martes, 8 de mayo de 2012

UNOS TANTO Y OTROS TAN POCO

El consejero de Sanidad extremeño pasa consulta privada en Portugal,porque allí no es incompatible.

Es del PP y apoyado por IU!!!!!!!!!!

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El consejero de Sanidad extremeño pasa consulta privada en Portugal

lunes, 7 de mayo de 2012

LES VOY A HABLAR DE MI MISMO...

El placer de hablar de uno mismo

Comunicar experiencias propias activa los mismos circuitos en el cerebro que el sexo y la comida, según una investigación de la Universidad de Harvard | Las personas dedican entre el 30% y el 40% de lo que dicen a transmitir información sobre sí mismas

Hablar de uno mismo activa los mismos circuitos de gratificación en el cerebro que el sexo y la comida, según demuestra una investigación presentada ayer por psicólogos de la Universidad de Harvard (EE.UU.).
“Los seres humanos dedican entre el 30% y el 40% de lo que hablan a informar a otras personas de sus propias experiencias subjetivas”, escriben los autores de la investigación en la revista Proceedings de la Academia Nacional de Ciencias de EE.UU., donde han presentado sus resultados. En redes sociales como Twitter, el porcentaje se sitúa por encima del 80%. Esta propensión a compartir las vivencias propias se manifiesta ya en niños de nueve meses, que intentan llamar la atención de los adultos sobre lo que les parece importante.
Para comprender esta afición tan humana a comunicar las vivencias propias a otras personas, los investigadores Diana Tamir y Jason Mitchell han diseñado una serie de experimentos para los que han reclutado a más de 200 voluntarios. En un primer experimento, se ha registrado la actividad cerebral de los voluntarios con resonancia magnética. Se ha comparado qué ocurría en su cerebro cuando pensaban en sus propias creencias, opiniones y rasgos de personalidad y cuando pensaban en los de otras personas.
Los resultados muestran que, al pensar en ellos mismos, se les activan el núcleo accumbens y el área tegmental ventral en el centro del cerebro. Estas mismas áreas se activan ante estímulos gratificantes como el sexo y la comida. Al pensar en los demás, en cambio, la actividad en estas áreas del cerebro es baja.
En un segundo experimento, Tamir y Mitchell pidieron a otro grupo de voluntarios que vinieran acompañados –por ejemplo, con la pareja o con un amigo–. Ante algunas preguntas, se les dijo que el acompañante oiría sus respuestas. Ante otras, nadie las oiría. De nuevo se registró su actividad cerebral durante el experimento. Y de nuevo se observó que hablar de sí mismos les resultaba más gratificante que hablar de otras cuestiones.
Pero la gran novedad de este segundo experimento fue que, cuando el voluntario sabía que su acompañante oiría la respuesta, la actividad del núcleo accumbens y el área tegmental ventral se disparaba. En cambio, cuando nadie iba a oír la respuesta, la actividad en estas áreas no aumentaba. “El valor de hablar de uno mismo tiene dos orígenes independientes: la introspección y la comunicación de información a otras personas”, escriben los investigadores en Proceedings.
Además de registrar la actividad cerebral de los participantes en la investigación, Tamir y Mitchell diseñaron una segunda serie de experimentos para evaluar su conducta. Se les propuso un juego en el que podían responder a preguntas sobre sí mismos, sobre otras personas o sobre hechos. Y recibían una cantidad de dinero según la pregunta que elegían en cada momento.
La estrategia de evaluar comportamientos con recompensas se ha utilizado en investigaciones anteriores en las que se ha observado, por ejemplo, que los macacos pueden renunciar a sorbos de zumo de frutas para ver a congéneres de alto estatus (algo así como pagar por ver a Madonna); o que los estudiantes universitarios están dispuestos a renunciar a dinero a cambio de poder mirar a personas atractivas del sexo opuesto. En esta ocasión, se ha observado que los voluntarios elegían las preguntas de un modo que les hacía perder el 17% de sus ganancias a cambio de poder hablar de sí mismos. Y, cuando sabían que su acompañante oiría las respuestas, renunciaban hasta al 25% del premio.
Los datos presentados por Tamir y Mirchell no aclaran si esta propensión a hablar de uno mismo es igual entre hombres y mujeres o si evoluciona con la edad. Tampoco explican por qué esta conducta varía tanto entre personas introvertidas y extrovertidas.
Pero los resultados demuestran que “los humanos están tan dispuestos a revelar información sobre sí mismos porque les resulta intrínsecamente gratificante”, concluyen los investigadores en Proceedings. Aunque esta idea se había propuesto antes como hipótesis, nunca hasta ahora se había demostrado experimentalmente.
El placer de hablar de uno mismo es beneficioso por varios motivos”, argumentan los psicólogos de Harvard. “Genera vínculos y alianzas entre personas; ayuda a obtener conocimiento sobre uno mismo; [...] multiplica el conocimiento que cada persona puede adquirir a lo largo de la vida”. Y es útil para “la extrema sociabilidad de nuestra especie”.

