¿Existe una ciencia de la felicidad o es un timo pseudocientífico?
¿Quién está en condiciones para decidir lo que deben estudiar nuestros niños y adolescentes? ¿Los
políticos? No, porque no tienen los conocimientos necesarios y pueden convertir la escuela en una máquina propagandística. ¿Los
científicos? Tampoco, porque sólo conocen su especialidad. ¿Los
empresarios? Menos, porque sólo necesitan buena mano de obra. ¿Los
sacerdotes? No, porque sólo pueden hablar desde sus creencias. ¿Los
docentes? Sería lo deseable, pero necesitarían salir de su asignatura y elevarse a un plano más universal.
Diseñar un plan educativo
es, de las tareas que conozco, la que exige más competencias,
sabiduría, energía y humildad. Hace falta poder justificar los objetivos
educativos, atender a las necesidades sociales, tener claro el tipo de
sociedad para la que se educa, ponderar la importancia de los diferentes
conocimientos y distribuir adecuadamente un tiempo escaso.
En
este momento, numerosas instituciones mundiales intentan precisar las
destrezas necesarias para el siglo XXI. No sólo hay que educar para el
mundo que probablemente va a haber, sino también para el que sería
deseable que hubiera. De lo contrario, la escuela no colaborará al
verdadero progreso personal y social.
Una sociedad como la nuestra, basada en el conocimiento y el
aprendizaje, debería generar un tipo de expertos de extraordinario nivel
capaces de pensar estas cosas en nombre de todos. Hubo un momento en
que los filósofos se encargaron de la tarea, pero en este momento el
puesto está vacante.
La psicología es un saber sometido a modas que acaban teniendo una profunda influencia en los sistemas educativosUna
de sus tareas sería evaluar críticamente las relaciones entre
psicología y educación. La psicología es un saber sometido a modas que
acaban teniendo una profunda influencia en los sistemas educativos.
Muchos colegas franceses lamentan, por ejemplo, la influencia que tuvo
en la escuela primaria francesa
Françoise Doltò, una
psicoanalista infantil. Durante mucho tiempo, el conductismo imperó en
las facultades de Psicología, porque elaboró una teoría del aprendizaje
muy potente. Afirma que el comportamiento está regulado por el entorno,
por el sistema de reforzadores o premios. Sus investigaciones
experimentales fueron rigurosas, pero se generalizaron de forma
injustificada. Su máximo representante,
B.F. Skinner,
pensaba que era una gran rémora para la humanidad considerar al ser
humano como dotado de libertad y de dignidad, cuando en realidad no es
más que un organismo sometido a las leyes del condicionamiento. Explicó
las ventajas de un mundo regido por este sistema en la novela
Walden 2,
una especie de mundo feliz, dirigido por psicólogos conductistas. Desde
la filosofía de la educación puede admitirse el uso de esas técnicas
–que las terapias conductuales utilizan con éxito–, pero fuera del marco
interpretativo que se le quiso dar.
El lado oscuro de la psicología positiva
Este es un ejemplo de cómo desde la educación debemos someter a crítica los
movimientos psicológicos.
La dificultad estriba en que, para hacerlo, los diseñadores de planes
educativos deberían saber más que los psicólogos. Por eso decía que
necesitamos unos expertos de superior nivel. No multidisciplinares, sino
supradisciplinares. En este momento, me gustaría que sometieran a
examen tres escuelas psicológicas que están penetrando profundamente en
nuestro sistema educativo: la psicología positiva, la educación
emocional y las inteligencias múltiples. ¿Podemos fiarnos de ellas?
¿Tienen las garantías científicas necesarias? ¿Debemos incluirlas en
nuestros currículos? Hoy hablaré de la “psicología positiva”, que tiene
como objetivo elaborar una ciencia de la felicidad. Lo hago porque el
último número del
National Geographic incluye una separata titulada: “Felicidad. Un nuevo reto para la ciencia”.

La felicidad está de moda. Hasta Coca-Cola ha fundado un
“Instituto de la Felicidad”. Abundan los
best-sellers que
incluyen la palabra en sus portadas. Hay incluso una industria de la
felicidad. Se ha producido una mezcla indigesta de apelación al rigor
científico, retórica de autoayuda, y
coaching para la felicidad. Un ejemplo: el
National Geographic cita las investigaciones realizadas por
Richard Davidson,
neurólogo de la Universidad de Wisconsin, mediante resonancia magnética
funcional. La revista explica que “ha analizado el cerebro del
genetista molecular y monje budista
Matthieu Ricard, considerado
"el hombre más feliz del mundo".
Las investigaciones de Davidson son serias, pero la expresión “el
hombre más feliz del mundo” es una bobada, lo que perjudica la calidad
de la exposición.
El actual interés científico por la felicidad
fue iniciado por la llamada “psicología positiva”, un movimiento
comenzado en 1998 por
Martin Seligman,
psicólogo de gran prestigio, cuando fue nombrado presidente de la
American Psychological Association. Propuso como objetivo de la nueva
psicología estudiar las bases del bienestar psicológico y de la
felicidad, así como las fortalezas y virtudes humanas necesarias para
alcanzarlos. En este sentido es una actitud que cuadra muy bien con los
intereses educativos, porque la educación es fundamentalmente optimista,
y cree en la “perfectibilidad” del ser humano.
