domingo, 8 de octubre de 2017


Verdes, azules o amarillas: un solo gen colorea las plumas de los periquitos


Las aves presentan los colores más llamativos del mundo animal. Muchos pájaros los obtienen a través de los alimentos, pero no es el caso de los loros. Un equipo de científicos se ha centrado en los periquitos, protagonistas de #Cienciaalobestia, para demostrar que la mutación de un solo gen es responsable de que unos ejemplares tengan plumas amarillas, verdes o azules.

<p>Periquitos verdes, azules y amarillos. / Thomas Cooke</p>
Periquitos verdes, azules y amarillos. / Thomas Cooke
Aunque el color predominante de los loros es el verde, sus plumas contienen pigmentos rojos, naranjas y amarillos. De ahí que se puedan encontrar ejemplares de otros colores en función de la especie. Esto les permite camuflarse en entornos salvajes o distinguirse de otros individuos, sobre todo a la hora de encontrar pareja. Pero la manera en la que sus plumas producen estas tonalidades a través de pigmentos lleva mucho tiempo fascinando a los científicos.
Hasta ahora se sabía que los loros producen psittacofulvinas, un tipo de pigmento que va del rojo al amarillo y que no se encuentra en ningún otro vertebrado. Algunas de estas aves además son incapaces de generar pigmentos amarillos, lo que hace que en lugar de ser azules o amarillos se vuelvan verdes. Sin embargo, no quedaba claro aún qué genes y vías bioquímicas estaban involucradas en este proceso.
Un nuevo estudio, publicado en la revista Cell, aporta nuevos datos sobre la evolución de los loros basándose en los periquitos, criados desde hace décadas para su venta como animales domésticos.
“Los periquitos son un gran modelo para estudiar los colores de los loros debido a la selección artificial de la que han sido objeto en 150 años”, señala el autor
“Los periquitos son un gran modelo para estudiar los colores de los loros debido a la selección artificial de la que han sido objeto en los últimos 150 años y que ha dado como resultado un gran número de rasgos genéticos que afectan el color”, apunta Thomas Cooke, primer autor del trabajo e investigador en la Universidad de Stanford (EE UU).
Un gen que lo cambia todo
Gracias a su análisis, los científicos han podido identificar un gen que no estaba caracterizado en los periquitos, que está altamente expresado en el crecimiento de plumas y que es capaz de sintetizar los pigmentos amarillos.
Para llegar a estas conclusiones, el equipo de investigación –liderado por Carlos Bustamante de la universidad estadounidense– usó primero un mapa de asociación genética para identificar una región que contenía la mutación del color azul. Los resultados revelan que esta área contiene varios genes, por lo que los científicos aún no sabían cuál de ellos era el responsable.
A continuación, el grupo de investigación secuenció el ADN de 234 periquitos –de los cuales 105 eran azules– y de 15 especímenes de museo en Australia. El análisis determinó que un solo gen mutado –denominado MuPKS– codifica una enzima poco conocida llamada policétido sintasa en las aves azules.
En otro experimento, los investigadores compararon la expresión génica de plumas verdes y amarillas de los periquitos con las azules. Aquí el equipo observó que MuPKS estaba altamente expresado en pájaros en las variedades de verde y amarillo, pero que en el caso de los periquitos azules solo había una sustitución de aminoácidos en un residuo conservado. Al clonar el gen e insertarlo en levadura, los autores comprobaron que esta comenzaba a producir pigmentos amarillos.
Quedaba entonces claro para los científicos que la mutación del gen MuPKS causa el cambio de color. El resto de aves, como lo pollos o los cuervos, no expresa la enzima en sus plumas, por lo que no se pueden volver amarillas. El trabajo confirma así que es el patrón de expresión génica la clave en el cambio evolutivo del color de las aves.
El siguiente paso ahora es averiguar las modificaciones que se producen en el ADN de las diferentes especies de loros que producen coloraciones tan dispares.

sábado, 7 de octubre de 2017

Y EL GEN GUERRERO O ASESINO ASOCIADO A LOS HUMANOS DE CABELLOS RUBIOS Y OJOS CELESTESQUE TIENEN LOS NATURALES DE ESCANDINAVIA?

Bases científicas del sentimiento más oscuro

¿Por qué nos odiamos?


