HOMO ERECTUSLa pereza del Homo erectus influyó en su extinción
Un estudio de la Universidad Nacional Australiana se apoya en las evidencias halladas en las excavaciones arqueológicas que se realizaron en 2014 en el yacimiento de Saffaqah (Arabia Saudí).
La pereza contribuyó, en parte, a la extinción del Homo erectus, un homínido extinto que habitó la Tierra en un período que abarca entre unos 1,8 millones de años y 350.000 años antes de nuestra era, informaron hoy fuentes científicas.
El estudio de la Universidad Nacional Australiana, publicado en la revista científica PLoS One, se apoya en las evidencias halladas en las excavaciones arqueológicas que se realizaron en 2014 en el yacimiento de Saffaqah (Arabia Saudí) sobre las antiguas poblaciones humanas que datan de la Edad Temprana de Piedra.
La investigación reveló que esta especie extinta utilizó "estrategias de menor esfuerzo" para fabricar herramientas y recolectar su materia prima en ese lugar de la Península Arábiga, según el estudio de la Universidad Nacional Australiana (ANU, en inglés).
Las evidencias de ese yacimiento arqueológico muestran que sus herramientas "eran comparativamente de menor calidad" que las que produjeron especies como los primeros Homo sapiens o los Neanderthals.
Shipton remarcó que las evidencias recolectadas en Saffaqah muestran que los Homo erectus fabricaban sus herramientas con las rocas que encontraron cerca de su campamento en lugar de desplazarse un poco más lejos a una cantera con material de mejor calidad.
"Ellos sabían que estaban allí (cuesta arriba), pero parece que debido a que ya tenían suficiente recursos adecuados pensaron que no debían molestarse", comentó el experto.
"Realmente da la impresión de que no se hubieran esforzado ni tampoco dan la sensación de ser exploradores que miraron al horizonte ni de tener la misma capacidad de maravillarse como nosotros", comentó Shipton en un comunicado de la ANU.
Esta "pereza" se sumó a la incapacidad de adaptarse a los cambios climáticos de esos Homo erectus, lo que probablemente fue clave en su extinción, según Ceri Shipton, autor del estudio.
"No hubo un progreso del todo y sus herramientas nunca se encontraron muy lejos de los que ahora son lechos de los ríos secos. Creo que al final el ambiente fue demasiado seco para ellos", dijo el académico de la ANU.
Los restos de sedimentos del ambiente que los rodeaba muestra que éste cambiaba, pero éstos seguían comportándose y haciendo lo mismo en lugar de adaptarse.
¿Bóxer o slip? la pregunta típica que ahora, por fin, tiene respuesta. A pesar de lo que algunos creen, esta no es una cuestión de moda, si no de salud reproductiva. La revista científica Human Reproduction nos otorga la solución al dilema gracias a la investigadora Lidia Mínguez. La alicantina, que actualmente trabaja en el Departamento de Salud Ambiental de la Universidad de Harvard, realizó un estudio sobre 656 pacientes con problemas reproductivos.
Este estudio ha conseguido demostrar que el uso de slip empeora significativamente la calidad del semen y provoca un descenso del 25% en su concentración. Por el contrario, los hombres que usan boxer tienen un 17% más de esperma y un 33% más de espermatozoides ‘nadadores’en una eyaculación.
Los beneficios del uso del bóxer ya eran conocidos anteriormente, sin embargo, este es el estudio más amplio sobre el tema y ha develado algunos datos desconocidos hasta el momento, como que el cuerpo intenta compensar la baja calidad del semen del usuario de slips produciendo en mayor medida la hormona FSH, encargada de producir mayor cantidad. Según Mínguez este "es un mecanismo compensatorio que no se había descrito hasta ahora”.
Tampoco jacuzzis o ciclismo habitualmente
En consecuencia, si uno desea mantener o aumentar su fertilidad, es recomendable evitar ciertos hábitos como la utilización de slip, bañarse en jacuzzis o practicar ciclismo habitualmente. La explicación se encuentra en la temperatura óptima para los testículos. El esperma moriría a los 37º C de nuestro cuerpo, "esa es la razón por la que los testículos están fuera, para poder estar a dos grados menos", asegura la investigadora. Por ello, cuanto más ajustado es un calzoncillo peor resulta para la calidad del esperma.
