sábado, 5 de mayo de 2012

EL CANCER TIENE CURA,PERO MATA

Cáncer, el nombre del miedo

Se lo menciona en un papiro Egipcio y aún nos acompaña: testimonios, datos históricos y científicos forjan Una monumental biografía del cáncer, Esa enfermedad que se niega a morir.

POR Pablo E. Chacon

En la narrativa estadounidense de la posguerra, los enfermos de cáncer son legión, acaso como contrapartida a la relativa estabilidad de ese país que reproducía en las comedias de Hollywood, el american way of life y la explosión de los nacimientos, pocos años antes de la proliferación de freak, disidentes y objetores de conciencia que dieron a las décadas del sesenta y setenta otras coloraturas y estilos.
Piénsese si no en las novelas de John Updike o de James Salter, en la prosperidad urbana, siempre en tensión por una hibridez étnica entre descendientes WASP e inmigrantes que se resuelve sólo en algunas zonas y que se exporta, por la potencia de la industria del espectáculo, como un ideal de convivencia, un lazo social preferentemente moderado, prescindente de las excepciones bohemias de la costa este u oeste, que con el tiempo también encontraron un lugar para sus nidos. En esa especie de Arcadia, el cáncer asaltaba como un asesino serial y perforaba la sociabilidad que la guerra de Vietnam y la crisis del petróleo terminaron por desbaratar, convirtiendo a ese “modelo de tolerancia democrático” en un casino para especuladores financieros y parias sin presente, sin futuro y sin cobertura social de ningún tipo.
El tiempo siguió pasando (y las cosas empeorando) pero el cáncer, caracterizado como un mal urbano, resistió y permanece, está, siempre, omnipresente, amenaza latente, amparado bajo formatos clásicos y otros no tanto, y cifras de afección y morbilidad sorprendentes en un país que concentra la más alta tecnología de punta y la mayor cantidad de especialistas, como es el caso de Siddhartha Mukherjee, el oncólogo que con este libro sobre el emperador de todos los males ganó el año pasado el Premio Pulitzer haciéndose una pregunta que, con toda probabilidad, es la clave de bóveda de la investigación: ¿En qué punto nos encontramos en la batalla contra el cáncer, y cómo hemos llegado hasta aquí? Lo que le ha dado pie para revisar y arriesgar hipótesis y construir una suerte de biografía de una entidad que no cesa de aparecer, desaparecer y reconvertirse, invitando a conjeturar sobre esa dolencia, que podría ser, entre otras cosas, un modo o una variedad, con sintomatologías y cuadros específicos, muchas veces mortíferos, del mismísimo malestar en la cultura.