Los genocidios, atentados y ataques violentos tienen algo en común: el odio. Cuando odiamos, se activa un circuito exclusivo en el cerebro. Ningún otro animal experimenta esta emoción destructiva que nos hace ver a los demás de forma binaria: pensar en términos de ‘nosotros-ellos’ tiene la poderosa habilidad de eliminar nuestra empatía. Si no lo controlamos, nos jugamos el futuro de la especie.
Laura Chaparro
<p>Manifestante en una marcha por la paz celebrada en Medellín (Colombia) en octubre de 2016. Jóvenes universitarios salieron a las calles pidiendo el fin del conflicto armado con la guerrilla de las FARC. EFE</p>
Manifestante en una marcha por la paz celebrada en Medellín (Colombia) en octubre de 2016. Jóvenes universitarios salieron a las calles pidiendo el fin del conflicto armado con la guerrilla de las FARC. EFE
“Por supuesto que los odiábamos. El plan para matarlos estaba dispuesto y terminado. El odio estaba profundamente arraigado, de modo que cualquiera que veía a un tutsi lo mataba”. Lauren Renzaho tenía cincuenta años cuando en 1994 participó en el genocidio de Ruanda y no dudó en contarle al fotoperiodista Nick Danziger, del programa BBC Panorama, los motivos que le movieron a asesinar a sus compatriotas. Así lo recoge el libro La naturaleza del odio (2010), de los psicólogos Robert J. y Karin Sternberg.
Cuando odiamos, nos ponemos alerta: el cerebro activa áreas asociadas con la agresividad y la acción
La etnia, la política, el territorio, la religión e incluso el trabajo y el amor pueden activar este oscuro sentimiento que deja su huella en el cerebro. Una investigación de Semir Zeki y John Paul Romaya, dirigida por el University College de Londres y publicada en la revista PLoS ONE, reveló que, cuando odiamos a alguien, en nuestra mente se activa un circuito que no se registra con otros sentimientos como el miedo o el amor.
Los científicos mostraron a 17 voluntarios fotografías de personas que aseguraban detestar y midieron su actividad cerebral con imágenes de resonancia magnética. También les enseñaron fotos de individuos neutrales para comparar los resultados.
Cuando experimentaron odio, en los cerebros de los participantes se estimularon zonas de la corteza y del subcórtex asociadas con el comportamiento agresivo y la acción. Además, se puso en funcionamiento una parte de la corteza frontal relacionada con la predicción de movimientos de los demás.
También se activaron el putamen y la ínsula, dos áreas relacionadas con el amor romántico; sin embargo, apenas se desactivaban las áreas relacionadas con el juicio y el razonamiento –como sí ocurre con el amor–. Quien odia está alerta ante el adversario.
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En el experimento de Zeki y Romaya, varias áreas del cerebro se activan de manera especial cuando los voluntarios del experimento miraban las caras de las personas odiadas.
“En el amor y en el odio, tal vez de un modo que no sucede con ninguna otra experiencia, uno se adentra en una intensa relación con otras personas”, destacan Robert J. y Karin Sternberg en el libro. Esta relación tan estrecha entre ambos sentimientos podría explicar, en parte, por qué en ciertas parejas el amor se transforma rápidamente en odio.

Exclusivamente humano

A diferencia de la agresividad o la ira, que las especies ponen en marcha por supervivencia, detestar no tiene una clara finalidad biológica. “Mientras que la ira es una emoción básica, necesaria para sobrevivir, el odio es una emoción construida culturalmente”, afirma a Sinc Fernando Broncano, catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia de la Universidad Carlos III de Madrid.
Su complejidad y el hecho de que se asocie a un contexto determinado dificultan definirlo e investigarlo, como se hace con otros sentimientos. Según el escritor científico Rush W. Dozier Jr., de forma general, el odio es una emoción primitiva que sirve para atacar o evitar aquellas cosas que percibimos como una amenaza a nuestra supervivencia o reproducción.
Mientras que la ira es una emoción básica para sobrevivir, el odio se construye culturalmente
“Cuando nos sentimos atrapados en una situación que nos atemoriza, existe una tendencia para que nuestra reacción pase al sistema límbico y a una respuesta agresiva primaria que puede evolucionar hasta el odio”, cuenta el escritor en su libro ¿Por qué odiamos? (2003).
Este tipo de respuesta no suele darse en el mundo animal. Es cierto que existen las violentas guerras entre chimpancés y los ataques hacia las crías de otras hembras, pero deben analizarse desde el prisma biológico y no del comportamiento humano, según los expertos.
“Dos o más chimpancés pueden hacer una coalición para atacar a otro individuo, normalmente macho dominante, que antes los ha maltratado. ¿Es odio, venganza o una mezcla de ambas? No lo podemos saber”, aduce a Sinc Manuel Soler, catedrático de Biología Animal de la Universidad de Granada. Los ataques podrían explicarse, incluso, por el prestigio puesto en juego: al formar una coalición, los dos chimpancés salen beneficiados puesto que ascienden en la pirámide jerárquica del grupo.