Pero Mínguez puntualiza: "Hablamos de probabilidades, puede ocurrir perfectamente que llegue la persona con los calzoncillos más apretados del mundo y un superesperma". Además, la alicantina evita el alarmismo con un dato apenas conocido para la mayoría de las personas: "La espermatogénesis tarda alrededor de tres meses, por lo que basta ese tiempo para revertir el efecto perjudicial de los mismos".
Otras investigaciones sobre el semen
Lidia Mínguez trabajó en Murcia antes de trasladarse a los Estados Unidos. Allí se quedó horrorizada al descubrir, a través de la investigación de su tesis doctoral, que la calidad del semen de los jóvenes murcianos es “catastrófica”. Cinco años después continúa trabajando para solucionar la falta de concienciación: "En ese primer estudio, los participantes me decían: 'A mí no me digas mis resultados, que me rayo'".
En otra investigación reciente, la investigadora ha demostrado los beneficios del consumo de pescado para la calidad del semen a pesar de la alta concentración de emrcurio en algunos pescados contaminados: "Es porque los beneficios del omega 3 del pescado superan a los perjuicios del mercurio".
Actualmente, Mínguez continúa estudiando desde Harvard la relación de distintos químicos con el estilo de vida y la dieta.
Manifestantes a favor de la despenalización del aborto, concentradas en la Plaza del Congreso, en Buenos Aires. EFE/David Fernández
No es cierto que penalizando la interrupción del embarazo se impida abortar a la mujer. A las mujeres no se nos puede impedir que abortemos. No he conocido a ninguna mujer que, decidida a hacerlo, no lo haya hecho. Conocemos, eso sí, aquí, en Argentina y en cualquier otro lugar, muchachas que han perdido el útero, mujeres desangradas, mutiladas e incluso muertas. La cuestión no es si la mujer aborta o no. La mujer aborta, punto. Sea católica, musulmana, judía, pobre, rica, joven, madura, monja o mediopensionista. La cuestión es cómo lo hace, en qué condiciones. En cuanto a las niñas, el asunto es feroz, porque se las obliga a parir. Con diez, doce, catorce años. Se las obliga a gestar y a parir, en la inmensa mayoría de los casos tras sufrir violaciones. Y a eso le llaman pro-vida.
Así pues, siendo lo anterior innegable en el caso de las mujeres más o menos adultas, queda meridianamente claro de qué va la negativa a legalizar el aborto: No se trata de impedir que interrumpan su embarazo, sino de un castigo contra la mujer por el simple hecho de reclamarse soberana de su cuerpo, de exigir el manejo de su propia maternidad, su autonomía a la hora de ser.
A nadie se le escapa que en el centro de todo este asunto se encuentra la Iglesia. La Iglesia católica, en el caso de España y Argentina, cuyo Senado acaba de rechazar la despenalización del aborto. La capacidad de repartir prebendas, de lobby, la penetración de los partidos políticos y las instituciones públicas por parte de la Iglesia es la herramienta. Pero en el caso de España, muy en particular en su labor “educativa”. Como ya expliqué en un artículo aquí mismo, en España hay alrededor de 4.000 centros privados concertados. De ellos, el 65% pertenecen a la Iglesia católica. Esto supone que más de un millón de escolares se forman cada año en dichas instituciones. O sea, que se forman en un relato que no solo castiga el hecho de ser mujer (Eva, origen de la mujer, es culpable de todos los males y la virginidad es la madre de todas las virtudes) sino que adoctrina en la afirmación de que la posibilidad de que una mujer decida sobre su propio cuerpo y sobre su maternidad es una abominación y va contra la vida. No entraré a discutir qué entiende esa gente por “vida”, pero sí que mientras millones de ciudadanos y ciudadanas alcancen la edad adulta habiendo sido de tal manera adoctrinados, la lucha por los derechos de la mujer es un camino extraordinariamente difícil y frustrante.
Alguien podría argumentar que cada familia tiene derecho a que sus hijos se eduquen según los criterios que les venga en gana. Por supuesto que no, ya que una sociedad debería impedir que la educación perpetúe discriminaciones, y en el caso de la Iglesia católica la discriminación de la mujer, así como de toda opción sexual diferente de la heterosexualidad, es palmaria. Pero más allá de eso, y mucho peor, debemos plantearnos con urgencia los más de 4.000 millones y medio de euros que el Estado destina a la Iglesia católica en concepto de “educación”. Mientras el Estado sufrague la educación en la desigualdad, la discriminación y la penalización de la mujer por ser mujer en general, y por hacer el uso de su cuerpo que le venga en gana en particular, mientras esto siga siendo así, la vida de las mujeres corre peligro, y es una vida peor, más ardua y dolorosa que la de los hombres.
