La quema pública de corpiños como performance de la
rebeldía frente a la subordinación de las mujeres, inaugurada sobre el
filo final de la década del sesenta, sigue conservando su poder
revulsivo, su carácter ritual de liberación y goce. ¿Pero serían
corpiños los que se elegiría quemar ahora, en este año 13 tan querido y
temido por las brujas? ¿Qué se podría arrojar a un caldero común para
trasmutar lo que oprime? Actrices, activistas, músicas, escritoras
contestan a estas preguntas a modo de ceremonia colectiva por todo lo
logrado y también por todo lo que falta.
Los
primeros no fueron precisamente corpiños: antes ardieron ruleros y
bucleras, ejemplares de Cosmopolitan y zapatos de taco imposible, fajas y
muñecas “femeninas”. También se consumieron en las llamas pestañas
postizas en sus prolijas cajas de venta y el pegamento industrial para
tan dedicada acción sirvió como inflamable. Una hoguera improvisada en
un tacho fue el disparador de una acción que se propagó como ese fuego
que durante siglos sirvió como emblema del castigo, tortura y muerte de
miles de mujeres: “brujas”, “infieles”, “blasfemas”, “asquerosas”,
“herejes”, “traidoras”. Una lectura actual de ese fuego infame renace en
la modalidad de femicidios que desde Wanda Taddei no para de sumar
víctimas. El fuego borra huellas pero también destruye sin piedad.
Por eso, en pleno auge del feminismo y ese aire a nuevos tiempos que
vibraba en los ’60, alcanzó para que una protesta del 7 de septiembre
de 1968 fuera interpretada como un acto de rebeldía que hizo historia.
“Algunas hasta quemaron los corpiños”, dijo la prensa de ese pequeño
encuentro en Atlantic City, donde las Mujeres Radicales de NY se dieron
cita para protestar contra una costumbre tan yanqui como los concursos
de belleza, o el arte de exponer a una mujer al colmo de la cosificación
exhibiéndola como una torta en la vidriera de una pastelería. Eso, sin
contar las respuestas protocolares a las que las sometían para sumar
puntos: “Me interesa la paz mundial”, “Los niños pobres me dan
tristeza”, “Sueño con un príncipe azul” o “Mi fuerte es la cocina”. En
aquellas sentencias de purpurina y saluditos con la mano rígida se
resume el espíritu de todo lo quemable, pero fue la feminista
australiana Germaine Greer la que declaró: “El brassier es una invención
absurda”, desatando innumerables rituales de quema a partir de entonces
y en todas partes del mundo. Las mujeres se liberaban del corpiño o
brassier y reunidas alrededor de las llamas los veían retorcerse y
desaparecer como merece lo innecesario, o mejor, lo que está hecho para
someter, vigilar y castigar.
Tanto y tan poco ha cambiado desde aquellas quemas fundacionales
hasta este 8 de marzo de 2013 que puestas a pensar en qué echarían hoy a
la hoguera o al caldero de una bruja capaz de transmutar las palabras y
las cosas, actrices, activistas, músicas, escritoras encontraron más de
una coincidencia con sus pares de los ’60. Todavía hace falta sentir la
liberación de sacarse el corpiño y andar livianas con las tetas al
viento.
SERAS HETEROSEXUAL O NO SERAS NADA
¿Qué
explica la aparición de un programa en horario central (Mi amor, mi
amor) que cuenta la historia de un hombre que “ama” a dos mujeres tan
fuerte pero tan fuerte que no puede separarse de ninguna de las dos? La
vigencia de uno de los estereotipos más siniestros de la modernidad: el
ideal de amor romántico, un pulpo con mil tentáculos que no sólo impone
la heteronorma como bastión principal sino que se cuela como la humedad
en los paradigmas que intentan escapar de sus garras. Porque no basta
con la inclusión de “otros” relatos para respirar nuevos vientos, como
parece predicar la tele cuando incluye un cupo diverso en sus filas.
