miércoles, 14 de julio de 2010

EL TRABAJO NO ES SALUD,QUE LABURE EL PUTO PATRÓN.....


Y OTROS 33.000 CAEN ENFERMOS

Las sustancias químicas causan la muerte de 4.000 trabajadores al año, según CCOO

El coste económico de los nuevos casos de solo tres enfermedades causadas por la exposición a tóxicos alcanza los 173 millones anuales


El sindicato CCOO ha defendido hoy la necesidad de crear una Agencia de Sustancias Químicas en España, donde se estima que anualmente mueren 4.000 trabajadores y otros 33.000 enferman a causa de la exposición a sustancias químicas peligrosas.

Así lo ha denunciado hoy el sindicato al presentar un informe sobre la gestión del riesgo químico por parte de las administraciones españolas, elaborado por el Instituto Sindical de Trabajo, Ambiente y Salud (ISTAS) de CCOO, junto con la Universidad Politécnica.

De acuerdo con este informe, la exposición laboral a sustancias tóxicas produce cada año en España decenas de miles de enfermedades respiratorias, y el coste económico de los nuevos casos de solo tres enfermedades laborales ocasionadas por la exposición a sustancias tóxicas en España (asma, EPOC y dermatitis) se estima en 173 millones de euros al año.

Gestión inadecuada

Las administraciones "no gestionan adecuadamente" los riesgos químicos a pesar de que representan una grave amenaza para la salud pública, han denunciado los secretarios confederales de Salud Laboral y Medio Ambiente de CCOO, Pedro José Linares y Llorenc Serrano, respectivamente, al presentar el estudio.

Dispersión de legislación, escasez de recursos y plantillas y dispersión de competencias y falta de coordinación entre los innumerables departamentos y organismos con competencias en la materia (hasta ocho ministerios están implicados), son las principales deficiencias, sin olvidar en algunos casos "la falta de interés" de la Administración, que ha puesto de manifiesto Pedro José Linares.

A juicio de este responsable es la Administración, como garante de la salud de los ciudadanos y del medio ambiente, la que tiene el deber de prevenir y controlar el riesgo químico.

Gran desconocido

El riesgo químico es un "gran desconocido" para la población, y por ello no existe inquietud entre la misma, ha señalado por su parte Llorenç Serrano, aunque no obstante supone una grave amenaza para la salud pública.

Según el estudio, más de 18.000 trabajadores sufren accidentes a causa de la exposición a sustancias químicas peligrosas en su trabajo, y la incidencia del cáncer en el ámbito laboral en España ocasiona entre 2.933 y 13.587 casos nuevos cada año y entre 1.833 y 8.214 trabajadores mueren de cáncer de origen laboral.

Efectos sobre el medio ambiente

De acuerdo con las mismas fuentes, los efectos sobre el medio ambiente son también muy inquietantes, ya que la liberación al entorno de las sustancias químicas provoca la contaminación de los ríos y los mares, del aire, del suelo, de los alimentos y del agua.

En Europa se comercializan cerca de 150.000 sustancias químicas pero solo se dispone de información extensa, esto es, solo se han realizado evaluaciones de riesgo de 141 sustancias.

Registro en marcha

Según CCOO, se estima que en España unas 2.289 empresas fabricarían o importarían 90.161 sustancias diferentes, pero mientras "no termine el proceso de registro, en el 2018, no se sabrá la fiabilidad de estos datos".

Tampoco, denuncia el sindicato, existen registros de exposición laboral.

En cuanto a los costes económicos, CCOO cita varios estudios ya publicados por otros organismos, para señalar que el coste anual, únicamente de los cuidados ocasionados por la exposición a sustancias químicas en Europa se ha cifrado entre 3.589 y 15.000 millones de euros al año.

El coste de la depuración de sustancias químicas de aguas residuales industriales en Europa se cifran entre 102 y 340 millones de euros al año y el coste del tratamiento de los procedentes de las aguas depuradas giran en torno a los 180 millones de euros al año.

lunes, 12 de julio de 2010

Nos vamos volviendo viejos.....

Cerebro joven, cuerpo maduro


El comportamiento del cerebro, objeto de nuevas investigaciones.
07-07-2010 / La ciencia empieza a redefinir lo que sabemos sobre el envejecimiento. Y las noticias son mejores de lo que se suele creer.
Por Sharon Begley

Platón escribió que cuando envejece, el hombre “aprende y corre cada vez menos”. Y en su laboratorio de la Universidad de Virginia, Timothy Salthouse parece haberlo comprobado. Tras estudiar a más de 8.000 personas que se sometieron a pruebas de memoria, destrezas de resolución de problemas y otras funciones mentales, observó que, después de los 25 años, el rendimiento cognitivo iba cuesta abajo.

Sin embargo, había algo en los resultados que perturbaba a Salthouse. La gráfica de los datos tiene dos trazos que recuerdan una montaña rusa. El primero representa a los individuos, por grupo de edad, que ocupan el 25 por ciento más alto en su prueba de raciocinio. Las líneas demuestran que la capacidad de razonamiento alcanza su máximo alrededor de los 28 años de edad y luego se desploma: sólo un 6 por ciento de las calificaciones más altas tienen más de cinco décadas de vida. El otro trazo, que grafica la distribución por edades de los directivos de compañías Fortune 500, es casi una imagen en espejo: alcanza su máximo antes de los 60; la mitad tiene más de 55 años; y casi no hay CEOs de 40.

Eso explicaría por qué AIG, GM, Lehman Brothers y demás firmas tocaron fondo en la reciente crisis financiera estadounidense: porque la dirección no está en manos de los más inteligentes. Sin embargo, Salthouse desentraña lecciones contrarias a esa lógica y más esperanzadoras. La primera es que en la vida real, más que en el laboratorio, las personas dependen de su capacidad mental para responder mejor a los estragos de la edad y descubren la manera de “dar la vuelta” a las destrezas mentales menguantes. La segunda es que, de hecho, algunas funciones mentales mejoran con la edad y una de ellas es ese “algo” por demás vago que llamamos sabiduría.

Observaciones recientes empiezan a replantear lo que sucede con la mente y el cerebro al envejecer. Las diferencias de funcionamiento cerebral entre los 20 y 80 años parecen tener más que ver con el estilo de vida que con la edad. Y estos hallazgos están derivando en intervenciones que podrían resultar más eficaces que los ejercicios de memoria y los crucigramas.

Tomemos la afirmación de que el volumen encefálico empieza a reducirse hacia los 30 años. Los primeros estudios sugerían que la corteza prefrontal es la más afectada. Esta región es responsable de funciones diversas como la previsión, el razonamiento y la inteligencia “fluida” (la capacidad para identificar, por ejemplo, la letra que sigue en la secuencia G-B-F-C-E). Sin embargo, resulta que esos datos están alterados debido a que los estudios incluyen a individuos con problemas de demencia temprana. Si sólo se estudiara a individuos sanos, es muy posible que no se observara tanta pérdida de volumen, vaticina el neurocientífico John Morrison, de la Escuela de Medicina Mount Sinai en Nueva York.

Otros ensayos anteriores también revelaron que la mielinización (de la capa grasa que envuelve las neuronas) alcanza su máximo hacia los 20 años y luego disminuye. Dado que la mielina acelera y vuelve más eficaz la conducción de señales eléctricas en el cerebro, la pérdida de esta sustancia hace que se prolongue la capacidad para relacionar un rostro con un nombre, el título de un libro con su autor y otras correlaciones semejantes. Su pérdida también ocasiona que el cerebro se vuelva “más ruidoso”, agrega el neurocientífico Henry Mahncke, de Posit Science: “Sucede lo mismo que con una radio que ya no puede sintonizar claramente una estación. El cerebro se esfuerza más en encontrar la señal y priva de recursos a la memoria y el razonamiento”. No obstante, la disminución de mielina ocurre principalmente en una región neuronal específica, la responsable de aprender cosas nuevas, de modo que la parte encargada de la memoria no manifiesta semejante pérdida.