Los mismos gobiernos (en este caso los socialistas) que dicen apoyar la despenalización del aborto son los que siguen hinchando las arcas católicas para que eduquen a la ciudadanía del futuro en lo contrario. ¿Para qué? Pues como ya es evidente que la mujer que quiere abortar, aborta, lo hacen como forma de castigo. Los gobiernos conservadores y las instituciones religiosas, sí, pero también aquellos que siguen nutriendo de dinero a la bestia.
La hidatidosis está más presente entre la población de lo que se pensaba
La hidatidosis es una enfermedad parasitaria vinculada al contacto con animales en entornos rurales y doblemente olvidada porque se piensa que la higiene ha hecho que pase a la historia. Sin embargo, no es así, según un estudio internacional, en el que han participado cerca de 25.000 personas de Bulgaria, Rumanía y Turquía. La investigación, que se enmarca dentro de un amplio proyecto europeo con participación española, ha detectado quistes hidatídicos en personas de todas las edades.
Ovejas en Rumanía. / Pixabay
La hidatidosis es una grave patología parasitaria causada por larvas de un tipo de gusano denominado Echinococcus granulosus que puede pasar del perro al hombre a través de hospedadores intermedios como el ganado, especialmente, las ovejas.
Hasta ahora existían muy pocos datos epidemiológicos de esta enfermedad parasitaria que afecta tanto a animales como al ser humano y que, lejos de erradicarse, sigue muy presente en la población rural de Bulgaria, Rumanía y Turquía, países que abarca esta investigación, y probablemente también en otros contextos.Un grupo internacional de investigadores en el que participa el Instituto de Recursos Naturales y Agrobiología de Salamanca (IRNASA, centro del CSIC) ha publicado un estudio en la revista The Lancet Infectious Diseases que demuestra que la prevalencia de la hidatidosis es más alta de lo que se pensaba.
Tras realizar pruebas ecográficas a cerca de 25.000 personas de forma voluntaria en los años 2014 y 2015, los investigadores hallaron quistes hidatídicos en el 0,41% de los casos tanto en Rumanía como en Bulgaria y en el 0,59% en Turquía. Los diagnósticos de la enfermedad incluyen todas las edades, también niños, y todas las provincias estudiadas.
El trabajo se enmarca dentro del proyecto europeo HERACLES, que finalizará el próximo mes de septiembre tras cuatro años de investigaciones. Entre los diversos objetivos de esta iniciativa, uno de los más importantes era la realización de un cribado poblacional en los tres países elegidos, que se llevó a cabo con ecógrafos portátiles, al tiempo que se adiestraba al personal sanitario de las zonas rurales en el manejo de estos aparatos, que sirven para diagnosticar muchas otras enfermedades. Una vez finalizado el proyecto, el equipamiento se donaba a centros de salud locales y los pacientes eran derivados a los hospitales correspondientes para su tratamiento.
Por lo tanto, “este proyecto tenía un gran valor añadido”, destaca Mar Siles, firmante del artículo y directora del IRNASA. En cuanto al estudio epidemiológico en sí mismo, no se había hecho antes de forma tan amplia. "Queríamos definir cuántos habitantes sufrían esta enfermedad entre la población rural y se ha visto que el porcentaje era bastante más grande de lo esperado según las referencias que teníamos”, añade.
Una enfermedad doblemente olvidada
“Es una enfermedad olvidada”, asegura la investigadora, “pero en los países desarrollados está doblemente olvidada porque la gente cree que ya no existe y no es verdad”. Gracias a la higiene, los casos se han reducido notablemente en las últimas décadas en países como España, pero aún así “yo recibo dos o tres llamadas al año de pacientes crónicos que han llegado a casos extremos en los que incluso se plantean amputaciones”.
