viernes, 12 de septiembre de 2014

 › EL EXCESO DE PESO AUMENTO MAS DEL 15 POR CIENTO EN LOS ULTIMOS 4 AÑOS EN LA ARGENTINA

La obesidad, un mal que sigue en alza

Dos de cada diez personas son obesas y seis de diez tienen sobrepeso, según la Tercera Encuesta Nacional sobre Enfermedades No Transmisibles. También creció el sedentarismo. Entre los aspectos positivos, bajó el consumo de sal y la exposición al humo de tabaco ajeno.

 Por Pedro Lipcovich
La cantidad de obesos en la Argentina aumentó más del 15 por ciento en los últimos cuatro años, y más del 42 por ciento en los últimos ocho: en la actualidad, más del 20 por ciento de la población es obesa y cerca del 60 por ciento tiene sobrepeso. Este es uno de los datos más destacados, y sin duda el más preocupante, de la Tercera Encuesta Nacional de Factores de Riesgo para Enfermedades No Transmisibles (ENFR), que se dio a conocer ayer. También creció el sedentarismo: 55 de cada 100 habitantes no hacen actividad física. Se registran también aspectos positivos, como la reducción en el consumo de sal: sólo el 17 por ciento agrega sal a la comida en la mesa, cuando, hace sólo cuatro años, lo hacía el 25 por ciento. Bajó el consumo de tabaco y sobre todo cayó la exposición a humo de tabaco ajeno en el trabajo y en bares. También mejoró el uso de cinturones de seguridad. Hubo avances en el acceso al sistema de salud: más mujeres se hacen mamografías, y más gente controla su presión arterial. Pero la hipertensión se mantiene elevada, afectando al 33 por ciento de la población.
La investigación se realizó entre octubre y diciembre de 2013, por convenio entre el Ministerio de Salud de la Nación, el Indec y las direcciones provinciales de estadística. Según confirmaron a este diario expertos independientes, el trabajo preservó los estándares metodológicos de las dos ENFR anteriores, efectuadas en 2005 y 2009. Se obtuvieron respuestas de 32.365 personas, desde 18 años en adelante, de las 24 jurisdicciones y los distintos sectores sociales del país.
El exceso de peso afecta al 57,9 por ciento de la población; en 2009 era el 53,4 y en 2005, el 49 por ciento. La obesidad llega al 20,8 por ciento; trepó desde el 18 por ciento en 2009 y el 14,6 por ciento en 2005. Quiere decir que la obesidad aumentó un 23,3 por ciento entre 2005 y 2009 y un 15,6 por ciento entre 2009 y 2013: un 42,5 por ciento de aumento en ocho años. Para obtener estos datos se estableció el índice de masa corporal a partir del peso y la altura del entrevistado.
La obesidad es mayor entre varones, donde llega al 22,9 por ciento; entre las mujeres es de 17,9 por ciento. La franja etaria con más obesos es la que va de 50 a 64 años, con 29,6 por ciento: casi una de cada tres personas. Y la prevalencia va pareja con el nivel de instrucción: el 28,4 por ciento de los que tienen primaria incompleta es obeso, contra sólo el 15,6 por ciento de los recibidos en universidad o terciario.
El sobrepeso –que no llega a constituir obesidad– se registra en el 37,1 por ciento de la población; en 2009 era el 35,4 y en 2005, el 34,4 por ciento.
No sorprende que la actividad física haya disminuido: el 55,1 por ciento de la población incurre en “actividad física baja”; era el 54,9 por ciento en 2009, y el 46,21 en 2005. El sedentarismo afecta más a las mujeres (el 57,9 por ciento) que a los hombres (el 52,1 por ciento). Y también hay diferencias significativas según nivel de ingresos: el 55 por ciento de los que ganan menos de 4500 pesos por mes es sedentario, contra el 49 por ciento de los que ganan más de 10 mil.
El consumo de fruta y verdura sigue siendo bajo: 1,9 porción por día, muy por debajo de las 5 porciones recomendadas. Es similar al de 2009 y no hay diferencias significativas por condición económica u otras variables.
En cambio, la proporción de gente que le agrega sal a la comida después de la cocción bajó significativamente en los últimos cuatro años: del 25 por ciento en 2009 al 17 por ciento en 2013. Había sido del 23 por ciento en 2005. El descenso más notable se registró en la ciudad de Buenos Aires, que en 2009 lideraba la estadística con un 33 por ciento de adictos a la sal, y bajó al 22 por ciento en 2013. En cambio, Catamarca, donde el 27 por ciento le echaba sal al plato, sólo bajó al 24 por ciento, quedando como la más salera.

