domingo, 28 de enero de 2018

LA FEROZ AUTOEXPLOTACION


Querido Tom (The show must go on)

La sociedad del rendimiento, la explotación de uno mismo y el imperativo de matar la señal16
Autor: Daniel Flichtentrei 
"La violencia de la positividad no es privativa, sino saturativa; no es exclusiva, sino exhaustiva. Por ello, es inaccesible a una percepción inmediata". Byung-Chul Han
El genial músico Tom Petty falleció hace pocos meses en su casa de Malibú a los 66 años de edad. Los resultados de los exámenes post-mortem realizados por la oficina forense de Los Ángeles atribuyeron su muerte a una "falla orgánica multisistémica" tras ingerir una mezcla tóxica de múltiples medicamentos analgésicos, entre ellos fentanilo y oxicodona. Tom padecía de dolor crónico en muchas localizaciones y de lesiones en su cadera que finalizaron en una fractura. El dolor era insoportable. Sus numerosos compromisos -con más de 50 shows contratados- le hicieron tomar la decisión de ignorar el síntoma silenciándolo con fármacos que le permitieran continuar con su trabajo. Todos los que amamos su música sentimos el dolor de la pérdida. Ahora también sentimos la obligación de reflexionar acerca de otros “dolores” que nos involucran como sociedad.
Lo que la epidemia de opioides ocultaEn los EE.UU. se señala desde hace varios años que existe una grave “epidemia de opioides” que se cobra alrededor de 50.000 vidas al año y muchos más que sobreviven con adicciones pagando un precio dramático en sus existencias personales. Los casos de sobredosis se incrementaron en un 28% solo durante el año 2016. Los presupuestos de salud se resienten, la medicina no logra encontrar soluciones que prevengan esta catástrofe; ¿por qué?
Una “epidemia de opioides” es una forma elíptica de mencionar la consecuencia para ocultar su causa: la verdadera epidemia no es opioides sino de dolor. El consumo descontrolado de analgésicos es la irresponsable respuesta para mitigarlo y la adicción un efecto secundario del abordaje irreflexivo de un síntoma ignorando sus motivos. Dos nuevos problemas amenazan el bienestar y la salud de las personas en el mundo de hoy: el dolor y el cansancio o fatiga. La medicina los enfrenta con sus limitados recursos y con una actitud que se ha convertido en un grupo de reglas o principios de acción naturalizados como sentido común sin que nadie se anime a cuestionarlos:
  1. Las personas no deben sufrir.
     
