jueves, 1 de noviembre de 2018

ULTIMA ENTREGA


Los traumas psicológicos del parto violento y la débil protección de la Justicia a las mujeres

La psicóloga Jesica Rodríguez Czaplicki advierte de que algunas parturientas sufren estrés postraumático tras dar a luz, que requiere intervención psicoterapéutica. La abogada Francisca Fernández Guillén, especializada en salud de la mujer, cree que los jueces no protegen a las afectadas por violencia obstétrica, aunque les aconseja buscar ayuda médica y legal.



La actriz Iria Pinheiro, en la obra 'Anatomía dunha serea', donde relata las secuelas sufridas en el parto. / PAULA PEZ
Las secuelas de un “parto violento”, tal y como lo definen las defensoras de los derechos sexuales y reproductivos, trascienden el cuerpo. “A veces, las consecuencias físicas se solventan con ayuda de matronas y fisioterapeutas, pero cuando una mujer han sufrido un trauma grave necesita la ayuda de una psicóloga”, explica Jesica Rodríguez Czaplicki, presidenta de la Asociación Española de Psicología Perinatal, quien estima que un porcentaje “considerable” de las parturientas desarrollan trastornos de estrés postraumático tras dar a luz.
Casos aislados en función del volumen de nacimientos, pero que, según ella, deben ser tenidos en cuenta porque requieren intervención psicoterapéutica. “Ahora bien, no todas reaccionan igual, porque mientras algunas sufren tocofobia [miedo irracional al embarazo y al parto] o no desean tener más hijos para evitar una situación similar, otras padecen efectos a largo plazo”, añade.
“En el Reino Unido y otros países anglófonos, la cifra oscila entre el 1,5% y el 6%", concreta la psicóloga, basándose en la investigación Trastorno por estrés postraumático debido al parto: las consecuencias, realizada por Cheryl Tatano Beck, profesora de la Escuela de Enfermería de la Universidad de Connecticut. "En España es complicado estimar los datos de prevalencia, pues no se ha estudiado en profundidad”, asegura. “Ahora bien, el trauma en el parto no se tiene por qué producir únicamente debido a la intervención en sí. De hecho, en algunos muy intervenidos y medicalizados —pues se alejaban de la fisiología y los procedimientos eran absolutamente necesarios—, la mujer no ha tenido sensación de sentirse vejada, ni de que hubiese un riesgo para su vida y la del bebé”.

Sin embargo, en otras ocasiones, pese a la ausencia de peligros, “han tenido una sensación de vulnerabilidad, o se han sentido desinformadas y hasta fuera de control”, razona Rodríguez, formada en el campo perinatal y en lactancia materna. “No obstante, a la larga pueden darse las secuelas propias de un trauma. Reviven el momento y la situación, tienen miedo, les cuesta relacionarse con el bebé y sienten hasta extrañeza hacia él, pues no acaban de verlo como suyo y les cuesta vincularse a su propio hijo. Y eso, claro, genera un trauma mayor, que no tiene por qué producirse en los meses siguientes, sino que puede llegar más tarde y durar años”.
Otras veces, las situaciones traumáticas comienzan a vivirse “nada más dar a luz y pueden influir hasta en la lactancia”, añade. El estado de ánimo es “muy lábil y fluctuante: va de la tensión a la tristeza”, subraya la psicóloga y madre de dos niñas. La casuística es amplia: hay quien no se perturba y quien experimenta enfado, no sólo con el sistema sanitario, sino también con sus acompañantes y hasta con ellas mismas, porque consideran que no han sido capaces de frenarlo, aclara la también psicopedagoga. “Mujeres que, de algún modo, sienten que no han dado a luz a sus hijos o que se los han quitado. Yo no no lo he parido, me lo han parido, piensan. Me han robado mi parto”.
Rodríguez Czaplicki deja claro que “es imprescindible tener en cuenta las percepciones subjetivas, es decir, las vivencias propias de cada mujer”. Por eso, pone otros ejemplos en los que, en nacimientos con riesgo que implican una mayor intervención, “la atención al parto ha sido óptima y la mujer se ha sentido protegida”. Y, para reforzar su argumento, cita a Cheryl Tatano Beck: “El trauma del parto reside en la mirada de quien lo percibe, lo que implica que trauma es lo que a cada mujer le resulta traumático durante su experiencia de parto”.
¿Qué puede hacer, pues, una mujer afectada? “Insistir en buscar ayuda y no conformarse con respuestas que minimicen sus consecuencias. Debe buscar ayuda profesional antes de que pase un año del parto, primero médica y después legal”, aconseja Francisca Fernández Guillén, abogada feminista especializada en salud de la mujer. El intervalo no es una cuestión baladí, aunque a una víctima de violencia obstétrica —concepto esgrimido por las activistas, pero rechazado por los profesionales de la sanidad— el calendario se le puede hacer cuesta arriba. “A veces, tardan un poco en reaccionar, debido a la invisibilización a la que estamos sometidas”, explica la psicóloga.
La psicóloga Jesica Rodríguez Czaplicki y la abogada Francisca Fernández Guillén. / XIANA S.R.
“Les resulta complicado decir que están mal porque al principio no son conscientes, porque tienen lagunas o simplemente porque les cuesta dar el paso. Es fundamental basarse en la evidencia y tratar de que la mujer se integre y, sobre todo, de que se desculpabilice”, añade la psicóloga perinatal. Sin embargo, el tiempo apremia: “Tarda darse en cuenta de las consecuencias porque en la consulta médica le quitan importancia y, entonces, se pasa el plazo de reclamación”, advierte Fernández Guillén. “Cuando eres consciente, es tarde o ya has perdido la posibilidad de probarlo. En todo caso, una abogada siempre buscará la mejor vía para defenderla ante los tribunales”.
La actriz Iria Pinheiro se planteó demandar a la sanidad pública, pero pronto percibió que se estaba adentrando en un camino pedregoso, debido a la dificultad de probar las secuelas supuestamente causadas por una episiotomía que le provocó incontinencia urinaria y dispareunia. Pese a que su matrona y su fisioterapeuta se las detectaron, los profesionales sanitarios no reconocieron que el daño sufrido había sido provocado por una, a juicio de la artista, mala práctica, por lo que solicitó su expediente infructuosamente.