De hecho, un estudio con monos Rhesus demuestra que el cerebro se adapta muy bien. La corteza prefrontal de los animales ciertamente pierde “espinas dendríticas”, minúsculas prolongaciones que actúan como receptores de banda ancha en el cerebro y captan neurotransmisores que conducen las señales a otras neuronas. Sin embargo, monos y personas tienen dos tipos de espinas: las más delgadas y pequeñas se encargan de aprender y recordar cosas, mientras que las cortas y más gruesas evocan el recuerdo de cosas que sabemos desde hace años. El cerebro pierde alrededor de 45 espinas dendríticas del primer tipo, pero ninguna del segundo tipo, informaron Morrison y un grupo de colegas en el Journal of Neuroscience.

Eso explicaría por qué tenemos dificultad para recordar cosas recientes sin perder nuestros conocimientos fundamentales. “Creemos que la experiencia y el conocimiento están codificados en las sinapsis y las espinas que no se pierden con la edad”, apunta Morrison. “Tal vez sea así como el cerebro retiene lo aprendido hace décadas y permite que un profesor de biología celular siga dando clases hasta después de sus 80 años”. Pero también podría ser la razón de que, aunque la mayoría perdamos la capacidad de resolver problemas nuevos, nuestros conocimientos sigan intactos y podamos aumentar el vocabulario hasta, por lo menos, los 60 años. Más aún, la inteligencia emocional, las destrezas sociales y el autocontrol suelen mejorar con la edad.

En términos generales, los procesos cognitivos, como la velocidad de procesamiento (la rapidez con que el cerebro capta e interpreta información del mundo exterior, así como las señales que se propagan por el circuito de razonamiento), menguan hacia los 20 años de vida, juntamente con los sistemas respiratorio e inmunológico. La memoria y la capacidad para resolver problemas mejoran hasta los 20 años y luego permanecen sin cambios, iniciando su decadencia entre los 50 y 60 años. Con todo, los promedios hacen que perdamos de vista la individualidad. Las calificaciones de algunos sexagenarios en pruebas de memoria, resolución de problemas y demás medidas cognitivas son superiores al promedio de los adultos de 20 años. Como prueba anecdótica, Salthouse menciona al economista Robert Solow (86 años), ganador del Nobel, que mantiene una intensa actividad intelectual y genera artículos que rechazan modelos macroeconómicos.

No todos somos como Solow, ni siquiera a los 30 años. Sin embargo, es evidente que algunos cerebros se conservan en mejores condiciones que otros. Tal vez la diferencia sea parcialmente genética, pero como no podemos volver en el tiempo para pedir a nuestros padres que nos hereden genes distintos, las posibilidades de intervención en ese sentido son nulas. De manera que sólo nos queda el estilo de vida. Salthouse señala que apenas un 20 por ciento de las variaciones individuales en medidas estándar de memoria, resolución de problemas y otras funciones ejecutivas es producto de la edad. Lo demás (del 64 al 96 por ciento de las diferencias en dichas pruebas, según propone en su nuevo libro, “Major Issues in Cognitive Aging”, “Problemas principales en el envejecimiento cognitivo”) se debe a factores que nada tienen que ver con la edad.

Uno podría ser el generacional. Muchas de las funestas conclusiones sobre el envejecimiento provienen de lo que se denomina “comparaciones de muestras representativas”: los investigadores llevan individuos de 20, 60 y 80 años al laboratorio, aplican pruebas, comparan resultados y repiten el procedimiento. Se supone que las diferencias indican lo que ocurrirá al primer grupo cuando llegue a la edad del segundo, pero esto podría ser un grave error. Veamos el caso de una mujer que visita Miami. Su primera impresión es que la ciudad está repleta de judíos neoyorquinos, mientras que la población joven consiste mayormente en latinos. Así, su conclusión evidente es que al envejecer, los latinos de Miami se transforman en judíos.

Es muy posible que estemos cometiendo el mismo error al comparar cerebros jóvenes y viejos, pues sus diferencias no se traducen en que las funciones mentales se vayan al demonio a medida que envejecemos. Todo lo contrario, enfatiza Salthouse: muchas de las “diferencias observadas con la edad podrían ser reflejo de las generacionales”. El hecho de que las generaciones más recientes superan a las precedentes desmiente la idea de que nos volvemos más tontos; y no sólo eso, sino que además tiene nombre: el “efecto Flynn”. Por consiguiente, lo que revelan los estudios de muestras representativas es que si los octogenarios de hoy no piensan ni recuerdan igual de bien que sus nietos de 30 años ello es consecuencia de las diferencias generacionales, de manera que los resultados de esos estudios pintan un cuadro excesivamente pesimista de lo que sucede con el cerebro al pasar los años. Si medimos una y otra vez a los mismos individuos, señala Salthouse, “al menos antes de los 60 años”, veremos que la edad contribuye a la “estabilidad o incluso el incremento” de la función cerebral.

Este reconocimiento de que la diferencia en la función cerebral se debe a causas ajenas a la edad precipitó una andanada de intervenciones que podrían postergar, mitigar o incluso prevenir algo de esa declinación. El estudio más completo sobre esas intervenciones, llamado ACTIVE (siglas en inglés de Capacitación Cognitiva Avanzada para Ancianos Independientes y Vitales), iniciado en 1992, utilizó a una población voluntaria de 2.832 adultos cuyas edades oscilaban entre los 65 y los 94 años, a los cuales dividió entre los grupos sin capacitación (población de control) o con capacitación en raciocinio, memoria y velocidad de procesamiento mediante 10 sesiones de entrenamiento, cada una de entre 60 y 75 minutos de duración. La capacitación en raciocinio enseñó a los participantes diversos métodos para descomponer un problema en pasos y mecanismos que identificaban patrones de relación, mientras que la capacitación en memoria consistió en estrategias para formar imágenes o asociaciones, por ejemplo: recordar una lista de palabras que incluía los sustantivos “pingüino”, “tijeras” y “factura”, y, a continuación, visualizar al ave utilizando el instrumento para picotear una cubierta de chocolate.

Como era de esperar, los voluntarios tuvieron mejores resultados en las áreas para las cuales habían recibido capacitación y, en términos generales, la mejoría fue equivalente a retroceder entre siete y 15 años en el tiempo para las pruebas de raciocinio y memoria, e incluso más para las de velocidad de procesamiento. No obstante, no se observó un efecto de transferencia; es decir: mejorar la memoria no agudizó el raciocinio, ni una mayor celeridad de procesamiento enriqueció la memoria. Algo más alarmante fue que, luego de la capacitación, el rendimiento de los participantes cayó de forma más acelerada en la población capacitada que en el grupo control, lo que podría reflejar el hecho de que, para que el cerebro “asimile” la capacitación, es necesario hacer algo parecido a los aeróbics, comenta Mahncke: “Creemos que por cada capacidad mental que deseamos fijar en el cerebro, hay que incrementar la estimulación cada nueve a doce meses”.

Cabría pensar que los crucigramas son el ejercicio mental ideal porque se los practica todos los días y se asegura que mantienen la agilidad cerebral, sobre todo en vocabulario y memoria. Pero eso tal vez es una confusión de causa y efecto, ya que quienes pueden decir quién fue el “compañero de fórmula de Bob Dole” son los realizan crucigramas regularmente y los que no, prefieren abstenerse. En un reciente estudio, Salthouse y colegas no encontraron pruebas de que las personas que hacían crucigramas tuvieran “una menor velocidad de declinación del raciocinio”. Como informó en su análisis de 2006, hay “pocas evidencias científicas de que la participación en actividades mentalmente estimulantes altere el envejecimiento mental”, lo que es “más una esperanza optimista que una realidad empírica”.

Lo único que sostiene la agudeza mental con el paso de los años es el ejercicio aeróbico. Un estudio seminal de un grupo de la Universidad de Illinois descubrió que tres caminatas vigorosas por semana, durante seis meses, mejoran la memoria y la materia blanca, que permite la conexión de las neuronas en las regiones cerebrales para funciones ejecutivas, como la planificación.

