sábado, 4 de julio de 2015

Uno de los retos es el desarrollo de fármacos con menos efectos secundarios

El funcionamiento de la anestesia continúa siendo un misterio

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El origen de la anestesia moderna tuvo lugar hace más de 150 años en un circo de Boston. Hoy, a pesar de emplearse millones de veces cada día, su mecanismo de acción permanece desconocido y las teorías generales que pretendían explicarla han caído recientemente. Los expertos reclaman mayor investigación para mejorar el cuidado de los pacientes.
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Actualmente se usa una combinación de fármacos, que pueden variar ligeramente, pero que suelen utilizarse en un orden ya preestablecido. / Fotolia
La historia de la anestesia comienza con un desastre personal y un gran triunfo colectivo. Un día de 1844, Horace Wells, un joven dentista estadounidense, decidió acudir a un circo ambulante que pasaba por Boston. Una parte del espectáculo se basaba en el óxido nitroso, el gas de la risa, y en todo lo que era capaz de provocar en los inocentes voluntarios. Algo inusual sucedió el preciso día en que Wells acudió: uno de los participantes tropezó mientras corría alocado y feliz por el escenario, y se hizo un profundo corte en la pierna. Fue entonces cuando ocurrió un hecho fundamental: lejos de detenerse o gritar, continuó corriendo y riendo poseído por el momento, como si nada hubiese pasado, como si el corte hubiese sido un sueño pasajero y de inmediato olvidado.
La idea partió del dentista Horace Wells, que vio en un circo a un hombre herido impasible después de haber inhalado el gas de la risa
Claro que, si fundamental fue la caída, no lo fue menos la atención selectiva del dentista Wells. Ese gas podía ser la solución al sufrimiento de sus pacientes. Habló con Gardiner Colton, el responsable del espectáculo y químico de formación, y, tras inhalar una dosis de óxido, se dejó extraer a sí mismo un diente. Y no sintió dolor, aseguró.
Es probable que ahí mismo naciera la anestesia moderna, aunque Wells apenas llegaría a verla. Tras probar con éxito el óxido nitroso en otras personas, fue llamado para una demostración pública en el Hospital General de Massachusetts (MGH, por sus siglas en inglés). Pero algo fue mal. Justo cuando empezaba a extraer una muela al elegido, este comenzó a agitarse, dando gritos desesperados. No se sabe  si fue un error en la dosis o quizás en la administración. Tres años después, humillado, retirado y alcoholizado, Wells se suicidó.
Así que apenas pudo ver cómo su colega y amigo William Morton continuaba la investigación, aunque con éter, en vez de con óxido nitroso. Morton también fue invitado al MGH y, a diferencia de Wells, sí triunfó. No pudo ver que, años más tarde, el propio Gardiner Colton, el químico del circo ambulante, se asoció con otro dentista y demostraron también la eficacia del óxido nitroso; que luego vendrían el cloroformo, el halotano y el más reciente y más inocuo isofluorano; que paralelamente se desarrollarían los anestésicos intravenosos: los opiáceos, los barbitúricos, el propofol y los relajantes musculares. Hoy todavía, el mecanismo de acción exacto de todos ellos permanece aún desconocido. 
Una combinación compleja y misteriosa
Hay quien, con pragmatismo, todavía define a la anestesia como “el procedimiento por el cual se produce un estado en el que la cirugía puede ser tolerada”. Pero en general se exige que debe incluir al menos estos requisitos: producir amnesia (incapacidad de recordar lo sucedido), analgesia (suspender la sensibilidad ante el dolor), hipnosis (inconsciencia) e inmovilidad.
Toda anestesia debe producir amnesia, analgesia, hipnosis e inmovilidad
Como afirma la médica Luzdivina Rellán, anestesista en el Hospital de A Coruña, “actualmente se usa una combinación de fármacos, que pueden variar ligeramente, pero que suelen utilizarse en un orden ya preestablecido”. Primero, anestésicos intravenosos: el propofol (un sustituto moderno de los barbitúricos) para sedar al paciente; un analgésico como el fentanilo (sustituto moderno de la morfina) y un relajante muscular. Solo entonces comienzan a utilizarse los anestésicos inhalados, versiones actualizadas del éter y el óxido nitroso, que “se mantienen durante prácticamente toda la intervención, ya que permiten sostener la anestesia de una forma muy eficaz, y producen un despertar más rápido que los intravenosos”.
La combinación de fármacos permite reducir las dosis de cada uno de ellos y así limitar los efectos secundarios. Sin embargo, la mayoría –por diferentes que sean– llegan por sí solos a producir todos los efectos necesarios en una anestesia. Por eso, ya poco tiempo después de Wells y Morton, se empezó a pensar que había un mecanismo único, un efecto difuso y central que explicaba todas sus acciones. Un pensamiento que ha llegado casi hasta hoy.
¿Pero por qué funciona?
Ese mecanismo único, que se persiguió con ahínco, tomó el nombre de ‘teoría lipídica’. Parecía haber una gran correlación entre la potencia de los anéstesicos y su solubilidad en aceite. Por ello se admitió que los fármacos se disolvían en la membrana de las células nerviosas –formada por una doble capa de grasas–, y una vez allí alteraban su funcionamiento global y daban lugar a toda la plétora de efectos de la anestesia general.
Casi hasta hoy, se admitía que debía haber un mecanismo único desconocido que explicaba todas las acciones de la anestesia
La teoría se convirtió en un paradigma. Como afirma Misha Peouansky, profesor de anestesiología en la Universidad de Wisconsin, “los paradigmas deben probar que tienen cierta utilidad en algún momento para llegar a aceptarse, pero con el paso del tiempo y sin que se produzca una evolución, también pueden obstaculizar el pensamiento creativo”. Por eso, él mismo se pregunta: “¿La búsqueda de un mecanismo único para la anestesia ha sido fruto de un acúmulo progresivo de conocimiento, o ha sido simplemente el resultado de un implícito, subconsciente e inflexible paradigma?”.
Más bien esto último. Pasó más de un siglo hasta que se demostró que hay cambios en la temperatura que también alteran las membranas celulares, pero no producen anestesia. O que los anestésicos podían actuar sobre proteínas específicas inmersas en la propia membrana de las células nerviosas; un hallazgo que supuso una revolución. 
quirófano