Sin embargo,
 Juan Luis Delgado, miembro de la Sociedad Española de Ginecología y Obstetricia (SEGO), sostiene que la sanidad pública cubre las lesiones causadas por una episiotomía, “aunque sean mínimas”. El presidente de la sección de Medicina Perinatal también defiende que el parto cada vez se está humanizando más y cita como ejemplo de los “avances” la modificación de la ley de derechos y deberes de los usuarios de la sanidad pública emprendida por la Asamblea Regional de Murcia. Los cambios fomentarán el contacto piel con piel —que pretende evitar que se separe al bebé de la madre tras el parto— y garantizarán el derecho de los recién nacidos a su identidad sanitaria tras el primer berreo.Apenas le remitieron un escueto parte médico que reflejaba “debilidad en el suelo pélvico con cistocele e incontinencia urinaria de esfuerzo”, dolor persistente en el periné y coitalgia. La recomendación: realizar ejercicios de Kegel y acudir al fisioterapeuta. “Y si me mandaron a ginecología, fue porque se lo pedí de rodillas. Sin embargo, no me dejaron volver al fisioterapeuta de la seguridad social porque decían que está saturado”, afirma Pinheiro.
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Pinheiro, pese a las secuelas supuestamente causadas por la episiotomía, desistió de presentar una demanda tras consultarlo con su abogado. “Si reclamase ante la Justicia, no me valdría su testimonio ni el de mi matrona, sino el de un médico que ejerciese de perito”, añade la actriz, quien prefirió denunciarlo públicamente sobre un escenario. Así nació la obra de teatro documental Anatomía dunha serea, que se ha estrenado recientemente en Galicia y cuya compañía, Chévere, pretende llevar próximamente a varias ciudades españolas.

