas las dos a la vez. Solo un poco, lo suficiente. ¿En serio?
¿Llamaría a Susan si tuviera su teléfono? Oficialmente no lo tengo. No sería difícil hacerme con su número. Pero averiguarlo sería mostrar demasiado interés. Ella tal vez piense lo mismo. ¿Cine? No me apetece. ¿Amigas? No tengo ganas. ¿Y qué quiero?
Llego a casa. Cojo el móvil. Le doy a la tecla verde. Llamando. El corazón se me acelera. El teléfono al que llama está desconectado o fuera de cobertura. Mierda. Mierda. Mierda. Acción fallida. No estás pensando, Andrea. Estás atontada. Verá la llamada perdida. Confirmación de tu interés. ¿Por qué quieres meterte en un lío?
Voy a la cocina, ni siquiera enciendo la luz. Imagino que acaba de llamarme. Imagino que me ha dicho: «Me gusta que me hayas obedecido. Ahora no te las bajes. Tócate». Me desabrocho el cinturón. Botón, cremallera. Me cuesta meter la mano por los vaqueros, tan ceñidos. Me ayudo por fuera con la otra mano. Actúo con las dos. Adelante y atrás, cada vez con más intensidad. No puedo estar más mojada. El orgasmo me deja con las piernas temblando. Apoyada en el mármol, frío. Mantengo la mano caliente por debajo de las bragas.
Lunes. Me voy a la tele. Me doy cuenta de que miro a todo el mundo como indagando. Como si me propusiera y fuera posible averiguar quién es. Cuando digo que miro a todo el mundo me refiero a las mujeres. Para mí, en ese sentido, ni existe ni ha existido ni va a existir nada más. Me fascinan, me pueden, me encantan, me seducen, me enloquecen. Y ahora que sospecho que hay una que me desea en secreto, que no en silencio, me derrito por averiguar quién es.
Cruzo miradas, sonrío más que de costumbre. Busco cercanías. Ser presentadora de televisión es un obstáculo. Hay demasiadas posibilidades y casi ninguna pista. En maquillaje creo notar que la maquilladora me toca con mayor intención que otras veces. Intento darle permiso con comentarios de doble sentido, pero no avanza. La de vestuario me ayuda con la ropa de un modo que a mí me parece distinto, cómplice; le pido que se pruebe una de mis blusas, se la abotono, la miro en el espejo, se incomoda; tiene novio, y lo sé, pero nunca se sabe con las que de pronto quieren probar. La productora me abraza feliz por el éxito de una gestión reciente que nos va a permitir entrevistar a Jennifer Aniston, de quien llevo años enamorada. Le pregunto si le va a dar un ataque de celos. Se ríe y no aprovecha el comentario. Una de las cámaras me guiña dos o tres veces el ojo mientras esperamos en plató. Le miro el culo de un modo más explícito que nunca. De nada sirve. No hay respuestas.
Exagero. Sobredimensiono. No tiene por qué ser alguien del trabajo. Tengo un montón de seguidoras. Cualquiera de ellas podría haber decidido dar un paso. ¿Y si es una broma de mis amigas? Las mato, te lo juro que las mato bien muertas. Cucarachas.
Resumamos la semana. Teatros, entrevistas, cines, programas, reuniones, velocidad, estrés, agenda apretujada y el móvil a todo gas y sin llamadas del teléfono de las bragas. Yo tampoco insisto. No olvido ni espero. Pero llega el sábado otra vez.
Susan me ha mandado un e-mail —qué raro que en vez del teléfono haya pedido a mis amigas el correo electrónico— para citarme en un japonés. Acepto. La cena es de lo más estimulante. Usa los palillos para atrapar las piezas de sushi pero también para separarme el escote de la piel y recorrer el borde de mi sostén hasta colocar uno de los palillos justo en medio, entre mis pechos, de modo que noto la humedad que conserva después de que ella se lo haya llevado a la boca para limpiarlo con la lengua. Me sonríe. Me digo que es la rubia de carácter menos rubio que he conocido en mi vida. Hemos entrado descalzas al tatami, así que coge uno de los cubitos en que se está enfriando el blanco que hemos pedido y, después de recorrerse con él la boca, lo lleva hasta los dedos de uno de mis pies, el que le queda más cerca. Me da escalofríos y placer. Me acaricia con el hielo, lo retira un instante y vuelve a pasearse con él por mi tobillo mientras se le derrite entre las manos. Yo me dejo hacer. La devolución llegará cuando alcancemos la cama.