  2. Cualquier esfuerzo está justificado para mantener a las personas activas y productivas.
     
  3. Un síntoma para el que no se encuentra daño que lo justifique no existe como enfermedad.
     
  4. La medicina se ocupa de las causas próximas, no de las causas raíz que escapan a su estrecho campo de visión.
Matar la señal
El dolor –como otras señales- aparece evolutivamente para indicar alarma por daño inminente y/o daño consumado. Es una parte fundamental de la compleja respuesta de protección orgánica. Su mecanismo consiste en estimular la conciencia con el mensaje perceptivo que se proyecta sobre la zona amenazada o dañada. Su función es la de modificar la conducta mediante un estímulo inhibitorio. Al igual que la fatiga, el dolor pide reposo, suspensión de la actividad que es interpretada como peligrosa en el contexto en el que ocurre. Atención a las señales del cuerpo y suspensión de la actividad para dar lugar a la reparación y prevenir un riesgo mayor, dos cosas que la cultura en la que vivimos no se permite.
Para la medicina la fisiopatología va del síntoma al daño, la mera existencia de síntomas sin evidencias de daño produce una disonancia cognitiva. Sin embargo, esta situación es hoy uno de los trastornos más frecuentes. La aparente paradoja de señales sin emisor, desorienta al clínico ya que sus categorías no le permiten clasificar el cuadro. Las denominaciones abundan: síntomas sin explicación médica, trastorno somatomorfo, psicosomático, alteración funcional, etc. Las etiquetas describen más la desorientación que la clínica que los pacientes presentan. El dolor o la fatiga crónica producen enorme padecimiento en cientos de miles de personas a las que la medicina no puede clasificar y, en consecuencia, culpa de su propio padecimiento. Ya hemos publicado en IntraMedacerca de este problema en la encefalomielitis miálgica con síndrome de fatiga crónica.
El caso del dolor crónico sin daño ostensible de órganos o tejidos es también un motivo frecuente de incertidumbre clínica. Si reconocemos la señal pero no encontramos el daño, optamos por alguna de dos intervenciones, ambas erradas y con frecuencia catastróficas.
  1. Negamos la existencia del cuadro.
  2. Matamos la señal (analgésicos, estimulantes, sedantes, etc).
1. La primera condena al enfermo a padecer el síntoma y también la incomprensión, la descalificación de su narrativa y la falta de acompañamiento. Esta situación ha sido abordada por muchos filósofos de la medicina adoptando la denominación de Miranda Fricker de “injusticia epistémica”. En un libro muy recomendable hace afirmaciones que deberían obligar a la reflexión en el ámbito de la medicina.
Una injusticia epistémica se produce cuando se anula la capacidad de un sujeto para transmitir conocimiento y dar sentido a sus experiencias sociales. Fricker analiza y hace visible el error que se comete —y las consecuencias que acarrea— cuando se desacredita el discurso de un sujeto por causas ajenas a su contenido. La autora determina dos tipos de injusticia epistémica: la que se produce cuando un emisor es desacreditado debido a los prejuicios que de él tiene su audiencia —la injusticia testimonial—; y la que se produce ante la incapacidad de un colectivo para comprender la experiencia social de un sujeto debido a una falta de recursos interpretativos, poniéndolo en una situación de desventaja y de credibilidad reducida —la injusticia hermenéutica.
La caracterización de estos dos fenómenos arroja luz sobre infinidad de cuestiones, como el poder social, los prejuicios, la razón o la autoridad de un discurso, y permite revelar los rasgos éticos intrínsecos en nuestras prácticas epistémicas.
2. La segunda opción elimina una señal impidiendo que lo señalado por ella se haga manifiesto y modifique la conducta. El sueño de una humanidad sin dolor es absurdo y peligroso ya que consiste en privarnos de las señales que nos protegen de daños mayores. La especie nos ha dotado de exquisitos mecanismos defensivos que apelan al síntoma para modificar la conducta: náuseas, vómitos, diarrea, tos, asco, aversión, miedo, ansiedad, palatabilidad, etc. Manipularlos desconociendo el mensaje biológico que encierran es una forma enfática de ejercer el desconocimiento de los sutiles sistemas de señalización que facilitan la adaptación al ambiente y nos preservan del colapso vital. Atenuar el sufrimiento no puede consistir en ignorar el peligro que esos síntomas señalan.
La dificultad de comprender nuevas formas de fisiopatología por fuera del modelo secuencial en el que hemos sido educados: del síntoma al daño, es un obstáculo epistemológico que nos impide ayudar a nuestros pacientes. Nos resulta imposible admitir que entre una señal y un órgano hay un nivel intermedio de señalización molecular (inflamatoria, inmunológica, neurológica) que puede presentar alteraciones por sí mismo en ausencia daño tisular. Este nivel disregulatorio ya está siendo mencionado por muchos autores como el profesor Michael Hyland en un profundo artículo teórico que publicamos hace pocos días. A diario se identifican mecanismos capaces de producir clínica por fuera de nuestros esquemas tradicionales. El dolor sin daño al que hacen referencia los Dres. res. Eduardo Stonski y Daniel Weissbord en una entrevista de nuestro sitio. La activación neuro-inmune de la glía en el dolor persistente con inflamación crónica mediada por citoquinas, factores neurotróficos y activación de la inmunidad celular. Estos son solo una pequeña muestra de la cantidad de evidencias que muestran datos que podrían explicar la frecuente "anomalía" clínica que asistimos a diario y frente a la que, o no tenemos respuesta, o aplicamos una estrategia equivocada. La falta de categorías para abordar una nueva realidad nos obliga a "guardar las corbatas en el cajón de las medias", solo porque es el único que tenemos / conocemos.