El mismo origen evolutivo

Como ocurre con la maldad, el odio aparece en el ser humano cuando toma consciencia de ello. No se trata de un instinto primario ni de algo racional. “El odio es un sentimiento que emergió evolutivamente de conjuntos más básicos de sensaciones corporales y emocionales que son comunes en humanos y otros primates, como el hambre y el miedo”, señala a Sinc Henry Evrard, neuroanatomista en el Instituto Max Planck de Cibernética Biológica (Alemania).
Según Evrard, es muy probable que el odio sea un derivado humano de comportamientos básicos negativos, como el rechazo o la evitación, que se producen en todos los animales. Tanto nosotros como el resto de primates podemos tirar objetos, gritar o evitar a otro individuo si lo detestamos. El mecanismo es el mismo, pero la diferencia está en la consciencia de esa aversión, desconocida para el primate. Eso también tiene su explicación en el cerebro.
Otros primates agreden o evitan a sus semejantes, pero no son conscientes de su aversión
El neuroanatomista ha estudiado lo que ocurre en la ínsula de los macacos, región cerebral relacionada con este sentimiento negativo. “La ínsula anterior humana es más grande y está más desarrollada que la del mono. Esta diferencia estructural podría proporcionar la base para sensaciones más refinadas en los seres humanos”, razona Evrard. Por eso los monos pueden sentir y reaccionar como los humanos ante determinadas amenazas, pero carecen de la capacidad de percibir conscientemente eso que llamamos odio.
“Si aceptamos odio como la necesidad de actuar de forma irracional y gratuita contra aquello que odiamos, estamos ante un sentimiento que no tiene cabida en la naturaleza, dado que implica un consumo de energía y un riesgo innecesarios”, subraya a Sinc Francisco Ortega, paleontólogo del grupo de Biología Evolutiva de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED).
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Aunque las peleas entre otros primates, como los chimpancés, son habituales, no responden al sentimiento de odio consciente, como el humano. / Chris Allen

Sin empatía no hay paz

En ocasiones, este sentimiento exclusivamente humano desemboca en violencia. Quienes perpetran atentados terroristas, asesinatos o agresiones movidos por el odio comparten algo: la falta de empatía.
“La división binaria nosotros-ellos tiene la poderosa habilidad de eliminar nuestra empatía”, mantiene Dozier Jr. Un estudio publicado en PLoS ONE demostró que ponernos en el lugar del otro está estrechamente relacionado con la cercanía afectiva que tengamos hacia esa persona.
Podemos ser sensibles al dolor de nuestros seres queridos y totalmente insensibles al de nuestros enemigos
En la investigación, los científicos analizaron el grado de dolor que sentían 66 participantes cuando imaginaban que alguien querido, un desconocido o una persona que odiaban se encontraba en una situación dolorosa.
Las puntuaciones más altas de dolor las experimentaron cuando pensaban que sus seres queridos sufrían. En el caso de las personas por las que sentían aversión, el dolor fue el más bajo, inferior incluso al que sentían hacia un desconocido.
“Esta falta de empatía por las víctimas es un distintivo del odio que se ha hecho evidente repetidamente en incontables matanzas y genocidios”, recuerda el escritor. “Podemos ser exquisitamente sensibles a los sentimientos de nuestra familia y amigos, y totalmente insensibles a los sentimientos de nuestros enemigos”, añade.