La de Norma Castillo y Ramona Arévalo fue la primera pareja de
lesbianas en casarse en la Argentina. Transitando su séptima década, la
mitad de su vida estuvieron juntas, pero no se olvidan de todo lo que
pasó antes: el matrimonio forzado, el sentir que “estaban mal”, que
tenían que tapar la olla a presión de sus deseos y encajar como fuera en
el ideario social: casarse, tener hijos, amar la casa, ser felices con
eso. Por eso, Norma cuenta que desde que tuvo conocimiento de los
reclamos de género se plegó a todos los que pudo y Ramona acota que su
esposa estuvo en una quema de corpiños, que ella se lo contó pero Norma
no se acuerda. Para ella hoy sería fundamental quemar esta consigna que
parece formar parte de la educación básica: “Lo natural no es la
heterosexualidad, eso es lo que quieren transmitirnos y es totalmente
falso. Se han mutilado miles de cuerpos en nombre de un esquema impuesto
por el poder. La toma de poder utiliza ese esquema y el que está afuera
está muerto. Hay países donde todavía hay pena de muerte por ser
homosexual o lesbiana. Yo reivindico la libertad sexual como condición
natural del ser humano. Y lo digo por experiencia propia: tengo 70 años y
35 los viví de manera equivocada. La palabra es un arma muy poderosa,
nos condiciona a medida que vamos creciendo y al mandato patriarcal lo
cargamos las mujeres. Cumpliendo el mandato perdí la mitad de mi vida,
hay otrxs que la pierden entera y hay quienes mueren por no seguirlo”,
dice y uniendo en el aire aquella década de explosión y ésta, piensa que
todavía hay mucho por hacer: “Las que éramos destinadas a ser esposas y
madres teníamos que ser castas y puras. Y después otras mujeres podían
ser utilizadas como putas. De ese tiempo a esta parte, la liberación
femenina no se cumplió: el epíteto de puta sigue siendo valido para las
mujeres, ya no se toma tan en cuenta la virginidad pero los estereotipos
siguen vigentes. O peor, porque se ha tomado la libertad femenina como
otra manera de explotar”, asegura y pide por la quema de los contenidos
donde los culos y las tetas siguen siendo el pilar de la risa.
Para Sofía Wilhelmi, actriz, directora y creadora de Plan V, la
primera serie lésbica de nuestro país, el relato canónico sigue
atrasando y los contenidos con otra mirada siguen siendo bichos raros.
“Si no estás casada sos una fracasada, y si tus relaciones son
pasajeras, deberías tener miedo a quedarte sola. Porque estar sola es lo
peor de lo peor que te puede pasar. Si es una elección, tenés un
problema y probablemente te tengan que medicar. Si no tenés hijos estás
incompleta y si decís que no querés tener hijos no sos mujer. Una mujer
se determina por la maternidad. Y aunque no sientas deseo de criar
pequeñines lo tenés que hacer. Y tenés que llevarlos en tu vientre y
tienen que ser tuyos y tenés que quedar de una y si no lo hacés con un
marido no lo podés hacer y te jodés”, dice y levanta sobre la hoguera un
fuck you amplificado: “Mejor sola si quiero estar sola, mal acompañada
si quiero acompañarme mal y si quiero tener diez hijos o cero... ¡mirate
tu culo!”.
Para Helena Pérez Bellas, cantante y alma mater de la banda Los
Galgos, no es que el amor no exista, lo que no existe es ese amor que
comparte todo, que cela, domina, comprime, que obliga a saberlo todo del
otrx, fundirse en uno y todos esos lugares comunes aparentemente
ingenuos. “Creo en el amor generoso que te permite, incluso en la casa
que compartís, tener una habitación con la puerta cerrada. No creo
posible, incluso soportable, la idea del amor romántico que todo lo
habla, que nada deja a la discreción, que no se permite que el otro
tenga grises, también misterios, que necesita confirmar con la palabra.