“Prácticas preventivas”

El consumo de tabaco bajó significativamente: del 29,7 por ciento de la población en 2005 al 27,1 en 2009 y el 25,1 en 2013. La exposición al humo de tabaco ajeno en bares o restaurantes bajó del 47,2 al 23,5 por ciento; en el trabajo, del 34 por ciento al 25 por ciento; en el hogar, también bajó, pero no tanto: del 33,9 en 2009 al 27,6 por ciento en 2013.
En cuanto al ítem “prácticas preventivas”, la proporción de mujeres de 50 a 70 años que se hicieron mamografía en los últimos dos años subió del 46,2 por ciento en 2005 al 59 por ciento en 2009 y al 65,6 por ciento en 2013. Los que dijeron haberse controlado la presión arterial en los últimos dos años llegaron al 92,7 por ciento en 2013, contra el 78,7 en 2005. Pero de los que se controlaron, el 34,1 por ciento resultó tener hipertensión, proporción similar a la registrada en encuestas anteriores.
También aumentó significativamente la proporción de los que dicen utilizar siempre cinturón de seguridad cuando circulan en auto: del 48 por ciento en 2005 subió al 63,8 en 2009 y al 69 por ciento en 2013.
En cuanto a la percepción general sobre la propia salud, el 21,2 por ciento de la muestra siente que su salud general es mala o regular; no hay diferencias estadísticamente significativas con encuestas anteriores. Lo que sí es significativo es que, de entre los que ganan más de 10 mil pesos por mes, sólo el 9,3 por ciento define su salud como regular o mala; en cambio, de los que ganan menos de 4500, el 28,8 se siente enfermo.
Pero no se ha perdido el buen humor. Como respuesta a la pregunta “¿Está ansioso o deprimido?”, sólo el 16,3 dijo que sí en 2013; en 2009, el 19,3 por ciento estaba bajoneado, y el 22,8 por ciento se deprimía en 2005.

jueves, 11 de septiembre de 2014

La ciencia busca las mejores posturas sexuales para evitar daños en la espalda

Un estudio científico canadiense ha utilizado sistemas de captura de movimientos infrarrojos y electromagnéticos, como los que se usan en los videojuegos, para hacer un seguimiento del modo en el que se mueven las columnas de diez parejas en cinco de las posturas de coito más comunes

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Escena erótica en un fresco de Pompeya. /

Escena erótica en un fresco de Pompeya. /WIKIPEDIA


10 de septiembre,  Día mundial para la prevención del suicidio
Día Prevención del SuicidioEn este día se hacen compromisos en todo el mundo y se aplican medidas para prevenir los suicidios. Cada día hay un promedio casi 3.000 personas que ponen fin a su vida, y al menos 20 personas intentan suicidarse por cada una que lo consigue.
El suicidio constituye un problema de salud pública muy importante pero en gran medida prevenible; representa casi la mitad de todas las muertes violentas y se traduce en aproximadamente un millón de víctimas al año; además eleva los costos económicos en miles de millones de dólares, según ha señalado la Organización Mundial de la Salud (OMS). Las estimaciones realizadas indican que en 2020 el número de víctimas podrían ascender a 1,5 millones.
"Cada suicidio supone la devastación emocional, social y económica de numerosos familiares y amigos", ha declarado la Subdirectora General de la OMS para Enfermedades No Transmisibles y Salud Mental. "El suicidio es un trágico problema de salud pública en todo el mundo. Se producen más muertes por suicidio que por la suma de homicidios y guerras. Es necesario adoptar con urgencia en todo el mundo medidas coordinadas y más enérgicas para evitar ese número innecesario de víctimas".
El comportamiento suicida viene determinado por un gran número de causas complejas, tales como la pobreza, el desempleo, la pérdida de seres queridos, una discusión, la ruptura de relaciones y problemas jurídicos o laborales. Los antecedentes familiares de suicidio, así como el abuso de alcohol y estupefacientes, y los maltratos en la infancia, el aislamiento social y determinados trastornos mentales, como la depresión y la esquizofrenia, también tienen gran influencia en numerosos suicidios. Las enfermedades orgánicas y el dolor discapacitante también pueden incrementar el riesgo de suicidio.
Entre los factores de protección contra el suicidio cabe citar una alta autoestima y unas relaciones sociales ricas, sobre todo con los familiares y amigos, el apoyo social, una relación estable de pareja y las creencias religiosas o espirituales. La pronta identificación y el tratamiento adecuado de los trastornos mentales son una importante estrategia preventiva. Asimismo, existen datos que demuestran que la formación del personal de atención primaria en la identificación y el tratamiento de las personas con trastornos del estado de ánimo puede hacer disminuir los suicidios entre los grupos de riesgo, y así se ha observado en países como Finlandia y el Reino Unido. Las intervenciones basadas en el principio de conexión social y el fácil acceso a la ayuda, como las líneas de ayuda benévola y los programas de chequeo telefónico de las personas de edad, han tenido resultados alentadores. Además, las intervenciones psicosociales, los centros de prevención del suicidio y la prevención escolar son todas ellas estrategias prometedoras.
Con la ayuda de expertos de todo el mundo, la OMS ha elaborado una serie de directrices para distintos públicos llamados a tener un papel esencial en la prevención del suicidio, incluidos profesionales sanitarios, personal docente, funcionarios de prisiones, profesionales de los medios de comunicación y personas que han intentado suicidarse. Esos recursos se pueden consultar ya en más de una decena de idiomas.
"También hay datos que indican que las noticias de suicidios aparecidas en los medios de comunicación pueden llevar a algunos a emular esos actos. Por ello, instamos a los medios de comunicación a demostrar sensibilidad a la hora de informar sobre esas muertes trágicas y a menudo evitables", ha declarado el Dr. Saraceno. "Los medios de comunicación también pueden contribuir de forma destacada a reducir el estigma y la discriminación asociados a los comportamientos suicidas y los trastornos mentales".