Fin del mito: una buena noche de sexo dura poco

Según resultados de una investigación llevada a cabo en Estados Unidos y publicada en el Journal of Sexual Medicine, el acto sexual de calidad dura entre 3 y 13 minutos. ¿Te parece poco?
.¿Cuál es la duración ideal para vos?
¿Cuál es la duración ideal para vos?
"No sabés lo que fue anoche, estuvimos como dos horas tocándonos, besándonos, matándonos", esta bien podría ser la frase que todas las mujeres sueñan con decir, siempre y cuando sea verdad, claro. La fiel amiga oyente se moriría de celos y envidia, pensando en por qué nunca le pasa a ella.
Pues bien, tenemos una buena noticia para la amiga de la - supuestamente - afortunada mujer que tuvo la noche más larga y hot de su vida: según resultados de una investigación de la Universidad de Penn State, en Pennsylvania, la duración ideal del acto sexual es de 3 a 13 minutos, y es considerado como 'demasiado largo' una noche de pasión de más de 30 minutos.
¿El fin de un mito? Así parece. Siempre se pensó que duración era sinónimo de buen sexo, pero los resultados de la investigación prueban lo contrario. Los científicos de Penn State hicieron una encuesta con miembros estadounidenses y canadienses, entre los que se encontraban psicólogos, médicos, trabajadores sociales, terapeutas familiares y matrimoniales y enfermeras que habían recogido datos de miles de pacientes durante varias décadas.
Se preguntó a los encuestados el promedio de tiempo que debe durar un acto sexual, desde la penetración del pene a la vagina hasta la eyaculación, y se les pidió calificar lo que consideraban ‘adecuado’, ‘deseable’, ‘demasiado corto’, o ‘demasiado largo’.
La encuesta, que fue publicada en el Journal of Sexual Medicine (Revista de Medicina Sexual) mostró que un acto sexual ‘adecuado’ duraba de 3 a 7 minutos, uno ‘deseable’ de 7 a 13 minutos, uno ‘demasiado corto"de 1 a 2 minutos y uno ‘demasiado largo’ de 10 a 30 minutos.
‘La interpretación de un hombre o una mujer de su funcionamiento sexual y el de su pareja está fundada en creencias personales basadas en parte en los mensajes de la sociedad’ afirman los investigadores, según la BBC Mundo. ‘Desafortunadamente, la cultura popular actual refuerza muchos estereotipos sobre la actividad sexual’, agregan. También advierten sobre otras mentiras: "Muchos hombres y mujeres parecen creer en la fantasía de los penes enormes, las erecciones duras como una roca y el acto sexual que dura toda la noche’.
Según los autores, con este estudio intentan ‘disipar dichas fantasías y alentar a hombres y mujeres con datos reales sobre lo que es un acto sexual aceptable’. De esta forma, afirman, se podrán evitar decepciones y disfunciones sexuales.