No creo en el amor que exagera o pone énfasis en te amo y la
confirmación casi cotidiana y compulsiva de ese estado. Antes que el
amor romántico y la idea de que alguien me salve prefiero un acuerdo de
dos en donde los dos vamos a elegir salvarnos mediante las cosas que
queremos hacer: yo quiero hacer un disco, vos querés tu doctorado;
ninguna cosa es más importante que la otra.” La música Carola Bony se
pliega al llamado de quemar el ideal de amor romántico quemando la
mentira que se dice para llenar un espacio que podría estar vacío. “En
cambio lo garabateamos con trazos inocentes de una noche culposa, con
glitter caído de un árbol de Navidad, con sonidos cortos, temblorosos y,
por sobre todas las cosas, inútiles. Mentiras blancas les llaman
algunos, porque supuestamente existen para evitar sufrimientos. Prefiero
un oxímoron genio, un ‘silencio ensordecedor’. Sentir que no te
conozco, temerte un poco. Saber que sos libre, que la vida es un riesgo.
Que soy hedonista y coherente. Que si te cuento está en la anécdota el
valor. Que el amor es un encuentro del azar, un cul-de-sac suculento,
donde vale la pena, y por qué no la espera, caer precipitadamente y sin
control. What you see is what you get. Dejame sacar mis propias
conclusiones, hacerme cargo de mi imaginación, que es tan sagrada como
oscura. No me corrijas. No me preguntes. Algún día te contaré... o no.”
Y esa aventura amorosa que disciplina desde las más tiernas
ficciones pensadas para adolescentes (de las que la factoría Cris Morena
parece ser su representante más fiel), para la periodista Ingrid Beck
ven su más siniestra realización en la discografía completa de Ricardo
Arjona. “Quemaría especialmente las canciones ‘Señora de las cuatro
décadas’ (les recuerdo que la letra dice cosas como ‘Permítame
descubrir/ Qué hay detrás
de esos hilos de plata/ Y esa grasa abdominal/ Que los aeróbicos no
saben quitar’), ‘De vez en mes’ (sobre la menstruación, y cito: ‘De vez
en mes / La cigüeña se suicida/ Y ahí estas tú tan deprimida/ Buscándole
una explicación’) y ‘Con una estrella’ (acerca del aborto, con sus
versos celestiales: ‘Llevas una estrella en tu vientre/ llevas una vida
que late/ un posible ingeniero, roquero o escritor/ quizá bohemio, quizá
un señor/ quizá compositor poeta, medio loco o trovador/ quizá una
idea, quizá una solución/ A esa estrella en tu vientre, no le digas
detente/ si lo hubiesen hecho conmigo/ hoy faltaría una canción’). Creo
que es suficiente para hacer un fogón descomunal”, asegura.
EL PARADIGMA DE LA BELLEZA
Siguiendo con el
imaginario mediático, no son pocas las que se indignan con las
publicidades que prometen resultados mágicos si y sólo si sos una mujer
casada, con dos hijos, que se inclina a la limpieza con la naturalidad
de un bambi tomando agua del estanque y bella, eso sí, por dentro y por
fuera. Ay Mister Músculo que viene a salvarnos de la suciedad y los
gérmenes, a nosotras que queremos todo pulcro para recibir con la comida
limpia y la frescura de los 18. Pero no llega hasta allí la premisa:
estar bella y dispuesta, flaca y durita, lisa y sensual, sin rastros de
constipación (porque una mujer constipada es una amargada y mejor ser
feíta pero con buena onda) sigue estando en el manual del publicitario
versión 2013, casi igual que hace cinco décadas predicaban las revistas
femeninas de las mujeres de bien. La novedad tal vez parece radicar en
la inclusión de modelos ¿reales?, léase las “gorditas” de Dove o las
“maduras” de Natura, pero siempre incluidas en el paradigma de consumo,
como si las migrantes, las trabajadoras sociales o las viejas hechas
pelota no se pararan frente a una góndola. La artista plástica Adriana
Minoliti quemaría directamente a las agencias de publicidad que cada día
caen más bajo en la cadena misógina del imaginario popular.