Los dolores de la sociedad del rendimiento y de la autoexplotación
Vivimos en la sociedad del rendimiento maximizado, somos empresarios de nosotros mismos, nuestros más severos e impiadosos explotadores
Las enfermedades prevalentes siempre han estado vinculadas a los modos de vida de una sociedad en un momento determinado. La epidemiología infecciosa del siglo XIX o la era del cansancio y del dolor del siglo XXI no serían posibles sin sus raíces históricas específicas, sin sus valores, sus creencias y sus modos de exsitir.
Vivimos en la sociedad del rendimiento maximizado, somos empresarios de nosotros mismos, nuestros más severos e impiadosos explotadores. Mientras permanecemos ciegos a esta realidad cultural, nos sentimos ingenuamente libres y dueños de nuestras decisiones. No detener la maquinaria de la que formamos parte –aunque creamos que somos individuos autónomos- ya no es la decisión de un capataz feroz que, látigo en mano, nos obliga a bajar al socavón de la mina o a labrar la tierra de sol a sol. La determinación de explotarnos -superando incluso los límites que impone la fisiología- es ahora aparentemente "nuestra", es una esclavitud voluntaria. Hemos incorporado a nuestro capataz como a un homúnculo interior disfrazado de emprendedor y meritócrata por pura determinación personal. El látigo se ha tornado invisible porque ya no se descarga fuera sino dentro de nosotros mismos.
La forma optimizada de aumentar la productividad en nuestros días requiere pasar desde una sociedad disciplinaria a una de rendimiento. Hemos creado el animal laborans que se explota a sí mismo, voluntariamente y sin coacción externa. Creemos no estar sometidos a nadie porque somos ciegos al sometimiento mayor que consiste en estar sometidos a nosotros mismos. Por primera vez es posible una explotación sin dominación. Nos hemos convencido que los objetivos de la sociedad (producción) conciden con los nuestros (felicidad) y que la forma en que los primeros nos permitirán acceder a los segundos es consumiendo sus productos y buscando un placer o recompensa que se muestra como la flasa puerta a la felicidad personal. No hay tiempo, no puede admitirse la fatiga, todo depende de nosotros. La hiperkinesia cotidiana arrebata a la vida humana cualquier elemento contemplativo, cualquier capacidad para demorarse. En una sociedad atomizada de individuos aislados y eogomaníacos, el dolor y el cansancio deben ser silenciados.
Los médicos necesitamos comprender lo que le pasa a nuestros enfermos. Nos urge crear categorías que los describan e investigar basados en nuevas hipótesis y teorías para buscar las evidencias que las confirmen o las refuten. Ni el ingenuo Big Data, ni el abuso de una tecnología que no podrá responder las preguntas que no sabemos formular. Necesitamos saber lo que ignoramos, explicar y comprender. No solo acumular datos, información e imágenes. Hoy las cosas pierden su significación para someterese al carácter de información. Hay que salir del cómodo vecindario de saberes establecidos para enfrentar la incertidumbre y el desafío de la nueva epidemiología.
"La explotación a la que uno mismo se somete es mucho peor que la externa, ya que se ayuda del sentimiento de libertad. Esta forma de explotación resulta, asimismo, mucho más eficiente y productiva debido a que el individuo decide voluntariamente explotarse a sí mismo hasta la extenuación". Byung-Chul Han
Gran parte de lo que hoy se nos presenta como problemas clíncos son formas desesperadas de organismos que buscan adaptarse a un mundo que ignora sus límites, que los demanda por encima de las posibilidades fisiológicas. Muchos síntomas expresan la brutal discordancia entre las estrategias de afrontamiento sobrepasadas y la ceguera (de pacientes y de médicos) para respetar las señales en lugar de asesinarlas. La medicina no puede contribuir a expandir esta ceguera deliberada. Cada vez que apagamos una queja orgánica desconociendo el contexto biográfico y narrativo, el mundo ultra-demandante más allá de nuestra oficina o la biología desadaptativa que enciende, no solo no resolvemos nada sino que lo empeoramos. Hay una biología identificable que gobierna el esfuerzo adaptativo a cada circunstancia. Y no la conocemos lo suficiente.
No se trata de practicar una disciplina de meras conjeturas exasperadas, ya hay quienes ejercen ese desatino desde hace más de un siglo, sino de comprender la naturaleza sistémica de los fenómenos que observamos. Hay que desterrar la absurda frontera entre mente y cuerpo, lo que existe es dualidad, no dualismo. Hemos dividido arbitraraimente los fenómenos por pura ignorancia o mera obstinación. Nadie puede asistir a los pacientes desconociendo su biología ni hacerlo ignorando su subjetividad. Son dos formas arrogantes de la ignorancia que solo la ciencia está logrando integrar. Es hora de que lo hagamos nosotros también. La medicina no puede contribuir a perpetuar un mundo que maximiza el rendimiento a expensas de nosotros mismos; más bien tiene la obligación ética de desenmascararlo y de resistirlo.

sábado, 27 de enero de 2018

SE VIVE MAS Y MEJOR CON UN TITULO

Efectos sobre la edad de jubilación

Las personas mayores con estudios superiores viven más años con buena salud

  • .
Con el aumento de la esperanza de vida en España, se incrementa el número de personas mayores de 65 años. Sin embargo, existen desigualdades en función del nivel de estudios y el sexo. Un nuevo estudio demuestra que las personas con mayor nivel de estudios viven más y mejores años que las que no tienen estudios. 
.

La esperanza de vida aumenta 20,4 años en los hombres y 24,7 en las mujeres con estudios universitarios. / Pixabay
El incremento de la esperanza de vida ha venido acompañado de un aumento de la población mayor de 65 años, que en España representa casi el 20% del total y que se prevé doblará su tamaño en las próximas décadas.
Mientras los países europeos sopesan medidas para reestructurar sus sistemas de pensiones –habitualmente en forma de aumento de la edad de jubilación–, algunos estudios científicos pretenden incluir nuevos elementos en este debate.
Un trabajo, publicado en la revista Gaceta Sanitaria y liderado por el grupo de Investigación en Determinantes Sociales de la Salud y Cambio Demográfico de la Universidad del País Vasco (UPV/EHU) junto con Centre d'Estudis Demogràfics de la Universidad Autónoma de Barcelona, ha comprobado que existen desigualdades sociales en la esperanza de vida según el nivel de estudios y el sexo. Las personas de mayor nivel de estudios viven más años, más años en buena salud y menos con un peor estado de salud que las personas de menor nivel de estudios. Esta es la conclusión a la que han llegado tras analizar los datos de la población española mayor de 65 años en 2012. 