Aunque caminar es gratis, en 2009 los estadounidenses gastaron US$ 13 millones en software y juegos de acondicionamiento mental, según Ambient Insight, compañía de investigación de mercado. Según científicos independientes, los productos Brain Age (Nintendo; US$ 19), MyBrainTrainer (se baja de la web; US$ 29,95 por año), Brain Fitness (HappyNeuron; US$ 69,95) y otras ofertas similares mejoran las capacidades para las que fueron diseñados porque, supuestamente, repetir la rutina de presionar una tecla de dirección al ver una luz verde mejora el tiempo de respuesta, los ejercicios de relacionar una cara con otra aceleran el procesamiento visual y determinar si las palabras de una lista corresponden a otra anterior estimula la memoria a corto plazo. Sin embargo, el estudio ACTIVE no concluyó si estos resultados reflejan una mejoría del cerebro. Lo que sí podría hacerlo es una estrategia dirigida a los procesos cerebrales “de fondo”. InSight, un programa desarrollado por Posit (US$ 395), contiene un ejercicio que obliga a discernir la dirección en que se mueve un segundo patrón antes de que el cerebro termine de procesar el movimiento del primero. El objetivo es activar una señal que reduzca el ruido cerebral. “Es más importante corregir la maquinaria subyacente para procesar información que estimular directamente funciones superiores como la memoria”, informa Mahncke, debido a que “al mejorar la proporción señal/ruido del cerebro, la información se transmite de manera más precisa y rápida”. Un estudio de 2009 reveló que con Brain Fitness (US$ 395), otro juego de Posit que se basa en el mismo principio, los adultos mayores sanos (de 65 años o más) que practicaron una hora diaria durante ocho semanas lograron mejorar su velocidad de procesamiento al nivel de los adultos de 40 años y que su memoria tuvo una mejoría que la hizo equivalente a la de una persona diez años menor. En tanto, otro estudio afirma que semejante “capacitación perceptiva” mejora la memoria de los adultos mayores. Pronto, quizás, podremos hablar de un envejecimiento “óptimo”, desde la perspectiva del cerebro.

jueves, 8 de julio de 2010

¿Qué hiciste en la dictadura, papá?

Diálogo con una psicóloga argentina que trató durante diez años a hijos de militares. María José Ferré y Ferré tiene 49 años y se recibió de licenciada en Psicología de la Universidad Católica en 1985. Durante diez años trabajó en una obra social de las FF.AA., con niños y adolescentes de hasta 18 años. Muchos eran hijos de militares que estuvieron en actividad entre los años 1976 y 1983. Durante la cursada de la diplomatura en Problemas y Patologías del Desvalimiento de la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales (Uces) se interesó en la temática y decidió investigarla.

Tomó los casos de 45 pacientes nacidos durante el período de la última dictadura.
Se especializó en el análisis de las pesadillas y se puso a estudiar sobre el tema.
A todos les pidió permiso para trabajar de manera académica con sus casos clínicos.

Presentó los resultados en el XI Foro Internacional de Psicoanálisis que se hizo en Chile en 2008.
Era una versión corta de la investigación, que se llamó Mi padre ¿fue? un represor: transmisión generacional del trauma.
Ese mismo año revalidó su título de psicóloga en Chile, defendiendo el trabajo completo.

Miradas al Sur la entrevistó en su consultorio, con las paredes cubiertas por una biblioteca llena de libros.

–¿Cómo nace el interés por esta temática?
–Empecé a notar una serie de características, síntomas y rasgos que se repetían en los casos. Armé ciertos patrones o cosas en común. Los psicólogos no creemos en las casualidades. Me interesé en todo esto y descubrí el sufrimiento de estos chicos y chicas, ya hoy hombres y mujeres de entre veinte y treinta años. Al crecer se fueron preguntando sobre qué hicieron sus padres en esa época.

–¿Cómo lo empezó a trabajar?
–Los pacientes traían a la sesión sus sueños y pesadillas. Empezamos a hablar, a interpretarlos y enfocarlos en la relación que podían tener con la actividad de sus padres. En vez de recibir resistencias, me encontré con que sentían alivio. Me decían “uy, ¿de esto puedo hablar acá?”, “¿a vos te puedo contar?” o “¿sabés que nunca se lo pude decir a nadie?”.

-Claro, justamente estando en una obra social de militares…

–Pero no se daba una particular indicación que diga “de esto no hay que hablar”. Crecieron con ese mandato. En casa se daban pautas que no se podían cuestionar. “Vos en el colegio tenés que decir que tu papá es peluquero”, les explicaban. Una paciente me decía: “Yo con ocho años me preguntaba, ¿por qué tengo que decir que es peluquero si es militar?”, “vos decís eso, porque lo digo yo”, le respondían. Ahora los pacientes son adultos, que si hoy en día van a una entrevista de trabajo definen a su padre como empleado estatal. Décadas después no pueden decir o prefieren no decir “mi padre es militar”.

–¿No lo decían con orgullo?
–No en esa época. En muchos casos la versión era que no se podía decir porque era peligroso o había gente mala. Los malos eran los otros. Era una cuestión de proteger a la familia. “¿Por qué no volvemos dos días seguidos por el mismo camino de la escuela?”, se preguntaban, por ejemplo.

–¿Qué síntomas se ven en estos pacientes?
–Me volqué en terapia al tema de las pesadillas, pero también hay síntomas físicos. Hay un común denominador, y no es el mismo en varones y mujeres. Todavía estoy analizando el por qué de la diferencia. Es la segunda parte de mi estudio. A grandes rasgos, en los hombres hay personalidades transgresoras: repetir en la escuela, consumo de drogas y hasta situaciones de delincuencia. Se podría hablar de lo que para esos papás sería transgresor, como hijos militando en partidos de izquierda o estudiando Filosofía. Cada generación hace lo que puede con lo que recibió de la anterior. Algunos repiten y otros tratan de elaborar algo distinto.

–¿Y las hijas mujeres?
–Tienen personalidades tendientes a la sumisión. Crecieron en el no preguntar, en el “no se entiende muy bien pero no importa”. Desarrollaron una capacidad de negación inconveniente para ellas mismas. Por ejemplo, encontré muchas chicas con relaciones de pareja terribles. Eran engañadas, los hombres tenían historias y hasta vidas paralelas. No era una canita al aire. Lo que llama la atención es que realmente no se daban cuenta. Te dicen que mucho no les “cerraba” cuando sus novios o maridos les decían “mirá, no me llames por las próximas cuatro horas porque voy a estar en una entrevista”. No está la curiosidad de investigar y no detenerse hasta entender. Está este entrenamiento, esta facilidad de negar, que por ahí otras personas no tenemos.

–Algo así como “el silencio es salud”...
–Claro, terminan ellas teniendo parejas donde hay cosas no dichas, secretas o cuestiones ocultas. El “de esto no se habla” está a la orden del día en la casa. No se habla del tema de la dictadura. Son familias donde el padre ha sido tan autoritario dentro del hogar como lo era afuera. El silencio es cualquier cosa menos salud. Todo lo no dicho tiene riesgo de ser repetido. Todo lo que se calla en una generación de alguna manera aparece en las siguientes.

–¿Eso es la transmisión transgeneracional?
–Sí, es como una posta. Un corredor que llega hasta un punto, le entrega el testimonio al siguiente corredor y ése arranca donde lo dejó el anterior. Le deja todo un saber inconsciente que se transmite por mecanismos que hoy por hoy no están del todo precisados, pero vemos los resultados. Como en las pesadillas.

–¿Cómo eran?
–Muchísimas historias de persecución. Los pacientes son los perseguidos y son atrapados. Incluso aparecen Falcon verdes. Otras veces eran los encargados de rescatar personas de situaciones de riesgo. A veces eran catástrofes naturales. Había una inundación y ellos eran quienes tenían que salvar a todos. Pero también tuve una paciente que soñaba que la torturaban con picanas y que la colgaban viva de un gancho. Describía las torturas que sus agresores le hacían con una nitidez que era escalofriante. Con lujo de detalles y en tanto lo vívido de su sufrimiento durante el sueño.

