Revelan la relación entre la longevidad de los padres y la de los hijos
Los investigadores afirman que la tasa de mortalidad de aquellas personas cuyos progenitores vivieron más de 65 años es hasta un 16,5% menor por cada década extra que vivieron sus padres.
Imagen IlustrativaPixabay
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La cantidad de años que viven los padres está directamente relacionada con la expectativa de vida de los hijos, e incluso permitiría deducir la calidad de vida que estos tendrán cuando alcancen la tercera edad.
Así lo arrojó un reciente estudio de la Universidad de Exeter, en el Reino Unido, reseñado por 'El País', donde se analizaron distintas variables de medición e investigación para determinar la relación exacta entre la longevidad de los padres y la de sus hijos.
Los resultados indicaron que, mientras más vivan los progenitores, mayores posibilidades tendrán sus hijos de llegar a una edad avanzada en buena salud.
La doctora Janice Atkins, responsable de la investigación, informó que los estudios indicaron que por cada año adicional la tasa de algunas enfermedades disminuye en la siguiente generación.
"Se trata del mayor estudio que muestra que, cuánto más vivan tus padres, tendrás más probabilidades de llegar a los 60 y los 70 en buen estado", apuntó la doctora Atkins.
Sobre la metodología del estudio, se informó que se seleccionó a 181.151 británicos durante ocho años, con edades comprendidas entre 55 y 73 años, y se les preguntó a qué edad habían fallecido sus padres. A partir de este dato fueron controlando sus estados de salud.
Las investigaciones indicaron que si bien factores como el tabaquismo, el sedentarismo, la obesidad y los problemas de hipertensión siempre inciden en la salud, una vez estos son controlados la relación entre padres e hijos con mayores expectativas de vida se mantenía.
La doctora Atkins aclaró sin embargo que, si una persona se expone a grandes factores de riesgo, estos pesarán más sobre su salud que la edad de sus padres.
El estudio también indaga sobre las enfermedades cuya aparición está más estrechamente relacionada con la longevidad de los padres.Enfermedades más recurrentes
Unas de ellas son las afecciones cardiacas, que pueden reducirse hasta un 20% si alguno de los padres ha alcanzado los 80 años.
Sobre enfermedades como el cáncer, la anemia o el asma, las incidencias eran bajas para ser tomadas como significativas en el momento de cotejar las correlaciones.
En el estudio también se evidenció el factor hereditario de padres a hijos de algunos aspectos que inciden en una mayor expectativa de vida. Una buena dieta, constante actividad física y un entorno saludable ayudan a transmitir a nuestras futuras generaciones mayor esperanza de vida.
Image copyrightSIMPLYINSOMNIA/FLICKRImage caption¿Cuál es tu recuerdo más temprano?
Sales a almorzar con alguien a quien conoces desde hace años. Con esa persona con quien compartiste fiestas, cumpleaños, visitas a parques y tu helado favorito; incluso unas vacaciones. O así te cuentan.
Por qué tú no eres capaz de recordar nada de eso.
Ni el momento más importante de nuestra vida —el día en que nacemos— ni nuestros primeros pasos, nuestras primeras palabras o el jardín de infancia; la mayoría de nosotros no recordamos nada de los primeros años de vida.
Y si tenemos recuerdos, estos tienden a ser escasos y distantes entre sí.
Estos vacíos mentales han frustrado a padres y desconcertado a psicólogos, neurocientíficos y lingüistas durante décadas. Hasta obsesionaron al padre de la psicoterapia, Sigmund Freud —autor de la expresión "amnesia infantil"— hace más de 100 años.
Analizarlos plantea varios interrogantes: ¿Nuestros primeros recuerdos son de algo que ocurrió o nos lo inventamos? ¿Podemos recordar eventos antes de tener las palabras para describirlos? ¿Es posible recuperar nuestros recuerdos perdidos?
Image copyrightSIMPLEINSONMIA/FLICKRImage captionLos bebés son como esponjas; absorben información a una velocidad impresionante. Sin embargo, no son capaces de crear recuerdos sobre eventos concretos.