La abogada, especializada en salud de la mujer, asegura que “en general los ginecólogos no piden el consentimiento de la embarazada para llevar a cabo ciertas prácticas invasivas”, aunque el problema no se acaba ahí, según ella. “Luego, durante el proceso, los jueces tampoco solicitan que se presente ese documento, cuando en otros procesos asistenciales —en los que los protagonistas son hombres— sí que lo exigen. Hay mil formas para que, en la práctica, las mujeres sean excluidas de la ley, como aducir que no era necesario haber pedido su consentimiento”.
“La ley formalmente es igual para hombres y mujeres, pero no en la práctica. O sea, no es un problema legal, sino de aplicación de la norma”, cree la letrada Fernández Guillén. “La mayoría de las sentencias dictadas por algunos jueces, con honrosas excepciones, nos excluyen de la protección que la ley brinda a toda la sociedad. La violencia obstétrica no se reconoce y se reconduce a un caso de práctica clínica”.
Foto de archivo de un hospital materno infantil. / EFE
La actriz afectada cree que no sólo omiten su aprobación, sino que tampoco son consultadas, ni se respeta sus decisiones.“Te ningunean. Es un tratamiento infantil hacia la mujer: Fuiste madre, el niño está bien. ¿Qué esperabas? Ahora pagarás. Hay una gran falta de respeto hacia nosotras, que nos sentimos desinformadas y abandonadas”.
¿Se escudan los médicos en que las secuelas no son debidas a sus prácticas? “Las consecuencias se desconocen porque no interesa”, explica la abogada. “Los beneficios que le atribuían a la episiotomía en realidad no existen, pero siguen sin reconocer sus efectos negativos. Cuando se producen, le quitan importancia: no los consideran algo excepcional o los atribuyen a los efectos del propio parto”.
El presidente de la sección de Medicina Perinatal de SEGO deja claro, sin embargo, que se practican “las estrictamente necesarias” e insiste en que la tendencia actual es “no forzar ni hacer maniobras intempestivas” para acelerar el nacimiento. Juan Luis Delgado recuerda que “a veces es un factor predisponente para el desgarro perineal”, por lo que se lleva a cabo cuando resulta realmente imprescindible y haya, por ejemplo, “una barrera para que el niño salga con normalidad”.

“No cabe duda alguna de que el cambio debe partir de los profesionales”, sostiene
 Elena Gil, portavoz de la asociación El Parto es Nuestro. “Hay matronas que nos entienden, pero sus plantillas son irrisorias. Por ello, las administraciones deben garantizar la atención adecuada y, para ello, son necesarios más recursos”.Fernández Guillén afirma que los protocolos de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y del Ministerio de Sanidad no son aplicados. “Cuando hay una tijera por medio, no podemos considerarlo un parto natural, pero eso los médicos no lo quieren ver”. La clave, según ella, es abolir la “discriminación” contra la mujer.

“Porque, insisto, en España tenemos unos convenios y unos protocolos extraordinarios, mas no se ponen en práctica”. La letrada feminista ahonda de esa manera en el “sesgo masculino” de la medicina y de la Justicia, como han denunciado las activistas. O sea, la violencia obstétrica como un tentáculo más de un “sistema patriarcal que somete a la mujer”.
El cambio de modelo, según ella, es la única arma que tiene una mujer para defenderse ante la violencia obstétrica. Pese a que ha habido progresos —como sostiene Gil, si bien para otras defensoras de los derechos sexuales y reproductivos resultan insuficientes—, por ahora sólo queda la rehabilitación física y la terapia psicológica. Aunque, como sentencia Rodríguez Czaplicki, “las cicatrices del cuerpo se curan antes que las cicatrices del alma”.

