A LOS 54 AÑOS
UNA PÁGINA PARA PUBLICAR LAS BARBARIDADES MÉDICAS,LOS ROBOS DE LOS LABORATORIOS,LAS MEDIDAS PROGRESISTAS Y LAS NOVEDADES MEDICAS MUNDIALES
martes, 9 de junio de 2015
lunes, 8 de junio de 2015
A ESTO LLEVA LA POLITICA DE RECORTES DE RAJOY Y LA ALIANZA PP-PSOE
SALUT CONFIRMA
Ocho niños portadores de difteria en Olot
Ninguno está enfermo porque se vacunaron pero se les suministrará antibiótico
domingo, 7 de junio de 2015
Diario de una madre inexperta
Mi vagina bien, gracias
Recuerdo que hace unos meses me preguntaba angustiada qué iba a
ser de mi aspecto, visto como me encontraba tras el post parto. Mi
cuerpo en aquel momento era como una cama deshecha, un escombro, como si
al muñeco de Michelín de repente le hubiesen pinchado con una aguja y
al salir el aire hubiese quedado como un sharpei, un cúmulo de
pliegues. Esta desazón se incrementó con la incertidumbre sobre cómo iba
a ser mi pecho tras la lactancia. Pues bien, nueve meses después del
parto debo decir que hay de todo.
Mi cuerpo no ha vuelto a ser el mismo, mantengo cierta tendencia extraña a acumular grasa en mi cintura y caderas (al parecer debido a que tengo que tener depósitos de grasa suficientes para alimentar a mi retoño, aunque ya haya dejado de dar el pecho), mis piernas si bien ya no son dos flanes no han recuperado su tersura (es más, debería hacer algún ejercicio de tonificación o me da que no van a mejorar por sí solas) y recuperé mi peso muy rápido (en dos meses) aunque ahora fluctúo como un yo-yó enloquecido.
Lo peor ha sido el pecho. No es que antes yo tuviese unos pechos enormes, pero eran bonitos, firmes, de tamaño mano (que diría mi marido) y con los pezones sonrosados y pequeños. Ahora no solo han menguado de tamaño, sino que se han quedado como dos lenguados aplastados donde sobresalen mis pezones como dos pitorros de botijo, de un color marrón oscuro y más grandes que antes. Desde luego, mi pecho ha perdido mucho y eso le quita calidad a la película (que diría el gran Sanchidrián)
¿Debería hacer algo de dieta y mucho gimnasio? Desde luego. ¿Tengo ganas de hacerlo? Ninguna. No puedo pedir milagros si no estoy dispuesta a hacer algo, todo se consigue con esfuerzo, así me educaron, aunque a veces se pueden coger atajos. Así que en vez de dieta he pasado a cenar un yogur, una sopa o un gazpacho, y he notado que algo hace (por favor nutricionistas del mundo no os lancéis encima de mí)
En vez del gimnasio que me aburre y no me gusta, voy un día a la semana a que una chica muy simpática me haga una sesión de cavitación y radiofrecuencia, y algo hace también (tampoco os lancéis encima de mi todos los monitores de fitness). Ahora que se acerca el verano, iré un par de veces a la semana a la playa y caminaré por la orilla del mar, que eso tonifica mucho y encima te pones morena.
Debo decir que lo que más me preocupaba que era el estado de mi vagina, ha dado un giro para bien en los últimos dos meses. Aún no la noto al 100% de su capacidad, pero hemos pasado de unos primeros meses donde al ver el pene de mi marido automáticamente cogía el tubo de vaselina, rezaba para que no doliese y buscaba la postura más cómoda, a no notar casi molestia y probar posturas nuevas...
Por desgracia sigo teniendo un problema (grave) con la libido. Al principio no tenía ganas de hacerlo por culpa de las hormonas post parto, muy deprimidas porque se les había acabado la fiesta del embarazo. Ahora porque me he pinchado un par de veces medroxiprogesterona, una inyección para no quedarme embarazada cuyo efecto dura tres meses (no debe usarse como anticonceptivo habitual). Dicha inyección al parecer deja mi libido tirada por el suelo y pisoteada, así que estoy rezando para que llegue julio y se me pase el efecto, a ver si así de una vez mi cuerpo vuelve a su ser.
Lo que esta claro es que parir es una revolución tremenda, que tu cuerpo ya no es lo que era y que si me planteo un segundo embarazo, automáticamente me viene a la cabeza un cirujano plástico amigo de mis padres, que cuando me vio embarazada me dijo: "tu pare todo lo que tengas que parir y da todo el pecho que quieras, y luego vienes y yo te recompongo y te dejo como nueva". Para pensárselo muy seriamente...