Lucha contra lo irracional

A pesar de ser un sentimiento irracional, es posible minimizarlo con diferentes estrategias. “El estereotipo del ‘otro’ como causa de nuestros males, cuando falta un examen objetivo de estas causas, suele ser un producto salvaje de nuestros túneles mentales”, describe Broncano.
Para controlar a este ser imaginario amenazante al que echamos la culpa de nuestras desgracias, lo mejor es tratar de racionalizarlo. En el caso de grupos, se trata de cambiar el binomio nosotros-ellos por el de nosotros-nosotros.
“La civilización debe pasar del ‘nosotros-ellos’ primitivo al ‘nosotros-nosotros’ del sistema nervioso avanzado”, dice Dozier Jr
“El objetivo del mundo civilizado debe ser pasar de antigua orientación nosotros-ellos de nuestro sistema nervioso primitivo a una orientación nosotros-nosotros, orquestada por nuestro sistema nervioso avanzado”, propone Dozier Jr.
Otra opción pasa por abordar el problema desde cuatro perspectivas diferentes, como plantean los psicólogos Robert J. y Karin Sternberg. La primera es el pensamiento dialógico, analizar los actos desde el punto de vista de la otra persona. La segunda, el pensamiento dialéctico, es decir, comprender que una solución no es inmutable y que puede cambiar con el tiempo. La tercera, pensar a largo plazo y no limitarse al cortoplacismo –muy común en la sed de venganza–, y la cuarta, potenciar valores positivos, como integridad, honestidad o compasión.
“Solo educando y formando en la tolerancia y el respeto hacia los demás se puede alcanzar la sabiduría y, con ella, una sensibilidad hacia el bienestar de los otros y la coexistencia pacífica de los grupos”, sostienen los psicólogos. El futuro de la especie está en juego.

El gen guerrero

Igual que el odio deja una huella cerebral, ¿tiene una marca genética? El conocido como gen guerrero –una variante del gen MAOA– se asocia con impulsividad, agresividad y violencia, aunque bajo ciertas condiciones.
“El gen guerrero no está relacionado con el odio ni necesariamente con la violencia”, puntualiza a Sinc Isabel González Tapia, profesora especializada en Neuroderecho de la facultad de Derecho y Ciencias Económicas y Empresariales de la Universidad de Córdoba. “Está relacionado con la impulsividad de una persona por encima de la media, cuando se le combina el maltrato severo desde la infancia”, matiza.
González Tapia apunta que esta circunstancia podría tenerse en cuenta como atenuación de la responsabilidad en nuestro sistema jurídico. De hecho, en tres juicios concretos –dos en Italia y uno en EE UU– la defensa utilizó la presencia de este gen en los detenidos como parte de sus argumentos para obtener concesiones de los tribunales, según cuenta a Sinc Benjamin Y. Cheung, profesor del departamento de Psicología de la Universidad de Columbia Británica (Canadá).

Quien hizo la ley hizo la trampa.

SI ES CARO ¿ES MEJOR?


El 'alto precio' del efecto nocebo sobre la salud

El precio de un medicamento puede afectar a su efecto terapéutico y a posibles eventos secundarios sobre los pacientes, asegura un estudio que se publica en Science
Nocebo y placebo, dos fenónemos que hay que tener en cuenta
Nocebo y placebo, dos fenónemos que hay que tener en cuenta - Science
¿Cuanto más caro mejor? Pues parece ser que sí, al menos si hablamos de medicamentos. Según un estudio que se publica en «Science» el precio de un medicamento puede afectar su efecto terapéutico sobre los pacientes. Un grupo de investigadores de la Universidad de Medicina Hamburg-Eppendorf (Alemania) ha visto, en 49 voluntarios, que aquellos que recibieron el ‘falso fármaco’ más barato creyeron estar experimentando efectos adversos mucho más graves cuando el ‘placebo’ aparecía etiquetado como más caro. Los investigadores sostienen que las regiones cerebrales responsables de los procesos cognitivos pueden influir en la sensación de dolor a nivel medular.
Con el objetivo de estudiar las causas neurológicas del llamado «efecto nocebo» -en el que algunas personas que participan en ensayos clínicos, en ocasiones, muestran efectos secundarios incluso cuando reciben sustancias inactivas-, el equipo de Alexandra Tinnermann desarrolló un nuevo método de imagen por resonancia magnética funcional (IRMf) para medir las actividades simultáneas que ocurren en todo el sistema nervioso central: la corteza cerebral, el tronco encefálico y la médula espinal.
Con este fin, los científicos reclutaron a 49 personas en un ensayo para probar una supuesta crema contra el picor que, en realidad, no contenía ningún ingrediente activo, era un nocebo. Los investigadores informaron a todos los participantes que uno de los efectos secundarios de la crema era una mayor sensibilidad al dolor, pero mientras que a un grupo de voluntarios otros se les comunicó que la crema era muy cara, a otros se les hizo creer que era muy económica -los científicos incluso crearon dos envases distintos para los medicamentos que indicaban el precio más bajo o el más elevado, como se puede ver en este video-.
Aquellos que usaron la crema «costosa» tenían una mayor sensibilidad en una prueba de tolerancia al calor
Y los resultados fueron sorprendentes. Aquellos que usaron la crema «costosa» tenían una mayor sensibilidad en una prueba de tolerancia al calor y estos efectos del nocebo se volvieron más pronunciados con el paso del tiempo. Los investigadores descubrieron que ciertas partes de la médula espinal se activaron durante el dolor por efecto del nocebo y determinaron que las sensaciones alteradas en respuesta al precio están asociadas con diferencias en dos regiones cerebrales: la sustancia gris periacueductal y la corteza cingulada anterior rostral.
Los investigadores creen que la percepción de los voluntarios sobre que una crema más cara ofrece mejor resultados terapéuticos, mientras que la más barato tienen más efectos adversos, podría justificar estis resultados. Además, consideran que la comprensión de estos dos procesos, nocebo y placebo, podría ser de gran utilidad para el tratamiento del dolor crónico.