Además, “las estadísticas oficiales subestiman claramente el número de personas afectadas”, tal y como evidencia este estudio. Aunque los datos pertenezcan a Bulgaria, Rumanía y Turquía, es probable que en el oeste del continente europeo la situación también esté subestimada.Como en otras enfermedades olvidadas, el escaso número de pacientes hace que no tenga interés económico y que resulte casi imposible acceder a financiación para realizar estudios tanto epidemiológicos como de diagnóstico y tratamiento, que presentan todavía muchas dificultades. En este sentido, el carácter de enfermedad olvidada hace que falten especialistas con un conocimiento profundo de esta patología, necesarios para una atención adecuada a los pacientes.
“Está muy extendida la idea de que ya no existe, que solo hay pacientes residuales de hace 30 años, pero aquí también hemos hecho estudios y hemos visto que aún hay transmisión, evidenciada por la presencia de casos pediátricos autóctonos. El problema es que tarda mucho en dar síntomas, puedes contraer la enfermedad y que pase más de una década antes de que se manifieste”, comenta la experta.
Un proyecto europeo con excelentes resultados
La revista The Lancet Infectious Diseases le ha querido dar especial relevancia a esta investigación colocándola en su portada del mes de julio de 2018, además de dedicarle un editorial. “Consideran que ha sido extraordinario que hayamos obtenido financiación para estudiar esta enfermedad que no importa a nadie más que a los pacientes”, destaca Mar Siles.
Mar Siles y la técnico de laboratorio María González. / DiCYT
El balance del proyecto HERACLES es “muy positivo” en todos sus aspectos, no solo en la parte de investigación epidemiológica. “Se ha creado un registro europeo de pacientes y la Organización Mundial de la Salud nos ha solicitado una guía de manejo clínico muy práctica que servirá para orientar a los médicos”, comenta.
El IRNASA ha colaborado en todas las vertientes del proyecto, pero especialmente en las relacionadas con la biología molecular, como el desarrollo de nuevas dianas para el diagnóstico, y también en la creación de una colección de muestras de la enfermedad.
Otro de los aspectos destacados del proyecto se centró en la búsqueda de nuevos fármacos, en concreto, en “una nueva formulación que permite aumentar la solubilidad de un compuesto que ha sido patentada dentro del proyecto”. Ahora esta parte del trabajo puede derivar en un nuevo proyecto europeo para el que ya se ha solicitado financiación dentro del programa Horizonte 2020. El objetivo sería comenzar a realizar ensayos con pacientes.
Referencia bibliográfica
Tamarozzi, Francesca et al. (2018). "Prevalence of abdominal cystic echinococcosis in rural Bulgaria, Romania, and Turkey: a cross-sectional, ultrasound-based, population study from the HERACLES project". The Lancet Infectious Diseases 18(7): 769–778 julio de 2018. DOI: https://doi.org/10.1016/S1473-3099(18)30221-4
jueves, 9 de agosto de 2018
El espermatozoide tiene más funciones que el transporte de ADN al embrión
Un equipo de investigadores ha analizado proteínas del espermatozoide humano para identificar su origen y determinar su relevancia durante la fecundación, la embriogénesis y la herencia epigenética. Los científicos han podido identificar las proteínas que tienen un origen paterno y demuestran que el espermatozoide tiene una función más allá del transporte del ADN.
De izquierda a derecha, Meritxell Jodar, Rafael Oliva y Judit Castillo / Francisco Avia - Hospital Clínic
Hasta hace poco el papel y la contribución del espermatozoide en el embrión se había minimizado a la transmisión del genoma paterno. Las nuevas tecnologías de secuenciación aportan nuevas herramientas para descifrar los mecanismos moleculares involucrados en la función del espermatozoide y evidencian que el gameto masculino es algo más que un vehículo para transportar la mitad del ADN del nuevo individuo.
De hecho, se ha encontrado que el espermatozoide lleva en el ADN diferentes marcas epigenéticas que pueden ser cruciales en el desarrollo temprano del embrión y la futura salud de la descendencia.