Mi cuerpo no ha vuelto a ser el mismo, mantengo cierta tendencia extraña a acumular grasa en mi cintura y caderas (al parecer debido a que tengo que tener depósitos de grasa suficientes para alimentar a mi retoño, aunque ya haya dejado de dar el pecho), mis piernas si bien ya no son dos flanes no han recuperado su tersura (es más, debería hacer algún ejercicio de tonificación o me da que no van a mejorar por sí solas) y recuperé mi peso muy rápido (en dos meses) aunque ahora fluctúo como un yo-yó enloquecido.
Lo peor ha sido el pecho. No es que antes yo tuviese unos pechos enormes, pero eran bonitos, firmes, de tamaño mano (que diría mi marido) y con los pezones sonrosados y pequeños. Ahora no solo han menguado de tamaño, sino que se han quedado como dos lenguados aplastados donde sobresalen mis pezones como dos pitorros de botijo, de un color marrón oscuro y más grandes que antes. Desde luego, mi pecho ha perdido mucho y eso le quita calidad a la película (que diría el gran Sanchidrián)
¿Debería hacer algo de dieta y mucho gimnasio? Desde luego. ¿Tengo ganas de hacerlo? Ninguna. No puedo pedir milagros si no estoy dispuesta a hacer algo, todo se consigue con esfuerzo, así me educaron, aunque a veces se pueden coger atajos. Así que en vez de dieta he pasado a cenar un yogur, una sopa o un gazpacho, y he notado que algo hace (por favor nutricionistas del mundo no os lancéis encima de mí)
En vez del gimnasio que me aburre y no me gusta, voy un día a la semana a que una chica muy simpática me haga una sesión de cavitación y radiofrecuencia, y algo hace también (tampoco os lancéis encima de mi todos los monitores de fitness). Ahora que se acerca el verano, iré un par de veces a la semana a la playa y caminaré por la orilla del mar, que eso tonifica mucho y encima te pones morena.
Debo decir que lo que más me preocupaba que era el estado de mi vagina, ha dado un giro para bien en los últimos dos meses. Aún no la noto al 100% de su capacidad, pero hemos pasado de unos primeros meses donde al ver el pene de mi marido automáticamente cogía el tubo de vaselina, rezaba para que no doliese y buscaba la postura más cómoda, a no notar casi molestia y probar posturas nuevas...
Por desgracia sigo teniendo un problema (grave) con la libido. Al principio no tenía ganas de hacerlo por culpa de las hormonas post parto, muy deprimidas porque se les había acabado la fiesta del embarazo. Ahora porque me he pinchado un par de veces medroxiprogesterona, una inyección para no quedarme embarazada cuyo efecto dura tres meses (no debe usarse como anticonceptivo habitual). Dicha inyección al parecer deja mi libido tirada por el suelo y pisoteada, así que estoy rezando para que llegue julio y se me pase el efecto, a ver si así de una vez mi cuerpo vuelve a su ser.
Lo que esta claro es que parir es una revolución tremenda, que tu cuerpo ya no es lo que era y que si me planteo un segundo embarazo, automáticamente me viene a la cabeza un cirujano plástico amigo de mis padres, que cuando me vio embarazada me dijo: "tu pare todo lo que tengas que parir y da todo el pecho que quieras, y luego vienes y yo te recompongo y te dejo como nueva". Para pensárselo muy seriamente...
O TE HACES EL LOCO O TE HACE LA SOCIEDAD
La doble tragedia de la salud mental
-
La atención a las necesidades psicológicas ha sido tradicionalmente obviada en las crisis
-
Todavía hoy, muy pocas agencias y ONG proporcionan este tipo de atención
-
No obstante, las necesidades mentales durante o un conflicto o un desastre son enormes
Un refugiado de Chad llora en un campo de refugiados en República Centroafricana.
LABAN MATTEL
UNHCR
En el sur del Chad, justo en la frontera que linda con República Centroafricana, se hacinan decenas de miles de refugiados que han escapado de la violencia de su país. Uno de ellos es Musa (nombre
ficticio), un hombre de 35 años que huyó hasta Chad desde la capital
del país centroafricano, Bangui. Allí, él y su mujer llevaban una vida
tranquila: Musa tenía un pequeño negocio y era bastante conocido como
boxeador amateur.
Sin embargo, un día, la dureza del conflicto que su país está viviendo llegó hasta su propia casa, y la mujer de Musa fue asesinada delante de sus ojos. Musa huyó al país vecino. Se sentía terriblemente culpable de estar vivo mientras su esposa había muerto. Presentaba síntomas de depresión severa: tenía pesadillas por la noches y no tenía ninguna esperanza en el futuro.