Expectativas negativas

El efecto nocebo describe expectativas negativas, señala Luana Colloca, de la Universidad de Maryland (EE.UU.). El nocebo, afirma, contrasta con las esperanzas positivas que desencadena el efectos placebo. En términos evolutivos, los efectos de nocebo y placebo coexisten y favorecen mecanismos perceptivos que anticipan amenazas y eventos peligrosos (efectos nocebo) y promueven conductas apetitivas y de seguridad (efectos placebo).
A través de una comprensión de los mecanismos fisiológicos, se podrían desarrollar estrategias para reducir los efectos noceboLuana Colloca
La investigadora cree que debido a que el nocebo y el placebo contribuyen a los efectos secundarios percibidos y pueden influir en los resultados clínicos y en la adherencia de los pacientes a la medicación, «debemos considerar cómo evitarlos en los ensayos clínicos, por ejemplo, adaptando la comunicación paciente-clínico sobre los eventos adversos con expectativas de mejoría de los resultados». Según Colloca, a través de una comprensión de los mecanismos fisiológicos, «se podrían desarrollar estrategias para reducir los efectos nocebo».

viernes, 6 de octubre de 2017

EL ENFERMERO CORRUPTO QUE NUNCA PINCHO UN CULO

Dimite el presidente de la enfermería española tras 30 años en el cargo

González Jurado da solo una semana para presentar candidaturas alternativas a la de su delfín


Máximo González Jurado, presidente del colegio de Enfermería
Máximo González Jurado, presidente del colegio de Enfermería
Máximo González Jurado, presidente del Consejo General de Enfermería (CGE), que agrupa a los 300.000 profesionales del sector en España (la colegiación es obligatoria), ha presentado su dimisión tras 30 años de controvertido mandato. La decisión está recogida en una Resolución que el CGE ha remitido este viernes a todos los colegios provinciales de la profesión y a la que ha tenido acceso EL PAÍS.
La dimisión de González Jurado, que justifica por "circunstancias personales", ha sido recibida con sorpresa entre la profesión y abre un proceso de sucesión que parece diseñado para dificultar la presentación de candidaturas alternativas a la de su equipo de confianza. La Resolución, fechada hoy, convoca las elecciones para el próximo 30 de octubre e impone las 14.00 horas del sábado día 14 como "fecha tope" para la presentación de los aspirantes.
Quienes quieran presentarse al proceso solo tendrán cuatro días laborables (uno de ellos entre un puente) para organizarse. Florentino Pérez Raya, uno de los hombres de máxima confianza de González Jurado, ya se ha postulado para presentarse a las elecciones como delfín.
Un portavoz del CGE admite que el plazo "es corto", pero destaca que "es un proceso en el que solo se elige a un cargo, no a toda una dirección, por lo que parece que es un tiempo razonable para que una persona pueda decidirse a dar el paso".