Descifrar sus mecanismos serviría para mejorar la calidad de la anestesia en los hospitales, según los expertos. / Fotolia
La patada final a la única teoría aceptada
En los últimos años las pruebas en contra de la teoría lipídica se fueron acumulando, pero sin llegar a refutarla, hasta que un nuevo y reciente estudio puede haberle dado la estocada final.
Investigadores del Departamento de Anestesia del Weill Cornell Medical College, en Nueva York, se propusieron determinar con precisión si los anestésicos alteraban la membrana celular. Para ello aprovecharon las propiedades de la gramicidina, un antibiótico muy peculiar que se inserta en la membrana y permite el paso a su través de iones como el sodio. Al alterar el equilibrio celular, provoca el efecto antibiótico, pero su molécula es muy pequeña, por lo que no llega de extremo a extremo de la membrana.
Para actuar necesita que se unan dos proteínas entre sí, formando un canal para el paso de los iones. Y esa unión se produce más fácilmente si algo actúa sobre la membrana, distorsionando su estructura original. Algo como lo que, en teoría, un anestésico haría.
“El problema puede ser que aún no entendemos la consciencia. Eso nos impide comprender la anestesia”, reconoce Rudolph
Pero no. Cuando los investigadores analizaron el comportamiento de los canales en presencia de uno de los anestésicos más utilizados, el isofluorano, los canales de gramicidina se mostraban del todo indiferentes a su llegada. Y eso confirma que la teoría lipídica, la que se había propuesto como única, ni siquiera es real. Así lo piensa el doctor Uwe Rudolph, jefe del laboratorio de Neurofarmacología en la Universidad de Harvard: “La idea de que los anestésicos funcionan uniéndose específicamente a determinadas proteínas en lugar de hacerlo de forma más difusa con los lípidos ha venido consolidándose en los últimos años”. Este último estudio “es una buena gran evidencia de esta idea”, aclara a Sinc.
Sin embargo, el hecho de que la teoría se descarte no significa que se haya identificado el mecanismo exacto. Se ha visto que los anestésicos inhalados actúan como una llave maestra sobre más de 30 receptores diferentes, y que presentan sensibilidad dispar en distintas regiones cerebrales, aunque no se conoce cuáles median para cada uno de sus efectos.
 Piropos a la anestesista
Otros que parecen más específicos, como el propofol y los opiáceos, tampoco han sido descritos con exactitud. El primero, por ejemplo, se une en gran medida a los receptores GABA –sobre los que actúan gran cantidad de ansiolíticos– y permite el paso de cloro, lo cual inhibe la señal. De hecho, el propofol funciona como ‘suero de la verdad’, provocando un efecto transitorio de desinhibición. Un efecto que, como cuenta la doctora Rellán, hace que los jóvenes que se despiertan de la anestesia a veces le pidan un beso y le hablen de sus ojos.
Pero las regiones cerebrales implicadas no se conocen a ciencia cierta, y otros receptores también parecen sensibles. Más aún, aunque la mayoría de los anestésicos disminuyen la actividad neuronal, hay otros, como la ketamina, que llegan a producir inconsciencia sin disminuirla. Preguntado por las posibles razones de estas incertidumbres, Rudolph, humilde, reconoce que no tiene “una buena respuesta”. Y añade: “El problema puede ser que aún no entendemos suficientemente la consciencia. Eso nos impide comprender la anestesia”.
Mejorar la calidad de la anestesia en los hospitales
Descifrar sus mecanismos serviría para mejorar la calidad de la anestesia en los hospitales. La doctora Rellán lamenta que la investigación en “este campo no parece ser especialmente activa”. Por ejemplo, “se acaba de ver que el remifentanilo a dosis altas, a pesar de ser un analgésico, provoca mayor dolor posoperatorio, y no sabemos por qué”. De hecho, “la única novedad en los últimos años ha sido la aparición un ‘antídoto’ de los relajantes musculares, que permite disminuir su acción cuando su efecto es mayor que el requerido, pero serían deseables nuevas mejoras”.
Entre ellas, estarían el desarrollo de fármacos que “produjeran menos náuseas y vómitos posoperatorios, algo que sigue sucediendo con frecuencia y que perjudica y alarga la estancia hospitalaria” –agrega Rellán–. Y, en general, de anestésicos con una ventana terapéutica mayor, esto es, con una distancia más grande entre las dosis adecuadas y las tóxicas, que ahora mismo es bastante estrecha.
Falta investigación para desarrollar anestésicos que produzcan menos náuseas y vómitos posoperatorios, algo que alarga la estancia hospitalaria
Buscando soluciones como zahoríes
Un intento reciente de encontrar nuevas soluciones lo han llevado a cabo en los Departamentos de Anestesia y Farmacología de la Universidad de Pensilvania, en EE UU.
Para ello no les ha quedado más remedio que hacer de la necesidad, virtud. Como ellos mismos afirman, “la gran dificultad estriba en que no se conocen con exactitud las dianas sobre las que actúan los anestésicos”, y por ello decidieron actuar como rastreadores zahoríes. Aprovecharon que una gran parte de los anestésicos parece unirse con facilidad a la apoferritina, una proteína captadora de hierro. Así, analizaron más de 350.000 compuestos para ver cuáles eran los que más apetencia tenían por la proteína. Después, probaron los dos en teoría más potentes en ratones de laboratorio. Y parecen funcionar.
Es un trabajo empírico, quizás no el más elegante, y aún pasará tiempo hasta saber si alguno de estos compuestos puede utilizarse en los quirófanos. Pero es una puerta que se abre.
Entre las mejoras deseadas no solo está el desarrollo de nuevos fármacos. Otro de los avances que propone la doctora Rellán es poder monitorizar el efecto para ajustar las dosis con mayor precisión. De ese modo se podrían reducir los efectos secundarios. Sería algo parecido a las herramientas que ya existen para determinar el grado de relajación e incluso el de hipnosis, que han hecho prácticamente anecdóticos los angustiosos despertares intraoperatorios, en los que el paciente oye lo que sucede a su alrededor pero es incapaz de moverse o de hablar.
Porque es indudable que muchas cosas han cambiado desde la visita al circo de Wells. Pero la historia de la anestesia, en especial en los últimos años, no ha dejado de ser una suerte de Aquiles corriendo contra la tortuga. Algo más cerca cada vez, pero con la sensación de estar aún irremediablemente lejos.