LA HUMANIDAD ES ME TOO

SiemprTrabajo de Enfermería en Quirófano I | Formatiume han dicho que la enfermería es una profesión muy humana por tratar con personas y tiene que ser algo vocacional. Es cierto, debemos saber cómo tratar a cada paciente con el mayor respeto y delicadeza posible, porque aunque no queramos estamos invadiendo su intimidad. A nadie le gusta o le apetece estar ingresado en un hospital.
Me he lanzado a escribir mi experiencia porque las enfermeras somos también personas y queremos que nos traten bien y, al menos, con respeto.
Siendo alumna de prácticas un paciente sólo hablaba en inglés. Pedía continuamente hablar conmigo. Al principio pensaba que debido a la barrera idiomática. Pero luego me di cuenta de que era un paciente de los que no te respeta. En un momento, además de querer estar completamente desnudo y sólo tapado con las sábanas, comenzó a tocarse por debajo de ellas mientras le ponía la medicación. Me costó reaccionar. No me acuerdo de lo que fui capaz de decirle, pero bastantes emociones y situaciones complicadas vive un enfermero como para tener además en la cabeza situaciones así. Lamentablemente también ocurren con los propios compañeros. Lo siento, no me vale una excusa del tipo "son muchas horas, tendré que tomarlo con humor". Es verdad que son muchas horas, pero eso no te da la libertad para tratarme como te parezca.
Os animo a que miréis lo que se ha escrito con #METOONURSE. Esto solo puede cambiar si cada uno pone de su parte. Sólo pensar si os gustaría que vuestra enfermera os tratara así, y os hiciera comentarios obscenos cuando te realiza una cura o pasa consulta. Cuida a tu enfermera igual que ella te cuida a ti.
Esperanza 
Ya desde Bachillerato, cuando se supone que tienes que elegir tu futuro, tuve que escuchar de compañeros comentarios como "yo te veo de enfermera…" o "uf, sí, sí, enfermera…". Mientras, me miraban con gesto pícaro o se reían entre ellos pensando en la fantasía pornográfica que a día de hoy sigue arrastrándose en nuestra profesión. Aún se les viene a muchos a la cabeza cuando en un ámbito lúdico-festivo respondo a la pregunta "¿a qué te dedicas?".
Pero esa visión de enfermería no se mantiene únicamente con gente ajena a la profesión y del lugar de trabajo.
Durante mi segundo año de prácticas yo tenía 20 años y el enfermero con el que me instaron a aprender unos 40. Un día, estábamos los dos solos escribiendo evolutivos en el ordenador. Él me puso su mano en mi pierna e iba subiendo la otra por mi muslo. Cuando conseguí reaccionar dejando a un lado la intimidación, me levanté y salí. Me agarró por los hombros y me metió las manos por debajo de la ropa. Yo le aparté y le dije que no. Eso fue lo máximo que me atreví a hacer. No hablé con ningún otro profesional para que me cambiara de enfermero por miedo. Al final del módulo de prácticas, ese enfermero se negó a evaluarme. No dio ningún motivo pero yo sabía que callaba un "como no has cedido, no hay nota".
Otra vez, ya trabajando, había un hombre muy enfermo con muy poca voz. Cuando fui a ver qué quería me acerqué bastante a la cama para que no tuviese que forzar. Me dijo que le dolía el final de la espalda. Al atenderle me tocó el culo mientras seguía diciendo con cara pícara "justo aquí". La auxiliar y yo nos quedamos de piedra. Ahí estábamos, yo con la mano de ese señor en mi culo, su mujer intentando mantener la cabeza gacha y la auxiliar viendo todo el panorama. Ninguna acertó a pararle los pies. Luego solo pensaba en que tenía que haber llamado al médico (un tipo fuerte y con mucho carácter) e invitar al paciente a que le indicase dónde le dolía del mismo modo que me lo había explicado a mí, a ver si se atrevía.
Son tres situaciones distintas en las que tanto mi rol como el del resto cambia, pero la definición es la misma: machismo. Desgraciadamente, podría contar muchas más. Muchas de nosotras nos sentimos culpables o impotentes porque no sabemos cómo reaccionar. Nos comemos la cabeza, nos sentimos mal, y nos cuesta entender que no somos nosotras las que tenemos que aprender a reaccionar, sino que son ellos (los agresores, los machistas, los abusones) los que tienen que aprender a cómo comportarse. Con las enfermeras, con las mujeres, con las personas.
Miriam