Mal de todas las épocas

Sin embargo, no convendría estudiar el cáncer como una enfermedad de época. Sucede que los avances sobre su especificidad y la aparición de afectados resultó inversamente proporcional, después de la Segunda Guerra Mundial, al descubrimiento de los antibióticos –la penincilina, el cloranfenicol, la tetraciclina, la estreptomicina, que terminaron con la tuberculosis y la poliomielitis, por ejemplo– que sumados a la mejora de las prestaciones hospitalarias (mil nuevos establecimientos entre 1945 y 1960), condujo a un salto cualitativo en la esperanza de vida de los norteamericanos, de 47 a 68 años. Y después, al resto del mundo.
Las personas no se morían de tuberculosis, infecciones, sífilis o polio, y además vivían más. La pirámide se invirtió. Pero aparecieron otras enfermedades, de la vejez o tercera edad, digamos, y el cáncer, invencible, continuó su tarea, como lo venía haciendo desde tiempos inmemoriales.
“Para las enfermedades infecciosas con carácter de epidemia”, escribe la ensayista alemana Christa Karpenstein, “se pueden distinguir historicidades de época, en las que una enfermedad establece vínculos especiales con regímenes de organización de orden social, prácticas de control, subjetivación, simbolización, conocimiento y cuidado de sí, como Michel Foucault lo ha demostrado para los casos de la lepra y la peste. La historicidad de época de una enfermedad está relacionada, no en última instancia, con su curabilidad manifiesta, es decir, con una revolución en el campo del saber que lleva a prácticas medicinalmente exitosas. En este sentido, habría que sacar al cáncer del catálogo de las enfermedades de época y evocar la sentencia del sabio romano Celsus, que en la época de transición consideraba a la incurabilidad del cáncer como la característica propia de esta enfermedad”. Los números que maneja el biógrafo del rey del terror parecen no dejar margen a la duda: en 2010, unos seiscientos mil estadounidenses y más de siete millones de personas en todo el mundo morirán de cáncer. En Estados Unidos, una de cada tres mujeres y uno de cada dos hombres desarrollarán un cáncer durante su vida. Una cuarta parte de los estadounidenses, y alrededor del 15 por ciento de todos los fallecimientos en el mundo, se atribuirán a él. En algunos países, el cáncer superará a las enfermedades cardíacas como la causa más habitual de muerte.
“Los oncogenes surgen de mutaciones en genes esenciales que regulan el crecimiento de las células. Las mutaciones se acumulan en ellos cuando los (agentes) carcinógenos dañan el ADN, pero también a causa de errores aparentemente azarosos en sus copias cuando las células se dividen. El primer aspecto podría prevenirse, pero el segundo es endógeno. El cáncer no es un defecto de nuestro crecimiento, pero ese defecto está profundamente arraigado en nosotros. Sólo podremos liberarnos del cáncer, entonces, en la medida en que podamos liberarnos de los procesos de nuestra fisiología que dependen del crecimiento: envejecimiento, regeneración, curación, reproducción”, escribe Mukherjee.
Esto es: el cáncer no es una enfermedad sino muchas, que comparten un rasgo: el crecimiento anormal de las células. “Sabemos que el cáncer es una enfermedad causada por el crecimiento sin control de una sola célula. Este es desencadenado por mutaciones, cambios en el ADN que afectan específicamente a los genes encargados de estimular un crecimiento celular ilimitado. En una célula normal, poderosos circuitos genéticos regulan la división y la muerte celulares. En una célula cancerosa estos circuitos se rompen, por lo que esta no puede dejar de crecer”. Y así parasita zonas del cuerpo con células que abusando de la retórica, pueden llamarse “inmortales”, descompensando ese delicadísimo equilibrio que las convenciones sociales llaman salud. Pero a la fecha se desconoce la etiología de ese desencadenamiento, y también la causa de la formación de tumores. En este punto, la biomedicina actual plantea tratamientos caso por caso: el cáncer adopta todas las máscaras posibles, es silencioso, sibilino, puede remitir o retornar, y es mortal. Despachar la cuestión por medio de expedientes psicosomáticos es un placebo previo a un sistema de cuidados paliativos.
El doctor Mukherjee no está haciendo una declaración de principios o una predicción sino una constatación. Pero para llegar a ese punto, el camino que ha tenido que recorrer es largo, sinuoso, lleno de trampas y de ilusiones, siendo las ilusiones quizás uno de los peligros más difíciles de sortear porque las condiciones de producción de la enfermedad aparecerían, tomadas al pie de la letra, como la cifra de un destino.
Este texto, con todo, también está escrito contra esa certeza.