El negocio de los remedios, en la mira

Por Mariano Beristain
remedios
Pese a los esfuerzos que se han hecho en los últimos años por reducir el impacto económico y social de sus costos, los medicamentos no han dejado de ser un lastre para los bolsillo de los ciudadanos y las divisas del país.
De acuerdo a los últimos da tos oficiales correspondientes al 2014, la balanza local de remedios es deficitaria en U$S 1900 millones. El problema es que mientras en 2013 el rojo orilló los U$S 1700 millones, el año pasado se sumaron otros U$S 200 millones más, lo que evidencia que lejos de resolverse el problema se ha ido agravando.
Otro dato que refleja de forma elocuente el elevado costo de los medicamentos es que el  nivel de inversión en salud del 2013 en su conjunto alcanzó los $ 158 mil millones, de los cuales el 32% corresponde a medicamentos.
Un porcentaje nada desdeñable si se recuerda que en el resto de los países del mundo el peso del gasto total en el rubro Salud de los medicamentos jamás supera el 17% y en promedio se ubica entre el 10 y el 16 por ciento.
La cadena de valor de la industria farmacéutica exhibe números llamativos, cimentado en base a la publicidad libre y el acuerdo y cooptación de los médicos que incluye desde viaje hasta dinero en efectivo para que los galenos recomienden un medicamento en lugar de otro genérico y más barato. Por ejemplo, las diez cápsulas de Lotrial, un medicamento de laboratorios Roemmers vital para controlar la presión después de los 40 años de vida, tiene un costo cada diez cápsulas de $ 6 pero en el mercado cuesta entre $ 120 y 140.
Pero este fenómeno afecta particularmente a aquellos segmentos críticos de la población.
Este es el caso de aquellos 1500 pacientes a nivel nacional que deben comprar la tobramicina en Aerosol por un precio promedio mensual de $ 30 mil con un costo anual para este colectivo que orilla los $ 540 millones.
La tobramicina es una antibiótico aminoglucósido de amplio espectro especialmente destinado para bacterias de tipo gran negativas del tracto genital de la mujer (Escherichia coli, Chlamydia trachomatis, Gonococos), que cobra importancia en la recepción neonatal. Sin embargo este remedio también es vital para los pacientes con fibrosis quística y enfermedades pulmonares crónicas con colonización o infección.
Lo cierto es que este medicamento que obliga a los pacientes argentinos a desembolsar $ 540 millones al año podría fabricarse en laboratorios estatales a un costo de $ 40 millones, menos de la décima parte del total por año.
La rentabilidad promedio de los remedios se encuentra en el orden del 900% de media y en muchos casos supera con creces este número.
Lo llamativo es que pese a la escandalosa rentabilidad del sector empiezan a percibirse algunos datos que muestran las dificultades que aún tiene el Estado argentino para fijar parámetros básicos a este poderoso sector.
Por ejemplo, explica Jorge Rachid, coordinador de Salud del Ministerio de Defensa, “hay laboratorios que están patentando medicamentos biológicos que no son producto de investigación, sino similares, es decir copiados de innovaciones, cambiando algunas moléculas y conservando las propiedades clínicas del original”. En otras palabras, los laboratorios obtienen ingresos extraordinarios sin que ello traiga aparejado nuevas inversiones del sector en materia de innovación en remedios.
La alta rentabilidad que obtienen las grandes firmas farmacéuticas no sólo plantean un dilema para el usuario sino también al sistema de salud de la Argentina.
En este contexto, empiezan a profundizarse las consecuencias de la importación sin límites de remedios que podrían fabricarse tranquilamente en la Argentina a un precio menor y sin un costo en dólares para el Estado argentino.
En el medio de estas necesidades, los intentos de romper con esta cadena de la felicidad que favorece a las grandes compañías farmacéuticas locales y multinacionales, la Argentina se tropieza con el enorme poder de lobby de este oligopolio que ha saboteado todas las veces que pudo aquellas iniciativas tendientes a romper con su hegemonía. «
Para la CAME, de Osvaldo Cornide, la rentabilidad de la pequeña y mediana empresa se deterioró en 2015.
Los empresarios analizan incorporar dos ramas más un plus para llegar a un acuerdo en el conflicto de camioneros.
La cadena de valor de la industria farmacéutica exhibe números llamativos de rentabilidad.