miércoles, 31 de octubre de 2018

Cronobiología: por qué tu vida corre más peligro después del mediodía

Historias

ILUSTRACIONES: SEQUEIROS
No da igual a qué hora vamos al médico, si hacemos un examen o somos juzgados por la mañana o por la tarde. Ni siquiera es irrelevante cuando escribimos un tuit
Miles de estudios avalan la importancia de elegir el momento preciso para cada decisión. En su nuevo libro, el pensador Daniel H. Pink reivindica la relevancia del cuándo
Sólo si es absolutamente inevitable, si no queda otro remedio, si se trata de una auténtica emergencia, de un asunto prácticamente de vida o muerte ante el cual no hay alternativa posible, Daniel H. Pink pondrá el pie en un hospital o acudirá a una consulta médica por la tarde.
Pero si puede evitarlo, por nada del mundo este pensador estadounidense de 54 años de edad, autor de varios libros y, entre otras muchas cosas, redactor jefe de los discursos del ex vicepresidente estadounidense Al Gore, se someterá a una prueba médica, a un control sanitario y muchísimo menos a una operación quirúrgica a partir del mediodía.
«Ni hablar. Si uno puede elegir en qué momento acude a un hospital o la hora en la que va a ver a un doctor, debe absolutamente evitar las tardes. Yo desde luego las evito completamente. Yo y toda mi familia. La semana que viene, por ejemplo, tengo una cita con un doctor, y me he encargado de programarla para las nueve y cuarto de la mañana. Y hace un par de meses a mi hija pequeña le tuvieron que sacar las muelas del juicio en una intervención que requería anestesia. Le dieron cita para las 19.30 horas de la tarde pero absolutamente imposible. De ninguna de las maneras, iba yo a permitir que anestesiaran a mi hija por la tarde. No, jamás, imposible. Cambiamos la cita».
Pink tiene un poderosísimo motivo para eludir los centros sanitarios en cuanto la mañana toca a su fin: quiere seguir viviendo. Según él, a medida que el día avanza y las horas transcurren, entrar en un hospital se vuelve un acto peligroso que entraña graves riesgos para la salud.
Y pone ejemplos. Por las tardes hay tres veces más posibilidades de que un paciente reciba una dosis de anestesia potencialmente letal. Por las tardes las personas que son operadas tienen bastantes más posibilidades de morir en los 40 días siguientes a la intervención que quienes pasaron por el quirófano por la mañana. Por las tardes es 26 veces más probable que los médicos prescriban antibióticos innecesarios (facilitando así el crecimiento de virus resistentes a los fármacos). Por las tardes el personal sanitario es diez veces más propenso a no lavarse las manos que sus colegas de las mañanas. Por las tardes las colonoscopias que se realizan detectan directamente la mitad de pólipos (pequeños tumores en el colon) que las que se llevan a cabo por las mañanas.
Son algunos de los aterradores datos que Pink ofrece en ¿Cuándo? La ciencia de encontrar el momento preciso, un ensayo que ha sido un auténtico bestseller en Estados Unidos y que ahora aterriza en España de la mano de la editorial Alienta.
El libro, basado en alrededor de 700 estudios y análisis científicos relacionados con el tiempo, revela lo trascendental que puede resultar hacer las cosas en un determinado momento o en otro. Y no sólo hablamos de entrar en un hospital...
Comparecer ante un tribunal después del mediodía también es muy arriesgado. Un estudio que analizó en 2011 numerosas sentencias de dos tribunales en Israel que, juntos, procesan alrededor del 40% de las peticiones de libertad condicional de ese país, sacó a la luz que en las primeras horas de la jornada los jueces fallaban a favor de los presos un 65% de las veces, mientras que a última hora de la mañana esos veredictos caían prácticamente a cero...
Por no hablar de ese otro experimento, citado también en el libro de Pink, en el que unos investigadores pidieron a un grupo de personas que valoraran la culpabilidad de un acusado ficticio en un proceso penal, leyéndoles a todos exactamente los mismos hechos. Lo único que cambiaba fue que para la mitad de los jurados el acusado se llamaba Robert Garner y, para la otra mitad, Roberto García. Pues bien: mientras que por la mañana no había variaciones entre los veredictos de unos y otros, por la tarde los participantes eran mucho más propensos a declarar a García culpable y a Garner inocente.
«¿Aterrador, verdad?», concluye Pink.
La mayoría de la gente incluso es más ética por la mañana, tiende a decir menos mentiras en las primeras horas del día... Hasta tuiteando ofrecemos nuestra mejor cara por la mañana. Dos sociólogos de la Universidad de Cornell, en Estados Unidos, analizaron gracias a un potente programa informático más de 2,4 millones de tuits escritos durante dos años por usuarios de 84 países distintos, y observaron que la gente generalmente se mostraba más positiva por las mañanas, mientras que por las tardes el buen rollo se desplomaba.
Y qué decir de los exámenes. Un estudio en Dinamarca en el que se analizaron durante cuatro años los resultados de los exámenes anuales para medir el rendimiento de los estudiantes arrojó que los alumnos sacaban bastante mejores notas cuando eran evaluados por la mañana que por la tarde.