miércoles, 10 de septiembre de 2014

SIGUEN VENDIENDO HUMO

Bupropion, ¿la nueva píldora de la felicidad?

Sucede cada equis tiempo: un fármaco con aspiraciones emprende una campaña de márketing que deja a sus “compañeros” a la altura del betún

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El fármaco que nos ocupa se enfrenta nada más y nada menos que al todopoderoso Prozac. Y se nos presenta con una lista de indicaciones tan “sobradita” que la comunidad psiquiátrica se ha echado a temblar. “La nueva happy pill”, “la última arma para adelgazar con trampas y sin dieta”, “el único antidepresivo que no hace descender los niveles de libido”… En Estados Unidos, ya es el antidepresivo más prescrito. Así que váyase quedando con el nombre: Bupropion.
Lo primero que hay que hacer es eliminarle cualquier connotación de “nuevo”. El Bupropion fue sintetizado en el año 1969 por un laboratorio estadounidense, y se introdujo en el país en el año 1985. Su experiencia fue breve porque un año más tarde fue retirado del mercado al producirse una incidencia significativa de episodios convulsivos relacionados con su consumo. Hubo que esperar tres años para que la Administración de Alimentos y Medicamentos de EE. UU. (FDA, en sus siglas en inglés) volviera a aprobarlo –solo para uso clínico y fijando una dosis máxima de 450 mg/día–. Estos datos los recuerda la doctora Remedios Gutiérrez, psiquiatra, endocrino y miembro fundador del CEAP (Centro de Estudios y Aplicación del Psicoanálisis).
En un principio, se comercializó bajo el nombre de Anfebutamona. El prefijo “anfe” se eliminó en el año 2000, cuando se rebautizó como Bupropion. El nombre es el genérico, el principio activo. “En las farmacias se encuentra comercializado bajo muy distintas marcas: Odranal, Wellbutrin, Zyban, Budeprion, Prexaton, Elontril, Aplenzin…”, señala la doctora.
¿Su mecanismo de acción? “Químicamente es una feniletilamina. Se considera que sus acciones desinhibitorias o estimulantes probablemente estén relacionadas con su similitud estructural con moléculas psicoestimulantes potentes como la metcatinona y la metanfetamina”, explica Remedios Gutiérrez. ¿Se le ha venido la serie Breaking Bad a la cabeza? Lógico.
Pero, aunque tenga en vilo a la comunidad científica por su posible "mal uso", no se trata de una droga. Sus únicas dos indicaciones aprobadas son el tratamiento de la depresión leve y el deshabituamiento del tabaquismo. Sí, el famoso Zyntabac que en el año 2007 se convirtió en la gran esperanza para los fumadores arrepentidos contaba con una buena proporción de Bupropion entre sus activos.