Pero eso fue hace tres meses. Por aquel entonces, uno de los
médicos que trabajan en el campo de refugiados en el que ahora Musa
intenta empezar una nueva vida lejos del conflicto de su país, le derivó a uno de los trabajadores psicosociales
locales, que había sido formado para tratar a gente traumatizada. Él le
recetó un antidepresivo que costaba menos de un dólar al mes, y tramitó
su ingreso en una clínica durante su período más crítico, en el que
llegó a tener fuertes pensamientos suicidas.
Hoy Musa sigue estando triste y afectado por la muerte de su mujer, pero ve las cosas de otra manera: tiene más esperanza, e incluso ha empezado a dar clases de boxeo a algunos de los chicos del campo. Historias como la suya no son raras, y demuestran que, en ocasiones, la atención médica más necesaria no es la más evidente. "Con recursos limitados se puede hacer mucho, incluso salvar vidas. Pero, desafortunadamente, esto no es una prioridad política", cuenta desde Chad a EL MUNDO Pieter Ventevogel, asesor de salud mental de ACNUR, quien ha conocido a Musa.
Hoy, en un mundo en el que 50 millones de personas se han visto obligadas a abandonar sus hogares, son muchos los escenarios en los que la seguridad, el bienestar y la salud de la gente ha saltado por los aires. Desde Siria hasta Nepal, todas estas emergencias llevan aparejadas, desde el minuto uno, unas altísimas demandas de asistencia sanitaria: traumatología, cirugía, atención pediátrica, ginecológica... Son pilares que no pueden faltar cuando se atiende a las víctimas de un conflicto armado o de un desastre natural. Sin embargo, hay un factor que suele quedarse aparcado, a pesar de ser igual de importante, o incluso más, que los demás: la salud mental. Las secuelas psicológicas que puede provocar lo soportado durante un conflicto o los momentos de pánico vividos en un terremoto pueden condicionar a una persona de por vida.
Sabiendo esto, y con la idea de intentar paliar ese déficit de atención que tradicionalmente ha tenido la salud mental en los contextos humanitarios, la OMS y ACNUR han elaborado una guía conjunta en la que pretenden orientar a los sanitarios no especializados en salud mental (justamente, los primeros en atender a las víctimas de una emergencia) sobre cómo tratar las secuelas soterradas que deja, por ejemplo, un terremoto como el de Nepal.
El objetivo era darle un enfoque no especialista, es decir, que no estuviera enfocada a psicólogos o psiquiatras, sino a todo aquel profesional médico que trabaje en una emergencia. "Si se observa la pirámide de necesidades de salud mental, con la aplicación de esta guía, manejas el 70 o el 80% de esas necesidades. Esto disminuye mucho la carga total, y puedes dejar el resto a los especialistas", explica en conversación con EL MUNDO Jorge Castilla, asesor de la OMS y uno de los participantes de esta guía.
¿Y cuáles son esas necesidades? ¿Qué consecuencias psicológicas tiene para una persona, por ejemplo, haber sobrevivido al terremoto de Nepal? Castilla, quien no ha estado en Nepal pero sí estuvo en Haití en el año 2010, cuenta que "las secuelas son las mismas que sufriríamos cualquiera de nosotros: el miedo a regresar a cualquier estructura sólida, la tristeza por la pérdida de posesiones personales o familiares, el pánico a cualquier réplica..."
Precisamente porque todo esto no deja de ser lo que le pasaría a cualquier ser humano al que de un día para otro se le cae la casa encima, Ventevogel, uno de los autores principales de la guía de la OMS, aclara que " hay que distinguir entre las reacciones normales que disminuyen con el tiempo, si se tiene el apoyo adecuado, y los trastornos mentales que sí requieren una atención más específica".
En cualquier caso, no todas las emergencias son iguales, y por tanto, la atención tampoco debe ser la misma. Las necesidades mentales de una madre que acaba de perder a su hijo por culpa de un terremoto son distintas a las del hombre que lleva cinco años malviviendo en un campo de refugiados.
En los primeros momentos de una crisis, cuenta Ventevogel "la gente tendrá estrés agudo y reacciones a la pérdida de sus seres queridos". En esos momentos, como podrían ser los actuales en Nepal, "se intenta hacer una intervención poco intrusiva que ayude a las personas a reactivar sus propios mecanismos de superación", explica Viciana.
Castilla pone un ejemplo muy claro del potencial que tiene la atención a nivel mental para que los más pequeños puedan superar las dificultades: "Hay crisis en las que se han visto malnutriciones en niños que no tenían una causa aparente, y a veces, se ha probado que dar asistencia psicológica les ayuda más que darles comida", dice Castilla.