“En este estudio hemos encontrado 560 proteínas del espermatozoide que están involucradas en la modulación de la expresión génica a través de la regulación de procesos de transcripción, metilación del DNA y de las modificaciones en las marcas de las histonas, entre otros“, explica Meritxell Jodar, profesora asociada de la Facultad de Medicina y Ciencias de la Salud de la Universidad de Barcelona e investigadora de la Fundación Clínic.Conocer la composición proteómica de los gametos es esencial para entender las funciones reproductivas. La mayoría de las proteínas del espermatozoide están relacionadas con la espermatogénesis y la función del espermatozoide, pero también se han detectado grupos de proteínas que pueden tener un papel clave en la etapa de post-fertilización. Hasta ahora se han identificado 6.871 proteínas en el espermatozoide, 1.376 en el ovocito y 1.300 en blastocitos. Analizando más en detalle el proteoma del espermatozoide, hay 103 proteínas que tienen un papel en el proceso de fertilización y 93 están relacionadas con el desarrollo de los embriones tempranos.
“Estas proteínas podrían ser críticas en la regulación de la expresión génica tras la activación del genoma del embrión y, por tanto, podrían estar involucradas en la transmisión epigenética de fenotipos alterados asociados a los hábitos y estilo de vida del padre“, añade.
“El análisis integrado de los proteomas y transcriptomas del espermatozoide, el ovocito y el blastocisto, reveló un conjunto de proteínas en el embrión que tienen, exclusivamente, origen paterno. Algunas de ellas son cruciales para la correcta embriogénesis en la modulación del fenotipo de la descendencia“, explica Judit Castillo, investigadora del Institut d'investigacions Biomèdiques August Pi i Sunyer (IDIBAPS). “Por otra parte, el análisis de la expresión de las proteínas del espermatozoide, a nivel de RNA y proteína, en tejidos del tracto reproductivo masculino y de órganos periféricos, sugiere que algunas de las proteínas pueden tener origen fuera del testículo“, añade.En este estudio, publicado en la revista Human Reproduction Update, también se ha realizado un análisis integrativo que ha permitido ampliar el conocimiento del papel del gameto masculino (su biología y función) en la generación del nuevo individuo.
Rafael Oliva sostiene que “ahora hemos hecho el análisis integrativo de datos ya publicados y datos propios del grupo y se ha elaborado el primer listado de proteínas que tienen un origen paterno. Los datos sugieren que las proteínas del espermatozoide son cruciales en la fertilización y la embriogénesis. Ahora hay que validar el listado y detallar su función a lo largo del proceso reproductivo“.
Las extrañas prácticas sexuales de las prostitutas de la Antigua Roma
Las meretrices solían utilizar grandes pelucas rubias y se afeitaban y pintaban de rojo sus partes íntimas. Además, trabajaban habitualmente en burdeles apestosos regentados por un cruel proxeneta
Para los romanos la prostitución navegaba entre dos peligrosas aguas. A nivel social era vista como un mal necesario. Ejemplo de ello es que autores como Catón el Viejo (234-149 a. C.) la definieron como una auténtica bendición debido a que permitía a los jóvenes dar rienda suelta a sus más bajos deseos sin «molestar a las mujeres de otros hombres». Con todo, tan real como esta visión es que, según explica la doctora en historiaLucía Avialen «Breve historia de la vida cotidiana en el Imperio Romano» (Nowtilus, 2018), «los romanos situaron a las personas que ofrecían su cuerpo por dinero en los espacios más despreciables de la sociedad».Las películas de Hollywood son el cielo y el infierno de la divulgación histórica. Por un lado, permiten dar a conocer períodos olvidados de nuestro pasado al gran público. Por otro, en algunos casos caen en exageraciones que generalizan ideas erróneas entre los espectadores. Esto último es lo que ha ocurrido con la prostitución en la Antigua Roma. Una práctica que en la gran y en la pequeña pantalla se rodea de lujo y de glamour pero que, en realidad, solía llevarse a cabo en tugurios pestilentes y bajo la atenta mirada de un proxeneta ansioso de que el «servicio» terminara para que pasara el cliente siguiente. Otro tanto sucedía con unas meretrices que carecían de lujos y que eran consideradas, de forma literal, la «infamia» de la sociedad.
¿Cuál es la verdad de la prostitución en esta época? La realidad es que esta práctica fue evolucionando durante la República y el Imperio. Además, lo que sí está claro es que el «oficio más viejo del mundo» aparece ya en los orígenes de la propia ciudad. Así lo afirma la historiadora Carmen Herreros González en su dossier «Las meretrices romanas: mujeres libres sin derechos». Y es que, en sus palabras, los mismos fundadores de Roma fueron amamantados por una trabajadora del sexo. «En efecto, la tradición habla de una loba, la lupa, que en latín no quiere decir sino puta y que se refiere a la que, habiendo hecho gozar al dios Marte, recibió en recompensa por el placer proporcionado casamiento con un hombre inmensamente rico», explica la autora.