Tendencias de bata verde

No existen los antidepresivos de moda. La doctora Gutiérrez se alarma cuando le preguntamos si el Bupropion es la nueva “panacea feliz”. “Por desgracia, desde la súper campaña de márketing del Prozac, el psicofármarco que tiene el dudoso honor de haber inaugurado la corriente de convertir los medicamentos psiquiátricos en objetos de modas, las tendencias también afectan a la psiquiatría”.  La doctora lo asume como algo reprobable, ética y moralmente, e incluso cruel, ya que se juega con las ilusiones de millones de personas. Ningún fármaco da la felicidad. “Un antidepresivo solo puede mejorar el estado de ánimo y ser utilizado como bastón puntual: la felicidad es algo muchísimo más complejo y, además, ¿no existen muchas personas que no están deprimidas y sin embargo tampoco son felices?”, señala.
Ambos pertenecen al grupo de antidepresivos denominados "de segunda generación". Pero su forma de actuación es distinta y cada uno forma parte de una categoría diferente. Lo resume la especialista: “El Bupropion pertenece al grupo de Inhibidores de la Recaptación de Dopamina y Noradrenalina (IRSN) mientras que la Fluoxetina [Prozac] pertenece al de Inhibidores Selectivos de la Recaptación de Serotonina (ISRS). Actúan sobre neurotrasmisores diferentes”.

Pérdida de peso. ¿Efecto secundario o ventaja adicional?

Basta leer la extensa lista de posibles efectos secundarios de cualquier antidepresivo para constatar que la pérdida de peso se encuentra en la mayoría de ellos, tipificada como anorexia o pérdida de apetito. El problema con Bupropion, como alerta la psiquiatra, es que se está vendiendo como ventaja adicional en lugar de como posible efecto secundario.
La química, en este caso, le hace un flaco favor. “El Bupropion es un derivado del dietilpropión, un anorexígeno (inhibidor del apetito) anfetamínico. Pero obviamente, al ser un derivado, sus efectos y potencia de actuación, tanto en este aspecto como en otros, son muy distintos. De hecho, la incidencia de pérdida de apetito en pacientes tratados con Bupropion se produce solo en el 18 % de los casos”, puntualiza la doctora Gutiérrez.
Hay estudios científicos independientes que lo corroboran y que han investigado largo y tendido sobre este efecto tan a menudo asociado a los antidepresivos. Y aunque el Bupropion se vinculó a un menor aumento de peso (que no pérdida) que los antidepresivos tricíclicos, no se observaron diferencias significativas entre los pacientes tratados con Bupropion, ISRS (inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina) y placebo.
El estudio más amplio fue publicado en el año 2005 por la Division of Pharmaceutical Policy and Evaluative Sciences, de la Universidad de Carolina del Norte. Establecía una comparativa sistemática y científica de los resultados de 46 estudios tanto de laboratorios farmacéuticos como de entidades científicas. Entre sus conclusiones se trata el aspecto de la pérdida de peso y afirma que, de entre todos los antidepresivos analizados, la pérdida de peso “es más frecuente con fluoxetina y fluvoxamina, aunque durante el tratamiento a largo plazo, este efecto suele desaparecer”. Sin embargo, como recuerda la psiquiatra, no cita el Bupropion en tema de disminución del apetito, “aunque sí como el que menor ratio de incidencia sobre el descenso del deseo sexual, eyaculación retardada y anorgasmia provoca”.
En todo caso, la doctora Gutiérrez zanja la cuestión señalando que un antidepresivo debe ser prescrito por su idoneidad como tratamiento para la enfermedad en cuestión, la tolerancia del paciente al mismo y su efectividad para cada caso. Nunca sobre la base de si se va a ganar o perder peso o a tener más o menos apetito sexual.
Por desgracia, desde la súper campaña de márketing del Prozac, las tendencias también afectan a la psiquiatría” (Remedios Gutiérrez, psiquiatra y endocrino)
Sin embargo, el riesgo de que se convierta en el nuevo “adelgazante de moda” está ahí. El mercado negro siempre se las apaña para sortear los obstáculos de compra de los “medicamentos con receta”. Y como recuerda la especialista: “La grandísima mayoría de las veces lo que se vende son peligrosas falsificaciones que ni siquiera contienen los principios activos del fármaco original. Por otro lado, consumir un antidepresivo sin padecer depresión puede generar serios efectos adversos, entre ellos desregulaciones de la química cerebral”.
Los últimos datos arrojados por el Ministerio de Sanidad revelan que el consumo de antidepresivos se ha triplicado en España en los últimos 10 años: pasando del 5 % de consumidores del año 2005 al 15 % en 2012. Este año, la OCU ha cifrado en el 29 % el porcentaje de españoles que a lo largo de su vida han tenido que recurrir a antidepresivos o ansiolíticos. Obviamente, no hay datos oficiales de los consumidores voluntarios, que sin prescripción médica y erróneamente creen encontrar en un antidepresivo múltiples beneficios colaterales. En los años 80, con el Prozac, el fenómeno tuvo hasta nombre: efecto a mí plin. Falta por ver si el Bupropion le gana la peliaguda partida.

