El parásito Toxoplasma gondii se transmite a través
de los alimentos mal cocidos, y en muchos casos son los gatos quienes lo
liberan al ambiente. Es especialmente peligroso para las mujeres
embarazadas, que corren el riesgo de transmitírselo al bebé.
–¿Qué investiga?
–Nuestro grupo trabaja en biología molecular y celular de un
parásito, Toxoplasma gondii, que es un parásito que se asocia con las
embarazadas y con los pacientes con HIV. Es un parásito que cuando se
transmite al feto el bebé nace con toxoplasmosis con expresión congénita
y puede tener serios problemas: retraso mental, hidrocefalia, problemas
neurológicos severos. Y en los pacientes con HIV, cuando se produce la
reactivación, lo que sucede es que se producen encefalitis bastante
graves que muchas veces llevan a la muerte. La toxoplasmosis es una
enfermedad que se controla en todas las mujeres embarazadas, con el fin
de saber si el feto puede haber sido infectado o no.
–¿Y qué hacen con ese parásito?
–El parásito se transmite principalmente a través de los alimentos,
por las carnes mal cocidas, o el que liberan los gatos en el ambiente y
puede estar contaminando las aguas y las verduras. Cuando entra en el
organismo, empieza a replicarse muy rápidamente, invade todos los
órganos. Pasa de una fase activa a una fase latente; cuando se produce
la reactivación (tanto en el niño recién nacido como en el paciente con
sida) lo que sucede es que esa reactivación es la que produce los
síntomas. Si no, el parásito permanece inactivo. En Argentina el 50 por
ciento de la gente está infectada con toxoplasmosis; hay países de
Europa en los que el 80 por ciento de la gente está infectada. Eso
sucede porque es una infección asintomática: nadie lo diagnostica porque
nadie se entera de que la tiene. Aunque ahora ya se está viendo que hay
ciertos síntomas. Entonces en las mujeres embarazadas, que sí tienen un
riesgo muy concreto (el de pasárselo al feto, lo cual puede producir
problemas) lo que se hace es un diagnóstico. Yo lo que estudio en mi
laboratorio es cómo se regula a nivel genético; cuando pasa de un
estadio activo a un estadio crónico, y lo mismo cuando recrudece de uno
crónico a uno activo, lo que ocurre es que hay algunos genes que se
apagan y otros que se encienden. Nosotros trabajamos sobre cómo es que
se regula ese cambio de estadios, cómo es que pasa de uno a otro.
–¿Cómo lo hacen?
–Primero lo que hay que decir es que no somos los únicos que lo
estamos estudiando: esto tiene gran desarrollo en Estados Unidos,
Alemania, Francia, donde se utilizan recursos tecnológicos muy
novedosos. Nosotros vamos por otro camino. Hay toda una vía del choque
térmico, relacionado con el estrés: cuando reciben estrés, las células
reaccionan molecularmente, cambian su expresión de genes, cambian su
fisiología, incluso si el estrés es muy grande pueden pasar a matarse a
sí mismas. Los parásitos en general no hacen eso: cuando están sometidos
a alto estrés, cambian de estadio. Una de las vías que estudiamos
nosotros es cómo funciona el estrés en los parásitos, y la otra es a
nivel genético, cómo se regulan los genes propiamente dichos. Digamos
que los genes tienen dos formas de regularse: hay unas proteínas que se
pegan donde hay un gen y dicen “acá vamos a tener actividad” y empiezan a
expresar esos genes, pero para que eso ocurra el genoma muchas veces
hace lo que se llama “decoración”: hay proteínas que se asocian al ADN
que de por sí no hacen nada, pero cuando empiezan a pegar cosas, como
ornamentaciones, generan un código, una especie de código de barras,
entonces hay proteínas que lo reconocen y a partir de ahí empiezan a
activar algunos genes y apagar otros. Esos mecanismos se llaman
“epigenéticos”.
–¿Qué son esos mecanismos?
–El ADN es una hebra muy larga que necesita condensarse, achicarse.