Parte del rompecabezas tiene que ver con el hecho de que los bebés son como esponjas a la hora de absorber nueva información: crean 700 conexiones neuronales por segundo y tienen unas habilidades para aprender nuevos idiomas que pueden matar de envidia al mejor políglota.
Las últimas investigaciones indican que comenzamos a entrenar nuestras mentes dentro del útero.
Pero, incluso de adultos, perdemos información con el tiempo si no hacemos nada para retenerla.
Una explicación es que la amnesia infantil es resultado del proceso natural de olvidar las cosas, el cual experimentamos a lo largo de nuestra vida.
En el siglo XIX, el psicólogo alemán Hermann Ebbinghaus realizó una serie de experimentos para probar los límites de la memoria humana.
Nuestros cerebros desechan la mitad de toda la información nueva en una hora. En 30 días, retenemos tan sólo entre el 2% y el 3%"
Inventó las "sílabas sin sentido" —palabras creadas con letras al azar— y se dedicó a intentar memorizar miles de ellas.
Su curva del olvido ilustra el rápido declive de nuestra capacidad para recordar lo que aprendemos: nuestros cerebros desechan la mitad de toda la información nueva en una hora.
En 30 días, retenemos tan sólo entre el 2% y el 3%.
Lo que Ebbinghaus descubrió fue que la manera en la que olvidamos es completamente predecible.
Más egocéntricos, más recuerdos
En la década de 1980, los científicos descubrieron que recordamos menos cosas de las que cabría esperar desde que nacemos hasta que cumplimos los 6 o 7 años.
Pero esto no le ocurre a todo el mundo.
Image copyrightSIMPLEINSONMIA/FLICKRImage captionNuestra cultura puede determinar cómo se forman y desarrollan nuestros recuerdos.
Algunas personas pueden recordar cosas de cuando tenían 2 años, pero otras no recuerdan nada de lo que les pasó hasta que cumplieron 7 u 8 años.
También hay diferencias según el país; la formación de los primeros recuerdos puede variar, de promedio, hasta dos años.
La psicóloga Qi Wang, de la Universidad de Conrell, EE.UU., recopiló cientos de recuerdos de estudiantes chinos y estadounidenses.
Tal y como predijeron los estereotipos nacionales, los recuerdos de los estadounidenses fueron más largos, elaborados y visiblemente egocéntricos.
Sin embargo, los de los estudiantes chinos fueron más breves y concretos. Y, en promedio, comenzaron seis meses más tarde.
Este patrón está respaldado por numerosos estudios: quienes tienen recuerdos más elaborados y egocéntricos suelen recordarlos más fácilmente.
"Es la diferencia entre pensar 'Siempre hay tigres en el zoológico' y 'Vi tigres en el zoológico y, aunque tuve miedo, me divertí mucho'", dice Robyn Fivush, psicóloga en la Universidad de Emory, EE.UU.
El primer recuerdo de Wang es haciendo senderismo en China, junto a su madre y su hermana. Tenía unos seis años. Pero hasta que se mudó a Estados Unidos, nadie le había preguntado por eso.
"En las culturas orientales, los recuerdos de la infancia no son importantes", dice Wang.
Image copyrightKIMBERLY HOPKINS/FLICKRImage captionAlgunos psicólogos dicen que la capacidad de formar recuerdos autobiográficos intensos sólo se desarrolla con la capacidad de hablar.
"Si la sociedad te dice que esos recuerdos son importantes para ti, te aferras a ellos", añade.
Por ejemplo, la cultura de los maoríes neozelandeses hace mucho énfasis en el pasado. Y muchos pueden recordar eventos que les ocurrieron cuando tenían poco más de 2 años.
El paciente H. M.
La cultura también puede determinar la manera en la que hablamos sobre nuestros recuerdos.
"El lenguaje nos ayuda a estructurar y organizar nuestros recuerdos. Eso es una narrativa. Al crear una historia, la experiencia es más fácil de recordar por más tiempo", dice Fivush.