“Axe, Quilmes, Paso de los Toros, todos los productos de limpieza,
todas las P&G y esas multinacionales que controlan el consumo del
país son un asco, además porque experimentan en animales. Sin clientes
no hay publicidad sexista”, dice enumerando además las bondades que
aparecieron con el tiempo para que las mujeres nos avispemos de que la
sangre es roja pero la ponen azul porque si no impresiona o que
“tránsito lento” refiere a la incapacidad de evacuar con fortuna todos
los santos días. Menos drástica, la escritora Ana María Bovo se pregunta
qué sentirán las mujeres de los equipos creativos. “¿Les resultará muy
arduo –a la hora de venderle a un cliente, de convencer a su propio
equipo– vencer los arquetipos, eludir los lugares comunes de la
descalificación recíproca o se les hizo carne y se les naturalizó una
mirada que estigmatiza, que no admite comprensión ni ternura alguna por
experiencias, por vivencias diferentes?”, pregunta.
Para la humorista Mariana Briski lo que debe desaparecer al calor de
las brasas son esas ofertas y propuestas segmentadas por días y
horarios. “Esa oportunidad acotada en tarjetas y clases sociales que te
hace ir con el recorte a la caja para ser rebotada sin piedad: ‘Esa
oferta fue ayer, de 18 a 20 horas’, te dicen. Quemaría las soluciones
mágicas: si hacés esto te va a ir bien, si comés tal cosa te vas a
curar, si mirás al sol tres veces por semana vas a ser feliz, etc. Yo
también lo hago, por eso me permito decir que lo quemaría: esas cosas
absolutistas que te hacen pensar soluciones absolutas las barrería a
todas”, jura.
Si las mujeres de Miss America respondían a preguntas tan absurdas
como por qué terminar con el hambre o cuál es su animalito preferido,
para la escritora peruana Katya Adaui si los concursos siguen vigentes
(y encuentran su más siniestra versión en los Beauty Pageant o concursos
de belleza para nenas, donde las lookean cual bebotas sexies y
graciosas y las entrenan en las cosas duras de la vida femenina: la
depilación con cera, el autobronceado y la manicura profesional)
deberían incluir cuestionarios más sofisticados. “Para ayudar al jurado a
dar su veredicto, en la ronda de preguntas finales las aspirantes a
Miss deberán responder: ¿Cuánto tarda en arder la silicona? ¿A qué mujer
no operada admirás? ¿Qué te sobra por aquí y qué te falta por allá?”