González Jurado, podólogo de formación, deja el cargo tras tres décadas al frente de un CGE que ha controlado con mano de hierro. En este tiempo ha convertido una institución poco articulada y con escaso poder frente a los colegios provinciales en un potente ente que ha logrado, no sin grandes resistencias, centralizar los designios de la profesión. Un punto clave en esta pugna ha sido el reparto de las cuotas obligatorias de los profesionales, concepto por el que el CGE ingresó 18,9 millones de euros en 2015.
El CGE, una entidad de derecho público, es hoy la cabeza de un conglomerado de fundaciones y empresas privadas con grandes intereses económicos y patrimoniales. Aunque los estatutos de la entidad no lo permiten, bajo el mandato de González Jurado el grupo ha diversificado sus actividades (no siempre con éxito) en sectores como el inmobiliario.
González Jurado, que permanecerá en el cargo hasta que sea elegido su sucesor, se ha apoyado en estas tres décadas en un grupo muy reducido de personas, que le acompañan en todos los órganos de dirección (comisiones, patronatos, consejos de administración...). Las dos más destacadas son la vicepresidenta Pilar Fernández Fernández y el ahora aspirante a sucederle. Florentino Pérez Raya ya fue la persona que relevó en 1989 a González Jurado en la presidencia del Colegio de Córdoba, cuando el primero se trasladó a Madrid para dedicarse en exclusiva a la gestión del CGE.
La trayectoria del presidente del CGE ha contado con un gran reconocimiento político, social e institucional. Según recoge la página web de la institución en estos 30 años González Jurado ha recibido múltiples galardones de la Casa Real, gobiernos e instituciones sanitarias.
La Resolución que anuncia su dimisión también hace un balance muy positivo de su mandato. "La imagen de la enfermería española y de esta Organización Colegial es extraordinaria a nivel internacional", recoge el escrito, que añade que todo ello ha sido posible gracias "al trabajo serio, riguroso y constante" de la actual dirección.
La posición de González Jurado, sin embargo, se ha visto debilitada en los últimos tiempos por la oposición que su gestión ha ido encontrando en algunos colegios provinciales. Dos sentencias firmes del Tribunal Supremo dictaron en noviembre de 2010 y mayo de 2015 que no reunía los requisitos legales y estatutarios para ocupar el cargo, como haber ejercido la profesión durante 15 años. Ambas sentencias, sin embargo, no han sido aplicadas por incidentes en su ejecución decretados por el Tribunal Superior de Justicia de Madrid, que en breve debe decidir sobre un recurso presentado por el Colegio de Murcia que podía apartar definitivamente a González Jurado del cargo.
La gestión de del CGE también ha sido fuente de denuncias por parte de varios profesionales, que el pasado mes de marzo pusieron en conocimiento de la Fiscalía Anticorrupción un cúmulo de presuntas irregularidades. Anticorrupción, sin embargo, consideró que no era competente para admitir el caso y lo derivó a la Fiscalía de Madrid.
Casos judiciales aparte, la gestión de González Jurado también ha sido fuente de varias polémicas. Una de las más relevantes fue su estrecha relación con negocios relacionados con la trama Gürtel, aunque nunca resultó imputado por el caso. Otra, la presentación de grandes proyectos que han resultado fallidos, como sendos campus universitarios sociosanitarios en Majadahonda (Madrid) y Salobreña (Granada).

EVITABAN LA ENDOGAMIA


Los primeros humanos ya evitaban tener hijos entre hermanos

Sapiens de hace 34.000 años intercambiaban parejas con otros grupos en una especie de primitivo «matrimonio». Este comportamiento pudo ayudar a nuestro éxito como especie
Detalle de uno de los espectaculares enterramientos de Sunghir, en Rusia
Detalle de uno de los espectaculares enterramientos de Sunghir, en Rusia -
El incesto es un comportamiento humano universalmente reprobado, posiblemente para evitar la endogamia y los peligros que conlleva para la salud de la descendencia y, a la larga, para la supevivencia de la especie. Los primeros seres humanos podrían haberlo tenido en cuenta muy pronto, hace al menos 34.000 años. Un estudio publicado en la revista Science señala que nuestros antepasados desarrollaron redes sociales y de apareamiento sorprendentemente sofisticadas para evitar mantener relaciones sexuales entre parientes cercanos. Intercambiaban parejas con otros grupos e incluso podrían haber celebrado una especie de primitivo «matrimonio».
Un equipo internacional, dirigido por investigadores de la Universidad de Cambridge (Reino Unido) y la de Copenhague (Dinamarca) ha secuanciado el genoma completo de cuatro Homo sapiens de Sunghir, en Rusia, un famoso yacimiento del Paleolítico Superior, período en el que se produjo la colonización del oeste de Eurasia. Estos fósiles humanos pertenecen a dos adultos -uno de ellos un varón completo mientras que del otro solo hay algunos restos- y dos niños enterrados cabeza con cabeza en la misma tumba. Vivieron allí al mismo tiempo y lo esperable es que estuvieran estrechamente relacionados en términos genéticos, pero, para sorpresa de los científicos, no eran parientes próximos. A lo sumo, primos segundos. Un fémur adulto lleno de ocre rojo encontrado junto a los chicos perteneció a alguien no más cercano que un tatarabuelo.
La tumba de los dos jóvenes de Sunghir
La tumba de los dos jóvenes de Sunghir- Libor Balák
Según los científicos, los resultados sugieren que estos individuos buscaban deliberadamente parejas más allá de su familia inmediata en una red social más amplia. «Esto significa que incluso los humanos del Paleolítico Superior, que vivían en pequeños grupos, entendían la importancia de evitar la endogamia y desarrollaron un sistema para este propósito. Si se hubieran mezclado al azar, veríamos mucha más evidencia de endogamia que la que tenemos aquí», explica Eske Willerslev, autor principal del estudio.
Al parecer, la gente de Sunghir podía haber formado parte de una red similar a la que mantienen en la actualidad algunas comunidades de cazadores-recolectores, como los aborígenes australianos o algunos nativos americanos. Al igual que sus antepasados prehistóricos, viven en grupos bastante pequeños de alrededor de 25 personas, pero también mantienen lazos con comunidades más grandes de unas 200, dentro de la cuales hay reglas que gobiernan cómo se forman la parejas.