La enfermedad del saber

Es un lugar común de los obituarios o las necrológicas de apuro leer que alguien ha pasado a mejor vida “después de una larga y penosa enfermedad”. Esa larga y penosa enfermedad es el cáncer, y según la formidable cantidad de testimonios que ha reunido este oncólogo que consiguió escribir un libro que interesa e informa tanto al especialista como al lego, el emperador de todos los males sigue siendo, aún en la época del desciframiento del genoma, un estigma, una marca social indeleble, y un soporte de prejuicios casi indestructibles. Pero también ha permitido –incluso por esas mismas razones– trabajar a fondo, armar dispositivos sanitarios, unidades de investigación y modelos teórico-prácticos menos optimistas que eficaces, sobre todo en el campo de la prevención.
Mukherjee revisa cada legajo, cada artículo, todos los libros, conoce los textos de Hipócrates, sabe que los métodos arqueológicos contemporáneos han detectado un osteoma, un tumor maligno, en los restos de un esqueleto de un dinosaurio de 50 millones de años. Conoce los métodos egipcios para tratar la enfermedad mediante pastas medicinales, y los métodos de amputación babilonios. Y nomás empezar a escribir, reconoce que todo lo que sabe (y lo que no sabe) debe agradecérselo a sus pacientes, a los sobrevivientes y a los que se quedaron en el camino. Y también sabe que en 1858, Rudolf Virchow transpone la medicina del cáncer a los procesos bioquímicos de la célula. Y que por entonces los conocimientos de los patólogos no alcanzaban, como no alcanzan tampoco hoy, aunque se esté más cerca, sin saber muy bien más cerca de qué. Entonces decide guiarse por un caso (un cáncer de mama) y por el inexplicable altruismo del “quimioterapeuta” Sidney Farber –dedicado a la leucemia infantil– y a su socia, Mary Lasker, en la campaña que se disponen a emprender: conseguir dinero público, asistencia técnica y publicidad para dar voz al cáncer y sacarlo de las mazmorras donde los enfermos lo único que podían, además de someterse, con suerte, a sesiones de radioterapia y quimioterapia, era esperar la muerte. Avanza el biógrafo y aclara que la técnica de diagnóstico que implica la detección precoz por medio de mamografías es un avance importante, que redujo un 28 por ciento la morbilidad de las mujeres, y que se complica cuanto más pasa el tiempo, y se complica más todavía porque –extraño hereje el cáncer– no se deja medir, ni siquiera por métodos genéticos, en grandes poblaciones. Por supuesto, mejor prevenir que curar; mejor hacer campañas de marketing sobre la necesidad de controles periódicos que no hacerlas; y mejor que aterrorizar a los sujetos con causalidades jamás probadas (el fumar es perjudicial para la salud), es reivindicar el derecho a hacer uso, abuso o nada con el cuerpo de uno, siempre que no comprometa a terceros.
Estamos hablando de medicina, no de moral: reclamar la diferencia para tener derecho a la indiferencia implica detener toda imputación de éxito o de fracaso a una singularidad. El sufrimiento no es unívoco. Ese detalle al capitalismo jamás le importó. Y es justamente ese detalle el que tienen en cuenta Farber y Lasky cuando consiguen concientizar a amplios sectores de la sociedad de que el cáncer no es una maldición sino una contingencia y que se necesita todo el dinero que sea posible para estudiar y estudiar qué hacer, cómo entender las “razones” de una célula que “decide” no “morir” y matar, a la larga o a la corta, a su portador.
Así, el cáncer alcanza una extraña popularidad, casi romántica, durante los sesenta y los setenta, edad de oro del estado benefactor, cuando la juventud (y la técnica, y la publicidad) decide la muerte de la familia y en la cual, según el doctor que pasa siete años escribiendo este libro bajo un epígrafe de su admirada Susan Sontag, supone que hay tres factores determinantes para la formación de ese nuevo contexto: el aumento de la esperanza de vida; la precisión de los diagnósticos; y el estigma de incurabilidad, que no logra quebrarse ahora, ni antes con las versiones “ambientales”, la de Alexander Solzhenitsin en El pabellón de los cancerosos , por ejemplo, o la de la propia Sontag en La enfermedad y sus metáforas , o la de Fritz Zorn en Marte , una implacable denuncia de la burguesía como máquina de represión de las pulsiones que vale más como crítica sociológica que como documento médico, acaso demasiado contaminado por las libertades (condicionales) que dispensaban entonces Wilhelm Reich y Herbert Marcuse.
En otras palabras, “el cáncer se convierte en el efecto de un autodesarrollo deficiente, de una vida sexual poco satisfactoria y de una falta de conciencia del propio cuerpo, una falta de impulso depresiva, de la alienación y el bloqueo de la capacidad de expresión, del duelo insuficiente después de pérdidas”, dice Christa Karpenstein, ubicando al mal en el orden de la culpa y de la autorresponsabilidad, obligando a una higiene espiritual y física de pronóstico reservado, casi como una debilidad de la que habrá que reponerse o precisamente, responsabilizarse de las consecuencias. Ese es el orden simbólico donde está inscripto el cáncer, a la par que los biólogos empiezan sus trabajos con los especialistas en genética para relanzar otro paradigma, el actual, donde si bien las esperanzas de derrotar al emperador no se han perdido, el abordaje cambia radicalmente.
Escribe Mukherjee: “La guerra contra el cáncer estará mejor ganada si redefiniéramos el concepto de victoria”. Se ganarán batallas, se perderán, se ganará calidad de vida de algunos y se retrasará la muerte de muchos. ¿Eso justifica una investigación sobre el papel de las tabacaleras, los laboratorios, el poder político y mediático? Seguro que sí, pero poniendo a resguardo la responsabilidad del enfermo. Porque este libro fundamental para entender cuánto se sabe sobre el cáncer y si hay algo más que saber o si bien ya se ha llegado a un límite que compromete a la estructura misma del discurso de la ciencia y a la capacidad inmunológica de los humanos, es imposible evaluarlo. Tanto como continuar investigando sobre el trazado que deja ese saber que no sabe que sobre un cuerpo la muerte no deja más escritura que la que puede leer un forense.

viernes, 4 de mayo de 2012

es un derecho y no una limosna

La salud ¿un derecho de las personas o de los asegurados?