Salimos a la calle incendiadas. Nos sobra la ropa. Caminamos deprisa. De vez en cuando nos empujamos hasta cualquier pared para besarnos.
En su casa, en el ascensor, le arrebato con la boca el sostén de puntilla, esta vez de color verde inglés. Le aparto con la lengua el tanga a juego. Abro la boca en sus pechos. Tropiezo con sus pezones, los busco, los pierdo, los huelo, los muerdo. La acaricio con las manos y después con el cuerpo. Entramos en la casa. Nos desnudamos una a la otra camino del dormitorio. No llegamos, nos detenemos en la alfombra blanca y mullida de la sala. Allí la aplasto, damos vueltas, me aplasta, damos vueltas, nos encajamos, nos cabalgamos, nos miramos, cerramos los ojos, sudamos, gemimos. Se convierte en una noche larga, tan larga que se hace de día sin que termine. De pronto la luz que entra desde la terraza nos sorprende. Por la noche no bajamos las persianas, así que ahora es tan de día fuera como dentro. Estoy rendida. La rubia no. Me coloca boca abajo, con la cabeza mirando hacia la terraza. Entonces me fijo en lo que se ve justo al nivel de mis ojos. Lo reconozco enseguida. Es el cactus de su foto de WhatsApp. Abro las piernas. Me tiene. Antes de seguir le pregunto: «O sea, que eres tú. Y eres morena, ¿verdad?». Se mete dentro de mí mientras contesta, inmóvil, un instante: «Creí que nunca ibas a darte cuenta».
Estudio presentado en ESC Congress 2018
Tómate unas vacaciones largas, podrían prolongar tu vida
Investigadores finlandeses han seguido durante 40 años la evolución de más de mil ejecutivos con al menos un factor de riesgo de enfermedad cardiovascular. Los resultados revelan que para reducir la mortalidad no solo es importante llevar una vida saludable y tomar los medicamentos adecuados, también reducir el estrés, y unas vacaciones de más de tres semanas ayudan a conseguirlo.
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La reducción del estrés y unas vacaciones de más de tres semanas (algo inalcanzable para muchas personas) pueden ayudar a reducir el riesgo de enfermedad cardiovascular, según los resultados del estudio. / Pixabay
Tomarse vacaciones podría prolongar la vida. Esa es una de las conclusiones de un estudio realizado a lo largo de cuatro décadas y presentado este martes en el congreso que la Sociedad Europea de Cardiología (ESC Congress 2018) celebra entre el 25 y 29 de agosto en Múnich (Alemania).
"No piense que llevar un estilo de vida saludable va a compensar tener un trabajo demasiado duro y sin vacaciones", señala Timo Strandberg, profesor de la Universidad de Helsinki (Finlandia) y coautor del trabajo, aceptado para su publicación en The Journal of Nutrition, Health & Aging. "Las vacaciones pueden ser una buena forma de aliviar el estrés", añade el experto.
De forma aleatoria los voluntarios se dividieron en dos grupos: uno de control (610 hombres) y otro de intervención (612 individuos) con el que se trabajó durante cinco años. El grupo de intervención recibió asesoramiento verbal y por escrito cada cuatro meses para que sus integrantes realizaran actividad física aeróbica, comieran siguiendo una dieta saludable, lograran un peso adecuado y dejaran de fumar.El estudio se basa en los datos de 1.222 ejecutivos varones de mediana edad, nacidos entre 1919 y 1934 y reclutados para el denominado Helsinki Businessmen Study en 1974 y 1975. Los participantes tenían al menos un factor de riesgo de enfermedad cardiovascular (tabaquismo, presión arterial alta, colesterol alto, triglicéridos elevados, intolerancia a la glucosa o sobrepeso).