En una crisis humanitaria, el tiempo puede jugar a favor de las personas, pero también en contra. Y no son pocas las emergencias que se han cronificado. Siria o Palestina son sólo algunos ejemplos. "En una emergencia crónica, las personas sufren el doble de enfermedades de salud mental que la población general", explica Castilla, que cuenta cómo nuestra mente se adapta a esta situación: "Cuando se tiene una tensión, el cuerpo se adapta a ella y responde de manera temporal, pero, cuando la tensión no cesa, tu cuerpo se adapta, la respuesta es más baja, y esto desemboca en un estrés crónico", asegura Castilla.
Tal y como relata a EL MUNDO Ventevogel, "cuando una situación se prolonga, la gente empieza a perder la esperanza, se convierten en dependientes de la ayuda y se desmoralizan. Las consecuencias de esto son muy claras: "más niveles de depresión, de violencia de género, y de abuso del alcohol y otras sustancias". Es algo que Castilla llama la teoría de la patada al perro: "el hombre está frustrado porque no tiene trabajo, así que bebe, llega a casa y pega a su mujer. La mujer, que también está desesperada, acaba pegando al hijo..."
Es evidente que la solución a estos problemas no existe, ya que ésta sólo pasaría por que el conflicto en sí mismo se acabara. Pero todos los especialistas coinciden en que, mientras que las personas estén bajo unas condiciones tan límite como las que se soportan durante una emergencia humanitaria, sería un gran error menospreciar el valor que puede tener la salud mental. Es esencial, concluye Ventevogel, "garantizar que la asistencia humanitaria se organiza de manera que promueva la dignidad y la autosuficiencia". Y añade: "hay que ayudar a la gente a que se ayuden a sí mismos. Muchos supervivientes tienen la capacidad de ayudarse los unos a los otros una vez que se les da la oportunidad de hacerlo, y es importante animarles a ello".
Sin embargo, un día, la dureza del conflicto que su país está viviendo llegó hasta su propia casa, y la mujer de Musa fue asesinada delante de sus ojos. Musa huyó al país vecino. Se sentía terriblemente culpable de estar vivo mientras su esposa había muerto. Presentaba síntomas de depresión severa: tenía pesadillas por la noches y no tenía ninguna esperanza en el futuro.
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Hoy Musa sigue estando triste y afectado por la muerte de su mujer, pero ve las cosas de otra manera: tiene más esperanza, e incluso ha empezado a dar clases de boxeo a algunos de los chicos del campo. Historias como la suya no son raras, y demuestran que, en ocasiones, la atención médica más necesaria no es la más evidente. "Con recursos limitados se puede hacer mucho, incluso salvar vidas. Pero, desafortunadamente, esto no es una prioridad política", cuenta desde Chad a EL MUNDO Pieter Ventevogel, asesor de salud mental de ACNUR, quien ha conocido a Musa.
Hoy, en un mundo en el que 50 millones de personas se han visto obligadas a abandonar sus hogares, son muchos los escenarios en los que la seguridad, el bienestar y la salud de la gente ha saltado por los aires. Desde Siria hasta Nepal, todas estas emergencias llevan aparejadas, desde el minuto uno, unas altísimas demandas de asistencia sanitaria: traumatología, cirugía, atención pediátrica, ginecológica... Son pilares que no pueden faltar cuando se atiende a las víctimas de un conflicto armado o de un desastre natural. Sin embargo, hay un factor que suele quedarse aparcado, a pesar de ser igual de importante, o incluso más, que los demás: la salud mental. Las secuelas psicológicas que puede provocar lo soportado durante un conflicto o los momentos de pánico vividos en un terremoto pueden condicionar a una persona de por vida.
Ha empezado a tomarse en serio
No obstante, a pesar de que los beneficios de la atención psicológica quedan demostrados con la historia de Musa y otras tantas, a día de hoy, todavía son pocas las agencias humanitarias que proporcionan servicios clínicos para los problemas mentales. "La salud mental durante las emergencias ha sido, hasta hace poco, una de las grandes olvidadas, pero en los últimos cinco años se ha empezado a tomar en serio", explica a este periódico Carmen Viciana, responsable de salud mental de Médicos Sin Fronteras.Sabiendo esto, y con la idea de intentar paliar ese déficit de atención que tradicionalmente ha tenido la salud mental en los contextos humanitarios, la OMS y ACNUR han elaborado una guía conjunta en la que pretenden orientar a los sanitarios no especializados en salud mental (justamente, los primeros en atender a las víctimas de una emergencia) sobre cómo tratar las secuelas soterradas que deja, por ejemplo, un terremoto como el de Nepal.