Nutrición: revisan el papel de las grasas en la obesidad y el corazón

Desde hace casi medio siglo, las consignas nutricionales que condensan el conocimiento médico para consumo masivo hacían pensar que las grasas eran el enemigo público número uno para quienes deseaban cuidar sus arterias y mantener un peso adecuado. Así se gestó una vasta industria de productos "descremados", comenzó a mirarse con desconfianza a las carnes rojas y se desterró la manteca.
En un planeta plagado de sobrepeso y obesidad, y acosado por problemas cardiovasculares, se instó a evitar las grasas saturadas y reemplazarlas por otros ingredientes, como los hidratos de carbono refinados.
Ahora la brújula nutricional parece estar cambiando: nuevos estudios y revisiones de estudios indican que podrían no ser tan dañinas como se pensaba y que ese cambio alimentario podría tener un "efecto rebote".
El tema acapara la atención de los especialistas y fue discutido en el último Congreso de la Sociedad Argentina de Obesidad y Trastornos Alimentarios (Saota).
"La guerra contra las grasas se fundamentó en una presunción que después de 50 años no fue demostrada -dice el doctor Julio Montero, miembro de la comisión directiva de esa institución-. A partir de esa idea se modificó el perfil alimentario de toda la población occidental. Desde el punto de vista ético, moral y biológico, no corresponde hacer recomendaciones a tanta gente basándose en un fantasma."
La presunción era que el colesterol era la causa de la enfermedad cardiovascular y que la grasa saturada elevaba los niveles de colesterol en la sangre. "Sin embargo, la enfermedad cardiovascular sigue avanzando, lo que demuestra que los cambios que se hicieron no servían", agrega Montero.
La historia comenzó en los años cincuenta, con el ya clásico estudio de los siete países realizado por el fisiólogo Ancel Keys, en el que encontró que aquellos en los que predominaba una alimentación baja en grasas saturadas tenían menor mortalidad cardíaca.
En un artículo que apareció en la tapa de Time en 1961, "Keys advertía a la población que debía reducir a un tercio su consumo de grasas si querían prevenir la enfermedad cardíaca", escribió recientemente Bryan Walsh en la misma publicación.
Para comprender la influencia de las recomendaciones del más tarde apodado "Doctor Colesterol", baste recordar que el estudio fue citado alrededor de un millón de veces.
Aunque luego comenzaron a emerger evidencias que refutaban esa afirmación, pocas revistas científicas quisieron publicarlas. Hoy se sabe que los efectos de las grasas en el organismo -y su sustitución por carbohidratos- son mucho más complejos de lo que se creía.
"Una cosa es lo que comemos y otra la acumulación de grasa en el cuerpo -dice Martín Milmaniene, vicepresidente de la Saota-. Podemos tener una dieta muy rica en grasas, pero si el metabolismo está enfocado hacia su consumo, podemos incluso bajar de peso."
Según explica Montero, el destino de los alimentos se juega en interacción con los otros componentes de la dieta.
"Las grasas se queman en la hoguera de los hidratos de carbono -dice-. Es decir, que una pequeña cantidad de carbohidratos puede cambiar el rumbo de una gran cantidad de grasa. Ahora hay indicios que sugieren que el comer es el mecanismo por el cual la gente aumenta su corpulencia, pero no es la causa. La causa estaría en algún mensaje de tipo bioquímico a través de sustancias que dan la orden de que la composición corporal sea modificada. Por ejemplo, en un experimento realizado en la década del 90, a unas ratas les extirparon los ovarios y se hicieron hiperfágicas y obesas. Pero cuando no se les permitió ser hiperfágicas, porque se les restringió la comida, también se hicieron obesas. Entonces, los investigadores se preguntaron, ¿cómo pueden producir aumento del tejido adiposo si no comen? Cuando se fijaron, las ratas producían menos calor y atrofiaban el cerebro, los músculos, las vísceras, transformaban una parte de su cuerpo en otra. O sea, la hiperfagia no siempre explica la corpulencia."
Para los especialistas, la exclusión de las grasas saturadas de la alimentación puede haber tenido además un efecto búmeran, disminuyendo la sensación de saciedad y aumentando la voracidad por los carbohidratos.
"Se difundió la idea de que los hidratos de carbono no inciden en nuestro nivel de lípidos en sangre y en nuestro riesgo cardiovascular -dice Gustavo Lobato, presidente de la Saota-. Sin embargo, no es así. El organismo almacena toda la energía sobrante en forma de triglicéridos, que aumentan el riesgo cardiovascular. O sea, que si comemos demasiados hidratos de carbono, los va a guardar en forma de grasas, y lo mismo ocurre con las proteínas."
El doctor Gabriel Giunta, cardiólogo especialista en lípidos de la Fundación Favaloro, agrega: "La verdad es que, a pesar de toda la información acerca de la asociación entre dieta y riesgo cardiovascular, las variaciones en la dieta sólo explican un 20% de las registradas en el perfil lipídico [de grasas en la sangre] -explica-. La primera recomendación en personas con altos niveles de triglicéridos [asociados con riesgo cardíaco] es reducir los hidratos de carbono. Pero hoy sabemos que gran parte de los niveles de lípidos en sangre depende de los genes y de su expresión, que está modulada por muchos factores que no son alimentarios".
El doctor Marcelo Tavella, investigador del Conicet y de la Escuela Superior de Salud Pública de la Universidad del Centro, en Olavarría, es más cauto: "Aunque está surgiendo mucha nueva evidencia, soy de los que creen que tiene que haber una distancia entre la evidencia científica y el uso clínico. Creo que todavía falta [para absolver a las grasas]. Sí tengo confirmación sobre algunos ácidos grasos saturados que no habría que mirar tan mal; en particular, el ácido esteárico. Se encuentra en el chocolate, en algunas carnes... es decir, en alimentos que tampoco eran muy bien considerados. Estamos viendo que este ácido no tendría efecto hipercolesterolémico y tampoco tendría ningún efecto en la trombosis arterial, lo cual es un dato muy interesante".