Los cerebros de todos los mamíferos se pliegan como bolas de papel

Un equipo de científicos halla la fórmula que subyace en el desarrollo de las circunvalaciones y pliegues de todos los cerebros, algo que hasta ahora había sido imposible. 
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El cerebro y las bolas de papel siguen los mismos patrones al plegarse - Foto Bruno Mota y Suzana Herculano
Los cerebros más grandes tienden a estar más plegados
La manera en que se desarrolla el cerebro de los mamíferos es una incógnita que mantiene entretenidos a los neurocientíficos desde hace décadas. Las especies con cerebros más grandes, como nosotros o las ballenas, tenemos una mayor cantidad de pliegues cerebrales y por tanto mayor cantidad de corteza, que es la zona donde se desarrollan las funciones superiores. Pero existen algunas contradicciones, como animales que tienen la misma superficie pero menos pliegues y variaciones del grosor a medida que aumenta la superficie expuesta y plegada.
El equipo de Bruno Mota y Suzana Herculano presenta esta semana en la revista Science la aparente solución a este viejo dilema en un estudio en el que demuestran que la manera en que se pliega el cerebro sigue los mismos patrones que una hoja de papel al arrugarse y formar una bola. Básicamente, aseguran, el área de corteza expuesta es igual al área total multiplicada por la raíz cuadrada del grosor de la corteza. O dicho de otro modo, los cerebros más grandes tienden a estar más plegados pero estos pliegues se producen más rápido en las cortezas más finas, que es exactamente lo mismo que han medido al arrugar decenas de bolas de papel.
Los pliegues se producen por la tensión interna generada por los axones.
El estudio se basa en el análisis de grandes bases de datos con medidas de los cerebros de las más variadas especies de mamíferos y el aspecto más interesante es que esta propiedad es intrínseca del sistema y no depende del número de neuronas ni de cómo se distribuyen éstas dentro del cerebro. Aún así, hay algunas diferencias con la manera en que se pliega el papel, como apuntan Georg F. Striedter y Shyam Srinivasan en un artículo complementario. En el caso de la bola se trata de un proceso que empieza y termina, mientras que en la corteza cerebral los pliegues se producen por la tensión interna generada por los axones y la materia gris y sigue produciéndose a lo largo del tiempo.
Aún así, el trabajo aporta datos muy interesantes para comprender mejor la fisiología del cerebro y enfermedades como la ausencia de pliegues o la anormalidad de estos en personas con malformaciones genéticas.
Referencias: Cortical folding scales universally with surface area and thickness, not number of neurons (Science) | Knowing when to fold them (Science)

viernes, 3 de julio de 2015


José Tuells, director de la Cátedra Balmis de Vacunología de la UA

"Las vacunas salvan tres millones de vidas anualmente"