Mal necesario
Desde ese momento la prostituta es una figura que se puede encontrar de forma perpetua en Roma. Sin embargo, no fue hasta la Segunda Guerra Púnica (aquella en la que Aníbal plantó cara a las legiones entre los años 218 a. C. y 201 a. C.) cuando se empezó a entender la lujuria como una parte del ocio del ciudadano. Así lo afirma Rubén Montalbán, investigador del Departamento de Antropología, Geografía e Historia de la Universidad de Jaén, en su informe «Prostitución y explotación sexual en la Antigua Roma»: «A partir de entonces aparece como un elemento indisociable de la vida romana. Se observaba como una actividad necesaria para evitar peligros a las matronas [mujeres con un comportamiento irreprochable] casadas».
El mismo comediante Plauto (254 a. C. - 184 a. C) dejó claro esta visión de la prostitución en uno de sus múltiples textos: «Nadie dice no, ni te impide que compres lo que está en venta, si tienes dinero. Nadie prohíbe a nadie que vaya por una calle pública. Haz el amor con quien quieras, mientras te asegures de no meterte en caminos particulares. Me refiero a que te mantengas alejado de las mujeres casadas, viudas, vírgenes y hombres y éfebos hijos de ciudadanos.
Pintura mural de un prostíbulo
De la misma opinión era el escritor del siglo I Valerio Máximo, quien narró una curiosa historia en la que un padre decidió enviar a su hijo a un lupanar para que se desfogara y dejara de importunar a una mujer que ya compartía la vida con otro hombre.
El propio Catón el Viejo (también apodado «el Censor» por su defensa de la virtud y la moral romana) veía positiva la existencia de los lupanares. En una ocasión incluso felicitó a un joven al que vio salir de un prostíbulo ya que, con aquella práctica, evitaba molestar a una matrona. La misma Herreros, en su estudio «Sequere me: tras la huella de las prostitutas en la Antigua Roma», desvela que «incluso los hombres casados eran justificados» cuando mantenían relaciones sexuales con una meretriz porque, así, «saneaban su matrimonio». «Esto demuestra que actuaban en favor de la salud pública», afirma el historiador Jean-Noël Robert en «Eros romano: sexo y moral en la Roma antigua».
Los romanos creían que la prostitución evitaba que los jóvenes molestaran a las mujeres casadas
Sin embargo, aunque la prostitución era entendida como un mal necesario, la meretriz («meretrix», la que «se ganaba la vida ella misma») era despreciada por el ciudadano de a pie. «En la sociedad romana, la infamia era el principal rasgo que caracterizaba a este oficio, ya que se consideraba que las prostitutas carecían de dignidad moral precisamente por el hecho de ejercer la prostitución», señala Avial. En sus palabras, estaban en el escalón más bajo de la sociedad debido a que «ponían a la venta su cuerpo sin dedicarlo exclusivamente a la procreación, como hacían las demás mujeres».
Herreros añade que estas mujeres eran consideradas «personas torpes», «apelativo que hacía referencia en el derecho romano tanto a la bajeza moral como a la incapacidad de ser titular de ningún derecho».
Tipos de prostitutas
¿Cómo llegaba una mujer romana a convertirse en una prostituta? Lo más habitual es que, tanto en la época de la República como del Imperio, la meretriz proviniera de una familia extremadamente pobre que había decidido abandonarla al nacer. También podían ser pordioseras, esclavas que eran obligadas a vender su cuerpo o delincuentes. Con todo, Herreros desvela que también había ciudadanas libres que se sentían atraídas por este tipo de vida o jóvenes violadas que optaban por este trabajo tras haber soportado la marginación. «Estas últimas sufrían un estigma social que las culpaba a ellas de la violación», añade Avial.
Dentro de estos grupos había diferentes categorías. La más alta era la de cortesana. Estas eran prostitutas de lujo bellas, refinadas y con buenos modales que podían pasar meses con sus clientes. Solían ser respetadas por los hombres que las contrataban y hasta se les permitía participar en las conversaciones masculinas y dar su opinión (algo impensable para el resto de meretrices).