Pero otros psicólogos se muestran escépticos. No hay diferencia entre entre los niños que nacen sordos y crecen sin lenguaje de signos en los registros de sus primeros recuerdos, por ejemplo.
Esto conduce a la teoría de que si no tenemos recuerdos de nuestros primeros años de vida es porque nuestros cerebros no habían desarrollado ese sistema.
Esa teoría se debe al hombre más famoso en la historia de la neurociencia: el paciente H.M.
Luego de que una fallida operación para curar su epilepsia dañara su hipocampo, H. M. fue incapaz de recordar ningún suceso reciente.
"El hipocampo es el centro de nuestra capacidad para aprender y recordar", explica Jeffrey Fagen, quien estudia la memoria y el aprendizaje en St John's University, EE.UU.
Pero H. M. podía, sin embargo, recordar otro tipo de información, al igual que los bebés.
Image copyrightSIMPLEINSOMNIA/FLICKRImage captionNo siempre podemos confiar en que nuestros primeros recuerdos sean precisos. A veces, fueron modificados al hablar sobre ellos.
"En los bebés y en los niños el hipocampo está muy poco desarrollado", dice Fagen.
Entonces, ¿es el subdesarrollo del hipocampo lo que hizo que perdieramos nuestros recuerdos a largo plazo, o es que estos nunca se llegaron a formar?
"Los recuerdos están, probablemente, almacenados en un lugar que ahora nos resulta inaccesible, pero eso es muy difícil de demostrar empíricamente", sostiene Fagen.
Recuerdos "sembrados"
Elizabeth Loftus, psicóloga de la Universidad de California, EE.UU., dice que "la gente puede visualizarlas eventos que no ha vivido; así, se convierten en recuerdos".
Loftus lo vivió carne propia.
Su madre se ahogó en una piscina cuando ella tenía 16 años. Un familiar le convenció de que ella había descubierto su cuerpo flotando en el agua y lo "recordó" hasta que, una semana más tarde, ese mismo familiar le explicó que en realidad no fue así, que lo encontró otra persona.
Si la sociedad te dice que esos recuerdos son importantes para ti, te aferras a ellos"
Oi Wang, investigadora
Pero a nadie le gusta que le digan que sus recuerdos no son reales. Para convencer a los escépticos, Loftus necesitaba pruebas.
Por eso eligió a un grupo de voluntarios para un estudio y les "sembró" unos recuerdos ella misma.
Les contó una elaborada mentira sobre un episodio traumático en un centro comercial, cuando se perdieron antes de ser rescatados por una amable mujer y reunidos con su familia.
"Les contamos a los participantes que nos lo habían dicho sus madres", explica la psicóloga.
Cerca de un tercio de las víctimas cayó en la trampa y algunos, aparentemente, recordaban el suceso con todo detalle.
A menudo confiamos más en nuestros recuerdos imaginarios que en hechos reales.
Tal vez el mayor misterio no es por qué no podemos recordar nuestra infancia, sino si realmente podemos confiar en lo que recordamos.
La obstétrica es un tipo de violencia de género y está naturalizada. Tanto que a veces las mujeres demoran en ser conscientes de que el padecimiento que sufrieron durante el parto no era necesario ni culpa suya. Al maltrato que ejerce el personal de salud sobre el cuerpo y los procesos reproductivos de las mujeres, la ley 26.485 -de protección integral a las mujeres- lo cataloga del mismo modo que especifica la física, sexual, psicológica, económica y laboral.
No hay cifras oficiales de cuántas mujeres la sufren. Las Casildas -una agrupación que difunde información en torno a la gestación, parto, nacimiento y crianza de niños y niñas- lanzó un observatorio que pretende comenzar el registro.
En conjunto, Cosecha Roja y Las Casildas, lanzamos una colección de relatos sobre la violencia obstétrica. Si fuiste víctima, contanos tu experiencia aobservatorio@lascasildas.com.ar.