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La vacunación está de actualidad debido al primer caso de difteria en España tras 28 años. Uno de los mayores expertos en inmunización y director de la Cátedra Balmis de Vacunología de la Universidad de Alicante, José Tuells, aclara que “las vacunas incluidas en el calendario infantil español son recomendadas, no obligatorias”. El experto insiste en que “la estrategia basada en la recomendación ha conseguido muy buenas coberturas en las vacunas que se administran durante los dos primeros años”.
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José Tuells. / Roberto Ruiz (FGUA)
En las últimas semanas se ha abierto un gran debate sobre la no vacunación a menores como consecuencia del caso de difteria de un menor español. Uno de los mayores expertos en inmunización de España y director de la Cátedra Balmis de Vacunología de la Universidad de Alicante (UA), José Tuells, aclara que “las vacunas incluidas en el calendario infantil español son recomendadas, no obligatorias”.
En este sentido, el doctor insiste en que “la estrategia basada en la recomendación ha conseguido muy buenas coberturas en las vacunas que se administran durante los dos primeros años de vida, obteniéndose resultados por encima del 95%”.
 A pesar de los buenos datos registrados que apuntan que “las vacunas salvan tres millones de vidas anualmente”, según Tuells se estima que para la primera infancia puede haber entre un 3 y un 5% de no vacunados.
Para la primera infancia puede haber entre un 3 y un 5% de no vacunados
“Existe la creencia de que estos niños y niñas son hijos de padres reticentes a la vacunación, algo que no es totalmente cierto. Dentro de ese porcentaje también hay que incluir a menores que constituyen bolsas de no vacunados por razones de pobreza o exclusión social”, afirma.
Un retroceso nada deseable
Respecto al movimiento antivacunas, Tuells alerta de que si se extiende entre la población “nos pondría en una complicada situación”. “Los avances conseguidos gracias a la vacunación, disminuyendo de forma drástica enfermedades como el sarampión, el tétanos, la difteria o la polio, se vendrían abajo. Un retroceso nada deseable”, añade.
En este sentido, hace 25 años se formó una Liga para la Libertad de la Vacunación y más recientemente se han creado algunas asociaciones de afectados que suelen reivindicar una mayor seguridad de las vacunas tras atribuirles efectos adversos en sus hijos e hijas. “Si existe una preocupación ciudadana hacia la seguridad y hay un problema de comunicación sobre los beneficios y consecuencias de las vacunas, ¿por qué no implantar un programa que compense los posibles daños por efectos adversos, similar a los que ya existen en los países más desarrollados?”, señala Tuells.

Cátedra Balmis de Vacunología

La Universidad de Alicante y el grupo Ribera Salud han puesto en marcha recientemente la Cátedra Balmis de Vacunología, la primera en España de estas características. Entre sus objetivos, su director apunta que es clave la “formación, especialmente del personal sanitario, para lo que estamos preparando cursos y seminarios. Entendemos que es necesario además difundir la vacunología utilizando las posibilidades que ofrece la tecnología actual por lo que vamos a crear una web que responda a este objetivo”.
En el campo de la investigación, se centra en dos líneas de trabajo. Por un lado, llevar a cabo estudios de vacunología social, es decir, cómo son representados, difundidos y debatidos en los medios de comunicación y redes sociales los aspectos que identifican la confianza de la población en las vacunas. Y, por otro, proyectos de vacunología clínica aplicada a través de estudios sobre el terreno que favorezcan el conocimiento epidemiológico de las enfermedades vacunables y la efectividad de las vacunas.

jueves, 2 de julio de 2015

ESE MELON MISTERIOSO...

Un año dentro del cerebro

El milmillonario proyecto de EE UU para entender nuestros 86.000 millones de neuronas empieza a ofrecer nuevas tecnologías para asomarse al interior del cráneo como nunca