La
psicología positiva
se ha expandido espectacularmente. Se ha hecho popular. Los
profesionales que la aplican se cuentan por millares. Hay libros,
cursos, talleres, másteres, aplicaciones para móviles y ahora también se
intenta introducir en las aulas. Lo importante es que los niños en la
escuela sean felices, y les preparemos para la felicidad. ¿Hay algo que
objetar? Pues tal vez que se esté confundiendo felicidad –que es una
palabra profunda– con
comodidad, ausencia de estrés o diversión.
Convencer a nuestros alumnos de la inutilidad del sufrimiento puede
entenderse como un consejo para eliminar los sufrimientos no
justificados, pero también como una recomendación para huir de cualquier
molestia.

Recuerdo que hace tres años, estando en Harvard, asistí a la polémica provocada por la aparición del libro
Himno de batalla de la madre tigre. Su autora,
Amy Chua,
una americana de origen chino, explicaba cómo había educado a sus dos
hijas. Creía que el sistema educativo americano pensaba tanto en el
bienestar del niño que no se preocupaba de fomentar en él la excelencia.
Una de sus hijas, que acababa de ingresar en una de las grandes
universidades americanas, le escribió una carta abierta, publicada en un
gran periódico, diciendo que su infancia no había sido agradable, pero
que ahora quería agradecerle públicamente su comportamiento. Tal vez la
dureza de Amy Chua nos parezca reprobable, pero el problema que plantea
es muy pertinente. La preocupación por la felicidad del niño ¿está
siendo eficaz para preparar a los niños para la felicidad duradera? La
pretensión científica de la psicología positiva ha sido duramente
atacada. En España, desde la Universidad lo han hecho
Marino Pérez Álvarez,
Edgar Cabanas,
Luis Fernández-Ríos,
María Prieto-Ursúa
y varios profesores más. Se la acusa de carecer de rigor científico, de
difundir una ideología conservadora y de convertir la felicidad en un
artículo de consumo. También hay defensores acérrimos de la psicología
positiva, como los catedráticos
Carmelo Vázquez y
María Dolores Avia.
Los límites de la psicología
Los
debates académicos pueden ser apasionantes, pero en la escuela tenemos
que tomar decisiones, y eso exige una cuidadosa reflexión crítica. ¿La
insistencia en la felicidad está beneficiando o perjudicando a los
alumnos? ¿Hay realmente una ciencia de la felicidad? El asunto se
complica porque Martin Seligman, el padre de la criatura, que alcanzó un
gran éxito con su libro
La auténtica felicidad, dice en su último libro
La vida que florece:
"Odio la palabra felicidad porque está tan manida que ha perdido su
significado. Se trata de un término impracticable para la ciencia o para
cualquier otro empeño práctico, como
la enseñanza, la terapia, la política pública
o el cambio de vida a nivel personal”. Pretende sustituirla por
“crecimiento personal”, lo que supone sustituir una palabra vaga por
otra más vaga todavía.
Creo que poner continuamente el énfasis en
el bienestar psicológico, en las emociones positivas, puede
producir efectos negativos. Por de pronto implica proscribir los
sentimientos desagradables, alguno de los cuales son necesarios: el
esfuerzo, la responsabilidad, la culpa, el remordimiento, el sacrificio.
Con esa idea empequeñecida del bienestar se puede educar esclavos
felices. Por ejemplo, las mediciones que psicólogos positivos hacen de
las causas de la felicidad les permiten decir que el 50% es de origen
genético (hay personas que nacen mas dotadas para la felicidad), el 10% de origen
social, y el 40% restante depende de la
actitud personal.
El entorno tiene tan poca importancia porque piensan que no nos
entristecen las cosas, sino las creencias que tenemos sobre las cosas,
por lo que basta cambiar estas creencias para encontrarnos bien. Esto,
como es obvio, puede conducir a una resignación social, a una inacción
política, a un cierto hedonismo emocional individualista.
Muchos
problemas sólo tienen una solución ética, y la psicología tendrá que
limitarse, en todo caso, a facilitar la realización de esas solucionesPara
ser justo, creo que esa es una mala interpretación de la Psicología
positiva, sin duda favorecida por sus mismos expositores. Suponen que la
psicología es la solución de todos nuestros problemas y que una buena
educación emocional nos dará la felicidad, la plenitud, la justicia. La
realidad no es así. Un ejemplo. La empatía –la comprensión de los
sentimientos y conductas ajenos– es necesaria para una adecuada
convivencia. Pero los timadores y los manipuladores son expertos en
empatía, por lo que habrá que decir que la empatia puede usarse bien o
mal. Muchos problemas sólo tienen una solución ética, y la psicología
tendrá que limitarse, en todo caso, a facilitar la realización de esas
soluciones. De eso trataba la
teoría clásica de las virtudes, que la Psicología positiva ha asumido, separándola de su raíz moral.
No
distinguir bien entre Psicología y Ética es la gran equivocación de
muchos de sus propagadores, aunque no de sus autores fundamentales.
Seligman distingue tres niveles: la vida centrada en la satisfacción, la
vida que busca unas gratificaciones más altas (como la bondad), y la
vida puesta al servicio de algo que transcienda al individuo. Creo que
los problemas que la introducción de la psicología positiva en las
escuelas provoca se eliminarían con una clara distinción entre estas dos
creaciones de la inteligencia humana, la psicología y la moral. La
felicidad no es un concepto científico. Es un
concepto ético.