El objetivo era darle un enfoque no especialista, es decir, que no estuviera enfocada a psicólogos o psiquiatras, sino a todo aquel profesional médico que trabaje en una emergencia. "Si se observa la pirámide de necesidades de salud mental, con la aplicación de esta guía, manejas el 70 o el 80% de esas necesidades. Esto disminuye mucho la carga total, y puedes dejar el resto a los especialistas", explica en conversación con EL MUNDO Jorge Castilla, asesor de la OMS y uno de los participantes de esta guía.
¿Y cuáles son esas necesidades? ¿Qué consecuencias psicológicas tiene para una persona, por ejemplo, haber sobrevivido al terremoto de Nepal? Castilla, quien no ha estado en Nepal pero sí estuvo en Haití en el año 2010, cuenta que "las secuelas son las mismas que sufriríamos cualquiera de nosotros: el miedo a regresar a cualquier estructura sólida, la tristeza por la pérdida de posesiones personales o familiares, el pánico a cualquier réplica..."
Precisamente porque todo esto no deja de ser lo que le pasaría a cualquier ser humano al que de un día para otro se le cae la casa encima, Ventevogel, uno de los autores principales de la guía de la OMS, aclara que " hay que distinguir entre las reacciones normales que disminuyen con el tiempo, si se tiene el apoyo adecuado, y los trastornos mentales que sí requieren una atención más específica".
Distintas emergencias, distintas necesidades
En una emergencia humanitaria, en general, tal y como explica Ventevogel, "la mayoría de la gente sentirá angustia, estrés, y miedo, pero no tendrá un problema mental. Después, un grupo significativo de personas desarrollará, con el tiempo, trastornos mentales moderados, como depresión, ansiedad y estrés postraumático; y finalmente, un grupo pequeño desarrollará un trastorno mental grave. Muchos de ellos serán gente que ya tenía problemas previos, y cuyas condiciones se deterioran durante la emergencia al interrumpirse la atención médica".En cualquier caso, no todas las emergencias son iguales, y por tanto, la atención tampoco debe ser la misma. Las necesidades mentales de una madre que acaba de perder a su hijo por culpa de un terremoto son distintas a las del hombre que lleva cinco años malviviendo en un campo de refugiados.
En los primeros momentos de una crisis, cuenta Ventevogel "la gente tendrá estrés agudo y reacciones a la pérdida de sus seres queridos". En esos momentos, como podrían ser los actuales en Nepal, "se intenta hacer una intervención poco intrusiva que ayude a las personas a reactivar sus propios mecanismos de superación", explica Viciana.
La fragilidad de los niños
Los niños son un público al que siempre hay que prestar especial atención, pues su fragilidad, especialmente si han perdido a sus padres, es extrema. La estrategia de UNICEF, tal y como explica desde Nepal a EL MUNDO Mariana Palavra, es desplegar lo que llaman en la organización los "espacios amigos de la infancia", donde los niños pueden jugar, pintar, cantar y recibir apoyo psicológico. "Si nuestros voluntarios se percatan de que hay algún niño demasiado afectado emocionalmente (porque está pasivo, no habla, o no puede dormir), será derivado a los psicólogos", explica.Castilla pone un ejemplo muy claro del potencial que tiene la atención a nivel mental para que los más pequeños puedan superar las dificultades: "Hay crisis en las que se han visto malnutriciones en niños que no tenían una causa aparente, y a veces, se ha probado que dar asistencia psicológica les ayuda más que darles comida", dice Castilla.
El silencioso sufrimiento de los hombres
Pero no sólo los niños están necesitados de atención psicológica. Ventevogel alerta de que, muchas veces, se subestima el sufirimiento de los hombres. Ellos son uno de los grandes perjudicados cuando lo que era una crisis momentánea se acaba alargando: "para muchos hombres, convertirse en un refugiado les afecta profundamente a su rol, ya que muchos estaban acostumbrados a ser quienes traían los ingresos a casa, pero en los entornos humanitarios, esto no es posible, y acaban muy frustrados", explica.En una crisis humanitaria, el tiempo puede jugar a favor de las personas, pero también en contra. Y no son pocas las emergencias que se han cronificado. Siria o Palestina son sólo algunos ejemplos. "En una emergencia crónica, las personas sufren el doble de enfermedades de salud mental que la población general", explica Castilla, que cuenta cómo nuestra mente se adapta a esta situación: "Cuando se tiene una tensión, el cuerpo se adapta a ella y responde de manera temporal, pero, cuando la tensión no cesa, tu cuerpo se adapta, la respuesta es más baja, y esto desemboca en un estrés crónico", asegura Castilla.