Un técnico trabaja en el banco de cerebros de la Universidad de Harvard. / SPL
    El ser humano ha conseguido que una sonda lanzada desde la Tierra se pose, tras un viaje de 6.000 millones de kilómetros por el espacio, sobre un cometa que surca el sistema solar a 135.000 kilómetros por hora. Sin embargo, ese mismo ser humano es incapaz de entender su propio cerebro. El órgano de kilo y medio que tenemos dentro de la cabeza es un completo extraño. No hay herramientas para estudiarlo. Contiene 86.000 millones de neuronas, con billones de conexiones entre ellas. Con la tecnología actual, abarcarlo es imposible. Es como intentar comprender el universo mirando por la ventana hacia la Osa Mayor.
    Pero esta situación de impotencia podría durar poco. En abril de 2013, el presidente estadounidense Barack Obama anunció el proyecto BRAIN, una iniciativa de 4.500 millones de dólares hasta 2022 para “proporcionar a los científicos las herramientas que necesitan para obtener una fotografía dinámica del cerebro en acción y entender mejor cómo pensamos, aprendemos y recordamos”.
    BRAIN arrancó el 1 de octubre de 2014, cuando los laboratorios, entre ellos algunos de los Institutos Nacionales de la Salud de EE UU y de la Agencia de Investigación de Proyectos Avanzados de Defensa (DARPA, máximo exponente de la ciencia militar), comenzaron a recibir dólares. En su primer año fiscal, BRAIN empieza a ofrecer sus primeros resultados.
    El químico Charles Lieber. / Jon Chase/Harvard News Office
    Los neurocientíficos ya se asoman al cerebro como nunca antes lo habían hecho. Uno de ellos es Charles Lieber, de la Universidad de Harvard. Su equipo presentó en junio en la revista Nature Nanotechnology un dispositivo electrónico muy flexible que se puede implantar en el cerebro de ratones con una microjeringuilla. Esta técnica, revolucionaria, permite cubrir con una malla de electrodos la corteza cerebral para registrar in situ las señales eléctricas neuronales.
    "Este dispositivo electrónico inyectable tiene una estructura en forma de malla que, a mayor escala, parecería una mosquitera de las que ponemos en las ventanas para que no entren los bichos. Como una mosquitera, que es muy flexible y por la que puedes ver fácilmente a través, nuestro dispositivo electrónico en forma de malla está abierto en el 90% de su superficie, casi es invisible dentro de un vaso de agua", afirma Lieber.
    "Y, muy importante, es casi un millón de veces más flexible que el más flexible de los dispositivos electrónicos estudiados por otros investigadores. Su flexibilidad y sus espacios hacen que nuestro dispositivo se asemeje mucho al tejido nervioso y, por ello, no cause reacción en el tejido cerebral una vez implantado", explica.
    Las posibles aplicaciones son formidables. Y no solo para entender el cerebro. El dispositivo también podría servir “para estimular la actividad neuronal en regiones cerebrales profundas relevantes en la enfermedad de Parkinson”, según Lieber.
    Un equipo de Harvard ha diseñado un dispositivo electrónico muy flexible, "como una mosquitera", que se puede implantar en el cerebro con una microjeringuilla
    El joven Evan Macosko, de la Escuela de Medicina de Harvard, también se encuentra en la primera línea de fuego del proyecto BRAIN. Cada célula de nuestro cerebro custodia en su interior una copia de todos nuestros genes. Pero cada célula solo lee determinadas páginas de ese manual de instrucciones. Una célula del músculo utiliza los genes que le permiten contraerse. Una célula del riñón emplea los que posibilitan que filtre sangre.
    “Todavía no entendemos muchas de las funciones de las células del cerebro. Si pudiéramos saber qué genes están usando, podríamos entender mejor sus funciones y cómo se clasifican”, señala Macosko. Dicho más claro, todavía no sabemos cuántos tipos de células hay en nuestro cerebro ni cuántas hay de cada.
    El equipo de Macosko presentó en mayo, en la revista Cell, la Drop-seq, una tecnología que identifica qué genes está usando una célula, o las decenas de miles de células en una muestra de tejido. “Nuestro siguiente paso es utilizar Drop-seq para crear un atlas de las células del cerebro, un listado minucioso de los tipos de células que están presentes en cada región cerebral”, adelanta. Un atlas así abriría la puerta a entender mejor las funciones de diferentes zonas del cerebro, pero antes Macosko y los suyos tendrán que afinar el tiro: por el momento, Drop-seq solo detecta el 12% de los genes que utiliza cada célula.
    El equipo del biólogo Bryan Roth puede encender y apagar células cerebrales mediante fármacos teledirigidos
    El biólogo molecular Bryan Roth, de la Universidad de Carolina del Norte, es otro de los científicos en la vanguardia de BRAIN. Su equipo diseña en su laboratorio receptores celulares, una especie de porteros de discoteca de las células. Estos guardianes sintéticos, conocidos como DREADD, se pueden colocar en células cerebrales para activarlas y desactivarlas mediante fármacos teledirigidos.
    “Básicamente, nos permiten tomar el control remoto de las células cerebrales. Podemos encenderlas o apagarlas para entender cómo funciona el cerebro”, detalla Roth. Su enfoque es similar al de la optogenética, otra técnica en la frontera del conocimiento: los científicos instalan genes de algas sensibles a la luz a bordo de virus, que inyectan en cráneos de ratas o monos. Una vez colocados en las neuronas de los animales, los genes producen una proteína que hace de interruptor de la célula, activándola o desactivándola en función de ráfagas de luz láser lanzadas por los investigadores.
    El problema de la optogenética es que requiere invadir el cráneo para introducir la luz láser. Y los DREADD también tienen un talón de Aquiles, según admite Roth: "No nos permiten un control rápido de la actividad celular, son más lentos que la optogenética".
    El grupo del biólogo molecular acaba de presentar un nuevo DREADD, más sofisticado, en la revista especializada Neuron. “Las drogas que usamos no hacen nada a los animales más allá de apagar y encender neuronas”, asegura. Los DREADD, y el resto de tecnologías surgidas de la iniciativa BRAIN, pueden ser para el cerebro lo que el telescopio fue para el universo.

    Guerra fría entre la neurociencia estadounidense y la europea

    “Un milímetro cúbico de corteza cerebral del ser humano contiene unas 27.000 neuronas y 1.000 millones de conexiones. Y eso en un volumen similar al de una cabeza de alfiler. Estudiar el cerebro es enormemente complejo y requiere un abordaje multidisciplinar”, reflexiona Javier de Felipe, neurocientífico del Instituto Cajal (CSIC), en Madrid. De Felipe es uno de los directores del polémico Proyecto Cerebro Humano, el equivalente europeo de BRAIN. Con apoyo de la Comisión Europea, recibirá 1.000 millones de euros en 10 años.
    “La neurociencia es una guerra de guerrillas y estamos intentando unificarnos en un gran ejército para dar saltos en la investigación del cerebro. Los grandes proyectos como BRAIN y el Proyecto Cerebro Humano valen más que ir por separado”, sentencia. Sin embargo, las iniciativas de la UE y EE UU no han unido fuerzas. ¿En qué proyectos están colaborando? “Por lo que sé, en ninguno”, responde Rafael Yuste, el neurobiólogo español —catedrático de la Universidad de Columbia (EE UU)— que fue ideólogo de BRAIN. “No hay colaboraciones de manera oficial”, confirma De Felipe.

    miércoles, 1 de julio de 2015

    QUE HORROR!!!!