“El 25 de septiembre de 2012 rompí bolsa. Me acerqué al Sanatorio Cruz Celeste de Villa Luzuriaga casi sin contracciones. Era un feriado especial, que sólo se dio por ese año, y no había camas ni lugar físico para mí. Me mandaron a un cuartucho en la planta baja, que tenía artículos de limpieza y un par de camillas. Ahí tenía que esperar hasta que se desocupara una cama.
Llegó una señora con la cartera puesta y, sin siquiera descolgársela ni presentarse, me hizo el primer tacto. Como no dijo quién era yo creí que era una asistente, pero a los cinco minutos de conocerme me quiso mandar a cesárea.
– Mirá, conozca o no conozca a la bebé, yo a las diez de la noche estoy en mi casa – dijo.
Los doctores terminaban su turno media hora después y, por el feriado, no volverían hasta la noche siguiente. Me prohibieron pararme o ir al baño y me asustaron, me dijeron que mi hija se iba a ahogar con el cordón si yo me movía mucho. Yo lloré y pataleé hasta que me ingresaron en una habitación. Tacto va, tacto viene, apareció una segunda partera y no me dijo que podía descansar. Entonces yo me quedé atenta, despierta toda la noche, aunque hacía más de 30 horas que estaba ahí.
Mi mamá y mi compañero me ayudaron a contar las contracciones. Yo no me paraba. Su total desinterés hacia mi persona realmente me hirió, pero estaba tan asustada que ni mandarlos a la mierda pude. La segunda partera se fue sin saludar y llegó una tercera, que era un sol. Ella realmente me quería asistir. Pero mi hija y yo ya estábamos cansadas y me di por vencida y por herida. Mi bebé nació después de las treinta y seis horas más emocionalmente hirientes de toda mi vida.
“El primer mes me levantaba llorando porque tenía pesadillas sobre el parto. Mi beba nació el 14 de septiembre de este año por una cesárea programada en el Sanatorio Trinidad Mitre. Ese día llegué acompañada por mi novio y mi familia. Cuando estaba en la habitación apareció la partera Claudia enojada porque no le había avisado que me internaba. Le expliqué que el doctor me había dicho que fuera directamente pero ella se enojó igual.
Después me pidieron la ropa de la nena y me faltaba un saco. Yo no sabía que tenía que llevarlo, tenía todo, menos eso. Mandé a mi novio a comprar uno a la vuelta del sanatorio porque mi cesárea estaba demorada y me prometieron que había tiempo. Él bajó y a los cinco minutos vino un camillero a buscarme. Le expliqué que mi novio había salido y me dijo “jodete”. Me llevaron directo al quirófano.
Entré asustada, nadie me daba bola, preguntaba por mi novio y no me respondían.
– Ya va a entrar -me dijo finalmente una enfermera.
La beba nació con tres kilos en la semana 40. Una vez que los tres estuvimos en la habitación, vino una señora para enseñarme cómo darle la teta. Ella no era muy simpática y yo no tenía leche. Pasaban los días, el médico no venía a verme, yo seguía sin leche y la beba lloraba.
Soy cero negativo y después de la cesárea me tenían que aplicar un inyección para no tener problemas en un segundo embarazo, pero no me la dieron. Al segundo día, después de que mi mamá se peleó con todo el mundo vino una enfermera a hacerme la aplicación. El médico seguía sin aparecer.
Después de 23 horas y muchas quejas, vino acompañado por la partera. Contenta, pensé que me iba a revisar pero todo lo contrario. Me encaró para pelear, discutió con mi mamá y su pareja y nunca me revisó. Al tercer día volvió para darme el alta: estuve 25 días con los puntos y sin control porque él se fue de vacaciones y no dejó un reemplazo.
El mismo día del alta llevé a la nena a un pediatra y me dice que tenía la bilirrubina alta y que estaba deshidratada. Lo único que quería era que mi bebe estuviera bien, así que todavía no presenté ninguna nota en la obra social, hasta ahora.
Toda mi vida pagué una prepaga para tener la mejor atención durante el embarazo. Ahora no me gusta hablar de esto porque me pongo a llorar, todavía recuerdo las pesadillas sobre el parto que tuve el primer mes. Me hubiese gustado sentirme contenida”.