Hipótesis y refutaciones en la ciencia

  • "Doctor Colesterol"
Guerra a las grasas
En los años 50 y 60, el fisiólogo norteamericano Ancel Keys postuló que los altos niveles de colesterol eran la causa de la enfermedad cardiovascular y que había que reducir el consumo de alimentos con grasas saturadas para prevenirla. Sus estudios fueron criticados porque eligió los datos que confirmaban su hipótesis.Las grasas, a examen
Medio siglo después
Otra vez las grasas están en la tapa de la revista Time. En un artículo publicado este año, sin embargo, se presenta un amplio rango de investigaciones que refutan la idea original de Keys y parecen indicar que la eliminación de las grasas saturadas de la alimentación pueden tener efectos tan nocivos como los que se les adjudicaban..

martes, 9 de septiembre de 2014

«Las farmacéuticas pueden ser tan peligrosas como los cárteles de la droga»

Allen Frances denuncia los abusos diagnósticos y químicos de la psiquiatría
"Vivimos en sociedades adictas", asegura el autor del manifiesto '¿Somos todos enfermos mentales?'

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MIGUEL LORENCI
"Se registran hoy más visitas a los servicios de urgencias y más muertes a causa de los medicamentos que a causa de las drogas ilegales compradas en la calle. Si sus productos se utilizan a la ligera, las compañías farmacéuticas pueden ser tan peligrosas como los cárteles de la droga". La denuncia es de Allen Frances (Nueva York, 1942), toda una autoridad psiquiátrica, catedrático de la universidad de Durhan y autor de un 'ensayo-manifiesto' que ha disparado todas las alarmas. Analiza y enumera en '¿Somos todos enfermos mentales?' (Ariel) los abusos y excesos de una psiquiatría que es rehén de la industria farmacéutica, que "ha ganado el partido por goleada", recurriendo masivamente a la química en detrimento de la terapia, "que es mucho más efectiva a largo plazo".
Arremete Frances contra el Manual Diagnóstico y Estadístico, DSM en sus siglas en inglés, la 'biblia de la psiquiatría mundial' que él mismo dirigió durante años y que ahora condena. Es donde se definen las enfermedades mentales y sus baremos diagnósticos, se enumeran síntomas y se establecen los tratamientos específicos.
Alarmado ante la deriva de el DSM, denuncia Frances como la psiquiatría "está perdiendo de vista la diferencia entre lo normal y lo patológico". Dice que se debe, en buena medida, "a la presión de las farmacéuticas, que tienden a considerarnos locos a todos", lo que es la base de un negocio monumental.
El DSM es una pieza clave en esta deriva, ya que "sirve para determinar quién está sano y quién enfermo, qué tratamiento se aplica, quién lo paga, quién recibe prestación por invalidez, quién tiene derecho los servicios de salud mental, quien puede adoptar un hijo, pilotar un avión o contratar un seguro de vida. O para establecer si un asesino es un criminal o un enfermo mental".
Trastornos que no lo son