    La controvertida historia de la lobotomía


    Lobotomía
    Hace 75 años, en Estados Unidos, se llevó a cabo un proceso que más tarde un psiquiatra describió como "meter una aguja en el cerebro y agitarla": la lobotomía. ¿Cómo llegó a ser considerada una cura mágica?*
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    En las profundidades de los archivos de la Colección Wellcome de Londres, ese magnífico tesoro oculto de curiosidades médicas, hay una pequeña caja blanca de cartón.
    Dentro hay un par de aparatos médicos. Son sencillos. Cada uno consiste en una barra de acero de 8cm, con un mango de madera.
    "Estas horripilantes cosas son instrumentos de lobotomía. Nada sofisticado", explicó la archivista Lesley Hall.
    En un momento, las barras representaron lo más avanzado de la ciencia psiquiátrica. Eran los instrumentos quirúrquicos para la lobotomía, también conocida como leucotomía, una operación que era considerada como una cura milagrosa para una variedad de enfermedades mentales.

    Agujerear el craneo

    Por miles de años la humanidad practicó la trepanación, que consistía en agujerear el cráneo para dejar salir a los espíritus malvados.
    La idea de la lobotomía era diferente. El neurólogo portugués Egas Moniz creía que los pacientes con conductas obsesivas sufrían de problemas en los circuitos del cerebro.
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    El neurólogo portugués, Egas Moniz, fue el padre de la lobotomía.
    En 1935, en un hospital de Lisboa, pensó haber encontrado la solución. "Decidí cortar las fibras conectivas de las neuronas activas", escribió en una monografía titulada "Cómo llegué a hacer una leucotomía frontal".
    Su técnica original fue adaptada por otros, pero la idea básica se mantuvo.
    Los cirujanos perforaban un par de huecos en el cráneo, ya sea en un lado o en la parte superior, e introducían un instrumento afilado -un leucótomo- en el cerebro.
    El cirujano luego lo movía de un lado a otro para cortar las conexiones entre los lóbulos frontales y el resto del cerebro.
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    Freeman (izquierda) potenció el descubrimiento de Moniz.
    Moniz reportó mejoras dramáticas en sus primeros 20 pacientes y la operación fue acogida con entusiasmo por el neurólogo estadounidense Walter Freeman, quien se convirtió en un evangelista del proceso. Fue él quien hizo la primera lobotomía en Estados Unidos en 1936, y luego la divulgó por el mundo entero.
    Desde principios de la década de los '40, empezó a ser vista como una cura milagrosa en el Reino Unido, donde los cirujanos ejecutaron proporcionalmente más lobotomías que en Estados Unidos.
    A pesar de la oposición de algunos doctores -particularmente los psicoanalistas- se convirtió en parte integral de la psiquiatría.
    La razón de su popularidad era simple: la alternativa era peor.
    "Cuando visitaba hospitales de salud mental... veía camisas de fuerza, celdas acolchonadas, y era patente que algunos pacientes eran -siento tener que decirlo- sujetos a violencia física", recuerda el neurocirujano retirado Jason Brice.
    La oportunidad de curar a través de la lobotomía parecía preferible a una cadena perpetua en una institución.
    "Esperábamos que ofreciera una salida", dice Brice. "Esperábamos que ayudaría".

    Miles y miles

    La operación se volvió tan popular que había doctores, como el británico Sir Wylie McKissock, que llegaron a realizar miles de lobotomías.
    Terry Gould, quien trabajó con McKissock como anestesista, piensa que su antiguo jefe llevó a cabo unas 3.000.
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    Al hiperactovo McMurphy, encarnado por Jack Nicholson, le hicieron una lobotomía en Atrapados sin Salida.
    "Era un proceso que tomaba cinco minutos", y McKissock -cuenta Gould- se prestaba para hacerlas hasta en los fines de semana.
    "Iba a otros hospitales en la mañana de un sábado, hacía tres o cuatro leucotomías, y regresaba".
    Según Brice, la operación podía tener buenos resultados en algunos pacientes, pero cada vez tenía más dudas al respecto, especialmente cuando se trataba de pacientes con esquizofrenia.
    El psiquiatra John Pippard le hizo seguimiento a varios cientos de pacientes de McKissock y encontró que alrededor de un tercio se benefició, a un tercio no le afectó y el otro tercio empeoró.
    A pesar de que él mismo había autorizado lobotomías, luego se opuso a su práctica.
    "No creo que ninguno de nosotros estabamos realmente cómodos poniendo una aguja en el cerebro y agitándola".

    Declive

    En 1949, Egas Moniz ganó el premio Nobel por inventar la lobotomía, y la operación llegó a la cima de su popularidad.
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    La idea de hacer agujeros en el cráneo para curar enfermedades viene desde tiempos remotos.
    Pero a partir de mediados de los '50, rápidamente cayó en desgracia, en parte porque los resultados eran pobres y en parte gracias a la introducción de la primera ola de medicamentos psiquiátricos efectivos.
    Décadas más tarde, cuando trabajaba como enfermero psiquiátrico en una institución, Henry Marsh cuidó a pacientes a los que se les hizo lobotomías.
    "Eran esquizofrénicos crónicos y eran a menudo los más apáticos, lentos y sin esperanza", dije.
    Marsh, quien hoy en día es un eminente neurocirujano, dice que la operación sencillamente era mala ciencia. "Era muy mala medicina, mala ciencia, pues era claro que nunca se le hizo un seguimiento apropiado a los pacientes".
    "Si uno veía al paciente después de la operación, parecía que estaba bien: hablaba, caminaba y le decía 'gracias' al doctor", observa.
    "El hecho de que los habían arruinado totalmente como seres humanos sociables probablemente no importaba".