Tal y como relata a EL MUNDO Ventevogel, "cuando una situación se prolonga, la gente empieza a perder la esperanza, se convierten en dependientes de la ayuda y se desmoralizan. Las consecuencias de esto son muy claras: "más niveles de depresión, de violencia de género, y de abuso del alcohol y otras sustancias". Es algo que Castilla llama la teoría de la patada al perro: "el hombre está frustrado porque no tiene trabajo, así que bebe, llega a casa y pega a su mujer. La mujer, que también está desesperada, acaba pegando al hijo..."
Es evidente que la solución a estos problemas no existe, ya que ésta sólo pasaría por que el conflicto en sí mismo se acabara. Pero todos los especialistas coinciden en que, mientras que las personas estén bajo unas condiciones tan límite como las que se soportan durante una emergencia humanitaria, sería un gran error menospreciar el valor que puede tener la salud mental. Es esencial, concluye Ventevogel, "garantizar que la asistencia humanitaria se organiza de manera que promueva la dignidad y la autosuficiencia". Y añade: "hay que ayudar a la gente a que se ayuden a sí mismos. Muchos supervivientes tienen la capacidad de ayudarse los unos a los otros una vez que se les da la oportunidad de hacerlo, y es importante animarles a ello".
sábado, 6 de junio de 2015
EL QUE SE ACUESTA CON LA MEDICINA ALTERNATIVA SABE QUE EL NEGOCIO ES EL NEGOCIO
Los padres del niño con difteria, "destrozados", se sienten engañados por los antivacunas
El menor sigue "estable dentro de la gravedad". Los médicos del Hospital Vall d'Hebron están utilizando antitoxinas procedentes de Rusia
BARCELONA.- Los padres del niño de
seis años de Olot (Girona) con difteria que está ingresado en la Unidad
de Cuidados Intensivos (UCI) del Hospital Vall d'Hebron de Barcelona están "destrozados y se sienten engañados" por los grupos antivacunas, que les convencieron para no inmunizar a su hijo.
Lo ha explicado este viernes en una atención a los medios el secretario de Salud Pública, Antoni Mateu, que ha destacado que conoció a los padres la mañana de este jueves en el Vall d'Hebron, donde se desplazó con el conseller de Salud de la Generalitat, Boi Ruiz.
Lo ha explicado este viernes en una atención a los medios el secretario de Salud Pública, Antoni Mateu, que ha destacado que conoció a los padres la mañana de este jueves en el Vall d'Hebron, donde se desplazó con el conseller de Salud de la Generalitat, Boi Ruiz.
"Son encantadores y tienen un profundo
sentimiento de culpabilidad que les intentamos quitar", ha destacado
Mateu, que ha añadido que Salud no se ha planteado en ningún momento
responsabilizarles de los gastos del tratamiento ni del dispositivo de
búsqueda del origen del contagio.
"Estable dentro de la gravedad"
El niño sigue "estable dentro de la gravedad", sin que haya habido cambios sustanciales en las últimas horas, ha informado hoy a Efe una portavoz del centro sanitario.
El niño sigue "estable dentro de la gravedad", sin que haya habido cambios sustanciales en las últimas horas, ha informado hoy a Efe una portavoz del centro sanitario.
Los médicos del Hospital Vall d'Hebron están utilizando antitoxinas procedentes de Rusia
Los médicos del Hospital Vall d'Hebron están
utilizando antitoxinas procedentes de Rusia para atender al niño enfermo
de difteria.
La Sociedad Española de Epidemiología calificó ayer de "desacertada" la decisión de los padres del niño por no haberlo vacunado contra la enfermedad, y defendió que la vacunación es "un bien" no solo para la persona que la recibe sino para toda la comunidad.
Por su parte, el conseller de Salud de la Generalitat, Boi Ruiz, se mostró a favor de "una vacunación responsable y obligatoria" para "proteger a terceros" ante el caso de difteria que mantiene grave al niño de Olot.
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La Sociedad Española de Epidemiología calificó ayer de "desacertada" la decisión de los padres del niño por no haberlo vacunado contra la enfermedad, y defendió que la vacunación es "un bien" no solo para la persona que la recibe sino para toda la comunidad.
Por su parte, el conseller de Salud de la Generalitat, Boi Ruiz, se mostró a favor de "una vacunación responsable y obligatoria" para "proteger a terceros" ante el caso de difteria que mantiene grave al niño de Olot.
viernes, 5 de junio de 2015
Protesta mundial contra el cautiverio de delfines y ballenas
Este sábado, 6 de junio, el movimiento ‘Empty the tanks’ convoca
protestas en ciudades de todo el mundo para informar y concienciar sobre
el maltrato que esconden los delfinarios y pedir a los ciudadanos que
no contribuyan con su entrada a mantener ese oscuro negocio.