UN MEDICO SOLIDARIO ENTRE MUCHOS PESETEROS

Varios médicos gaditanos plantean la insumisión ante los recortes en sanidad

Varios médicos gaditanos plantean la insumisión ante los recortes en sanidadEl dr.Antonio Vergara de Campos

El responsable de la Unidad de Infecciosos de Puerto Real asegura que seguirá asistiendo a los 'sin papeles' aunque el Real Decreto entre en vigor

Los recortes que el Gobierno de España va planteando con cuentagotas en las últimas semanas no paran de generar polémica, pero de pocos se ha hablado tanto como del que implica que se deje de prestar atención sanitaria a aquellos inmigrantes que no coticen en la Seguridad Social a menos que tengan la posibilidad de abonar el coste de la consulta a partir del 1 de septiembre.
El debate está sobre la mesa del sector de la sanidad. También en Cádiz, donde ya han aparecido las primeras voces discordantes con esta medida. El primero en alzar la suya ha sido el conocido doctor Antonio Vergara, responsable de la Unidad de Infecciosos del Hospital de Puerto Real, quien no duda en plantear su insumisión en caso de que se le obligara a no atender a este tipo de pacientes. «Para mí esto sería una aberración profesional. Llevo muchos años ejerciendo y jamás le he pedido el pasaporte a un inmigrante cuando ha entrado por la puerta de mi consulta», dice.
Vergara asegura que no es el único que piensa de esta manera. «Hay muchos compañeros en la misma situación en que estoy yo, al menos en el campo de las enfermedades infecciosas, donde casi todos estamos de acuerdo», explica. Actualmente en la provincia de Cádiz hay alrededor de 30 profesionales repartidos en cinco hospitales especializados en esta rama de la medicina.
En su actividad diaria Antonio Vergara atiende a pacientes con enfermedades como el sida o la tuberculosis, algunos de ellos inmigrantes. El doctor advierte en este sentido que «las enfermedades infecciosas no tratadas no solo pueden causar la muerte de una persona, sino que pueden llevar a cuestiones aún más graves. Una tuberculosis no tratada puede diseminar la enfermedad entre la población».
De cualquier forma, Vergara confía en que en Andalucía no se llegue a aplicar este Real Decreto del Gobierno central, que dictamina que solo se trata a estas personas en situación irregular solo en casos de urgencias o embarazo. Y aunque así fuera, tiene claro que él, y otros compañeros en toda la región, se negarán a acatarlo.

sábado, 5 de mayo de 2012

JAPOS JEROPAS

Sexo y pereza: el 70% de los japoneses no tiene nunca relaciones

Hace unas semanas, un documental emitido por la televisión española revelaba una realidad insospechada para los que amamos la cultura japonesa: el 70% de los habitantes de Japón no mantiene nunca relaciones sexuales: parejas casadas que llevan veinte años sin hacer el amor, novios castos que evitan tocarse, ejecutivos solitarios que pagan por poder acariciar… un gato.