    SE LOS PUEDEN PONER A RAJOY...

    Tratamiento pionero en el mundo

    Dos electrodos dentro del cerebro logran frenar la esquizofrenia

    El Hospital de Sant Pau de Barcelona prueba con éxito la estimulación profunda para mitigar la enfermedad

    Una paciente operada hace siete meses ha dejado de tener alucinaciones y delirios

    Presentación de los resultados con los doctores Enric Alvarez, Joan Molet e Iluminada Corripio. Hospital de Sant Pau
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    ANTONIO MADRIDEJOS / BARCELONA


    Una mujer de 47 años afectada de esquizofrenia ha dejado de sufrir alucinaciones auditivas, delirios, obsesiones y otros síntomas de su patología tras ser sometida a una operación pionera consistente en la colocación intracraneal de dos electrodos que estimulan el cerebro. La operación y todo el seguimiento, tanto antes como después de la intervención, los han realizado especialistas del Hospital de Sant Pau de Barcelona. «Ya no oye voces», puso como ejemplo ayer la primera responsable de la investigación, la psiquiatra Iluminada Corripio.
    A la mujer, llamada Elena, se le diagnosticó la esquizofrenia paranoide hace más de 20 años y actualmente tiene reconocida una invalidez permanente. Lo peor de todo es que la enfermedad mental empeoraba su curso: tenía graves dificultades para salir de casa por su cuenta y había perdido gran parte de su círculo de amistades, lo que a su vez repercutía en su calidad de vida. Como a otros muchos afectados -más del 35% de los casos-, los habituales tratamientos farmacológicos no le funcionaban o tenían un efecto limitado. «Se optó por una nueva línea de trabajo porque se habían agotado todas las medidas terapéuticas», resumió Corripio. En la presentación de los resultados le acompañaban los otros dos coordinadores de la operación, Joan Molet y Enric Álvarez.
    FASE QUIRÚRGICA / Los electrodos, que son unas pequeñas estructuras de cuatro milímetros, se colocan mediante cirugía en el interior del cerebro y reciben los impulsos para ponerse en marcha gracias a una especie de generador o marcapasos colocado bajo la piel del abdomen y que los médicos pueden programar a distancia. Los electrodos emiten unas leves descargas de manera rítmica cuyo objetivo es, entre otros aspectos, estimular los circuitos de producción de la dopamina (concretamente, los especialistas escogieron para colocarlos dos áreas bastantes amplias del cerebro -el núcleo accumbens y la zona CG25 prefrontal- vinculadas a diversas enfermedades mentales). Operaciones similares de estimulación cerebral profunda ya se habían realizado para tratar o contener los síntomas de la depresión y el párkinson, incluso en el mismo hospital, pero es la primera vez en el mundo que se emplea para la esquizofrenia.
    Elena, que fue operada hace siete meses, forma parte de un grupo de ocho pacientes voluntarios que seguirán el mismo tratamiento. Dos de ellos ya se han sometido a la colocación de los electrodos, pero en fechas demasiado recientes como para poder determinar el éxito. «Solo sabemos que no empeoran», explicó escuetamente Corripio. De hecho, los especialistas insistieron en que el estudio aún se halla en fase preliminar.
    Dos meses después de la intervención de Elena, los llamados «síntomas positivos», como delirios y alucinaciones auditivas, habían desaparecido casi por completo y ahora el equipo médico se está centrando en disminuir «los síntomas negativos» que acarrea la enfermedad, en su mayoría psicológicos, como el aislamiento social derivado de haber vivido dos décadas prácticamente aislada. En cierta manera, está redescubriendo el mundo. «Ya sale a la calle sola sin problemas -destacó Corripio-. Unos de los retos es reconstruir un plan vital tras 20 años de inactividad».
    REUNIONES FAMILIARES / «Hay una evidente mejora emocional y puede estar sin problemas en reuniones familiares. Hasta ha mejorado su fluidez verbal», prosiguió la doctora. Su vida, hasta ahora dependiente en exclusiva de la ayuda materna, no es totalmente normal, pero progresa hacia la autonomía personal. «Aunque los tres últimos años fueron malos, con numerosas crisis, desde la operación de diciembre no ha vuelto a ingresar», añadió Corripio.
    En cualquier caso, los especialistas son cautos e insisten en que el tratamiento no cura, solo mitiga. «Lo que aspiramos es a reducir al máximo los síntomas», dijo Enric Álvarez, director del área de Psiquiatría de Sant Pau. «La expectativa actual no es curar, sino solo mejorar su vida -concluyó Corripio-. Pero quién sabe si en un futuro el tratamiento acaba teniendo un efecto permanente». De hecho, cuando pasen meses (o incluso años), los investigadores tienen previsto retirar la estimulación externa de forma selectiva -por ejemplo, varias horas al día sin avisar previamente a la paciente- para observar sus reacciones. «Apagaremos y encenderemos sin que lo sepa». Igual el efecto placebo obra milagros.