Los genocidios,
atentados y ataques violentos tienen algo en común: el odio. Cuando
odiamos, se activa un circuito exclusivo en el cerebro. Ningún otro
animal experimenta esta emoción destructiva que nos hace ver a los demás
de forma binaria: pensar en términos de ‘nosotros-ellos’ tiene la
poderosa habilidad de eliminar nuestra empatía. Si no lo controlamos,
nos jugamos el futuro de la especie.
Manifestante
en una marcha por la paz celebrada en Medellín (Colombia) en octubre de
2016. Jóvenes universitarios salieron a las calles pidiendo el fin del
conflicto armado con la guerrilla de las FARC. EFE
“Por supuesto que los odiábamos. El plan para matarlos estaba
dispuesto y terminado. El odio estaba profundamente arraigado, de modo
que cualquiera que veía a un tutsi lo mataba”. Lauren Renzaho tenía
cincuenta años cuando en 1994 participó en el genocidio de Ruanda y
no dudó en contarle al fotoperiodista Nick Danziger, del programa
BBC Panorama, los motivos que le movieron a asesinar a sus compatriotas. Así lo recoge el libro
La naturaleza del odio (2010), de los psicólogos Robert J. y Karin Sternberg.
Cuando odiamos, nos ponemos alerta: el cerebro activa áreas asociadas con la agresividad y la acción
La etnia, la política, el territorio,
la religión e incluso el trabajo y el amor pueden activar este oscuro sentimiento que deja su huella en el cerebro.
Una investigación de Semir Zeki y John Paul Romaya, dirigida por el University College de Londres y publicada en la revista
PLoS ONE,
reveló que, cuando odiamos a alguien, en nuestra mente se activa un
circuito que no se registra con otros sentimientos como el miedo o el
amor.
Los científicos mostraron a 17 voluntarios fotografías de
personas que aseguraban detestar y midieron su actividad cerebral con
imágenes de resonancia magnética. También les enseñaron fotos de
individuos neutrales para comparar los resultados.
Cuando
experimentaron odio, en los cerebros de los participantes se estimularon
zonas de la corteza y del subcórtex asociadas con el comportamiento
agresivo y la acción. Además, se puso en funcionamiento una parte de la
corteza frontal relacionada con la predicción de movimientos de los
demás.
También se activaron el putamen y la ínsula, dos áreas relacionadas con el
amor romántico;
sin embargo, apenas se desactivaban las áreas relacionadas con el
juicio y el razonamiento –como sí ocurre con el amor–. Quien odia está
alerta ante el adversario.
En el experimento de Zeki y Romaya, varias áreas del cerebro se
activan de manera especial cuando los voluntarios del experimento
miraban las caras de las personas odiadas.
“En el amor y en el odio, tal vez de un modo que no sucede con
ninguna otra experiencia, uno se adentra en una intensa relación con
otras personas”, destacan Robert J. y Karin Sternberg en el libro. Esta
relación tan estrecha entre ambos sentimientos podría explicar, en
parte, por qué en ciertas parejas el amor se transforma rápidamente en
odio.
Exclusivamente humano
A
diferencia de la agresividad o la ira, que las especies ponen en marcha
por supervivencia, detestar no tiene una clara finalidad biológica.
“Mientras que la ira es una emoción básica, necesaria para sobrevivir,
el odio es una emoción construida culturalmente”, afirma a Sinc
Fernando Broncano, catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia de la Universidad Carlos III de Madrid.
Su
complejidad y el hecho de que se asocie a un contexto determinado
dificultan definirlo e investigarlo, como se hace con otros
sentimientos. Según el escritor científico Rush W. Dozier Jr., de forma
general, el odio es una emoción primitiva que sirve para atacar o evitar
aquellas cosas que percibimos
como una amenaza a nuestra supervivencia o reproducción.
Mientras que la ira es una emoción básica para sobrevivir, el odio se construye culturalmente
“Cuando nos sentimos atrapados en una situación que nos atemoriza,
existe una tendencia para que nuestra reacción pase al sistema límbico y
a una respuesta agresiva primaria que puede evolucionar hasta el odio”,
cuenta el escritor en su libro
¿Por qué odiamos? (2003).
Este tipo de respuesta no suele darse en el mundo animal. Es cierto que existen las
violentas guerras entre chimpancés
y los ataques hacia las crías de otras hembras, pero deben analizarse
desde el prisma biológico y no del comportamiento humano, según los
expertos.
“Dos o más chimpancés pueden hacer una coalición para
atacar a otro individuo, normalmente macho dominante, que antes los ha
maltratado. ¿Es odio, venganza o una mezcla de ambas? No lo podemos
saber”, aduce a Sinc
Manuel Soler,
catedrático de Biología Animal de la Universidad de Granada. Los
ataques podrían explicarse, incluso, por el prestigio puesto en juego:
al formar una coalición, los dos chimpancés salen beneficiados puesto
que ascienden en la pirámide jerárquica del grupo.
El mismo origen evolutivo
Como
ocurre con la maldad, el odio aparece en el ser humano cuando toma
consciencia de ello. No se trata de un instinto primario ni de algo
racional. “El odio es un sentimiento que emergió evolutivamente de
conjuntos más básicos de sensaciones corporales y emocionales que son
comunes en humanos y otros primates, como el hambre y el miedo”, señala a
Sinc Henry Evrard, neuroanatomista en el
Instituto Max Planck de Cibernética Biológica (Alemania).
Según
Evrard, es muy probable que el odio sea un derivado humano de
comportamientos básicos negativos, como el rechazo o la evitación, que
se producen en todos los animales. Tanto nosotros como el resto de
primates podemos tirar objetos, gritar o evitar a otro individuo si lo
detestamos. El mecanismo es el mismo, pero la diferencia está en la
consciencia de esa aversión, desconocida para el primate. Eso también
tiene su explicación en el cerebro.