–¿No podrían haberlo escuchado u oído en algún lado?
–No lo vivieron, el conocimiento que tuvieron fue por lo que se enseña en la escuela. Los padres les decían “esa no es la verdadera historia”. Algunos tenían el Nunca Más abajo de una pila de libros.

–¿Todos sabían lo que habían hecho sus padres?
–No. Y acá se presenta un dilema interesante. Más que saber, estaba la sospecha. En un momento, si partís de lo psicoanalítico, con develarlo, con hacer consciente lo que está inconsciente, se supone que caminás a una cura. Pero éste no es el caso, porque en realidad, que estos hijos lleguen a comprobar o saber fehacientemente la participación de sus padres termina con la incertidumbre, pero inaugura la certeza. Una certeza destructiva. Hubo quienes fueron a la Conadep a buscar si sus padres estaban en la lista de represores. Terminan como en un callejón sin salida. El sospechar y no animarse a preguntarlo te daña de una forma. El saberlo y confirmarlo inaugura un nuevo drama. Tuve una paciente cuyo padre se sentó a confesarle con lujo de detalles todo lo que había hecho. Lejos estaba de decir “ah, que bueno, ahora que lo sé me quedo más tranquila”.

–¿Y esto los llevó a replantearse lo que hacían sus padres?
–En muchos casos sí. El trabajo analítico ayudó, pero no crea algo que no está latente en el paciente. Nosotros ayudamos a que salga, no ponemos algo que no está. Si salió, es porque estaba.

–¿Le tocaron casos de chicos que estén de acuerdo con lo que hicieron sus padres?

–Es raro que lleguen a terapia por el armado psíquico que tienen.
Ferré y Ferré se levanta del sillón y camina hacia la biblioteca. La estantería rebalsa de libros. Con el dedo marca los que usó para su trabajo. Señala La interpretación de los sueños , de Sigmund Freud, y El alma de los verdugos , de Baltasar Garzón y Vicente Romero. “Hay un mexicano que tiene un capítulo dedicado a la Argentina –explica–. Se llama Fernando González.” El título confirma lo que estudia: La guerra de las memorias. Psicoanálisis, historia e interpretación. “La poca bibliografía que hay sobre hijos de victimarios es la que escribieron sobre los descendientes de los nazis”, cuenta la psicóloga. Habla de Tú llevas mi nombre. La insoportable herencia de los hijos de los jerarcas nazis, que escribieron Norbert y Stephan Lebert. El libro cuenta el padecimiento de los hijos que cargan el apellido y la culpa por los crímenes de sus padres.

–¿Cómo tomaron los pacientes el hecho de que analizó sus casos?
–A todos les pedí el consentimiento para trabajar en mi tesis. Contestaban: “Qué bueno que alguien se acuerde de nosotros”. De hecho, hay algo curioso. Los casos más graves eran pacientes cuyos padres mejor estaban a nivel psíquico, económico y social. Cuanto menos procesó esa generación, más negó y silenció, peor paquete le pasó a la siguiente. Cuando hubo padres militares ya retirados que desarrollaron un cáncer o enfermedades terminales, o sea, cuanto más les quedó a ellos dando vueltas, mejor estaban los hijos. Eran conflictivas más leves y trabajables, estaban menos traumatizados.

–¿Cuál es el resultado de su estudio?

–Hay muchísimo hecho para los hijos de las víctimas y muy merecido que lo tienen. Tienen instituciones, orientación y tratamiento. Pero no hay nada para los hijos de los victimarios. Son una nueva categoría o clase de víctimas. Creo que es una postura que no está constituida ni es clara en el país. Habría que habilitar espacios de orientación o asistencia. O donde se dé formación a los psicólogos que reciban este tipo de casos. Todavía es una pelea solitaria.

–¿Por qué cree que es así?

–Me parece obvio el porqué no hay nada trabajado desde las instituciones militares. Lo que me pregunto es por qué no desde los gobiernos que siguieron después. Es un tema que todavía genera resistencias en la sociedad, creo que está atravesado por cosas como la heredabilidad de la culpa. ¿Son culpables, son responsables? Hay que poder desligar a los hijos de lo que hicieron sus padres. Los hijos nunca debemos responder por los actos de los padres, ni en éstas situaciones ni en otras. Salvo que vos elijas hacerlo por algún motivo equis. Me parece que hay algo todavía de esto, de no poder justamente pensarlos como otras víctimas.

El trauma de una generación
Los psicólogos llaman “trauma transgeneracional” a las situaciones no resueltas que se transmiten de una generación a otra. Aunque una persona no haya sido partícipe directa ni haya vivido una problemática, la arrastra en su psiquis.

Trasciende las generaciones, son traumas que continúan de padres y ancestros a hijos. Es una herencia inconsciente, como un trabajo pendiente a solucionar que se manifiesta de distintas maneras, como en enfermedades y pesadillas. La terapia del psicoanálisis ayudaría a resolverlas.

Según el psiquiatra francés Serge Tisseron, el trauma transgeneracional no es por simple transmisión –en donde la persona se identifica con una situación anterior, se la apropia y la reelabora a su modo y estilo–. No es una decisión consciente, sino una influencia que no se percibe ni se puede asimilar.

Así, el psiquismo de las personas no sólo estaría formado por lo individual, sino que es una construcción colectiva.

María José Ferré y Ferré.


martes, 6 de julio de 2010

Vietnam: el agente naranja sigue matando

www.silviacattori.net

Traducido del francés para Rebelión por Beatriz Morales Bastos


En el pasado Estados Unidos luchó en Vietnam utilizando armas químicas devastadoras contra el comunismo, un régimen que entonces encarnaba la lucha por la independencia nacional del pueblo vietnamita que se oponía a su dominación. Hoy prosiguen las mismas políticas tan absurdas como injustificables: desde Afganistán a Iraq pasando por Serbia, desde Líbano a Gaza, Estados Unidos, la OTAN e Israel arrojan armas de fósforo, de fragmentación o de uranio empobrecido sobre poblaciones civiles que se niegan a someterse a sus dictados. Ahora bien, es sabido que estas armas provocan sobre todo cánceres y malformaciones monstruosas en los recién nacidos, y que van a seguir afectando a la salud de una cantidad cada vez mayor de personas. En su reciente obra Agent Orange – Apocalypse Viêt Nam [Agente naranja- Apocalipsis Vietnam] (*), André Bouny nos recuerda que casi medio siglo después de la guerra las madres vietnamitas siguen dando a luz bebés monstruosos. Responde aquí a las preguntas de Silvia Cattori.



Foto: Tres aviones UC-123B en una misión de fumigación de productos químicos defoliantes en Vietnam del sur, en este caso sobre los arrozales © US Army.

Silvia Cattori: Todos los políticos con conciencia y medios para actuar deberían leer y tomar en serio su libro Agent Orange – Apocalypse Viêt Nam, que acabo de devorar de un tirón y con el corazón encogido. Esta obra muy documentada e ilustrada con fotos conmovedoras de la mayor guerra química de la historia de la humanidad debería darse a conocer al público, movilizar a la juventud y a todos los padres, la salud de cuyos hijos corre peligro si no se acaba con la locura destructora de estas guerras a las que, curiosamente, nunca se ha opuesto ningún partido ecologista. Ni los ecologistas Daniel Cohn-Bendit y Joschka Fischer se opusieron a la guerra que arrojó toneladas de uranio empobrecido sobre Serbia [1]. Lo que usted describe aquí y que debería ser uno de los principales motivos de preocupación para cualquiera sigue siendo extrañamente ignorado por los medios de comunicación. ¿Cómo usted, que no es periodista, ni médico, ni científico, ha llegado a implicarse hasta ese punto para, medio siglo después, poder sacar a la luz las terroríficas consecuencias de la guerra química que se llevó a cabo en Vietnam? ¿Podría explicarnos lo que le motivó?

André Bouny: En efecto, es sorprendente que ningún gran periodista haya escrito un libro sobre este crimen cuya magnitud es tan considerable que casi supera el entendimiento; sin duda este tema, tan complejo, cubre tantos dominios que disuade de acometer esta empresa en un mundo cada vez más especializado.