«No, no es casualidad que la mayoría de las grandes catástrofes provocadas por errores humanos (léase, por ejemplo, la tragedia de Chernobil, el accidente nuclear de Three Mile Island o el desastre de Bopal) se desataron entre la 1 y las 3 de la madrugada», asegura Juan Antonio Madrid Pérez, catedrático de Fisiología de la Universidad de Murcia y uno de los mayores expertos españoles en Cronobiología, la ciencia que estudia la organización temporal de los seres vivos y los mecanismos que los regulan. De hecho, es el director del laboratorio de Cronobiología de la Universidad de Murcia.
La pregunta es: ¿qué demonios ocurre conforme avanzan las horas?
«El poder del cerebro no es igual a lo largo del día. Nuestras capacidades mentales no son estables durante toda la jornada, cambian», aclara Pink . «Y lo que sabemos es que hay determinados momentos a lo largo del día en los que los seres humanos estamos más vigilantes, más en estado de alerta. Y esos son momentos en los que tenemos mayor capacidad de concentración, de focalizarnos en algo sin distraernos. Alrededor del 80% de nosotros somos diurnos, estamos más vigilantes durante las mañanas. Pero hay cerca de un 20% de personas que, sin embargo, son vespertinas, están más vigilantes mucho después, por la tarde. Lo que es extremadamente importante es saber qué tipo eres y qué trabajo en concreto debes hacer a una hora en concreto».
«Hay momentos en los que nuestra capacidad de razonamiento o nuestro tiempo de reacción ante asuntos que requieren una respuesta inmediata entran en declive», explica Juan Antonio Madrid, al tiempo que subraya que en España, por cuestiones de hora y por motivos culturales arraigados, el número de vespertinos es superior a la media habitual del 20% que se registra en otros países.
Todos los seres vivos tenemos un reloj interior que regula de manera natural nuestros ritmos biológicos. El profesor Madrid acaba de terminar ahora un documental para la BBC en el que eso queda palmariamente demostrado: durante diez días, monitorizaron a un voluntario que permaneció aislado, sin saber qué hora era y sin poder ver la luz natural. Su propio cuerpo le indicaba cuándo se hacía de noche y debía irse a dormir con gran precisión. «Lo único es que cada día retrasaba unos 40 minutos el momento de acostarse, porque su reloj biológico era de 24 horas y 40 minutos. Pero para eso sirve entre otras cosas la luz natural: para poner en hora tu reloj biológico».
El problema es que es tan consustancial a nosotros el saber que nos regimos por un reloj biológico, lo asumimos como algo tan natural, que no le damos la más mínima importancia. «Y necesitamos tomárnoslo en serio», sentencia Pink.
«La hora del día afecta a las calificaciones de los estudiantes en el colegio, a las decisiones que toman los jurados, al modo de actuar de los médicos. Son todas cuestiones fundamentales. Yo no sé por qué es ni a qué se debe, pero el caso es que nos tomamos los qué muy en serio, nos tomamos los quién muy en serio y nos tomamos los cómo muy en serio, pero no nos tomamos en serio los cuándo. Yo no creo que los cuándo sean más importantes que las otras cuestiones, pero creo que son tan importantes como ellas».
Nuestros órganos presentan valores distintos según las horas del día. Los linfocitos, por ejemplo, se duplican en la sangre a las 2:00 de la madrugada. Durante la noche nuestro cuerpo se repara, y para ello nuestro sistema inmunológico se activa. Es por eso por lo que la eficacia de los medicamentos depende del momento en que sean administrados. «Y es por eso por lo que, como prueban los estudios, los efectos secundarios adversos de los tratamientos de quimioterapia se pueden aminorar notablemente teniendo en cuenta la hora a la que se administren», destaca el profesor Juan Antonio Madrid.
Tomar pausas reconstituyentes, sobre todo por la tarde, ayuda a cargar las pilas del reloj biológico y a amortiguar esa caída del estado vigilante que la mayoría de la gente experimenta con el pasar de las horas. Y, por supuesto, dormir bien también es fundamental para el cerebro y el cuerpo.
En ese sentido, Juan Antonio Madrid advierte con preocupación de los efectos sobre el sueño que están provocando los dispositivos electrónicos. «Esos aparatos tiene luces blancas brillantes o enriquecidas en azul que engañan al reloj biológico, le hacen creer que todavía es de día. El resultado es que cada vez estamos viendo más escolares y universitarios que no duermen lo suficiente. Y aunque los fines de semana tratan de recuperar el sueño, eso no es posible, el sueño perdido no se puede recuperar».
Y, por cierto, no traten de paliar la falta de sueño atiborrándose a café nada más levantarse. Es un error, no sirve para nada. Nada más despertar nuestro cuerpo empieza a producir cortisol, una hormona del estrés que nos activa. Y resulta que la cafeína interfiere con la producción de esa hormona, así que empezar el día con una taza de café apenas sirve para estimularnos. «Lo mejor es beber esa primera taza de café una hora o 90 minutos después de haber despertado, una vez que la producción de cortisol ha alcanzado su pico y la cafeína puede obrar sus milagros», concluye Pink.
Hasta en eso interviene el factor tiempo.