Pintura de un lupanar romano
Con todo, debían mostrar a su cliente el mismo respeto que tendrían a su marido, un comportamiento que no era habitual en el resto de prostitutas. «En ningún caso este respeto debe confundirse con el “affectio maritalis” [el amor que se profesan las parejas], porque lo que estaba en juego era realmente la profesionalidad de la prostituta», explica la propia Herreros y la también historiadora Mari Carmen Santapu Pastor en su estudio conjunto «Prostitución y matrimonio en Roma ¿Uniones de hecho o de derecho?».
A continuación estaban las mesoneras o venteras, mujeres que no eran prostitutas como tal, pero que regentaban una posada y decidían ganarse un dinero extra manteniendo relaciones sexuales con los clientes. De hecho, era habitual que los romanos asociaran el oficio de tabernera con el de meretriz. «Estas mujeres solían estar casadas, pero a los maridos no les importaba» completan las autoras. La última categoría era la de aquellas jóvenes que no tenían dinero para sobrevivir o esclavas que mantenían relaciones sexuales en un burdel.
Dependiendo del prestigio de la prostituta en cuestión, los clientes solían pagar entre dos y dieciséis ases (lo que equivalía a un denario de plata) por mantener una relación sexual con ella. La característica principal era que siempre se entregaba el dinero por adelantado. Solo para hacernos una idea de lo que costaba un «servicio», los legionarios romanos cobraban, a principio del siglo II, un sueldo de 300 denarios al año. Al menos, así lo explican Joël Le Gall y Marcel Le Glay en su libro «El imperio romano», editado por Akal.
La dureza del prostíbulo
De entre todos los lugares en los que se solía practicar el sexo con prostitutas, los «fornices» («prostíbulos») eran los más populares. Eran tugurios ubicados en los barrios más concurridos. En palabras de Herreros, en el Subura (entre las colinas del Quirinal y Viminal) se hallaban las meretrices más populares, mientras que en el Trastévere (el corazón de la ciudad) se podían encontrar los burdeles más sucios y pestilentes.
«El superpoblado barrio de Subura es el que poseía la peor fama de toda Roma, siendo el refugio de ladrones, sicarios, lanistas, lenones y prostitutas de la más baja condición social», completa Montalbán. Según Plauto, en este último era posible «alquilar a las prostitutas más baratas» y se podía ver a padres prostituyendo a mujeres e hijas para sobrevivir. «En estos barrios de calles estrechas habitaban en pequeñas insulae las prostitutas de la condición social más baja, sin higiene alguna y compartiendo habitaciones normalmente con compañeras de oficio, debido a los altos precios que debían pagar por los alquileres», añade Montalbán.
El barrio en el que se encontraban las prostitutas que prestaban servicios más baratos era el de Subura, un auténtico nido de depravación
En todo caso, era muy sencillo toparse los prostíbulos una vez dentro de los barrios, ya que los dueños ubicaban en sus puertas un falo de piedra pintado en rojo bermellón. «El pene erecto se consideraba un símbolo de buena suerte, por lo que era muy habitual encontrarlo también en los carteles que indicaban los servicios que allí se ofrecían», añade la autora de «Breve historia de la vida cotidiana en el Imperio Romano».
El interior de los prostíbulos era repugnante ya que, además del mal olor, sus paredes estaban decoradas con pintadas obscenas hechas a mano por los clientes. Las prostitutas trabajaban en pequeñas «cellae» o habitaciones donde recibían a los clientes. En la puerta de las mismas, el dueño podía poner el nombre de la meretriz (que solía ser falso) y su especialidad sexual. Estas estancias, al igual que las exteriores, eran pintadas con escenas obscenas.
En los lupanares reservados a la plebe, los más paupérrimos, las «cellas» eran más bien cuevas o cavernas subterráneas abovedadas llamadas «fornis» Horacio, escritor de la época, afirma que estas estancias despedían un hedor nauseabundo que aquellos que pasaban por ellas llevaban consigo mucho tiempo después.
El personaje más controvertido de todo el prostíbulo era el «leno» («chulo»). A efectos prácticos era el dueño del local y el encargado -entre otras cosas- de contratar o comprar a las esclavas que ejercerían la prostitución. «Tenía muy mala reputación porque se trataba de un hombre sin escrúpulos. Se caracterizaba por la falta de honradez y por el hecho de que no podía acceder a los cargos públicos», desvela Herreros.