«Bodas» prehistóricas

Recreación de un varón adulto enterrado en Sunghir
Recreación de un varón adulto enterrado en Sunghir- Libor Balák
De la misma manera, el extraordinario simbolismo, la complejidad y el tiempo invertido en los objetos y joyas encontrados junto a los restos de Sunghir también sugieren la posibilidad de que los sapiens del Paleolítico desarrollaran reglas, ceremonias y rituales para acompañar el intercambio de parejas entre grupos, lo que tal vez prefiguró las ceremonias matrimoniales modernas.
Cuándo el hombre moderno comenzó a evitar la endogamia es algo que todavía no se sabe, pero los autores creen que este comportamiento puede explicar, al menos en parte, su éxito frente a otras especies estrechamente relacionadas, como los neandertales, que desaparecieron de Europa hace unos 40.000 años. «Aunque no podemos hacer esta afirmación con certeza, es intrigante especular que nuestra capacidad para formar estas redes más amplias pudo haber contribuido al mayor éxito de nuestros antepasados y a la eventual extinción de los neandertales», explica a ABC Martin Sikora, del Centro de GeoGenética de la Universidad de Copenhague.
La secuenciación genómica de un neandertal de las montañas de Altái que vivió hace unos 50.000 años indica que no evitaban la endogamia. Sin embargo, Sikora advierte de que este dato debe ser tomado con precaución: «No sabemos por qué los neandertales de Altái eran endogámicos. Tal vez estaban aislados y era su única opción, o no lograron establecer una red disponible de conexiones».
Los investigadores reconocen que hace falta información genómica más antigua para poner a prueba esta idea. Precisamente, otro estudio publicado también este jueves en «Science», que presenta la secuenciación del genoma de una hembra neandertal de la cueva de Vindija, en Croacia, no revela señales de incesto, lo que parece indicar que la endogamia extrema no tenía por qué ser algo extendido en la especie.
Willerslev también destaca que los ornamentos y objetos culturales encontrados en Sunghir, de una sofisticación inusual, podrían haber sido utilizados para establecer distinciones entre los grupos humanos, proporcionando un medio para identificar a quién acudir y a quién evitar como pareja. Entre ellos había caninos de zorro ártico perforados, brazaletes y miles de cuentas de colmillo de mamut, y 16 lanzas, también de marfil, cubrían una de las tumbas. «La ornamentación es increíble y no hay evidencia de algo así entre los neandertales y otros seres humanos arcaicos», añade. A su juicio, estos restos nos hacen preguntarnos «qué hizo a esas personas quienes eran como especie y quiénes somos nosotros como resultado».

SOMOS MAS NEANDER DE LO QUE CREIAMOS

Los humanos modernos no africanos tienen hasta un 2,6% de ADN neandertal


El análisis del genoma de una mujer neandertal –el segundo más completo hasta la fecha–, hallada en la cueva croata de Vindija, revela que los humanos modernos no africanos comparten entre el 1,8 y el 2,6% de ADN neandertal, un porcentaje mayor del estimado anteriormente. Los datos también demuestran que de los neandertales heredamos enfermedades como la esquizofrenia, la artritis reumatoide o los trastornos alimenticios, pero también los bajos niveles de colesterol que nos protegen de problemas cardíacos.