VIOLENCIA OBSTÉTRICA (3/4)Del parto inducido de Patricia a la episiotomía de Iria

Dos mujeres relatan que en el paritorio sufrieron lo que ellas consideran violencia obstétrica. Patricia alega que la maniobra de Hamilton le indujo un parto por cesárea. Iria Pinheiro asegura que una episiotomía le ha provocado incontinencia y coitalgia.



Patricia asegura que la maniobra de Hamilton le indujo un parto por cesárea.

Patricia ingresó en urgencias con su propio plan de parto en la mano. La ginecóloga ni lo miró y le espetó que eso era cosa de la matrona. Durante el embarazo, no había tenido queja alguna, aunque su médico también se había desatendido de sus exigencias para dar a luz. Estaba informada y conocía sus derechos, pero de poco le sirvió. No obstante, los problemas comenzaron una vez que sintió contracciones y acudió al hospital. Todo, según su relato.
“En vez de hacerme una exploración —o sea, un tacto convencional—, la ginecóloga de urgencias me practicó la maniobra de Hamilton [tacto vaginal con movimiento circular del dedo, que produce dolor y puede acarrear sangrados]. Lo hizo sin haberme preguntado y provocó el parto”. Patricia no había salido de cuentas. A punto de entrar en la cuadragésima semana de embarazo, la mandaron a casa, donde apenas echó media hora, pues nada más llegar se le rompió la bolsa. “Estaba claro que me lo había inducido”, cree esta leonesa, madre de un hijo de un año.
Patricia reconoce que su estado era “vulnerable”, pero su pareja también estaba allí y levantó acta de las supuestas malas formas. “Alucinó, claro”. Luego le comentó a su compañero: “Esta mujer no trata con personas, sino con animales”. Hoy ella matiza que ni un animal merecería un trato así. “No me explico cómo puede estar trabajando gente con ese mal carácter y con tan poca asertividad”. Si no hubiese habido inducción, como mantiene ella, ¿habría dado igual a luz? Desde entonces, los interrogantes se suceden, aunque ella se reafirma en muchas de sus respuestas.También está convencida de que el trato recibido tuvo que ver con su plan de parto: “No les gusta que les digamos cómo deben ser las cosas y se empeñan en seguir sus protocolos”.

Sin embargo, el comportamiento de la matrona tampoco fue, a su juicio, el adecuado. “Dejó muchísimo que desear, hasta el punto de que sufrí maltrato físico y psicológico. Más que un tacto, hurgaba en mi vagina: ¿qué hacía ahí?”, se pregunta ahora. “Cuando cambió el turno, el siguiente matrón se sorprendió al ver que mi cama estaba llena de sangre. Su actitud, hay que reconocerlo, fue excelente”.
Las vejaciones de la primera matrona no sólo fueron físicas, sino también psicológicas, según ella: “Me negué a que me hiciese otro tacto porque el anterior había sido insoportable. Le pareció fatal, se fue dando un portazo y a los diez minutos volvió diciéndome que la ginecóloga tenía una urgencia y que debía observar mi evolución. Claro, ahí te entra miedo, porque te planteas que puede haber una complicación y, al final, te dejas hacer. Usan amenazas veladas y yo diría que hasta mentiras”. Finalmente, como no dilataba lo suficiente pese a que trataron de facilitar el parto con oxitocina, fue sometida a una cesárea.

Episiotomía real, documento teatral
“Lo atribuyo a un procedimiento inadecuado. Lo ideal sería que mi cuerpo fluyera y que estuviese tranquilo y relajado. Sin embargo, me sentía asustada y con miedo. Quizás pasaría lo mismo en otra situación, pero yo le echo la culpa a la maniobra de Hamilton y al trato de la matrona. No es que no me ayudase, sino que entorpeció el proceso y me hizo daño”. ¿Habría sido imprescindible esa cesárea si las circunstancias hubiesen sido distintas?, se plantea un año después. “Lo peor de todo es que luego les tienes que dar las gracias por estar en un hospital y por hacértela”.
El nombre de la madre de aquel bebé nacido en León es ficticio. Patricia nos brinda su relato, pero prefiere omitir sus datos personales. Iria Pinheiro, en cambio, no sólo ha denunciado su caso públicamente, sino que se ha subido a un escenario para narrar en primera persona el calvario sufrido —siempre según las entrevistadas— durante y después del parto.