Escrito por: Santiago Alba Rico.
Muñeca robot
Podríamos pensar que se trata de una cultura puritana y reprimida o de una sociedad de disciplina “protestante”, volcada en el trabajo, que ha dado la espalda a los placeres del erotismo. Pero es mucho más complicado e inquietante. Porque resulta que este Japón monacal, de pocos hijos y menos abrazos, cuenta con la más floreciente industria del sexo del mundo, con unos ingresos de 20.000 millones de euros al año que representan el 1% del PIB del país.
Aún más: no se trata sólo de la industria más potente sino también de la más refinada, la más variada, la más imaginativa y la menos púdica: las calles de Tokio ofrecen sin tapujos toda clase de reclamos publicitarios y toda clase de servicios; y sus ciudadanos los reciben y los usan con la misma naturalidad con la que comen sushi o compran el último modelo de iPhone.
¿Hay alguna contradicción o, por el contrario, una proporcionalidad directa entre la abstinencia sexual y la hipertrofia de los estímulos sexuales? La característica central de esta refinadísima industria del placer corporal es que todas sus ofertas, sus adminículos, sus imágenes y sus promesas de gozo no sólo excluyen la penetración (que es la que define la prostitución, ilegal en Japón) sino que está orientada a suprimir cualquier mediación propiamente humana.
¿Cómo decirlo? No es que en Japón estén desapareciendo las “relaciones sexuales”; lo que están desapareciendo son las “relaciones” en general mientras que el sexo sin relaciones, completamente autorreferencial, va ocupando un lugar cada vez más importante en la vida de individuos desconectados del mundo que no sienten la menor vergüenza en exhibir y proclamar esta desconexión.
Esta riquísima, civilizadísima, libérrima industria sexual —con todo su aparato escénico e instrumental— está orientada a ahorrar el trabajo de las dependencias exteriores: el cortejo, la conversación, los preliminares, el otro mismo.
Uno de los japoneses entrevistados en el documental declaraba con alegre franqueza que prefería masturbarse en una cabina con una vagina de plástico mientras veía imágenes pornográficas que acostarse con su novia: “me da mucha pereza”, decía, “porque cuando estoy con ella tengo que ocuparme de su placer y prefiero ocuparme sólo del mío”.
Lo extravagante de este egoísmo es que quiebra la regla antropológica básica de los últimos 15.000 años según la cual el propio placer sexual estaba asociado precisamente a la existencia de otros cuerpos y al reconocimiento, aunque fuese negativo, de nuestra dependencia de ellos. El sexo en Japón se ha emancipado de los cuerpos, esas criaturas tan inmanejables, tan incómodas, tan exigentes, tan imprevisibles.
“El infierno son los otros”, decía el filósofo Jean-Paul Sartre. Los otros, sobre todo, dan pereza. Hasta ahora nos cansaba trabajar y nos cansaba también estudiar mientras que estábamos siempre dispuestos a reunirnos con unos amigos, ir a una fiesta, participar en el bullicio de una conversación, desnudar de nuevo con emoción el pecho del amado. Ahora lo que cansan son las relaciones. Sexo sí, relaciones no.
La industria sexual en Japón refleja y alimenta una sociedad de perezosos masturbadores que pagan para no tener que ocuparse de sus mujeres o de sus novias; que pagan, en definitiva, para emancipar su propio placer de cualquier contacto exterior.
El colmo de la civilización, ¿será la masturbación industrial? Tres cosas llaman la atención de esta extraña pereza cultural.
La primera, como insólita ruptura antropológica, tiene que ver con el hecho de que las imágenes y los instrumentos han absorbido por completo la intensidad de los objetos a los que aludían o sustituían. La pornografía, las muñecas, los juguetes sexuales, fuente hasta ahora de estímulo y de insatisfacción, sucedáneos irritantes del cuerpo deseado, se han convertido en el objeto mismo donde se satisface el deseo.
Esas imágenes, esas muñecas, esos juguetes, constituyen la superación completa de todas las imperfecciones y todas las molestias, al servicio ahora de un placer encerrado, como un molusco, en el propio cuerpo. En su cabina, frente a la pantalla, manipulando el artefacto de plástico, el perezoso no echa de menos el cuerpo verdadero; todo lo contrario: se siente aliviado, liberado, sexualmente colmado en su confortable negación del mundo.
La segunda cosa que llama la atención de esta ruptura antropológica es, en cambio, de orden muy tradicional: esta nueva sociedad de perezosos masturbadores sigue siendo, como la anterior, machista y masculina, y en ella la mujer ocupa no sólo un papel subalterno sino también instrumental.
La industria japonesa del sexo, que no está dirigida a las mujeres, emplea sin embargo a muchas mujeres, pero no porque los clientes pidan o necesiten cuerpos femeninos, sino porque los cuerpos femeninos, con un poco de trabajo, pueden lograr parecer imágenes, muñecas y juguetes. Los hombres se ahorran el trabajo de las relaciones; las mujeres trabajan para ahorrar a los hombres el trabajo de las relaciones.
Ciencia-ficción y patriarcado se citan en los locales de masturbación industrial de Tokio. La vieja utopía homofóbica y misógina de un mundo sin mujeres se hace realidad en estos recintos de sexo puro donde una sucesión de Unos Machos se derrite en un espacio sin Nadie.
La última sorpresa es inquietante y se refiere a la naturalidad con que los japoneses reivindican su derecho a la pereza antropológica. Hay algo muy desagradablemente machista en la bravuconería del latin-lover que se jacta en público de sus hazañas sexuales; pero uno casi siente nostalgia del macho de las cavernas, y hasta del salvaje torturador, ante la obscenidad del masturbador industrial al que sobran todos los cuerpos del mundo y que exhibe su auto-erotismo como la máxima satisfacción y la máxima evolución a la que puede aspirar un individuo humano.
Una de las ventajas del sexo es que obliga a prestar atención al otro. No cuidamos un cuerpo enfermo de buena gana, pero nos ocupamos con minucioso entusiasmo del cuerpo deseado. El amor y el deseo constituyen la única garantía irrefutable de la existencia del mundo y de nuestra dependencia recíproca en él. Un beso es una forma de materializar al otro; una caricia una marca de salvación del cuerpo ajeno.
¿Qué pasa cuando la pereza llega al extremo de cortar todo vínculo —incluso el del deseo— con un cuerpo de carne y hueso? Japón, vanguardia del capitalismo, está a punto de liberarse industrialmente de la atadura de los otros. Quizás sea bueno. Un perezoso antropológico emancipado de todas las relaciones corporales no será un maltratador doméstico ni un violador en serie ni un sádico verdugo; un masturbador satisfecho nunca será un activo destructor del mundo.
Pero un macho que se “independiza” de los cuerpos a través de la masturbación artefacta, un perezoso radical adicto a la ausencia industrial del mundo, hará muy poco por conservar ese mundo que desprecia, allí donde se encuentre en peligro, y hará en cambio todo lo que sea necesario —y sin ningún malestar o remordimiento— por conservar la industria de la que depende su independencia.
Entre la barbarie antigua, tan saludablemente asesina, y la masturbación ultracivilizada, tan bárbaramente perezosa, ¿no habrá aún alguna forma de seguir reivindicando la existencia del mundo, el amor libre, la dependencia voluntaria, el beso salvífico, el placer compartido?