Otros primates agreden o evitan a sus semejantes, pero no son conscientes de su aversión
El neuroanatomista ha estudiado lo que ocurre en
la ínsula de los macacos,
región cerebral relacionada con este sentimiento negativo. “La ínsula
anterior humana es más grande y está más desarrollada que la del mono.
Esta diferencia estructural podría proporcionar la base para sensaciones
más refinadas en los seres humanos”, razona Evrard. Por eso los monos
pueden sentir y reaccionar como los humanos ante determinadas amenazas,
pero carecen de la capacidad de percibir conscientemente eso que
llamamos odio.
“Si aceptamos odio como la necesidad de actuar de
forma irracional y gratuita contra aquello que odiamos, estamos ante un
sentimiento que no tiene cabida en la naturaleza, dado que implica un
consumo de energía y un riesgo innecesarios”, subraya a Sinc
Francisco Ortega, paleontólogo del grupo de Biología Evolutiva de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED).
Aunque las peleas entre otros primates, como los chimpancés, son
habituales, no responden al sentimiento de odio consciente, como el
humano. / Chris Allen
Sin empatía no hay paz
En
ocasiones, este sentimiento exclusivamente humano desemboca en
violencia. Quienes perpetran atentados terroristas, asesinatos o
agresiones movidos por el odio comparten algo: la falta de empatía.
“La
división binaria nosotros-ellos tiene la poderosa habilidad de eliminar
nuestra empatía”, mantiene Dozier Jr. Un estudio publicado en
PLoS ONE demostró que
ponernos en el lugar del otro está estrechamente relacionado con la cercanía afectiva que tengamos hacia esa persona.
Podemos ser sensibles al dolor de nuestros seres queridos y totalmente insensibles al de nuestros enemigos
En la investigación, los científicos analizaron el grado de dolor que
sentían 66 participantes cuando imaginaban que alguien querido, un
desconocido o una persona que odiaban se encontraba en una situación
dolorosa.
Las puntuaciones más altas de dolor las experimentaron
cuando pensaban que sus seres queridos sufrían. En el caso de las
personas por las que sentían aversión, el dolor fue el más bajo,
inferior incluso al que sentían hacia un desconocido.
“Esta falta
de empatía por las víctimas es un distintivo del odio que se ha hecho
evidente repetidamente en incontables matanzas y genocidios”, recuerda
el escritor. “Podemos ser exquisitamente sensibles a los sentimientos de
nuestra familia y amigos, y totalmente insensibles a los sentimientos
de nuestros enemigos”, añade.
Lucha contra lo irracional
A
pesar de ser un sentimiento irracional, es posible minimizarlo con
diferentes estrategias. “El estereotipo del ‘otro’ como causa de
nuestros males, cuando falta un examen objetivo de estas causas, suele
ser un producto salvaje de nuestros túneles mentales”, describe
Broncano.
Para controlar a este ser imaginario amenazante al que
echamos la culpa de nuestras desgracias, lo mejor es tratar de
racionalizarlo. En el caso de grupos, se trata de cambiar el binomio
nosotros-ellos por el de nosotros-nosotros.
“La civilización debe pasar del ‘nosotros-ellos’ primitivo al ‘nosotros-nosotros’ del sistema nervioso avanzado”, dice Dozier Jr
“El objetivo del mundo civilizado debe ser pasar de antigua
orientación nosotros-ellos de nuestro sistema nervioso primitivo a una
orientación nosotros-nosotros, orquestada por nuestro sistema nervioso
avanzado”, propone Dozier Jr.
Otra opción pasa por abordar el
problema desde cuatro perspectivas diferentes, como plantean los
psicólogos Robert J. y Karin Sternberg. La primera es el pensamiento
dialógico, analizar los actos desde el punto de vista de la otra
persona. La segunda, el pensamiento dialéctico, es decir, comprender que
una solución no es inmutable y que puede cambiar con el tiempo. La
tercera, pensar a largo plazo y no limitarse al cortoplacismo –muy común
en la sed de venganza–, y la cuarta, potenciar valores positivos, como
integridad, honestidad o compasión.
“Solo educando y formando en
la tolerancia y el respeto hacia los demás se puede alcanzar la
sabiduría y, con ella, una sensibilidad hacia el bienestar de los otros y
la coexistencia pacífica de los grupos”, sostienen los psicólogos. El
futuro de la especie está en juego.
El gen guerrero
Igual que el odio deja una huella cerebral, ¿tiene una marca genética? El conocido como
gen guerrero –una variante del gen MAOA– se asocia con impulsividad, agresividad y violencia, aunque bajo ciertas condiciones.
“El
gen guerrero no está relacionado con el odio ni necesariamente con la
violencia”, puntualiza a Sinc Isabel González Tapia, profesora
especializada en Neuroderecho de la facultad de Derecho y Ciencias
Económicas y Empresariales de la Universidad de Córdoba. “Está
relacionado con la impulsividad de una persona por encima de la media,
cuando se le combina el maltrato severo desde la infancia”, matiza.
González Tapia apunta que esta circunstancia podría tenerse en cuenta como
atenuación de la responsabilidad
en nuestro sistema jurídico. De hecho, en tres juicios concretos –dos
en Italia y uno en EE UU– la defensa utilizó la presencia de este gen en
los detenidos como parte de sus argumentos para obtener concesiones de
los tribunales, según cuenta a Sinc
Benjamin Y. Cheung, profesor del departamento de Psicología de la Universidad de Columbia Británica (Canadá).