De hecho, uno no se levanta un día diciéndose que va a escribir un libro sobre el agente naranja; esta obra es el resultado de una larga inmersión. Las primeras imágenes que vi cuando era adolescente en la televisión en blanco y negro en mi pueblo mostraban la guerra de Vietnam. Permanecieron grabadas en mí. Después, cuando estudiaba en París, participé en protestas contra esta guerra y sabíamos que se estaban utilizando en ella armas químicas. A continuación descubrí este país.

Es necesario dar a conocer esta inmensa desgracia tanto a nuestros conciudadanos como a la opinión pública internacional. Este libro incluye fotografías que son extremadamente importantes porque permiten comprender los estragos causados por el agente naranja. La mayoría de las ilustraciones son inéditas. Todas ellas son fotos dignas porque no es un libro «impactante», al menos no en el mal sentido del término: es ante todo un libro «esclarecedor».

Yo no me siento perteneciente únicamente a mi país, sino al mundo en el más amplio sentido. Por supuesto, cuenta mucho el hecho de que mis hijos, a los que adopté, sean de origen vietnamita. La asociación D.E.F.I. Viêt Nam, que fundé, ha establecido unos estrechos vínculos con capas diferentes de la sociedad vietnamita, sobre todo en el sur. Muchos contenedores de material médico que se han enviado allí han equipado a servicios hospitalarios, maternidades, dispensarios y dentistas. Las visitas a los niños apadrinados permiten descubrir unos lugares increíbles con unas condiciones de vida impensables, tanto en las ciudades como en el campo.

Cuando constituí el CIS (Comité Internacional de Apoyo a las víctimas vietnamitas del agente naranja) se crearon nuevos vínculos, esta vez en el norte. Esta «reunificación» me permitió recorrer el país de un extremo al otro y comprender mejor la complejidad de este pueblo.

Silvia Cattori: Aunque la guerra de Vietnam pueda parecer lejana a las generaciones jóvenes, su obra parece temiblemente actual al menos por dos razones. En primer lugar, porque muestra que los efectos del agente naranja siguen desplegando hoy sus espantosas consecuencias sobre millones de personas. En este momento siguen naciendo niños monstruosos porque las mutaciones genéticas adquiridas por las personas contaminadas se transmiten a sus descendientes, lo que, como usted escribe, constituye un verdadero «crimen contra el genoma humano». Y en segundo lugar porque otras armas susceptibles de provocar unos efectos a largo plazo tan terribles –sobre todo las armas de uranio empobrecido– se han utilizado recientemente, en Serbia [2], en Afganistán [3], en Iraq [4], en Gaza [5], en Líbano [6] y se siguen utilizando. En la conclusión del libro usted afirma: «Tomar conciencia de la catástrofe generada por el agente naranja es la primera etapa, necesaria para prevenir y evitar otros desastres del mismo tipo (ecológicos, medioambientales y sanitarios), e incluso peores». En esta perspectiva, ¿ha establecido contactos con grupos o investigadores que investiguen estas nuevas armas? ¿Planean ustedes acciones comunes?

André Bouny: Para mi generación Vietnam evoca la guerra; para los más jóvenes, un destino turístico. Una nueva guerra hace olvidar la anterior y oculta en gran parte sus consecuencias, tanto más cuanto que la información se concentra exclusivamente en la última. En el caso que nos interesa, efectivamente están naciendo mientras hablamos niños afectados por graves minusvalías y a veces con formas inhumanas, aunque la ciencia no haya demostrado –ni comprendido- todavía los mecanismos que demostrarían que estos efectos teratógenos se deben a una modificación genética adquirida por las víctimas del agente naranja, como es el caso en la experiencia con [moscas] drosófilas efectuada por dos biólogos estadounidenses. Con todo, las autoridades vietnamitas se plantean si se debe dejar procrear a las víctimas del agente naranja.

La similitud entre los efectos del agente naranja y los del uranio empobrecido en los recién nacidos es sorprendente y obliga a estanlecer una comparación. Conocemos por experiencia los riesgos y las secuelas de la radiactividad. Además, la controversia sobre la radiactividad de baja intensidad –por ejemplo, la asociada a las partículas ingeridas o inhaladas disipadas por el efecto piróforo de las ojivas de las armas de uranio empobrecido- recuerda a la que ha conocido el agente naranja ante el lobby de la química; en el caso del uranio empobrecido se trata del de lo nuclear. De la misma manera, los límites de dioxina admitidos en la alimentación en ningún caso pueden dejar de tener efectos. El paralelismo entre ambos venenos existe también en los usos civiles: para el caso de la dioxina, agricultura, gestión de los bosques y eliminación de residuos, entre otros; para la radiactividad, la energía y el uso médico.

La consciencia de una catástrofe como la del agente naranja sobre medio ambiente y toda forma de vida que lo habita no se da por hecho en nuestras sociedades de consumo, que dejan creer que existe una solución para todo por medio del progreso y de la transformación de materias en «bienes» de consumo, que contaminan la naturaleza y, por lo tanto, nuestros organismo, con lo que se genera así un círculo vicioso sin fin. Dirigir la lucha tanto por la justicia y el reconocimiento como por que las víctimas sean indemnizadas no deja tiempo ni energía para estar en varios frentes, aunque toda víctima tenga derecho a nuestra compasión y por encima de todo, a nuestra ayuda y solidaridad. Sin embargo, se constata que, a imagen del CIS, hay muchas personalidades que se activan incansablemente en favor de las víctimas del uranio empobrecido. Sí, la conciencia de estas personas ya tiene como acción común la información.

Silvia Cattori: En su obra exhaustiva Agent Orange – Apocalypse Viêt Nam usted hace un balance completo de los muchos aspectos del problema. En su opinión, ¿cuáles son los elementos específicamente nuevos que aporta usted?

André Bouny: El elemento nuevo más destacable es sin duda el nuevo cálculo del volumen de los agentes químicos que he establecido a partir de los datos del Informe Stellman, el estudio oficial financiado por Estados Unidos a principios de la década de 2000 en Vietnam, un informe que altera a la baja todos los cálculos comúnmente admitidos hasta entonces. Simplificando las cosas, partí de datos establecidos por los archivos del ejército estadounidense –que probablemente son incompletos– y los crucé con otras informaciones salidas también de estos mismos archivos. El resultado es simplemente terrorífico. Jeanne Mager Stellman, una científica estadounidense que elaboró un informe que lleva su nombre, leyó atentamente mi libro y no puso en tela de juicio en ningún momento el nuevo cálculo que propongo sobre los volúmenes de agentes químicos utilizados en Vietnam.

Por otra parte, la manera en que se habla de la guerra de Vietnam en este libro no es la que se cuenta en los manuales de historia occidentales: la perspectiva es la de los vietnamitas. En efecto, el telón de fondo está jalonado de muchos elementos demasiado poco conocidos, olvidados por la amnesia selectiva. Hablo del falso ataque sufrido por los barcos estadounidenses en el golfo de Tonkin que permitió desencadenar la guerra contra el Vietnam del norte comunista y engañar al Congreso estadounidense, o de la trama de las guerras secretas que se llevaron a cabo en Laos y Camboya en la más perfecta ilegalidad nacional e internacional, o incluso el inimaginable tonelaje de las bombas arrojadas durante esta segunda guerra de Indochina, la cantidad impensable de muertos y heridos, o del embargo que multiplicó los daños de esta larga guerra de independencia sobre la población civil, primera víctima de los últimos conflictos postcoloniales... Éstos son algunos ejemplos.

Silvia Cattori: En la década de 1970 recorrí Vietnam con el corazón destrozado. Admiré a esos frágiles médicos vietnamitas, los cuales operaban día y noche en la selva a las víctimas de los bombardeos estadounidenses que lanzaban continuamente sus mortales cargamentos. ¿Cómo son hoy los efectos del agente naranja en los seres humanos, la flora y la fauna en estos países de la antigua Indochina en los que residen ex combatientes y dónde se ha almacenado el producto?

André Bouny: La situación actual en Vietnam es simplemente catastrófica. Hace sólo unos días el vicepresidente de la Asamblea Nacional de Vietnam anunció que cuatro millones de personas estaban actualmente contaminadas.