Cuando estos consejos para mejorar su salud no fueron efectivos, este grupo también recibió los medicamentos que se recomendaban en aquel momento para disminuir la presión sanguínea (betabloqueantes y diuréticos) y los lípidos (clofibrato y probucol). Por su parte, los ejecutivos del grupo de control recibieron la atención médica habitual y los investigadores no los vieron.
Un resultado inesperado
Como recogieron los estudios de aquella época, al final del experimento el riesgo de enfermedad cardiovascular se redujo en un 46% en el grupo de intervención en comparación con el de control. Sin embargo, en el seguimiento de 15 años que se hizo después, durante 1989, se descubrió que había habido más muertes en el grupo de intervención que en el de control. ¿Qué había pasado?
El análisis presentado ahora ha extendido aquel seguimiento de la mortalidad a 40 años (hasta 2014), utilizando registros nacionales de defunciones y examinando datos inéditos sobre las cantidades de trabajo, sueño y vacaciones que tuvieron los participantes. Los investigadores volvieron a encontrar que la tasa de mortalidad fue significativamente más alta en el grupo de intervención que en el de control hasta 2004. Después, hasta 2014, las tasas de mortalidad de ambos grupos fueron las mismas.
Evolución de la mortalidad en los grupos de intervención y control a lo largo de los años. / European Society of Cardiology
Según los datos, las vacaciones más cortas se asociaron con un exceso de muertes en el grupo de intervención, donde además se observó que los hombres que como mucho se fueron tres semanas de vacaciones tuvieron un 37% más de probabilidades de morir de 1974 a 2004 que aquellos que pudieron disfrutar de un periodo vacacional más largo. El tiempo de vacaciones, sin embargo, no tuvo impacto en el riesgo de muerte dentro del grupo de control.
El profesor reconoce que el manejo del estrés no formaba parte de la medicina preventiva en la década de los 70, pero ahora se recomienda para las personas con riesgo de enfermedad cardiovascular. Además, actualmente hay más medicamentos disponibles para reducir los lípidos (estatinas) y la presión arterial (inhibidores de la enzima convertidora de angiotensina, bloqueantes de los receptores de angiotensina, bloqueantes de los canales de calcio).Strandberg aporta una explicación: "En nuestro estudio, los hombres con vacaciones más cortas trabajaban más y dormían menos que los que tenían vacaciones más largas. Este estilo de vida estresante podría haber invalidado cualquier beneficio de la intervención. Incluso pensamos que la intervención en sí misma también puede haber tenido un efecto psicológico adverso en estos hombres, al aportar estrés a sus vidas".
"Nuestros resultados no indican que la educación sanitaria sea perjudicial”, subraya Strandberg. “Más bien, apuntan que la reducción del estrés es una parte esencial en los programas destinados a reducir el riesgo de enfermedad cardiovascular; sin olvidar que los consejos sobre el estilo de vida se deben combinar sabiamente con el tratamiento farmacológico moderno para prevenir los eventos cardiovasculares en individuos de alto riesgo”.
martes, 28 de agosto de 2018
La obra de arte más antigua la hizo un neandertal
La especie extinguida es la autora de unas enigmáticas pinturas rupestres realizadas en tres cuevas españolas hace 65.000 años
Una pseudoescalera realizada hace 64.800 años en la cueva de La Pasiega (Cantabria).C.D STANDISH, A.W.G. PIKE Y D.L. HOFFMANN
Si la humanidad encontrara vida inteligente en otro planeta sería la noticia del milenio. Esos nuevos seres astutos obligarían al ser humano a replantearse su propia existencia y sus relatos religiosos de la Creación. No seríamos excepcionales. No estaríamos solos. Por sorpresa, esa noticia del milenio llega hoy, pero en pasado: no estuvimos solos. Una nueva datación de unas enigmáticas pinturas rupestres garabateadas en tres cuevas españolas muestra que se ejecutaron hace unos 65.000 años, más de 20.000 años antes de que los humanos modernos, los Homo sapiens, llegaran a la península ibérica. Los artistas solo pudieron ser neandertales. El hallazgo es la portada de la revista Science.