Marciano Sánchez Bayle |
 
  Portavoz de la Federación de Asociaciones para la Defensa de la Sanidad Pública

El RD-Ley 16/2012 de 20 de abril, de medidas urgentes para garantizar la sostenibilidad del Sistema Nacional de Salud y mejorar la calidad y seguridad de sus prestaciones(RDL) comienza en su capitulo I (De la asistencia sanitaria) con un único artículo y tres apartados cuya principal novedad es que vincula el derecho a la atención sanitaria con el aseguramiento y en ningún caso se señala que este aseguramiento tiene que ser a la Seguridad Social, a la vez se excluye de la atención sanitaria gratuita a quienes no ostenten esta condición, también se señala el control del Instituto Nacional de la Seguridad Social sobre el reconocimiento de las condiciones para el aseguramiento , la responsabilidad de las administraciones sanitarias para expedir la tarjeta sanitaria individual (TSI) y la limitación del derecho de los extranjeros no regularizados a la atención sanitaria en urgencias, en los embarazos y a los menores de 18 años.
Esta vinculación del derecho a la atención sanitaria al aseguramiento, es contradictorio tanto con la universalización del derecho a la atención sanitaria, que deja de ser un derecho ciudadano, vinculado a los derechos humanos básicos tal y como lo señalan la ONU y la OMS, sino que además entra en contradicción con lo aprobado en la reciente Ley General de Salud Publica (2011), en la que precisamente se articulaban los mecanismos para que, por fin se llevara a efecto la universalización del derecho a la atención sanitaria, que es uno de los principios de la Ley General de Sanidad de 1986, si bien se señalaba en ella que se haría “de forma progresiva” (adicional quinta). Tampoco deja de resultar extraño que el RDL no derogue las disposiciones de la Ley General de Salud Pública que atañen a la universalización, aunque ciertamente puede deberse al evidente grado de improvisación con que se ha realizado.
Otro aspecto llamativo es el tema de la cobertura de las personas con mas de 26 años que viven a cargo de sus padres, figura que con la crisis es desgraciadamente cada vez mas frecuente, a los que se obliga a demostrar su ausencia de recursos para seguir cubiertos por el sistema sanitario público. Aun esta por ver el desarrollo que se hace de este aspecto concreto, pero puede dejar sin cobertura a un grupo importante de población.
EL RDL abre una cierta indeterminación sobre la presencia de un aseguramiento distinto al régimen general de la Seguridad Social, lo que supondría no solo un grave retroceso en el modelo sanitario actual (vuelve a la etapa anterior a la Ley General de Sanidad de 1986) sino también la posibilidad de que se abran modelos de seguros diferenciados para grupos distintos de población (en relación a su nivel económico) lo que deterioraría inevitablemente el sistema sanitario público. Conviene no olvidar que el modelo sanitario neoliberal (del PP, CiU, etc) como se ha señalado en múltiples ocasiones tiende a una segmentación de la atención sanitaria, una atención de seguros privados para las personas con mas medios económicos y un sector de beneficencia para las personas sin recursos, pero que en la practica puede ser un modelo de seguros múltiples (como Holanda) o de 3 niveles ( ricos, trabajadores y resto de la población), claro esta que subvencionado con fondos públicos (bien mediante desgravaciones como reivindica CiU o bien simplemente con financiación de una cartera básica convenientemente adelgazada, dejando el resto de la cobertura a la capacidad económica de cada uno). Las formulas son múltiples y no tienen mucho sentido hacer elucubraciones. En todo caso se pretende fomentar el aseguramiento privado, para lo que es condición indispensable el deteriorar el sistema público (ya lo vienen haciendo con mucha dedicación especialmente en CCAA como Madrid o Valencia) y conseguir que la clase media alta abandone la utilización de los servicios sanitarios públicos para acabar de hacer cierta la frase de Olor Palme “un servicio para pobres será siempre un pobre servicio”
En las disposiciones adicional primera y final quinta establecen las condiciones para el pago de la atención sanitaria de los españoles residentes en otros países (en algunos casos) y de los extranjeros miembros de la Unión Europea o de otros estados parte del acuerdo sobre el espacio económico europeo que en lo fundamental refuerza los mecanismos de cobro por la asistencia prestada, pero que en lo esencial ya existían y no se ejercían por dejación de las propias CCAA. El famoso “turismo sanitario”, otra “cortina de humo” para justificar la contrarreforma, aparece así en su escasa relevancia.
Al final la cuestión viene a estar situada en si se admite que el derecho a la atención sanitaria es un derecho de las personas o de los asegurados, porque si aceptamos esta última premisa los resultados acabaran siendo devastadores para toda la población.

jueves, 3 de mayo de 2012

¿Los orientales van al psicólogo?