Esto puede parecer descomunal y, sin embargo, proporcionalmente estas cifras están muy por debajo de, por ejemplo, las de los veteranos surcoreanos que han llevado el asunto a los tribunales… Ahora bien, ¡ellos no se vieron expuestos de una manera comparable a la situación en la que se sigue encontrando la población vietnamita! Tanto ex combatientes como población civil, sin distinciones, padecen enfermedades incurables y cánceres en un país en el que el acceso a la atención médica, cuando existe, es difícil.

Están además los recién nacidos que vienen al mundo con deformaciones monstruosas, ausencias parciales o totales de miembros y/o deficiencias mentales. Lo mismo ocurre en Laos y Camboya, países en los que faltan cruelmente medios para establecer, a semejanza de Vietnam, cuál es realmente la situación epidemiológica. Tanto en Estados Unidos, Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Corea del Sur como en torno a las bases militares en Filipinas en las que se almacenaba el veneno veteranos y civiles que fueron expuestos al agente naranja desarrollan los mismos males.

Por lo que se refiere al medio ambiente, la selva tropical desaparecida no se regenera y no se puede hacer que vuelva a surgir la selva tropical cuando los suelos erosionados han perdido sus nutrientes, generados por la propia selva y que le permiten crecer y existir: es una situación inextricable y desesperante. En Vietnam hay zonas enteras en las que se ha prohibido cultivar o que son de acceso prohibido, son los hots spots. Estos “puntos calientes” suelen ser antiguas bases militares estadounidenses que se extendían por superficies considerables –auténticas ciudades– en las que se almacenaba el agente naranja antes de trasvasarlo a los aviones o a aparatos terrestres, y cuyos alrededores eran ampliamente defoliados por razones evidentes de seguridad.

En lo que concierne a Estados Unidos, Canadá, Corea del Sur, Australia y Nueva Zelanda, el problema afecta más particularmente a los veteranos y en diversos grados a los lugares en los que se experimentaron los agentes químicos (o a veces se fabricaron, como en el caso de Nueva Zelanda) durante las pruebas para ponerlos a punto. La lucha de los veteranos de estos países, enfermos y con una descendencia paralelamente afectada, es más conocida porque en comparación con Vietnam estos países se benefician de estructuras sanitarias. Pero, aún así, la lucha de estos veteranos de países llamados desarrollados fue larga y feroz para obtener el reconocimiento de las relaciones de causa efecto entre el agente naranja y sus enfermedades. Y esta lucha sigue actualmente. Para la mayoría de los veteranos el reconocimiento y las indemnizaciones se siguen haciendo esperar.

Silvia Cattori: Usted describe detalladamente, con gran compasión y mucho tacto, la vida cotidiana de las víctimas y sus familias. ¿Existe esperanza para ellas?

André Bouny: La esperanza exige que se satisfagan tres puntos. Ante todo, que los medios de comunicación apoyen a las víctimas ante las opiniones públicas, sin lo cual los puntos siguientes serán inalcanzables: que se haga justicia, lo que implica unas indemnizaciones consecuentes y adaptadas; que finalmente los presupuestos económicos hagan avanzar a la ciencia en los dominios de descontaminación corporal y medioambiental (acabamos de saber que el genetista John Greg Venter acaba de controlar una bacteria). Las bacterias son la principal esperanza en lo que concierne a la descontaminación de los suelos. Más allá de eso, el presidente Barack Obama podría suavizar los ángulos de este asunto en relación a las cuestiones geopolíticas.

Silvia Cattori: En los Anexos de su obra usted hace un recuento de todos los principales documentales, libros y artículos sobre el tema, en francés e inglés. ¿Por qué hay tan pocos?

André Bouny: En las obras generadas por la Guerra de Vietnam este arma química se menciona brevemente y muy pocas veces es objeto de una página entera. En Estados Unidos existen obras consagradas al agente naranja, esencialmente en referencia a los veteranos nacionales. En 2005 la Asociación de Amistad Franco-Vietnamita publicó en francés una pequeña antología de trece autores especializados. En el cine, por su parte, si bien existen algunos documentales –con frecuencia a iniciativa personal– todavía no se ha dedicado ningún largometraje al tema. La película sobre este tema, programada en un canal de la televisión francesa, dura 75 minutos y está dedicada a las gestiones judiciales vietnamitas en tierras estadounidenses.

Sin duda existen razones objetivas para ello, pero también irracionales: ausencia de presupuesto para una obra que no proyectará la imagen de un Estados Unidos benefactor, autocensura con el objetivo de preservar un honor herido o de no alarmar o indignar a la opinión pública ante imágenes insoportables de niños monstruos. El crimen del agente naranja puede resurgir con ocasión de la urgente preocupación por preservar el medio ambiente que no se libra de ser un efecto de moda. Por otra parte, la utilización de congéneres químicos del agente naranja en los pesticidas utilizados en la agricultura industrial moviliza a la gente en relación con una alimentación que asusta, y con razón, con lo que se relacionan así los pesticidas con los recursos alimenticios actuales; por el contrario, el agente naranja se utilizó en Vietnam, Laos y Camboya para destruir los recursos alimenticios de ayer. Al cerrarse, este círculo une indisociablemente las obras El mundo según Monsanto, de Marie-Monique Robin; Soluciones locales para un desorden global, de Coline Serreau; y Agent Orange – Apocalypse Viêt Nam: un signo de los tiempos.

Silvia Cattori: Es muy valiente dedicarse a un tema que los poderes quieren ignorar. Es de augurar que su libro, que ya ha sido recogido por los nuevos medios de comunicación, tenga el recibimiento que merece en la prensa tradicional.

André Bouny: 2010 es el año de la biodiversidad. ¡Debería serlo cada año! Se constata una evolución del público hacia una mayor toma de conciencia, un interés por discernir y conocer mejor los perjuicios de nuestras sociedades industriales sobre nuestras propias vidas. Esta constatación implica al público y a los medios de comunicación, ya que ambos están íntimamente unidos.

Aunque, por desgracia, el agente naranja no sea un asunto del pasado puesto que en este instante siguen muriendo y naciendo víctimas, por supuesto existe un deber de memoria y, sobre todo, de reparación. Tengo confianza: los medios tradicionales no pueden permanecer al margen de un problema que concierne a millones de víctimas.

En mi opinión, Internet y los medios tradicionales no son antagonistas, como con frecuencia los últimos creen, sino complementarios. No tienen por qué temerse mutuamente: simplemente deben abolir la línea que les divide sobre ciertas informaciones. Si ciertas páginas web se benefician de una audiencia importante, también es un hecho que para que una información llegue al gran público debe ser revelada por los grandes medios tradicionales; Internet no los pueden sustituir, al menos todavía. Espero que las páginas web sean un intermediario, un paso hacia los medios que usted llama «alineados»; no soy ingenuo, aunque quizá soy demasiado optimista. Las ONG como Médicos del Mundo, Médicos sin Fronteras, Handicap International, WWF, la Cruz Roja, etc., también deben acercarse a las víctimas del agente naranja que necesitan a todos. Cada uno debe salir de su parcela.

La opinión pública es la única que puede ejercer una presión lo suficientemente fuerte como para obligar a sus representantes y a los responsables políticos a intervenir ante sus homólogos de todos los países y, en particular, de Estados Unidos. Las víctimas están entre nosotros, aunque muchas de las personas expuestas ya han muerto. Los niños inocentes que hoy, tres generaciones después de la guerra, nacen sin brazos ni piernas, o sin ojos, incluso sin cerebro o con dos cabezas (la cantidad de malformaciones no tiene límites), estos niños son nuestros semejantes en el sentido más laico del término. Callar equivale a apoyar el crimen. Además, cuando los criminales no sólo siguen impunes sino que además prosperan con sus crímenes, hay muchas posibilidades de que cometan otros en el futuro. Es necesario conocer el pasado para impedir que esto vuelva a suceder.