las hembras deben ser promiscuas...y los hombres tambien

La vagina sorprende a los científicos

Los análisis genómicos revelan un órgano más complejo y dinámico de lo esperado

Lejos de ser un órgano pasivo, una mera vía de paso, la vagina alberga una gran riqueza biológica que difiere de unas mujeres a otras y que suele evolucionar a lo largo del ciclo menstrual, según una investigación dirigida desde la Universidad de Maryland (EE.UU.) presentada este miércoles en la revista Science Translational Medicine.
La investigación obligará a corregir las ideas vigentes sobre qué es una vagina sana. Si hasta ahora se consideraba que la vagina debe tener bacterias del género Lactobacillus para protegerse de infecciones, los nuevos resultados indican que algunas mujeres están igualmente protegidas gracias a bacterias distintas. A falta de Lactobacillus, estas mujeres serían diagnosticadas actualmente de vaginosis –una alteración patológica de la flora vaginal– y candidatas a ser tratadas con antibióticos. Pero los investigadores de la Universidad de Maryland han demostrado que no tienen ninguna alteración patológica sino que son casos de variación dentro de la normalidad. Y, por lo tanto, que no deben ser tratadas con antibióticos.
Por otro lado, en los casos en que sí haya vaginosis, la investigación abre la vía a adecuar el tratamiento a la flora vaginal de cada mujer. “Muchos estudios y tratamientos se basan en la idea de que todas las mujeres son iguales y reaccionarán de manera similar a los tratamientos”, declara Jacques Ravel, director del trabajo, en un comunicado difundido por la Universidad de Maryland. Los nuevos datos muestran que “cada mujer parece tener su propio estado de salud”.
La investigación se ha basado en 32 jóvenes voluntarias que a lo largo de 16 semanas se han prestado a extraerse muestras vaginales dos veces por semana. Al mismo tiempo, han rellenado una encuesta diaria en la que se les preguntaba sobre cualquier variable que pudiera estar relacionada con su flora vaginal, como –entre otras– el sangrado menstrual, el uso de támpax o la actividad sexual.