El problema es la flexibilización de los criterios y la suma constante de "nuevos trastornos mentales que no lo son". "Si alguien penaba la pérdida de un ser querido durante largo tiempo se entendía como duelo, pero ahora si ese duelo dura más de una semana es un trastorno depresivo", apunta. Plantea idénticas dudas sobre el síndrome del comedor compulsivo o el de déficit de atención. "Todos conoceremos preocupaciones, decepciones o fracasos, desafíos asociados a un vida normal; pero la tendencia actual es considerarlos trastornos mentales que necesitan tratamiento médicos", explica Frances.
Recuerda las cautelas cuando él dirigía el DSM. "Solo aceptamos dos del centenar de nuevos trastornos propuestos, pero no sirvió de nada", lamenta. "La industria farmacéutica buscó los resquicios para golearnos, de modo que, a pesar de nuestras mejores intenciones, hemos asistido a varias epidemias psiquiátricas en los últimos años". Habla sin ambages de "falsas epidemias de trastornos mentales infantiles, como el déficit de atención, el autismo o el trastorno bipolar infantil".
Y tras tanta nueva patología está siempre la alargada sombra de la todopoderosa industria que tiene en sus psicofármacos "los productos estrellas para generar ingresos" y alienta esa "inflación diagnóstica" que hace que "millones de personas sean dependiente de agentes antidepresivos, antipsicóticos y ansiolíticos, somníferos y analgésicos". Tan es así que Frances sostiene que vivimos en "una sociedad adicta a las pastillas, con un 6% de los ciudadanos enganchados a los fármacos". Solo en EE UU un 11% de los adultos tomó antidepresivos en 2010, el 4% de los niños toma algún estimulante y el 4% de los adolescentes antidepresivos". Y lo peor es que no los recetan los psiquiatras. "El 80% las recetan médicos de cabecera tras una consulta de apenas siete minutos", explica.
Monocultivo humano
"Hace falta más psicoterapia para problemas menores. Sobra medicación y faltan mecanismos para vigilar los nuevos diagnósticos de manera tan escrupulosa como se hace con los nuevos fármacos. Los laboratorios están decididos a formar un solo monocultivo humano, un hombre estándar. Cualquier diferencia humana se convierte en un desequilibrio químico que hay que tratar con una pastilla. Transformar las diferencias en enfermedades es una de las mayores genialidades comerciales de nuestro tiempo".
"La industria farmacéutica dispone de recursos prácticamente ilimitados, fuerza política, habilidad publicitaria y ambición para buscar nuevos mercados y mayores beneficios" concluye Frances. Una situación que podría revertirse "si los políticos tuvieran motivación". Propone así acabar "con las fiestas, cenas, regalos promocionales y formación médica a doctores y estudiantes de medicina". También con los visitadoras médicos y agentes comerciales que se congregan en las salas de espera de los médicos, con las muestra gratuitas o con las aportaciones ilimitada y secretas a los políticos". También "reducir la protección de patentes a las empresas que infringen la ley" y a acabar la 'puerta giratoria', esto es "establecer una cuarentena de tres años antes de que los políticos, empleados a y burócratas implicados en el establecimiento y control de la regulación de las compañías farmacéuticas puedan incorporarse a las empresas del sector como directivos o empleados".

lunes, 8 de septiembre de 2014

Los recortes en sanidad abren el camino al sector privado y cargan el copago de las familias