Silvia Cattori: En su libro relata cómo la acción que emprendieron en Estados Unidos las víctimas vietnamitas del agente naranja se saldó con una denegación de justicia, de la que apenas informaron los grandes medios, y usted menciona los intereses cruzados de los grandes grupos industriales, de las grandes potencias y de los poderes mediáticos para explicar este escandaloso silencio. El mismo silencio rodea hoy a las informaciones que han reunido algunos grupos de investigadores sobre los efectos de las armas de uranio empobrecido, cuyos trabajos sólo han conocido por el momento una difusión demasiado restringida para movilizar a la opinión pública. En vista de ello, ¿cómo seguir siendo tan optimista como usted parece ser? En su opinión, ¿cuales son los factores que podrían cambiar la situación de forma determinante?

André Bouny: Identificar bien los frenos a la justicia es una necesidad para ganar las causas en el terreno judicial. Es esencial la información sobre estos obstáculos, no sólo para denunciarlos sino para obtener el apoyo de la opinión pública, porque la justicia sólo se puede obtener si y cuando todos han comprendido bien la prueba de la injusticia. Pero nos encontramos en un círculo inmoral porque los intereses financieros unen a traficantes de armas y poderes mediáticos. A esto se añade la autocensura, consciente o inconsciente, fabricada por una ideología individualista la cual se basa en el milagro de un progreso perpetuo e ilimitado, que deja creer y aceptar que en el fondo nada es tan grave y que cualquier problema encontrará un día su solución y acabará por resolverse por sí mismo. Es un poco la misma mentira intelectual que la que consiste en creer que las fuentes de energía no renovables son inagotables y eternas.

Por lo que se refiere al optimismo, sé que hay periodistas curiosos y humanistas, ilustrados y valientes, como siempre los ha habido.

No se puede estar al lado de las víctimas y no creer en lo que se emprende por ellas, sin lo cual es inútil iniciar la menor acción que tenga por objetivo obtener unas mejores condiciones de vida para ellas. Por supuesto, la realidad puede aniquilar la esperanza. A veces ocurre también que el optimismo se desvanece o, más bien, se eclipsa. Pero si quienes apoyan a las víctimas mostraran un pesimismo resignado, ¿con quién podrían contar éstas?

La situación de las víctimas del agente naranja, como la de otras víctimas, sólo podrá cambiar si una información sostenida de manera duradera hace tomar conciencia de su existencia a la opinión pública internacional.


(*) Agent Orange – Apocalypse Viêt Nam , Collection Résistances, Éditions Demi-Lune, 2010.

Véase también el vídeo de presentación, http://www.dailymotion.com/video/xdrzgl_agent-orange-y-apocalypse-viet-nam_news


[1] En una entrevista concedida en octubre de 2009 a Candice Vanhecke y publicada con el título de «Guerras humanitarias: “la población es sensata, pero le falta información; los intelectuales tienen información, pero carecen a menudo de sensatez”», http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=2859, Jean Bricmont recordaba de la siguiente manera cuando los Verdes alemanes aprobaron los bombardeos de la OTAN en Serbia: «Después de la Segunda Guerra mundial, se hizo habitual en Alemania la consigna: "ninguna guerra saldrá de suelo alemán". Constatamos que es un principio que está totalmente liquidado. ¿Y quién liquidó este principio en Alemania? Los Verdes, en colaboración con la socialdemocracia. Eran ellos quienes gobernaban en ese momento y Joschka Fischer, que era ministro de Asuntos Exteriores, estaba a fondo con la guerra, totalmente, como Cohn-Bendit, dicho sea de paso. Sólo los Verdes, que habían militado contra los misiles en los años 80 y que eran “pacifistas” y “antifascistas”, podían legitimar una guerra librada, en parte, por Alemania contra un país que había ocupado durante la Segunda Guerra Mundial. Si otras fuerzas políticas alemanas hubieran hecho esto, las habríamos considerado sospechosas de revanchismo o de militarismo».

[2] Véase: «Mesures de la radioactivité dans des échantillons de sol serbe», H.W. Gabriel, ingeniero nuclear, y dr. Schalch, médico, Horizons et débats, Nº 25, 23 junio de 2008; «Mesure de la radioactivité d’échantillons de sol provenant de Serbie, 2e partie», H.W. Gabriel, ingeniero nuclear, y dr. Schalch, médico, Horizons et débats, No 11/12, 30 de marzo de 2009.

[3] Véase: «Les armes américaines de destruction massive et le génocide perpétré froidement contre les Afghans», Mohammed Daud Miraki, Horizons et débats, Nº 40, octubre de 2006.

[4] Véase: «A Fallujah, en Iraq, l’uranium appauvri et le phosphore blanc continuent de tuer les enfants», Joelle Penochet, legrandsoir.info, 17 de septiembre de 2009.

[5] Véase: Los diversos estudios publicados en la página web http://newweapons.org/ : «Los metales detectados en el cabello de los niños palestinos de Gaza indican la existencia de contaminación medioambiental», http://www.rebelion.org/noticia.php?id=102588; «Las armas de destrucción masiva utilizadas por Israel en Gaza», Mario Barbieri, Maurizio Barbieri y Paola Manduca, 17 de diciembre de 2009, http://www.rebelion.org/noticia.php?id=97253 ; «Newborn in Gaza with severe defects», Palestine News Network, 28 de enero de 2010; «Gaza, ¿un campo de exterminio?», Silvia Cattori, 15 de octubre de 2009. http://www.rebelion.org/noticia.php?id=93311 ; «Gaza:Des mères palestiniennes horrifiées par la naissance d’enfants difformes», Silvia Cattori, silviacattori.net, 30 septiembre de 2009.

[6] Véase: «Enriched and industrial uranium detected in civilians’ urine that were exposed to the dust of Israeli rockets», newweapons.org, 6 de marzo de 2008; «Israel Detonated a Radioactive Bunker Buster Bomb in Lebanon», Flaviano Masella, Angelo Saso, Maurizio Torrealta, Global Research, 11 de noviembre de 2006.

Fuente: http://www.silviacattori.net/article1270.html


BOLETIN DE "No gracias"




La OMS y las ´conspiraciones de la pandemia de gripe A

' Un articulo excelente del BMJ sobre el mal manejo de la incertidumbre y la falta de transparencia de los conflictos de intereses, en la gestión de la pandemia por parte de la Organización Mundial de la Salud. Ante preguntas sin respuestas convincentes con respecto al fundamento científico de las intervenciones epidemiológicas, preventivas y terapéuticas, han surgido las denominas 'teorías conspirativas'... Diego Reverte, médico jubilado, comenta: 'Cuando yo era joven, aprendí a considerar que los mensajes de la Organización Mundial de la Salud (OMS) eran algo serio que pretendía luchar por un mundo más saludable. También aprendí que la forma de demostrar con rigor científico la utilidad de cualquier medida sanitaria era la práctica por profesionales independientes de 'ensayos clínicos aleatorios doble a ciegas controlados' que habían introducido aquellos dos médico británicos a los que nunca se agradecerá suficientemente su trabajo: Sir Austin Bradford Hill y Sir Richard Doll. Ahora, la OMS es una organización desprestigiada mientras que las grandes multinacionales de farmacia financian, controlan y, si hace falta, manipulan los ensayos, que sirven para ganar cada vez más dinero y no para tratamientos más racionales y eficientes.'


Más sobre el curioso caso de la colchicina.