Y siguiendo con las niñas y todo lo que podríamos evitarles a las
futuras mujeres, la cantante y compositora Paula Maffia pide lugar para
arrojar con vestuario y todo a las princesas de Disney por aniquilar en
el imaginario de las nenas las heroínas originarias: “Desde las
amazonas, las nereidas y las ninfas helénicas hasta las superheroínas de
comics (las hay con o sin superpoderes, pero todas con mucha actitud,
inteligencia e independencia). Desde los niños aventureros de las
fábulas de Perrault y Hans Christian Andersen hasta Alicia de Lewis
Carrol o nuestra Mafalda críticamente nacional e inteligentemente
popular. Incluso... las mismas Cenicienta, Blancanieves, Bella Durmiente
y Bella (de La Bella y la Bestia) en sus relatos populares son jóvenes
aventureras e intrépidas que dieron un vuelco rotundo a sus vidas, lejos
de querer quedarse abnegadas al lado de una padre agonizante o
encerradas en un castillo con su vida de pánfilas aristócratas. Sin
embargo Disney ha decidido cristalizar solamente su condición nobiliaria
sin recordar lo más valioso de estas princesas: su curiosidad e
inconformismo”. Para la cantante y actriz Rosario Bléfari, el universo
más perverso se despliega en la juguetería, campo de batalla del rosa y
celeste: “Aboliría la separación de los juguetes, que en las jugueterías
no existiese un sector plagado de artefactos domésticos, muñecas y sus
complementos fashion, artículos de maquillaje y bijouterie de plásticos
inmundos, y otro claramente dirigido a los varones, donde no hay ningún
color ‘sensible’ sino armas, superhéroes y automóviles, camuflajes
militares y piezas para armar robots, construir puentes, edificios o lo
que quieras. Si muchos juguetes reproducen objetos o actividades de los
adultos, sus trabajos, sus distracciones, y eso siempre va a existir
porque es algo a lo que les gusta jugar en algún momento a los niños,
que al menos no exista más la separación direccionada de las cosas. Un
niño o una niña que se siente atraído por alguno de los elementos que no
está en la zona que le asignan tiene que hacer un acto de valor y
rebelión para expresar su deseo, verse obligado u obligada a desafiar un
límite y no puede vivirlo como algo natural. Encima, después la vida te
demuestra que tenés que hacer de todo, hombre o mujer, según te toque
en cada circunstancia. A veces habrá que manejar, otras que cocinar,
otras que vestirse para una fiesta o limpiar el inodoro, otras veces
habrá que andar a caballo, otras tendremos que martillar, serruchar,
cuidar, hacer fuego, armar, desarmar, coser o taladrar. Esa fantasía de
la división es sólo un collar dominante en la mente de todos y todas”.
Volviendo a las adultas, para la actriz Eloísa Tarruela el sistema
nos hace creer que las mujeres somos dueñas de nuestro destino desde que
nacemos, sin embargo el cuerpo de la mujer es un cuerpo vigilado. “Los
estereotipos sexistas están naturalizados por la propia mujer, el
trabajo, la pareja, la familia, los amigos; todos ellos ejercen la
mirada que controla, que vigila, y siguen marcando el camino. Por mi
parte, quemo las dietas y los tacos aguja que no me dejan pensar.” En
plan de investigadora, la actriz María Merlino puso en Google cual
experimento imposible de replicar en los ’60: “¿Qué quemaríamos las
mujeres hoy?” y el abc marca un diccionario conocido del que no parece
zafarse ni la gigante red digital que atrapa peces grandes y diminutos:
“Quemar grasa, quemar calorías, quemar masa abdominal, quemar la grasa
de todo el cuerpo. También podemos encontrar una lista detallada de
alimentos ‘mata grasa’ y hasta un prometedor consejo: ‘Si quieres quemar
grasa no corras hacia adelante: corre hacia atrás’. Difícil, ¿no? Sobre
todo para mí que odio correr y ¿como cangrejo? No, gracias. Sigo
participando.”