Vivir más años no implica vivir mejor
Los resultados revelan que la esperanza de vida de la población española mayor de 65 años aumenta a medida que lo hace su nivel de estudios, pasando de los 18,2 años en los hombres y los 22,4 en las mujeres con estudios primarios a los 20,4 años en los hombres y los 24,7 en las mujeres con estudios universitarios.  
El estudio también ha analizado la calidad de la esperanza de vida de las personas mayores en España y nuevamente ha constatado la existencia de desigualdades sociales. De media, los hombres con estudios superiores viven 4,5 años más con buena salud (12,53 años) que los que cuentan con estudios primarios o inferiores (7,97 años). Una diferencia todavía más amplia en el caso de las mujeres, ya que las que tienen estudios universitarios viven el doble de años con buena salud (13,54 años) que las que tienen estudios primarios o inferiores (6,73 años).  
Por el contrario, la situación se invierte tras analizar los años de vida con mala salud tras la edad actual de jubilación. Si los hombres mayores de 65 años con estudios universitarios viven de media 7,87 años con mala salud, la cifra aumenta a 10,20 años en aquellos con estudios primarios o inferiores.
La situación es más preocupante en el caso de las mujeres, ya que aunque cuentan con una mayor esperanza de vida, esperan vivir más años con mala salud. También en su caso influye el nivel de estudios, ya que las mujeres con estudios superiores viven 11,19 años con mala salud, 4,5 años menos que las mujeres con estudios primarios o inferiores (15,69 años).  
De esta manera, si el aumento de la esperanza de vida ha supuesto una justificación para el retraso en la edad de jubilación, ¿deberían influir estas desigualdades en la mortalidad a la hora de implementar una edad de jubilación diferente según el sexo o el nivel de estudios?
“Estos resultados aportan un conocimiento importante para poder introducir la perspectiva de la equidad en el debate en torno al incremento de la edad de jubilación”, advierten los autores de este estudio. “El retraso de la jubilación puede estar ya generando desigualdades y favoreciendo a las personas de mayor nivel socioeconómico, que disfrutarán de un mayor número de años de vida totales y con buena salud tras su jubilación, suponiendo, por tanto, una presión proporcionalmente mayor al sistema de pensiones que los grupos más desfavorecidos”, concluyen.
Referencia bibliográfica:
Unai Martín et al. "Desigualdades sociales en salud en población mayor: una aportación desde la salud pública al debate sobre el retraso de la edad de jubilación en España". Gaceta Sanitaria 2018 [Avance online]. Disponible en: http://gacetasanitaria.org/es/desigualdades-sociales-salud-poblacion-mayor/avance/S0213911117302753/

viernes, 26 de enero de 2018

LOS QUE NOS CRIAMOS AL BORDE DEL MAR Y EN EL CAMPO NO TENEMOS MIOPÍA...LA VISIÓN A LARGA DISTANCIA GENIOS TONTOS

La causa de que cada vez más personas tengan miopía (y cómo prevenirla)

Se pensaba que tenía relación con las horas de estudio, pero hay algo más important

Las cifras hablan por sí solas: en los últimos 50 años, el número de personas con miopía se ha duplicado en muchos lugares del mundo, como en Estados Unidos y Europa. Pero en otros territorios, en especial en Asia, el incremento es muchísimo más alto.
En China, por ejemplo, hace 60 años la población miope oscilaba entre el 10 y el 20 %. Hoy, en cambio, más del 90 % de los adolescentes y adultos jóvenes los son. Y en Seúl, capital de Corea del Sur, sufre miopía hasta el 96,5 % de hombres de 19 años. Algunas estimaciones apuntan que al final de esta década hasta un tercio de la población, es decir, 2,5 mil millones de personas, sufrirán de este defecto en la visión, a consecuencia del cual el ojo no refracta correctamente la luz, causando la visión borrosa de los objetos lejanos.