<p>El flujo genético entre los primeros humanos modernos y los neandertales se produjo hace entre 145.000 y 130.000 años. En la imagen una pareja de mujer neandertal y hombre <em>Homo sapiens</em>. / José Antonio Peñas</p>
El flujo genético entre los primeros humanos modernos y los neandertales se produjo hace entre 145.000 y 130.000 años. En la imagen una pareja de mujer neandertal y hombre Homo sapiens. / José Antonio Peñas
Hasta ahora los científicos solo habían podido secuenciar el genoma de cinco neandertales, y únicamente uno de ellos –conocido como el neandertal de Altai en Siberia– aportó en enero de 2014 datos de alta calidad. El resto procedía de tres individuos encontrados en la cueva de Vindija en Croacia y uno en la de Mezmaiskaya en Rusia.
El nuevo genoma revela que la endogamia extrema no tuvo por qué ser algo recurrente entre neandertales
Ahora, un equipo internacional de científicos, capitaneado por el Max Planck Institute for Evolutionary Anthropology en Alemania, ha analizado el genoma de una mujer neandertal, denomina Vindija 33.19, que pudo vivir en la cueva croata hace 52.000 años. Según los investigadores, es la segunda secuenciación del genoma neandertal más completa hasta la fecha y arroja nuevos datos sobre esta especie humana con la que convivimos.
“El neandertal de Vindija y el de Altai, publicado previamente, están muy estrechamente relacionados: en promedio hay tres diferencias por cada 10.000 pares de bases. Esto confirma que en el pasado no vivieron muchos neandertales, es decir, que provienen de una población pequeña”, explica a Sinc Kay Prüfer, investigador en la institución alemana y primer autor del estudio publicado en Science.
Los hallazgos anteriores ya habían demostrado que los Homo neanderthalensis vivían en poblaciones aisladas de unos 3.000 individuos. Además, el genoma de neandertal de Altai sugirió que sus propios padres eran medio hermanos, lo que hizo suponer a los científicos que en este grupo humano se entrecruzaban los miembros de una misma familia.
Sin embargo, el nuevo genoma de Vindija 33.19 no presenta los mismos patrones de incesto, por lo que la endogamia extrema que se produjo entre los padres del neandertal de Altai no tuvo por qué ser algo recurrente entre neandertales. Pero los análisis sí demuestran que la mujer neandertal compartió un antepasado materno con dos de los otros tres individuos hallados en la cueva croata.
Lo que esconde el genoma de Vindija
El genoma de Vindija 33.19 ha permitido a los científicos analizar las divergencias y el flujo genético entre los neandertales, los homínidos de Denisova y los humanos modernos. Así, los científicos revelan que el flujo genético entre los primeros humanos modernos y los neandertales se produjo hace entre 145.000 y 130.000 años, antes de que los neandertales de Croacia y los de Siberia se diferenciaran.
El flujo genético entre los primeros humanos modernos y los neandertales se produjo hace entre 145.000 y 130.000 años
Gracias al análisis de los genomas de los neandertales de Altai y Vindija, los investigadores estiman que las poblaciones modernas no africanas tienen entre un 1,8% y un 2,6% de ADN neandertal, cifras que superan los cálculos anteriores que se situaban entre 1,5% y 2,1%.
“El neandertal de Vindija es más cercano a la población de neandertales que se mezcló fuera de África con los humanos actuales. Esto es útil para identificar variantes genéticas en nosotros, que son consecuencia de nuestra mezcla con los neandertales”, detalla Prüfer.
Los autores han detectado una gran cantidad de nuevas variaciones en la secuencia del ADN neandertal que influyen en el humano moderno. “Algunas de estas variantes de neandertales también se encontraron en otros estudios completos del genoma que analizan si estas contribuyen al desarrollo de una enfermedad o de lo contrario la protegen de ella”, subraya el investigador alemán.
El trabajo muestra que entre las enfermedades que “heredamos” de los neandertales se encuentran los trastornos alimenticios, la acumulación de grasa visceral, la artritis reumatoide, la esquizofrenia y las respuestas a fármacos antipsicóticos.
Sin embargo, “no todas las variantes que vienen de los neandertales son "malas" y causan enfermedades”, recalca Prüfer. “Una variante que encontramos con la ayuda de Vindija, por ejemplo, tenía una asociación con niveles más bajos de colesterol LDL, es decir, que eran protectores contra las enfermedades del corazón”, concluye.
Referencia bibliográfica:
Kay Prüfer et al. “"A high-coverage Neandertal genome from Vindija Cave in Croatia” Science 05 de octubre de 2017