Las corrientes de pensamiento que profesan (budismo, taoísmo), ¿son suficientes para resolver sus problemas emocionales?

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Siempre se ha dicho que oriente y occidente tienen poco que ver, que beben de distintas tradiciones, orígenes, referentes (aspecto que los hace especialmente distintos). Pero parece que el paso del tiempo los ha ido acercando, aunque sea tímidamente. En España, sin ir más lejos, cada vez son más los centros que ofrecen la enseñanza de tradiciones milenarias procedentes del lejano oriente (la inmigración, sin duda, ha tenido su influencia en este aspecto). Y en paralelo, parece que la manera de vivir occidental empieza a hacer mella al otro lado del mundo.

A pesar, sin embargo, de dichos atisbos de aproximación, son muchas cosas las que todavía nos separan. Por ejemplo, la espiritualidad, tan presente en oriente y que tanto escasea por nuestras latitudes. Es en este punto que a un servidor le asaltó la pregunta: ¿este misticismo que practican, es suficiente para solventar sus problemas emocionales? O lo que es lo mismo: ¿los orientales son capaces de resolver sus quebraderos de cabeza a través de sus potentes corrientes de pensamiento o, por el contrario, también necesitan de la figura del psicólogo para estos menesteres?

La respuesta, como suele pasar, es poliédrica, tiene multitud de caras. Como se dice coloquialmente, cada país es un mundo, lo que significa que no ocurre lo mismo, por ejemplo, en China, que en la India, Japón o Taiwán.

China

El gigante asiático sufrió un cambio radical con la llegada al poder de Mao Zedong, en 1949. Las grandes corrientes de pensamiento, como el budismo, el taoísmo o el confucianismo fueron desterradas. Las dos primeras fueron incluso tachadas de formas feudales. Eso explica que personas con una cierta edad, cincuenta años en adelante, hayan vivido en China a espaldas de dichos planteamientos filosóficos. “Incluso piensan que todas estas corrientes de pensamiento son poco más que milongas, y es que les tocó vivir el maoísmo duro”, explica a LaVanguardia.com Manel Ollé, coordinador del Máster en Estudios Chinos de la UPF. Ollé, sin embargo, apunta que a partir de los años 80 y 90 ha habido cierto renacimiento de las tradiciones en China.

Este último aspecto es ratificado por el estudiante chino de la UPF, Li Haosan. “Con el crecimiento de la economía, surge una corriente que vuelve a reconocer nuestra cultura propia. A los jóvenes, ciertas artes tradicionales no les interesaban hace 10 años. Estaban más concentrados en cosas procedentes de occidente. Pero, poco a poco, dichas artes cada vez interesan más”.

“No hace demasiado tiempo, tu ibas por la calle y había muchas estatuas de Mao. Ahora hay cada vez menos. Empieza a haber más estatuas de Confucio. Los chinos, con nuestra cultura propia, podemos ser un actor importante en este mundo”, añade.

Haosan apunta que en su país sí existe la figura del psicólogo, “pero poca gente la utiliza, no está tan extendida como en España”. “La gente, más que ir al psicólogo, se refugia en la religión”, sentencia.

En China, además, no se efectúa “la distinción entre cuerpo y mente”, recuerda Manel Ollé. “Entienden que son una sola cosa y, en consecuencia, el mismo médico lo cura todo. Se verbaliza el dolor en términos más físicos. Según la concepción china, cada órgano está relacionado con una emoción: el hígado a la tristeza, el corazón a la alegría… Entonces, para tratar las emociones se actúa sobre los órganos y al revés”, agrega.

“Sí que es verdad que los chinos, y los asiáticos en general, tienen unos valores tradicionales que les hacen ser muy adaptativos, muy resilientes. Intentan adaptarse a lo que viene, ser felices con lo que se tiene… Pero que las ideas sean éstas tampoco quiere decir que la sociedad sea así”, apostilla.