"La miopía
 aparece durante la edad escolar y suele empeorar gradualmente hasta que el globo ocular completa su crecimiento. Lo que causa la miopía es el crecimiento excesivo del globo ocular , el cual se vuelve más largo de lo normal. En caso de que el ojo llegue a medir más de 26 mm, o presente más de 6 u 8 dioptrías, entonces se habla de miopía patológica", explica Manuel Díaz, catedrático de Oftalmología por la Universidad de Valencia y presidente de la Sociedad Española de Miopía.Australia tampoco se salva: se calcula que la cifra de miopes pasará de los 4 millones actuales a los 22 millones de afectados en 2050. Para el profesor y optometrista Kovin Naidoo, director de la entidad no gubernamental Brien Holden Vision Institute (BHVI) con sede en Sídney, estos datos evidencian que la miopía se postula como uno de los principales desafíos de la salud publica en el futuro. Algo así como una epidemia de miopía a nivel global.
Esa miopía patológica, añade, "aumenta significativamente el riesgo de sufrir cataratas, glaucoma, desprendimiento de retina y maculopatía miópica. Cabe recalcar que la miopía grave está entre las tres primeras causas de ceguera permanente en el mundo".

Mientras menos tiempo al aire libre, peor visión

Dada la dimensión del problema muchos científicos intentan desde hace tiempo comprender las causas del auge de este defecto ocular, un incremento tan grande que no puede atribuirse únicamente a causas genéticas. "Los cambios genéticos no se propagan tan rápido. Hace falta recurrir a un factor ambiental", dice la doctora Seang Mei Saw, que estudia las vinculaciones entre genética y miopía en la Universidad Nacional de Singapur.
Entonces ¿cuál es el motivo? El camino para averiguarlo no ha sido nada fácil. Hasta hace unos años se pensaba que la causa debía residir en el mayor tiempo que los niños dedicaban al estudio, algo que concuerda con la exigencia académica al alza de los chicos asiáticos. Según datos de la OCDE, los quinceañeros de Shangai dedican unas 14 horas semanales a hacer deberes, frente a las 5 que invierten los chicos británicos y 6 los estadounidenses.

Sin embargo, los estudios acabaron por descartar que ese fuera el motivo principal. La pista definitiva no llegó hasta 2007, cuando el optometrista Donald Mutti del Colegio de Optometría de la Universidad Estatal de Ohio llevó a cabo una investigación que durante cinco años estudió los hábitos de un grupo de más de 500 niños de 8 y 9 años de edad y con visión sana. Al concluir la investigación, uno de cada cinco niños había desarrollado miopía. Y destacó
 un factor ambiental asociado a estos: habían pasado mucho menos tiempo al aire libre que los demás.Ya en los años noventa se había establecido una correlación entre el tipo de educación y la miopía tras un estudio realizado con adolescentes israelíes escolarizados en las escuelas talmúdicas judías conocidas como yeshivot. En estos centros las horas dedicadas a leer son mucho más altas y también el índice de miopía. La asociación parecía consistente, a lo que se sumaban las muchísimas horas que los niños del siglo xxi pasan frente a las pantallas de ordenadores, smartphones y tablets.
Unos resultados que, un año más tarde, corroboró la investigación dirigida por la experta en miopía de la Universidad de Tecnología de Sídney, Kathryn Rose, durante la cual el foco de atención fueron unos 4.000 alumnos de primaria y secundaria de la capital australiana. ¿Era la actividad física que llevaban a cabo los niños lo que les protegía de contraer miopía? No. Ni tampoco el tiempo dedicado al deporte o que esos niños pasaran menos tiempo ante las pantallas. O al menos no solo eso. El factor más concluyente resultó ser una mayor exposición a la luz brillante del día.
"La luz solar estimula la producción de dopamina intraocular a través de las células amacrinas de la retina", explica Manuel Díaz. La dopamina es un neurotransmisor que bloquea el alargamiento del ojo durante su desarrollo y se produce sobre todo durante el día. Se estima que si la iluminación es tenue, lo que ocurre en los ambientes de interior, su ciclo se interrumpe, lo que tiene consecuencias en el crecimiento de los ojos.

Al menos 10.000 lux diarios

Ian Morgan, un investigador especializado en la miopía de la Universidad Nacional de Australia en Canberra, estima que los niños necesitan pasar alrededor de tres horas por día bajo niveles de luz de al menos 10.000 luxpara estar protegidos contra la miopía, una cantidad de luz similar a la que recibiríamos permaneciendo bajo la sombra de un árbol en día de verano. Algo difícil de igualar en un interior: una oficina o un aula que esté bien iluminada no supera los 500 lux.
En 2009, Morgan se propuso probar si pasar más tiempo al aire libre ayudaría a proteger la vista de los niños chinos. Él y un equipo del Zhongshan Ophthalmic Center lanzaron en Guangzhou un experimento en seis escuelas seleccionadas al azar en las que añadieron una clase al aire libre de 40 minutos de duración al final de cada jornada escolar para los niños de seis y siete años; los niños de otras seis escuelas no tuvieron cambios en el horario y sirvieron como referencia.
De los más de 900 chavales que asistieron a la clase al aire libre, el 30% desarrolló miopía entre los 9 y 10 años, un 10% menos que los alumnos de las escuelas de control. En una escuela de Taiwán, donde se les pidió a los maestros que los niños permanecieran al exterior durante 80 minutos diarios, los resultados fueron mejores. Tras un año, los médicos detectaron miopía solo en un 8% de ellos, en comparación con el 18% de los niños que fueron diagnosticados en una escuela cercana.