Las implicaciones del descubrimiento son descomunales. Es la primera prueba irrefutable de que los neandertales, extinguidos hace unos 40.000 años, tuvieron “lenguaje, cognición avanzada y pensamiento simbólico”, según explica el arqueólogo portugués João Zilhão, coautor de la investigación. Los dibujos analizados son una mano en negativo ejecutada hace al menos 66.700 años en la cueva de Maltravieso (Cáceres), un depósito mineral cubierto de pintura en una pared de la cueva de Ardales (Málaga) y un signo lineal, similar a una escalera, realizado hace al menos 64.800 años en la cueva de La Pasiega (Cantabria). Son las obras de arte más antiguas que se conocen en el planeta.
La pseudoescalera neandertal, en un dibujo de las pinturas de La Pasiega realizado por el prehistoriador francés Henri Breuil en 1913 (las siluetas animales son posteriores).H. BREUIL
Para Zilhão, el descubrimiento “acaba con la narrativa del Génesis, la de los humanos modernos saliendo de África como la especie elegida”. El investigador, de la Universidad de Barcelona, va incluso más allá de las conclusiones publicadas hoy en la revista Science. Zilhão cree que los llamados neandertales —con un cráneo con frente huidiza y un cuerpo más bajo y robusto— eran, en realidad, Homo sapiens. Los neandertales seríamos nosotros mismos.
“Los humanos modernos somos anormalmente homogéneos. En el pasado, la especie humana era más diversa que ahora, como ocurre en otras especies actuales. La variabilidad interna que hoy vemos en los chimpancés es mayor que la que veríamos en todos los humanos pasados y presentes si los considerásemos una sola especie”, reflexiona Zilhão. Según las etiquetas actuales, hace 80.000 años coexistían en la Tierra cinco especies humanas: Homo sapiens, neandertales, Homo floresiensis, Homo erectus y denisovanos. Para el arqueólogo, todas eran lo mismo. “En realidad, nunca hubo más de una especie humana”, sostiene.
“La evolución es muy compleja y tiendo a pensar que los humanos modernos actuales somos el resultado de un delta fluvial que se ha ido nutriendo en su camino evolutivo de una red de afluentes, en este caso de otras poblaciones arcaicas, como los neandertales, que han contribuido a nuestra conformación actual, tal como indican la genética y los fósiles”, opina la paleoantropóloga Josefina Zapata, de la Universidad de Murcia.
De izquierda a derecha, los investigadores Daniel Garrido, Marcos Garcia, Alistair Pike, Dirk Hoffmann, Carola Hoffmann y João Zilhão.UB
Zapata participa junto a Zilhão en otra investigación que se publica de manera simultánea en la revista Science Advances. Los científicos han vuelto a datar unas conchas marinas perforadas y pigmentadas aparecidas en la cueva de Los Aviones, en Cartagena (Murcia). La nueva datación sugiere una antigüedad de más de 115.000 años, más del doble que los 50.000 años calculados en 2010. Para los autores, el resultado confirma que los neandertales ornamentaban sus cuerpos con collares unos 30.000 años antes de que los llamados humanos modernos comenzaran a hacerlo en África. A juicio del paleoantropólogo Erik Trinkaus, de la Universidad Washington en San Luis (EE UU), estos nuevos estudios certifican que “los neandertales y los humanos modernos eran conductualmente y mentalmente equivalentes”.
Gracias a los últimos avances técnicos, en las nuevas dataciones se ha podido emplear el método del uranio-torio. Los investigadores han analizado muestras de unos pocos miligramos de carbonato de calcio tomado de la superficie de las pinturas rupestres. Cuando se forman estos materiales por precipitación, se acumulan trazas de uranio, que decae a torio a un ritmo conocido. La proporción de estos dos elementos químicos desvela la edad precisa de la muestra.
Conchas perforadas encontradas en la cueva de Los Aviones (Cartagena).J. ZILHÃO
La directora del Centro Nacional de Investigación sobre Evolución Humana, María Martinón Torres, no comparte la idea de que neandertales y sapiens fueran la misma especie. “Los neandertales eran marcadamente diferentes en su morfología, en sus adaptaciones biológicas —por ejemplo a climas completamente diferentes—, en su secuencia genética perfectamente distinguible e incluso en su sistema inmune. Y, aunque hubo cruces fértiles [sexo con descendencia entre neandertales y sapiens], también sabemos que hubo problemas de infertilidad, lo que significa que no éramos totalmente compatibles”, afirma la paleoantropóloga.