Tras analizar las muestras vaginales con técnicas genómicas de secuenciación masiva, los investigadores han observado que hay cinco tipos principales de floras bacterianas entre las participantes en el estudio. Tres de ellos contienen bacterias del género Lactobacillus, que segregan ácido láctico y crean un entorno hostil que defiende la vagina frente a microorganismos invasores. En los otros dos tipos de floras vaginales son otras bacterias las que construyen una primera barrera de protección frente a las infecciones. Estos resultados confirman los de un estudio anterior presentado el año pasado por los mismos investigadores.
La principal novedad del nuevo trabajo es que hay una gran variedad de bacterias, no solo entre los distintos tipos de flora vaginal, sino dentro de cada tipo. En algunas mujeres –pero no en todas- incluso se han observado diferencias importantes en la composición de la flora vaginal de un día al siguiente (si han tenido una relación sexual) o de una semana a la siguiente (según el momento del ciclo menstrual). Pero, sean de un tipo u otro, y varíen o no varíen con las relaciones sexuales o el ciclo menstrial, todas estas floras vaginales son igualmente sanas, destacan los investigadores.
“El microbioma vaginal es mucho más complejo y diverso de lo que se había imaginado”, destacan Steven Witkin y William Ledger, de la Universidad Cornell (EE.UU.), en un artículo complementario publicado en Science Translational Medicine.
Más allá de mejorar el diagnóstico y el tratamiento de las vaginosis, la investigación ayuda a entender por qué algunas parejas son infértiles pese a que tanto el hombre como la mujer son fértiles. Según la hipótesis que adelantan Witkin y Ledger, la particular guerra de sexos que tiene lugar en la vagina entre la flora (que se defiende de los invasores) y el semen (que contiene moléculas inmunosupresoras para superar las defensas de la vagina) acaba en algunas parejas con la derrota de los espermatozoides. En estos casos, tanto el semen sería fértil con otra flora vaginal como la flora vaginal con otro semen. Si la hipótesis es correcta, se abriría la vía investigar cómo se puede modificar la flora vaginal para conseguir el embarazo deseado.

CULITO CON CULITO...ASI BIEN PEGADITO

Contra los mitos del sexo anal

Por:
Da igual cuándo y dónde se haya nacido: si usted es terrícola, seguro que alguna vez habrá oído aquello de que “el sexo anal sólo le interesa a los hombres”. O tal vez expresado en otra de sus cizañeras encarnaciones: ¿Por qué a los hombres les interesa TANTO el sexo anal?
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Foto: Guy Bourdain via GuyBourdain.org
El cliché encubre en sí mismo algunos de los mitos más frecuentes que circulan, de generación en generación y de un país a otro, en torno al sexo anal. Tal como los enuncia la gurú del tema, Tristan Taormino, en The Ultimate Guide to Anal Sex for Women:

- Sólo las prostitutas, los pervertidos y los frikis tienen sexo anal
- Sólo los hombres gay tienen sexo anal
- A los hombres heterosexuales que les gusta el sexo anal son en verdad gays
- A las mujeres no les gusta el sexo anal

El disfrute y la práctica del sexo anal no tienen distinciones de sexo, orientación sexual, edad, profesión, clase social, edad o religión. Los guardianes de la moral se han encargado de convertirlo en un tabú, de perseguirlo criminalmente, de fomentar la desinformación o de estigmatizar moralmente a quienes lo practican. También lo hicieron con la masturbación, con el sexo oral y con la homosexualidad, porque a los guardianes de la moral les encanta legislar en “los dormitorios de la nación”, que decía Pierre Elliot Trudeau.
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Foto de Tracey Emin. "Is Anal Sex Legal?", (1998), via TATE
Si estamos ante el último tabú de la vieja guardia, ya va siendo hora de que pasemos a las armas. Por mi parte, nunca desperdicio una oportunidad para decir alto y claro que se trata de una práctica tan común como la masturbación o el sexo oral. Y para muchas y muchos, es incluso mejor.
Volvamos a los mitos. El sexo anal no es un patrimonio exclusivo de los gays. A pesar de lo que se cree comúnmente, se estima que sólo la mitad de los hombres gays lo han probado y menos del 30 por ciento lo practican regularmente, según datos del Dr. Jack Morin, uno de los más respetados expertos en la materia -su libro Anal Pleasure & Health fue un auténtico pionero y está considerado como "la biblia de la salud anal"- y de The Kinsey Institute New Report on Sex de June Reinisch y Ruth Beasley. De hecho, no hay pruebas o evidencias que demuestren que un grupo social en particular definido por su género y orientación sexual practiquen más sexo anal que otro.
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Foto de Ignacio Lozano, via East Village Boys