En España hay protestas convocadas en Madrid, Barcelona, Benidorm, Tenerife, Lanzarote, Gran Canaria, Tarragona, Valencia y Mallorca.
En España hay protestas convocadas en Madrid, Barcelona, Benidorm, Tenerife, Lanzarote, Gran Canaria, Tarragona, Valencia y Mallorca.
Uno de los carteles con los que La Dolphin Connection llama a protestar contra la cautividad de cetáceos
Dicen que la expresión de los delfines es su mayor
maldición, un rictus que los humanos identificamos con una sonrisa pero
que puede esconder un indescriptible sufrimiento y que proporciona la
coartada perfecta a quienes se lucran con su tortura y a quienes,
simplemente, prefieren no hacerse preguntas porque saben que no podrían
asumir las respuestas.
Los cetáceos son uno de los
tipos de animales más observados por el hombre desde tiempo inmemorial, y
hoy disponemos de información sobre ellos que nos obliga incluso a
dudar de que seamos los más inteligentes sobre este planeta. Sabemos,
por ejemplo, que su lóbulo frontal cerebral está proporcionalmente más
desarrollado que en el hombre, lo cual puede indicar una mayor capacidad de sentir y gestionar emociones y de procesar un lenguaje con nociones abstractas y con conciencia de sí mismo. Lo que vamos averiguando sobre ellos nos indica que nos queda mucho por saber, y apunta a que nos sorprenderá.
Sabemos que en libertad los delfines se divierten viendo
su propio reflejo en las máscaras de los submarinistas, que hacen
muecas, se observan a sí mismos con interés ante un espejo e identifican
a cada miembro de su grupo. Sabemos que todos los cetáceos viven en manadas que aglutinan a los núcleos familiares, con fuertes lazos emocionales
entre sí, con identificación de los distintos miembros del grupo, con
comportamientos solidarios y con diferentes dialectos según la zona en
la que habiten. Sabemos que nadan cientos de kilómetros cada día, se
sumergen hasta unos setenta metros de profundidad, se mantienen ocupados
gran parte del día, y su esperanza de vida supera los cincuenta años y
puede llegar hasta noventa en el caso de las orcas hembras.
Los cetáceos
tienen curiosidad, pueden experimentar motivación, son solidarios, se
dejan llevar por su creatividad, son capaces de utilizar instrumentos y
comparten sus experiencias y trucos con los demás miembros de
su grupo. Tienen un lenguaje único en cada uno de esos grupos con el que
pueden referirse incluso a conceptos abstractos, y los científicos
hablan incluso de una “cultura” propia de los cetáceos que para los
humanos es aún un mundo por descubrir.
SECUESTRO, CASTIGO, PRISIÓN, SOLEDAD
Todo se trunca en cautividad.
Su vida, su familia, sus hábitos, sus necesidades. Todo queda reducido a
un tanque que –en el mejor de los casos- recorren en apenas unos
aleteos, donde son forzados a convivir con congéneres a los que no
conocen y con los que a veces ni siquiera pueden entenderse, separados
de sus familias y de sus crías cuando las tienen, y entrenados con
crueles métodos basados en el miedo y el castigo para hacerles entender y
asumir que su vida depende de nosotros y que preservarla requiere
responder adecuadamente a exigencias que nada tienen que ver con su
naturaleza. Todo para entretener con números circenses a quienes se
dejan llevar por el deseo de verlos de cerca sin pararse a pensar
siquiera qué están pagando con su entrada.
La
realidad que esconden esas entradas es lo que organizaciones e
iniciativas de todo el mundo llevan años intentando mostrar, y cada vez
con mayor eco: desde SOS delfines,
por ejemplo, explican que, debido a la alta mortalidad de los cetáceos
en cautividad, la población de cautivos es insostenible para mantener la
creciente industria de los delfinarios, por lo que en los últimos años se ha incrementado la captura de animales salvajes para suministrar a esos centros.
Esas capturas, relatadas en el documental The Cove,
se llevan a cabo con una extraordinaria brutalidad. Son auténticas
cacerías. Despiadadas. Debido a su carácter social, la captura de un
solo individuo puede afectar profundamente las estructuras sociales de
la manada, y algunos que se libran del cerco acaban muriendo por las
heridas, por el estrés que les provoca el acoso al que son sometidos, o
al ver morir o ser capturados a miembros del grupo. Una vez capturados,
angustiados aún por la experiencia vivida y separados de su grupo, son
recluidos en pequeños tanques donde solo pueden nadar en círculos y
apenas sumergirse, lo cual aumenta su ansiedad y su debilidad. En esos
tanques son sometidos a castigos y a privación de alimento para
enseñarles a obtenerlo cumpliendo las exigencias de los entrenadores.