Martinón, que no ha participado en las nuevas investigaciones, cree que hay dos posibilidades: o la capacidad artística surgió de manera independiente en neandertales y sapiens, “ya que ambos tenían grandes cerebros”, o la heredaron de un ancestro común, hace unos 500.000 años. “A ver si se derriba finalmente la teoría de que los neandertales se extinguieron porque eran cultural y simbólicamente inferiores a los humanos modernos”, sentencia.
El prehistoriador Marcos García Diez, de la Universidad Isabel I (Burgos), subraya otro hallazgo importante de su equipo. En la cueva malagueña de Ardales, los neandertales pintaron al menos en dos momentos diferentes, con 20.000 años de diferencia. “Conservaron una tradición simbólica durante miles de años. El espacio, la cueva, también era simbólico. Alguien tenía que decir: Este es nuestro espacio. Esta es nuestra ermita”.
‘¿Por qué es divertido el sexo?’ La evolución tiene la respuesta
El ser humano es el animal con la vida sexual más estrafalaria. Tanto, que le ha ayudado en el desarrollo de nuestra cultura. Con esta tesis de partida, el antropólogo Jared Diamond contesta preguntas que ni nos habíamos planteado en el que es su libro más accesible.
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El sexo humano es el más extravagante de la naturaleza, según Diamond. / AdobeStock
Jared Diamond (EE UU, 1937) comenzó estudiando el funcionamiento de la vesícula biliar. Su curiosidad lo llevó a aventurarse en áreas como la ornitología, antropología, ecología, geografía y biología evolutiva. De este popurrí surge una de las mentes más brillantes e interesantes de nuestro tiempo, ganador del Premio Pulitzer por su libro Armas, gérmenes y acero, publicado en 1997.
Ese mismo año Diamond publicaba también ¿Por qué es divertido el sexo?, un libro que puede parecer menor en comparación con su hermano en ambición y extensión. No se dejen engañar. Diamond explica la evolución de la sexualidad humana con su pasión y humor característicos y desde un punto de partida que pocos lectores se habrán planteado antes: aunque a nosotros no nos lo parezca, somos el animal con la vida sexual más extravagante. Y, en parte, por eso hemos llegado hasta aquí.
Son algunas de las preguntas a las que Diamond responde en su libro más ameno, que sirve como una estupenda introducción a la filosofía de un autor que, sin resultar denso, tiende a obras enciclopédicas y poco ‘veraniegas’. Los lectores que quieran introducirse en el fascinante trabajo de Diamond no encontrarán un mejor punto de partida, con la salvedad del también breve –aunque más complejo–Sociedades comparadas.¿Por qué los hombres no dan el pecho a sus bebés, cuando tienen pezones funcionales? Si no los usan, ¿por qué tienen pezones? Ya puestos, ¿para qué sirven los hombres? ¿Por qué el ser humano tiene un pene gigantesco en comparación con el de otros primates? ¿Por qué tenemos sexo en privado y no en público?
Mucho más que sexo
Diamond nunca da puntada sin hilo. ¿Por qué es divertido el sexo? es mucho más que el clásico compendio de curiosidades científicas. El investigador defiende que entender cómo ha evolucionado la sexualidad humana sirve también para comprender otros de nuestros rasgos característicos, como la cultura, la capacidad de hablar, la relación entre padre e hijo y hasta el dominio de herramientas.
Durante el camino en el que Diamond nos convencerá –o no– de esa idea, descubriremos que los hombres son capaces de lactar, que el pene en erección de nuestros ancestros medía unos 4 centímetros y que las mujeres ‘ocultaron’ su ovulación a sus parejas para proteger a sus crías del infanticidio, y con ello abrieron las puertas al sexo recreativo, la monogamia y los cuidados familiares.“Los paleontólogos atribuyen normalmente la evolución de estos rasgos a nuestra adquisición de cerebros más grandes, así como a la de la postura erecta. Yo mantengo la teoría de que nuestra estrafalaria sexualidad fue asimismo esencial para su evolución”, sostiene Diamond en el prefacio del libro.