Sol y gotas de atropina

"La miopía siempre tiende a progresar. Solo la frena la exposición a la luz solar y las gotas de atropina", dice Manuel Díaz. Díaz es uno de los autores de un estudio científico que está a punto de ser publicado, en el que a lo largo de 5 años se ha podido comprobar que la atropina superdiluida (al 0.01%), aplicada diariamente por la noche, resulta también muy útil para ralentizar la progresión de la miopía. En el 80% de los tratados se consiguió frenar el avance de la miopía, que no aumentó más allá de las 0,25 dioptrías por año.
La atropina es un fármaco que lo que hace, entre otras cosas, es aumentar la producción de dopamina en las células amacrinas de la retina por lo que, en combinación con una correcta exposición a la luz solar, puede ser una herramienta de gran utilidad para controlar este indeseable auge de la miopía en el mundo.

"Hay otras propuestas, como unas lentes de contacto diseñadas para regular el crecimiento del ojo, pero los resultados no son comparables", dice Tarrús, que también resalta la importancia que tiene la exposición a la luz solar en este asunto."
Ya sabíamos que en épocas de menor luz ambiental, es decir en invierno, el incremento de la miopía en los niños aumenta más que en verano. Según indican las estadísticas realizadas en Estados Unidos, Australia y en los países asiáticos, que por el momento son muy amplias y poco concretas, la implementación de esos modelos de “educación intensiva” no hacen sino empeorar la situación», añade.Según el profesor asociado de Oftalmología en la Universitat de Girona Joaquim Tarrús, médico adjunto del servicio de Oftalmología del Hospital Josep Trueta y del Hospital de Olot, hoy por hoy la atropina parece ser la opción más efectiva, aunque su altísima dilución es esencial para evitar efectos indeseables locales, algo que se está monitorizando en la actualidad.
Desde hace mucho tiempo se conocen los múltiples beneficios que el aire libre genera en las personas, en especial entre los más jóvenes. Ahora, el freno de la miopía es otra razón de peso que no deberíamos obviar. Además, como recalca Kathryn Rose, estar al aire libre "seguramente redunda en un aumento de la actividad física, lo que a su vez disminuye la probabilidad de sufrir obesidad y mejora el estado de ánimo", dice Rose. ¡Y es gratis! ¿Qué más se puede pedir?

LO APOYO Y ME PARECE LA MÁXIMA EXPRESIÓN DE LIBERTAD

NO ES UNA ENFERMA TERMINAL, PERO LA LEY HOLANDESA LO PERMITE

"Hoy por fin me muero. Tengo 29 años y han aceptado mi solicitud de eutanasia"

Médicos holandeses han programado para hoy el suicidio asistido de una joven con múltiples trastornos psiquiátricos. Concluyeron que su mejora era imposible y que sufría un dolor insoportable