Los que “sirven” son vendidos a delfinarios de todo el mundo. Los demás
son vendidos para carne, a un precio infinitamente menor.
Incluso los nacidos en cautividad mantienen las necesidades de los
animales salvajes y sufren de ese mismo shock al verse recluidos. Esa
ansiedad aumenta cuando son separados de sus madres para ser trasladados
a otros delfinarios en cualquier parte del mundo. Las madres, dicen
quienes han dejado de trabajar en esos centros y hablan con libertad,
pueden estar semanas paralizadas, llorando en un rincón del tanque,
llamando sin cesar a su cría. En muchas ocasiones esas crías viajan
miles de kilómetros en contenedores a bordo de un avión hasta el otro
extremo del mundo.
Aunque en los delfinarios se
empeñen en mentir a los visitantes, la esperanza de vida de estos
animales se reduce considerablemente en cautividad, y la caída sistemática de la aleta dorsal de las orcas macho es un síntoma inequívoco de su imposibilidad de adaptación
a los tanques artificiales. Ya no hay duda de que es un síntoma de
depresión del que apenas hay constancia entre los ejemplares en
libertad.
Se ha comprobado que los cetáceos en
cautividad dejan de utilizar el sonar, el sistema que les permite “ver
gracias al sonido”, porque las ondas rebotadas en las paredes de los
tanques les provoca gran ansiedad, al igual que los ruidos que suelen
acompañar a los espectáculos.
AGRESIONES POR DESESPERACIÓN
El estrés, la ansiedad, la frustración llega a provocarles comportamientos autolesivos e incluso suicidas,
tornando agresivos a unos animales que en condiciones naturales rara
vez se enfrentan a los humanos. Los ataques hicieron célebre a Tilikum,
una orca apresada cerca de Islandia en 1983 y actualmente cautiva en el
Sea World de Orlando. Su historia centra el documental Blackfish,
en el que trabajadores de ese grupo de parques desvelan la realidad de
lo que ocurre con las orcas en cautividad y las artimañas de sus
responsables para no renunciar a un lucrativo negocio. Otra orca mató a
su entrenador en Loroparque (Tenerife) y un delfín atacó a su
entrenadora en el Oceanográfico de Valencia.
En todo
el mundo hay evidencia de más de cien ataques en las pocas décadas que
han transcurrido desde que estos animales son exhibidos en cautividad de
forma generalizada. Esos ataques, insisten los expertos, son fruto del
estrés y la frustración que les genera la cautividad. Pero el negocio
sigue adelante: según datos de National Geographic correspondientes a
enero de este año, en el mundo hay 2.913 cetáceos en cautividad, de los
cuales 56 son orcas, y el resto delfines, belugas y otras especies. De
ellos, 543 están en Japón, país que centra la captura de estos animales
en la tristemente famosa cala de Taiji; 529 en Estados Unidos; 321 en
México; 296 en Europa; 294 en China y 930 en el resto del mundo. Aunque
la cifra va fluctuando, en España hay unos noventa delfines, dos belugas y seis orcas en cautividad.
El argumento de que estos centros contribuyen a la conservación de las
especies se cae por su propio peso: apenas hay investigaciones viables
de cetáceos en cautividad que puedan contribuir a esa finalidad, pero
las capturas de animales salvajes sí ponen en peligro su conservación, y
la endogamia está a la orden del día en los delfinarios. Además, no hay
constancia de que los espectáculos circenses contribuyan a la
preservación de los cetáceos.
En libertad rara vez
los cetáceos se acercan a los humanos, pero en cautividad los delfines
son forzados a nadar con personas, lo cual supone un factor añadido de
estrés para ellos, y los expertos alertan de que esas actividades pueden
ser por ello potencialmente peligrosas para quienes participan en
ellas.
Iniciativas como Sos Delfines o la Dolphin Connection
centran sus esfuerzos en informar y concienciar a los ciudadanos para
que no alimenten el negocio acudiendo a estos centros, conscientes de
que la tortura de estos animales terminará cuando deje de ser rentable, y
eso pasa porque dejen de tener visitantes.
Las
normas que regulan la estancia de animales “salvajes” o “exóticos” en
zoológicos establecen que deben estar siempre en ambientes similares a
los de su hábitat. Es fácil concluir que ningún tanque artificial puede
parecerse al mar, y que saltar pasando por unos aros para coger una
sardina de la boca de un humano no tiene nada que ver con los hábitos de
un cetáceo en libertad. Por tanto, es fácil concluir que nuestro deseo
de ver a esos animales de cerca no puede estar por encima de su propia
vida. Empty the tanks es una llamada a nuestra conciencia para asumir la evidencia y actuar en consecuencia.
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