En julio de 2009, la FDA anunció oficialmente lo que los médicos saben desde hace tiempo, que la colchicina es eficaz en los brotes agudos de la artritis gotosa. La planta de la colchicina se utiliza en el tratamiento de la gota desde hace más de 3.000 años, y su uso en tabletas está en el mercado desde el siglo XIX, ahora como tratamiento de segunda línea. Sorprende, por tanto, que la FDA haya aprobado una nueva versión de la colchicina (Colcrys), otorgando al fabricante (URL Pharma) 3 años de exclusividad de mercado, sobre la base de que. a pesar de su longevidad, nunca había sido oficialmente aprobada para una indicación determinada, aunque la FDA había evaluado y aprobado una píldora con colchicina y probenecid (Laboratorios Watson) para su uso en la gota. Una vez obtenida la licencia, el fabricante de Colcrys demandó a las otras versiones de la colchicina para eliminarlas del mercado y aumentó el precio, de 0,09 dólares por pastilla a 4,85 (50 veces más). Los programas estatales de Medicaid, con 100.000 recetas de colchicina al año, pasarán de 1 millón a 50 millones de dólares anuales. El caso de la colchicina es muy expresivo, pone de manifiesto las graves limitaciones en la identificación de la innovación en el mercado farmacéutico. En el NEJM


Evaluación de la Rosuvastatina por el sistema GRADE

La Oficina de evaluación de Medicamentos del Servicio Extremeño de Salud. en su numero 1 de 2010. Recomendación del Sistema Grade de la Rosuvastatina (Crestor, AstraZeneca.: Hay algunos beneficios de resultados en salud frente a placebo pero son clínicamente irrelevantes en prevención primaria y aún más irrelevante en prevención secundaria. No hay demostrados beneficios con respecto a otras estatinas y su precio es de los más elevados, Resumen de las recomendaciones: En prevención primaria: débil en contra y en prevención secundaria: fuerte en contra



Agomelatina, un placebo a precio de oro.

En Notas Farmacoterapéuticas (vol 17, No 3). La Agomelatina es un nuevo fármaco para el tratamiento del trastorno depresivo mayor (TDM), con un mecanismo de acción diferente al de los antidepresivos ya existentes en el mercado. En los estudios de eficacia frente a placebo, no ha demostrado un beneficio clínico relevante. No se han encontrado estudios que comparen directamente agomelatina frente a otros antidrepresivos en el TDM. La incidencia de efectos adversos observados parece similar a la de otros antidepresivos, aunque se necesitan más estudios que evalúen su seguridad a largo plazo. Es necesario monitorizar la función hepática durante y tras el tratamiento por su posible hepatotoxicidad. Debido a la falta de datos tanto en seguridad como en eficacia, es difícil establecer su lugar en terapéutica. En base a la evidencia

disponible, agomelatina no aporta ventajas respecto al resto de antidepresivos con mayor experiencia de uso y un perfil de seguridad a largo plazo mejor establecido en el tratamiento del TDM.


La Comisión Europea insiste en la publicidad directa de los medicamentos de prescripción



Los ´vendedores´ de Chronic Care Model.

Es cierto que la atención a los pacientes crónicos es manifiestamente mejorable, aunque ya suponen el 80% del total de las consultas en AP; pero Chronic Care Model no es más que una adaptación de Disease/Case Management. Programas verticales que debilitan la atención primaria, caros en personal y en tecnología, centrados en los cinco problemas típicos, para los que se duplica la atención, sin que hayan demostrado su valía, y potenciados por los laboratorios farmacéuticos, que en algunos casos incluso se hacen responsables con tal de introducir sus fármacos... Sin embargo, en España cada vez hay más vendedores del modelo. Por ejemplo, la consultora Kroniker y el grupo antes dirigido por Rafael Bengoa (actual Consejero del País Vasco), el grupo de Aley Jadad (Center for Global E- Health Innovation de Toronto) contratado por instituciones oficiales como la Junta de Andalucía o el Ministerio de Sanidad, MSD, Kaiser Permanent o RAND Europa, con el proyecto DISMEVAL (financiado por la Unión Europea y coordinado por Ellen Notte). (por Juan Gérvas)









lunes, 5 de julio de 2010

Publicado por Miguel Jara el 2 de Julio de 2010

El consumo del fármaco Avandia, del laboratorio GlaxoSmithKline (GSK), utilizado para tratar la diabetes, aumenta el riesgo de sufrir infartos de corazón. A esta conclusión se ha llegado tras realizarse estudios recientes. Estos trabajos científicos han analizado 56 ensayos aleatorios en los que participaron un total de más de 35.500 personas y fueron publicados en el Archives of Internal Medicine. Como la enfermedad cardiovascular ya es la principal causa de muerte de los pacientes de diabetes tipo 2, el aumento en el riesgo por el consumo de este medicamento es significativo.

avandia

Otro de los trabajos fue realizado por David Graham, investigador del Centro de Evaluación e Investigación de Medicamentos, parte de la FDA, la agencia estadounidense de medicamentos. Graham fue uno de los primeros científicos gubernamentales en apuntar a los peligros cardiacos del rofecoxib (Vioxx), un analgésico del laboratorio Merck que se retiró del mercado en 2004 tras producirse miles de muertes por infartos de corazón en todo el mundo. El estudio de Graham revisa los expedientes farmacéuticos de casi 227.600 enfermos.

Investigaciones anteriores han mostrado que el fármaco aumenta el colesterol LDL y que también podría tener efectos genéticos negativos asociados con una enzima que participa en las rupturas de placa en el revestimiento interior de los vasos sanguíneos. Este mes de julio la FDA decidirá el futuro del medicamento, éxito de ventas para GSK.

La pregunta es obvia: ¿hasta cuando van a seguir permitiendo las agencias de medicamentos que se vendan en el mercado fármacos que años después se demuestra que son nocivos?

En 2007, un comité asesor de la FDA declaró que Avandia aumentaba el riesgo de ataques cardiacos pero no llegó a recomendar que se retirara de las farmacias. En febrero de este año, la FDA apuntó que seguía revisando los documentos sobre el preparado pero que no estaba lista para tomar ninguna decisión todavía.

Más info: En el libro Traficantes de salud. Cómo nos venden medicamentos peligrosos y juegan con la enfermedad (Icaria, 2007).

lunes, 28 de junio de 2010

CUANDO LOS MEDICOS COBRAN COMISIONES....

Los médicos recetan los medicamentos más caros a los pensionistas

Los médicos recetan los medicamentos más caros a los pensionistas

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Los médicos en España recetan medicamentos más baratos a pacientes activos y más caros a los pensionistas -que no pagan por sus medicamentos-, según las conclusiones de un estudio realizado por un grupo de investigadores en Economía de la Salud sobre datos procedentes de ocho comunidades autónomas y de más de 1.900 observaciones correspondientes a áreas de salud y medicamentos.

Se analizaron 17 tipos de fármacos correspondientes a dos grandes familias: cardiovasculares (para controlar la tensión arterial y el colesterol, por ejemplo), y psicofármacos (antidepresivos, hipnóticos...).

La catedrática de Economía Aplicada en la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, Beatriz González López-Varcárcel, explicó que el médico, en su ejercicio diario, ejerce un doble papel de agente. "Por un lado, del paciente, buscando beneficiarle al máximo posible; pero por otro, también desempeña un rol de agente del Sistema Nacional de Salud, velando por mantener la sostenibilidad del sistema y haciendo un uso racional de los recursos disponibles".

Así, constató, junto a otros investigadores -Julián Librero, Salvador Peiró y Gabriel Sanfélix-, que "cuanto más caro es el medicamento para el paciente, más se preocupa el médico de buscarle una alternativa más barata". De este modo en el caso de los pacientes que tienen que pagar por su medicamento, los médicos se afanan para recetarle el menos costoso. Sin embargo, no ocurre así en el caso de los pensionistas y en el del grupo de fármacos sin coste para la población, en el que los galenos recetan medicamentos más caros que otros con iguales características y menor precio.

Según esta experta, "es algo que hasta ahora no se había investigado y que tiene una trascendencia muy importante para la toma de decisiones en la gestión sanitaria, puesto que afecta en gran medida al gasto en medicamentos de la Sanidad española".

Beatriz González señaló dos conclusiones derivados del estudio: "El médico es más agente del paciente que del sistema sanitario en su conjunto y se está recetando de forma diferente a pensionistas y pacientes activos, tan sólo porque unos no tienen que pagarse el fármaco y los otros sí".

Ante esto, "merece la pena que el sistema sanitario se plantee cómo gestionar esta situación", mantuvo y en ese sentido, consideró que "quizá unas medidas que puedan ayudar a paliar esta realidad pueda ser la implantación de sistemas de incentivos para los prescriptores de recetas, así como de protocolos y guías de prescripción más estrictos en el conjunto del Sistema Nacional de Salud".