MUERTE AL PATRIARCADO
Rosario Castelli es
activista, integrante de la Colectiva de Autodefensa Feminista,
antropóloga y docente. Convocada por Las 12, decidió abrir la propuesta a
su clase “Grupos, organizaciones y equipos de trabajo”, en el marco de
la Diplomatura de Operador/a Socioeducativo en Economía Social y
Solidaria. En la Universidad de Avellaneda, el debate empezó con la
pertinencia y actualidad de tener que celebrar aún un Día de la Mujer y
terminó en la experiencia personal de las 13 mujeres y los dos varones
que allí concurren. Se armó una discusión sobre qué es el machismo, qué
es el feminismo, cómo lo viven y lo sienten. Rosario resume: “Rosana
quemaría la rutina, esa rutina que no se modifica en absoluto aunque sea
el Día de la Mujer. Se levanta a las 6 de la mañana, ficha en el
trabajo a las 7, lleva a las nenas al colegio, trabaja, hace la comida,
las compras, busca las nenas, las lleva a danza, gimnasia, todo a las
corridas, limpia la casa, prepara la comida, él llega y le dice ‘¿por
qué no te hacés unos mates?’ y agarra el control remoto y lo perdió. No
me gusta escribir sola, ni pensar sola. No creo que nada de lo que pueda
decir al respecto sea realmente idea mía. Así que yo decidí quemar el
individualismo. Porque organizándonos funcionamos mejor, porque mi
apuesta es a la construcción colectiva. ¿Qué quemaríamos nosotrxs para
liberarnos?, pregunto a la clase: ‘A los maridos’, dicen algunas; ‘a la
suegra’, se oye por atrás; ‘la cuchara de madera, ¡no, mejor la cocina
entera!’, grita Yoli; ‘el reloj’, dice Blanca; ‘la plancha’, dice
Graciela; ‘la depilación obligatoria’, dice Yami; ‘los corpiños’, Kary
toma nota de todo. Se quedan pensando, seguimos entre risas y caras
serias: la hipocresía, la envidia, la infidelidad, el egoísmo, la
discriminación y nos ponemos más serias aún. La desigualdad, la
explotación, el machismo y ‘¡no dijimos lo más importante de todo: la
violencia de género!’, dice Romy: el rebajar con la palabra, el maltrato
al interior de las organizaciones, la violencia en el trabajo, en la
calle, en la casa, los insultos, los golpes. En otras palabras: que arda
el patriarcado heterocapitalista y racista”.
Para Flor Leone, activista de Militancia Homo, el patriarcado ejerce
su poder en sus concepciones acerca de la familia, las relaciones
interpersonales, la sexualidad, los roles sexuales, la educación de los
niños, y de ahí las reglas que afectan la vida cotidiana de todas las
personas involucradas, aunque su peso recae especialmente sobre las
mujeres. “Por eso quemaría la religión, como un límite concreto a la
libertad humana. La religión es una invención y la mayoría fueron
inventadas por hombres para oprimir a las mujeres. Las religiones
legitiman de múltiples formas la exclusión de las mujeres de la vida
política, la actividad intelectual y el campo científico, y limitan sus
funciones al ámbito doméstico, a la esfera de lo privado, a la educación
de los hijos e hijas, al cuidado de los enfermos, de las personas
mayores, etc. Cualquier tipo de presencia de las mujeres en la actividad
política o social es considerado ajeno a la ‘identidad femenina’ y un
abandono de su verdadero campo de operaciones, que es el hogar, con la
consiguiente culpabilización. Quemaría la maternidad como destino y no
como elección, el control del orden social a través de la
reproducción de la matriz heterosexual, la patologización de otras
sexualidades y la clasificación de las conductas propias para cada
anatomía. El sujeto adviene bajo la identidad masculina o femenina a
partir de procesos conscientes como el aprendizaje de roles y de la
conducta que espera el grupo social de cada anatomía sexuada. ¡La
anatomía no es destino!”, dice. La periodista y escritora Gabriela
Cabezón Cámara se imagina trajeada de amianto y bien pertrechada con
lanzallamas a tono para la tarea encomendada, recorriendo la ciudad.
“Quemaría la definición de los géneros que se quedó clavada en 1950,
donde no parece haber, para una niña, mejor futuro que el de gustar,
donde no parece haber, además, más posibilidades para los sujetos que la
heterosexualidad más conservadora. Y si me entusiasmo y me dan los
fondos, me voy al Vaticano y quemo al Dios macho y barbudo de Miguel
Angel que le acerca su índice creador a Adán. Y al segundo Génesis de
todas las biblias del mundo; me quedo con el primero, con el génesis
queer, el primero, el que dice: “Creó, pues, Dios al hombre a imagen
suya, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó”. Y a Dios lo
dibujamos otra vez, tan trans como dice el Génesis”.