Imagínese que tiene una soga de 100 metros y tiene que ponerla en su
bolsillo; para hacerlo, lo que uno hace es enrollarla. El genoma hace lo
mismo: la tira de ADN es mucho más larga que una célula. Para
condensarse, necesita unas proteínas que se llaman histonas. En los
últimos años se ha visto que esto no es sólo un problema estructural,
sino que se ha descubierto hace unos años que estas histonas tienen otro
objetivo fundamental: descubrir qué lugares van a ser activos y cuáles
van a ser inactivos. Los mecanismos epigenéticos se llaman así porque no
están relacionados con el gen en sí, sino que consisten en una
regulación de los genes “por afuera”. Estas histonas pueden regular esa
actividad, pero para eso necesitan que se le peguen cosas distintas. Una
vez que la proteína se traduce, se le pueden pegar cosas varias (como
fosforilaciones, acetilaciones, metilaciones). Todo eso es lo que se
llama “decorar” a la proteína. Cada una de las histonas recibe una
modificación distinta, de modo que cada lugar va a tener una especie de
código de barras; entonces es ahí donde las otras proteínas que van a
ser la activación de los genes empiezan a funcionar. Como ése es un
mecanismo importante en los parásitos que tienen poca variabilidad de
proteínas, entonces los mecanismos epigenéticos son importantes. Lo que
estudiamos, entonces, son esos dos centros para ver cómo se regula eso.
–¿Y qué ven?
–Hemos visto con respecto a la parte de estrés que hay algunas
drogas que cuando las agregamos a los parásitos los bloquea y lo que
tiene de bueno es que estas drogas se utilizan también para terapia en
humanos, en cáncer. Los tumores son células que están permanentemente
activas, entonces las drogas contra esta proteína pueden bloquear una
célula tumoral. Nuestra idea es que esto también ocurre con el parásito:
la droga bloquea la infección. Tenemos una patente para la droga con la
Universidad de Vermont. Hemos ganado un conocimiento importante en ese
aspecto.
–¿Y con respecto a la epigenética?
–Bueno, los parásitos tienen variables interesantes que otros
organismos no tienen. En este caso, estamos en colaboración con un grupo
de Estados Unidos que trata de ver la marca epigenética de todo el
genoma del Toxoplasma gondii para saber bien cuáles son los genes que se
activan, cuándo se activan, cómo...
–¿La epigénesis está manejada por las histonas?
–Por las histonas y por sus modificaciones postraduccionales. Hay
otras marcas que son directamente el ADN, pero el toxoplasma no tiene
esas marcas, sino que directamente tiene la marcación de las histonas.
Ahí encontramos variantes, y esas variantes son útiles. Cuando uno ve al
parásito y ve estos temas, siempre se puede ver que pasan cosas
parecidas a una célula tumoral. Una célula tumoral se replica muy
rápidamente, al igual que el parásito. Cuando se replica, produce daños
en su propio ADN, que los mecanismos de reparación arreglan. Uno ve que
estas histonas sirven para la reparación, ve que el parásito repara
rápidamente su daño, regula sus genes... Lo que nosotros buscamos es
encontrar cuáles son las marcas epigenéticas más importantes y cuáles
son las enzimas remodeladoras que imponen esas marcas y así poder
diseñar drogas específicas para cortar lo mismo que se corta en tumores
pero en el parásito. Con todo el trabajo que uno gana por la experiencia
en el área del cáncer, podemos avanzar para solucionar problemas que
genera nuestro parásito.
–¿Avanzaron mucho?
–Con lo de la epigenética estamos avanzando, pero todavía no
llegamos a ninguna conclusión. Lo que quería decir es que la terapia
para toxoplasma existe para su forma activa, pero son drogas que tienen
efectos secundarios. Lo que no existe son drogas para su fase crónica,
que hasta ahora se creía que era completamente asintomática. Pero ahora
se lo está asociando con la esquizofrenia, con algunos tumores
cerebrales, con síndromes de hiperactividad. En animales, incluso, se lo
ha relacionado con un cambio de comportamiento en los ratones: pierde
capacidad de detectar bien los olores y, por ejemplo, reconoce como
atracción sexual a la orina del gato. O sea que aún en su forma crónica
el parásito puede tener consecuencias sintomáticas y por eso es
interesante poder encontrar una droga para combatirlo.