El gasto privado ha subido 1.944 millones desde 2009, un 7,7%, mientras el público cayó en 6.748, un 8,9%
La factura familiar ha subido un 11% en tres años y un tercio del dinero va a pagar medicinas, gafas, audífonos u ortopedias
Uno de cada cuatro parados ha dejado de comprar medicamentos por el copago
El copago de medicinas ha cargado la factura sanitaria de las familias.
La aportación pública al sistema sanitario desciende año a año dejando cada vez más hueco al gasto privado. Según la última edición del Sistema de Cuentas de Salud de 2012, editada el pasado agosto por el Ministerio de Sanidad, la inversión pública cayó en 3.903 millones de euros: pasó de 72.500 a 68.600. Un 5,3% menos. En 2009 esa partida fue de 75.355 millones. Al mismo tiempo, el dinero privado pasó de 26.312 millones a 27.064. 752 millones más. Creció un 2,8%.
Las decisiones políticas que han detraído recursos a hospitales, centros de salud, residencias o campañas de salud han favorecido, por un lado, el aumento del campo de negocio de la sanidad privada y, por otro, han trasladado directamente al ciudadano parte de la financiación sanitaria, es decir, un mayor copago. Basta con mirar el apartado del documento que habla de "pagos directos de los hogares". Desde 2009, las familias han incrementado sus facturas sanitarias en 2.159 millones de euros (11,5%). Soportan el 77% del gasto privado.
Cuando las cuentas calculan ese tipo de gasto, se incluye el aseguramiento mediante compañías pero también el pago de medicamentos, productos de ortopedia, el abono directo de servicios como el dental o el óptico o los medicamentos que no están financiados.
Pero, además, la cuenta oficial consigna la cantidad de millones de euros que se computan como gasto público pero se van a cuentas privadas. En este sentido destaca el dinero de las residencias. El Ministerio revela que "más de la mitad del gasto sanitario público dedicado a financiar la asistencia prestada en establecimientos de atención medicalizada y residencial corresponde a conciertos". Trasvase desde las cuentas públicas.
La sanidad depende en una inmensa proporción de las Comunidades Autónomas. Un 91%. Así que hay que buscar las acciones y políticas de los Gobiernos regionales para dibujar una imagen del curso que toma el sistema sanitario. Y durante estos años, las palabras de los responsables políticos se han ocupado, sobre todo, de subrayar la factura a la hora de financiarlo. En esta línea, la presidenta de Castilla-La Mancha, Dolores de Cospedal, repetía en julio de este año: "La mejor sanidad pública es la que cuenta con las mejores técnicas, los mejores profesionales y la que se puede pagar. Si tenemos una sanidad con 5.000 millones de euros de deuda -como ocurría hasta hace tres años- no se puede hablar de sanidad pública, sino de la bancarrota de la sanidad pública".
Esta semana, el 4 de septiembre, el presidente de la Comunidad de Madrid, Ignacio González, presumía de que "mientras que otras regiones reducían los gastos sanitarios de forma lineal en consonancia con sus menores ingresos, en Madrid, hemos aumentado el porcentaje de nuestro presupuesto destinado a financiarla, hasta alcanzar ya prácticamente el 50%". Su compañero en Galicia, Albero Núñez Feijoo, aseguraba en diciembre de 2013 que "ni privatizamos ni privatizaremos la sanidad pública en Galicia. Cualquier hospital gallego tiene la misma garantía de público que la catedral de Santiago", al explicar cómo adjudicaría a un contratista el hospital de Orense.

Menos peso global que en otros países

Más allá de las declaraciones, las cifras del documento oficial son tozudas a la hora de reflejar la realidad. Establecen, por ejemplo, que el "30,6% de los recursos financieros de las administraciones públicas para proveedores de atención ambulatoria y el 11,% para hospitales se dedicaron a sufragar servicios prestados en establecimientos sanitarios de titularidad privada". Es el lenguaje técnico que habla de las partidas destinadas a adjudicaciones a empresas, a las pruebas diagnósticas realizadas en clínicas privadas o las derivaciones a centros privados para operar –y aliviar en muchos casos las largas listas de espera quirúrgica–.
Además, la parte de gasto que llega desde las arcas públicas va decayendo con el paso de los años. En realidad, casi cada curso disminuye y en 2012, último dato cerrado, se quedó en el 71% (de 95.670 millones). "Queda demostrado que lo que nos cuentan sobre lo caro que sale mantener la sanidad no se corresponde con la realidad", reflexiona José Manuel Freire, que fue consejero de Sanidad en el País Vasco y ahora diputado regional en Madrid por el PSM. "Si comparas esa parte del pastel que se abona con fondos públicos con otros países compruebas que en el Reino Unido se van al 85%, en Francia también están en esa proporción. Nos mienten sobre lo costoso que es", insiste.