A su vez, era el encargado de controlar que los clientes no excedieran el tiempo establecido para el coito. «A esto debemos añadir que el acto sexual en el mundo romano no contaba con los preámbulos amorosos que hoy día parecen fundamentales», completa la experta. Ejemplo de ello es la inscripción que se puede leer, todavía a día de hoy, en un lupanar de Pompeya: «Llegué aquí, follé, y regresé a casa».
Para terminar, el «leno» también contaba con varias fichas o monedas en la que había grabada una posición sexual. A pesar de que existe cierta controversia alrededor de las mismas, es más que probable que fueran utilizadas por el «chulo» para que los clientes extranjeros pudieran seleccionar la «especialidad» que querían recibir.
Prácticas sexuales
Más allá de la tiranía del «chulo», lo que está claro es que las prostitutas eran las protagonistas indiscutibles. Todos los autores coinciden en que las meretrices solían ubicarse en la puerta de los lupanares para tratar de atraer clientes. Para ello iban ataviadas con túnicas cortas de colores chillones o incluso transparentes. Lo más curioso es que no se ponían estos vestidos solo por llamar la atención de los hombres, sino porque, según la ley, debían usar una ropa diferente a la de las matronas para evitar malos entendidos. A pesar de todo, según fueron pasando los años las «mujeres decentes» (como eran conocidas) fueron adoptando estos ropajes.
A su vez, y después de que las conquistas de las legiones llevaran hasta la ciudad a mujeres rubias, era habitual que las prostitutas se tiñeras los cabellos de este color o -si no disponían del dinero suficiente- se compraran una peluca. «Esta blonda peluca hecha con cabellos o crines dorados, teñidos, parece haber sido la parte esencial del disfraz completo que la cortesana se ponía para ir al lupanar, donde entraba con un nombre de guerra o el de profesión», desvela Juan Pons en su decimonónica «Historia de la prostitución en todos los pueblos del mundo: desde la antigüedad más remota hasta nuestros días». Este complemento lo mantenían incluso en el prostíbulo.
Las prostitutas usaban pelucas rubias y se maquillaban para diferenciarse de las matronas romanas
Para diferenciarse todavía más de las matronas, y para lograr cautivar a los clientes, Herreros afirma que las prostitutas solían cubrirse toda la cara con «afeites variados», ponerse coloretes en las mejillas, «agrandarse los ojos con carboncillo», pintarse con una espesa capa de maquillaje y untarse los pezones con purpurina dorada. De esta guisa, una meretriz de una edad considerable podía engañar a los hombres y extender su vida laboral unos años más.
También era habitual que se afeitasen siempre que el dinero se lo permitiera, ya que era bastante caro. Todo el cuerpo pasaba por la cuchilla, incluyendo sus partes íntimas, que -según la experta- «pintaban de rojo bermellón» y no cubrían con ropa interior.
No obstante, algunas de las prostitutas consideraban innecesarios estos cuidados ya que lo habitual era que el acto sexual se practicase al caer de la noche. Antes era un privilegio de recién casados. De hecho, mantener relaciones en una estancia muy iluminada no era adecuado. Y otro tanto pasaba con la ropa. «Estaba muy mal visto que las mujeres hicieran el amor completamente desnudas, incluidas las prostitutas», añade la autora.
Representación de un prostíbulo romano
Las meretrices tampoco podían usar zapatos, aunque era habitual que se saltasen esta norma y se grabasen en las sandalias palabras como «Sequere me» («Sigueme»). Estos términos quedaban inscritos en el polvo cuando caminaban y los clientes los seguían para encontrarse con ellas.
Pero lo más llamativo de las prostitutas es que fueron una figura transgresora. En la sociedad romana, el hombre era quien tenía el rol dominante en todos los sentidos y, entre ellos, se incluía el sexual. Durante el coito, debía ser siempre la figura activa. Sin embargo, las meretrices lograron equipararse a ellos. Así pues, no era raro que solicitaran a sus clientes que les hicieran «fellationes» o «cunilinguus», prácticas que solían relegar a quien las llevaba a cabo a un nivel inferior. «La peor acusación que se le podía hacer a un ciudadano era la de ser poco viril, es decir, actuar como pasivo en el amor», añade, en este caso Avial. Ellas, no obstante, lo lograron.