Foto: Aurelia Brouwers, en una imagen reciente. (Foto cedida por Aurelia Brouwers)
Aurelia Brouwers, en una imagen reciente. (Foto cedida por Aurelia Brouwers)
DAVID MORALES
Aurelia Brouwers recibió una llamada el 31 de diciembre de 2017. Al otro lado de la línea estaba un trabajador de la federación holandesa de médicos KNMG. “Era un domingo, pero no les importó. Me comunicaron que habían aprobado definitivamente mi solicitud de suicidio asistido y me preguntaron si quería programarlo ya. Les dije que sí y me lo pusieron para el 26 de enero. Fue la mejor noticia que he escuchado en los últimos años. Por fin me voy a morir”, dice a El Confidencial con una gran sonrisa.
Esta joven de 29 años vive en Deventer, al este de Holanda, y está diagnosticada con un trastorno límite de la personalidad, un trastorno de estrés postraumático crónico y diversas adicciones. Sus pesadillas se repiten durante las pocas horas que duerme, pero es peor cuando se despierta. “¿Cómo me siento al levantarme de la cama? Puedo explicarlo de muchas maneras”, dice antes de hacer una larga pausa.
“Es como si tuviera pequeñas agujas en la cabeza y un martillo las golpearacada segundo. Se trata de una lucha continua que se libra dentro de mí”, explica llevándose las manos a la frente. En ese momento, las heridas que ella misma se ha provocado en los brazos se hacen aún más visibles ante su interlocutor. Aurelia continúa: “No estoy peleando contra unas células cancerígenas, sino contra unos demonios que, de alguna manera, ha creado mi mente. Pero no puedo ganarles porque, si lo hago, también soy yo quien sale derrotada. Es una batalla diaria que llevo perdiendo años, algo que va más allá de mis enfermedades mentales”.
Sus primeras depresiones llegaron con 12 años y su primer gran bache, tres años después con la repentina muerte de una amiga. “Colapsé. La escuela les dijo a mis padres que necesitaba ayuda de una institución mental y empecé terapia con un psiquiatra”. Fue entonces cuando empezó a medicarse, en aquel momento sólo con antidepresivos. “Al principio pensaban que estaba de luto, que mejoraría después de cinco o seis conversaciones, pero no funcionó. En ese momento aún no se habían dado cuenta de la gravedad de mis problemas”.
La carrera cuesta abajo se hizo más pronunciada en su primer intento serio de suicidio, cuando con 21 años estuvo a punto de tirarse por una ventana
Empezó a autolesionarse en la adolescencia y ha seguido haciéndolo hasta ahora. La joven se justifica con un tono que denota, sin verbalizarlo, el cansancio de haber escuchado la misma pregunta decenas de veces. “Es una manera de liberar mis emociones, pero cuando empecé no podía cubrir todas las heridas. Mis profesores se dieron cuenta en la clase de gimnasia y se lo contaron a mis padres. Se hizo evidente que no sólo estaba de luto, se trataba de algo más serio”.
Aurelia siguió diferentes terapias durante años y probó todo tipo de pastillas, incluso unas que estaban en fase de experimentación. “¿Qué más daba? No había nada que perder”, apunta. La carrera cuesta abajo y sin frenos se hizo más pronunciada en su primer intento serio de suicidio, cuando con 21 años estuvo a punto de tirarse por una ventana. Su novio de aquel momento llegó a tiempo para evitarlo. “Me había convertido en un serio peligro para mí misma”, reconoce. Su ingreso en una clínica mental fue justo después, en un principio para sólo seis meses.
Aurelia Brouwers, en una imagen reciente. (Foto cedida por Aurelia Brouwers)
Aurelia Brouwers, en una imagen reciente. (Foto cedida por Aurelia Brouwers)
“Esa experiencia me hizo más daño que otra cosa”, explica. Siguió más terapias y otros medicamentos, pero en el horizonte nunca oteó visos de mejora. Después de dos años y medio, en el transcurso de una discusión, amenazó a una enfermera con un objeto punzante. La seguridad del centro tuvo que inmovilizarla y el incidente le costó la expulsión del centro.
“En realidad estaba muy contenta de salir de allí y orgullosa de poder tener mi propio apartamento”, indica. Lo que en un principio pareció un paso adelante terminó siendo un espejismo primero, y un agujero negro después. “La ambulancia tenía que venir a mi casa unas tres veces al mes por mis intentos de suicidio”, reconoce. Pero no sólo eso. “Los vecinos llamaban cada dos por tres a la Policía porque estaba muy frustrada e iba dando gritos por la calle. Después empecé a hacer lo mismo, pero con un cuchillo en la mano. Los agentes ya me conocían, era evidente que no les gustaba”.
La situación se volvió insostenible un día en el que Aurelia discutió con un amigo a través de Facebook. “Me sentía muy frustrada, necesitaba hacer algo con mi dolor y mi mente entró en un estado de locura. Fui al sótano de mi casa y le prendí fuego. Lo pienso ahora y… Fue la cosa más estúpida que he hecho en toda mi vida porque puse en peligro a mucha gente”.
El caso llegó a juicio y la joven fue sentenciada a dos años y medio de privación de libertad. Sus abogados pidieron que cumpliera la condena en una clínica mental, propuesta que contaba con el visto bueno de sus psiquiatras, pero los jueces la rechazaron. Aurelia, con apenas 25 años, terminó con sus huesos en la cárcel.