A ella le practicaron una episiotomía —incisión quirúrgica en la vulva para facilitar la salida del feto y evitar desgarros en el perineo—. La actriz asegura que ha sufrido fuertes dolores e incontinencia urinaria tras una intervención que también le afectó, según ella, a las terminaciones nerviosas del clítoris.
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“La episiotomía ha sido una práctica que se ha realizado durante muchos años porque se creía que facilitaba el parto, aunque estudios posteriores han demostrado que no cumple esa función y que, además, puede ser la causa de diferentes patologías en el suelo pélvico de las mujeres”, advierte Benita Martínez, secretaria de la Federación de Asociaciones de Matronas de España (FAME). “Y, por supuesto, afecta a su sexualidad y puede volver a causar problemas en los futuros partos”.
Sin embargo, matiza que en algunas ocasiones resulta necesario realizarla para facilitar el alumbramiento, si bien deja claro que debe practicarse “siempre pidiendo permiso a la mujer”. La finalidad debería ser que “el nacimiento se produzca en las mejores condiciones posibles”, añade Benita Martínez, cuyas colegas han lanzado la campaña Iniciativa Parto Normal, un documento de consenso elaborado por y para las matronas.
“Es el proceso fisiológico único con el que la mujer finaliza su gestación a término, en el que están implicados factores psicológicos y socioculturales. Su inicio es espontáneo, se desarrolla y termina sin complicaciones, culmina con el nacimiento y no implica más intervención que el apoyo integral y respetuoso del mismo”, define el parto normal FAME, cuyos objetivos son “sensibilizar y fortalecer a las matronas en sus competencias para asistir partos normales; crear opinión entre las mujeres y la sociedad sobre la asistencia por las matronas; reflexionar con las sociedades científicas sobre su importancia, y ser un referente en el Ministerio de Sanidad y en las Consejerías de Salud”.

El de Iria Pinheiro, sin embargo, no fue así. Lo cuenta en Anatomía dunha serea, una pieza de teatro documental producida por Berberecheira, el criadero alternativo de la compañía Chévere, en la que habla sin tapujos de las secuelas de haber dado a luz. Un duro relato que pone el foco sobre la violencia obstétrica. Es decir, trato inhumano y técnicas invasivas, según las defensoras de los derechos sexuales y reproductivos, un extremo rechazado por los profesionales de la sanidad.
Juan Luis Delgado, presidente de la sección de Medicina Perinatal de la Sociedad Española de Ginecología y Obstetricia (SEGO), confirma que las secuelas de una episiotomía pueden ir de la incontinencia urinaria a la dispareunia, es decir, el coito molesto o muy doloroso. La coitalgia tiene lugar durante el puerperio —período posterior al parto, que puede durar hasta ocho semanas—, aunque Pinheiro asegura que ha sufrido molestias durante largo tiempo, tanto a la hora de mantener relaciones sexuales como de realizar otras actividades cotidianas, como conducir un coche.

“Es una zona muy sensible —la incisión va de la comisura posterior de la vulva hacia el ano, con el objetivo de facilitar la expulsión del bebé—, donde se pueden producir la lesión de algún nervio y una mala cicatrización, por lo que puede tener secuelas a medio y largo plazo”, indica Delgado. “Hemos observado a mujeres que han sentido dolor en zonas de desgarro, por lo que no se debe hacer la episiotomía de forma intempestiva, sino cuando sea necesario y haciendo el menor daño posible”, añade el coordinador de la Unidad de Medicina Fetal, Hospital Virgen de la Arrixaca (Murcia).
De hecho, para evitar las molestias que podría acarrearle trasladarse en su vehículo hasta los ensayos —la compañía teatral Chévere tiene su sede en el Concello de Teo, limítrofe con Santiago—, decidió poner a punto la obra Anatomía dunha serea en Moaña, el pueblo pontevedrés donde reside la intérprete.
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Pinheiro sostiene que las secuelas —el corte le afectó a las terminaciones nerviosas del clítoris y le provocó incontinencia urinaria— no fueron reconocidas en las revisiones médicas, aunque sí detectadas por su matrona y por el fisioterapeuta de suelo pélvico que la trató después de dar a luz, hace casi dos años y medio. Al igual que las activistas, la actriz califica la asistencia que recibió como “un episodio de violencia de género producido en el ámbito hospitalario”, una experiencia que decidió llevar a escena. “De ahí mi denuncia pública: esto tiene que parar”.
Lucha y terapia, porque las secuelas trascienden lo físico. “El coito también posee una importante carga psicológica. Cuando les provoca dolor, las mujeres sienten que se les ha robado no sólo su sexualidad, sino también su propia integridad. Por si fuera poco, ese sufrimiento dificulta las relaciones con su pareja no sólo a nivel físico, sino también mental”, explica Jesica Rodríguez Czaplicki, presidenta de la Asociación Española de Psicología Perinatal, quien matiza que cada persona reacciona de una forma diferente.