El hecho de que a un hombre heterosexual le guste el sexo anal (tanto penetrar como ser penetrado) no esconde represiones de una orientación sexual encubierta, ni deseos ocultos. A millones de hombres les encanta recibir estimulación anal, con besos, caricias, lenguas, dedos o juguetes eróticos.

El sexo anal “bien hecho” no sólo no duele sino que se siente rico. Rico no, riquísimo. Además, desata fantasías y sensaciones maravillosas de entrega, sumisión y dominación. Pero, aunque produce unos orgasmos de órdago, no es capaz de cambiar la orientación sexual de una persona.
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Foto de Sandy Skoglund, via My Modern Met
Este mito, alimentado por la homofobia y por las falsas creencias en torno al sexo anal, sigue impidiendo que muchos hombres heterosexuales exploren su sexualidad anal a solas o en pareja. Del mismo modo que el sexo anal “mal hecho” alimenta el mito de que debe doler y sirve de excusa a muchas personas para negarse a intentarlo.
He perdido la cuenta de las ocasiones en que he escuchado, de clientas y amigas, una historia que se repite con estas variantes: estoy esperando que aparezca la persona que lo merezca… lo haré sólo para que deje de insistirme… se lo regalaré si se casa conmigo… sé que me dolerá, pero lo haré por él: no iniciados, nerviosos y presionados por sus amantes o parejas acceden a practicar sexo anal.
El resultado es rara vez feliz y cuando te lo cuentan parece que sonara de fondo música de película de terror: la pareja se lo ha pasado en grande y a ellos les duele. Lo dicen o se callan, pero desde luego se niegan a volver a intentarlo. Y si lo intentan de nuevo, será siempre bajo la presión de la pareja de turno y con un miedo al dolor que en nada propicia la dilatación.
La aparición en sociedad de la mujer que disfruta del sexo anal –curiosa y ávida por iniciarse, atenta a descubrir nuevas técnicas y juguetes, la que lo pide abiertamente y con frecuencia, la que lo disfruta aún más que la penetración vaginal– es un fenómeno más bien reciente, que al parecer no ha sido suficientemente publicitado y cuya visibilidad merece todo nuestro esfuerzo.
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Foto de Samuel Bradley

Curiosamente, quienes sí van ganando visibilidad desde hace unos años son las mujeres que practican el “Date la vuelta, Paco, que me pongo yo”. En inglés, a esta práctica se le conoce recientemente como Bend Over Boyfriend o Pegging, término ganador del concurso propuesto por el consejero sexual Dan Savage para buscarle nombre al asunto.
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Foto de Carlos Nunez, via My Modern Met
Da gusto verles llegar en pareja a la boutique erótica: alegres, decididos y ya emocionados ante la idea de adquirir un arnés y un dildo para que ella lo use con él. Llevo años viéndolo y todavía me alegra el día. En esta pareja ni ella se siente violentada por usar un pene de quita-y-pon, ni él se siente vulnerable o súbitamente marica por desear ser penetrado con un dildo… al fin y al cabo, al otro lado de la silicona está la mujer que desea y que es cómplice de sus deseos.

Ese intercambio de roles, que implica un traspaso de poder y una comunión de intimidad con el otro, es una auténtica bomba de excitación. Y cuando se vive sin miedo y sin prejuicios, nos regala experiencias sexuales trascendentes. Esas que no sólo te alegran el día: esas que sencillamente nos vuelven mejores amantes.