Fue la experiencia más terrible de mi vida”, apunta. La pusieron en una sección destinada a reclusos con problemas mentales y allí hizo algunos amigos, pero lo demás fue un infierno. “Me volví más suicida, no podía aguantar la autoridad de los guardias, me pasaba el día gritándoles que me quería morir. Mi trastorno límite de la personalidad se me fue de las manos y me volví agresiva. Creo que mis enfermedades se intensificaron en la cárcel”, explica con calma.
Sus actitudes violentas y comportamientos suicidas, según relata la propia Aurelia, llevaron a las autoridades de la prisión a encerrarla varias veces en una celda de aislamiento. “Es algo horrible. Normalmente puedes disfrutar de libros o de una televisión y tienes cosas que hacer, pero en esas mazmorras no hay nada. Absolutamente nada. Estás sola, encerrada contigo misma”.
Aurelia ha militado en el partido democristiano CDA, que se opone a la eutanasia, pero lo justifica por sus creencias. “Si Dios es amor, él me dejará ir”
Recuperó la libertad en diciembre de 2016 y en el primer reencuentro con su psiquiatra le dijo abiertamente que, si no encontraba una solución para curarla, estaba dispuesta a solicitar la eutanasia. El facultativo le sugirió entonces la clínica De Hoop (“La Esperanza” en holandés), un centro cristiano de atención psicosocial situado en Dordrecht. “Sí. Soy creyente, por eso me lo recomendaron”, responde. De hecho, Aurelia ha militado en el partido democristiano CDA, que se opone a la eutanasia. Reconoce lo contradictorio de su elección política, pero la justifica por sus firmes creencias religiosas. “Si Dios es amor, él me dejará ir”, asegura.
Aurelia se trasladó a Dordrecht para una primera entrevista en el centro de atención psicosocial que duró dos horas. “Me enviaron una carta semanas después para rechazarme. Decían que mis problemas eran demasiado difíciles y que no sabían cómo tratarlos”, relata. Quedó de nuevo con su psiquiatra y le volvió a plantear su deseo de morir. “Me preguntó si realmente quería hacerlo y le respondí que sí. Lo había deseado durante siete años, era algo que de verdad quería hacer”.
El aspecto más sensible de su solicitud es que sus dolencias no son terminales, pero la ley holandesa establece otros criterios. A saber: el paciente debe haberla reclamado en varias ocasiones, preferentemente por escrito y mientras aún es consciente de sus decisiones. Su sufrimiento debe ser insoportable y sus perspectivas de mejora, nulas. Si el facultativo considera que esos requisitos se cumplen, debe llamar a otro médico independiente para que haga una segunda evaluación. En caso de coincidir, se aprueba. Tras la aplicación, una Comisión Regional de Revisión de la Eutanasia revisa que todo el proceso se ha seguido correctamente.
Las eutanasias por trastornos psiquiátricas como la de Aurelia han aumentado considerablemente en Holanda. Si en 2012 se concedieron sólo 12, en 2016 la cifra escaló hasta 60, es decir, cinco al mes. No obstante, representan menos del 1% del total. La gran mayoría, un 68%, se debe al cáncer. Le siguen desórdenes del sistema nervioso (casi un 7%), enfermedades cardiovasculares (5%) y problemas pulmonares (3’5%), entre otros.
La joven considera que debe “acabarse con el tabú de la eutanasia para pacientes con enfermedades mentales” y reclama “más comprensión social” en casos como el suyo. Cuando decidió hacerlo público recibió atención mediática y el canal holandés RTL Nieuws la ha acompañado en sus últimos días para grabar un documental. Ayer pudo tachar de su lista de deseos, elaborada a principios de enero, su último gran sueño. Conocer al cantante Marco Borsato, una de las figuras más importantes de la música holandesa. “Mi gran héroe vino. ¡Qué hombre tan increíblemente dulce!” escribió en su muro de Facebook, subiendo cuatro fotos en la que ambos salen abrazados.
Los médicos acudirán hoy a la casa de Aurelia. Serán ellos los que le pregunten por última vez si realmente quiere llegar hasta el final
Aurelia preparó anoche una cena a la que invitó a varios amigos. Algunos de ellos se quedaron la noche entera con ella y estarán presentes en sus momentos finales. Una ausencia importante será la de su padre. “Para él está siendo muy duro. Mi madre falleció en agosto del año pasado de forma repentina y ahora va a perder a su única hija. Vendrá a mi incineración y quiere poner todas sus energías en ello, pero no estará cuando me vaya”.
Los médicos de la Clínica para el Final de la Vida, una fundación que se encarga de asistir a los pacientes durante la eutanasia, acudirán hoy a la casa de Aurelia. Serán ellos los que le pregunten por última vez si realmente quiere llegar hasta el final. De contestar afirmativamente, le darán una bebida mortal que ella misma tomará. Preguntada por la posibilidad que aún tiene de echarse atrás, responde de forma tajante. “De ninguna manera. Mi único miedo es no ser capaz de tragarme el líquido o vomitarlo, porque es muy amargo. De ocurrir, le pediré a los doctores que me pongan la inyección. Y todo, por fin, terminará”.
Hacia el final de la entrevista, la joven pide hacer una pequeña pausa y deja caer una reflexión. “¿Sabes? Los tratamientos y la medicación no funcionan para un pequeño porcentaje de enfermos mentales. Ese es el problema. Yo los intenté todos y sé de lo que hablo. Lo que digo es triste, pero es la pura verdad. No funcionaron conmigo. Y yo ya no puedo más”.