Taiwán

Esta isla quedó al margen de la represión de Mao Zedong y, en consecuencia, las tradiciones estuvieron mucho más presentes que en China. Para Marcos Chan, de la Oficina Económica y Cultural de Taipei en Madrid, las corrientes filosóficas (para muchos taiwaneses religiones) tienen su aspecto positivo, sí, pero también su vertiente menos laudable. “Creo que la religión ayudó a otras generaciones, pero también obstaculizó. No buscaban ayuda médica. En lugar de ir al médico, buscaban la explicación en los templos. Hoy todavía hay gente que funciona así, pero el porcentaje es muchísimo más inferior que en los años 70 u 80. En cambio, el porcentaje de gente que acude al médico ha subido”.

En Taiwán, “cuando alguien tiene un problema, va al médico de familia. Y luego éste lo deriva a la especialidad que necesite. La figura del psicólogo existe, y estos profesionales tienen trabajo”, añade.

La India

Si un concepto define a nivel de pensamiento a este país, ese es el de la espiritualidad. Cuna de cuatro grandes religiones (hinduismo, budismo, jainismo y sijismo), dicha vertiente espiritual está muy relacionada con el día a día del ciudadano indio, más allá de la religión que profese.

“Este corpus de sabiduría puede dar respuesta a cualquier tipo de inquietud, angustia, que definen la ciudad moderna y postmoderna de occidente. En este sentido, la nueva India, de esa clase media pudiente, ve a occidente en términos de debilidad”, explica Bernat Masferrer, director del Observatorio de la India y Asia Meridional de Casa Asia de Barcelona.

“La India conserva ese marco establecido, ese orden, que ofrecen las religiones a sus habitantes. El hinduismo, el budismo, e incluso otras religiones que no nacieron en la India pero que han sido adaptadas, ordenan mucho lo que son las grandes etapas que uno vive en su vida. Hay una serie de instituciones, de ceremonias, de rituales, festividades, acciones concretas, muy ordenadas, no sólo diariamente, sino en un calendario anual. El indio, en cierta manera, se despreocupa de estas cuestiones porque confía en ese orden que le dice con quién se tiene que casar y con quién se tiene que relacionar”, relata Masferrer.

“Con todo esto solucionado, el indio tiene una vida, en este aspecto, más sencilla, y critica, un poco, la deriva de occidente (la existencia de psicólogos, psiquiatras, psicoanalistas) cuando ellos únicamente abrazando sus textos ya encuentran todas las respuestas, mirándose introspectivamente, abrazando la edad dorada. Es una actitud de cierta superioridad”, apostilla.

Sí que es posible encontrar algún psicólogo en la India urbana, “pero lo podemos considerar una anomalía”.

Japón

En el país del sol naciente, las tradiciones siempre han tenido un peso muy importante. Pero el fenómeno de la occidentalización también ha hecho acto de presencia en ese extremo del mundo. “En general, los japoneses que tienen más de cuarenta años, apenas les hace falta ir al psicólogo. Japón tiene dos caras: una muy tradicional, muy profunda, y otra muy occidental. Cada vez que nos domina más la cultura occidental, más necesidad hay de ir al psicólogo”, relata con cierto resquemor Kasuko Onkai, japonesa de nacimiento y profesora de taichi en el centro Ceitai de Barcelona.

“Sí que existe la figura del psicólogo, pero menos que aquí. Acude la gente más joven. La gente más mayor está todavía empapada de la tradición. Incluso, los varones que tienen más de cincuenta años habían aprendido artes marciales de jóvenes. Éstas no son bélicas, sino que aportan una disciplina muy fuerte que ayuda al equilibrio”, añade.

“En Japón, la gente bebe de distintas tradiciones: budismo, taoísmo... Somos budistas y taoístas de pensamiento. El Budismo, más que una religión, para los japoneses es más una filosofía”, remata.

A pesar de la cierta efervescencia que vive la figura del psicólogo en el extremo oriente, a excepción de la India, se necesitarán años para que ésta acabe teniendo un lugar relativamente predominante, si es que lo acaba teniendo, en este tipo de sociedades. Y es que los asiáticos, por definición, son poco dados a abrirse.

Los procesos de investigación social (también llamados estudios de mercado), así lo atestiguan. “Éstos pasan por dos metodologías: una cuantitativa y otra cualitativa. En los países asiáticos, el cualitativo no existe. Esta metodología se basa en entrevistas en profundidad, reuniones de grupo, ya que se intenta profundizar sobre un tema concreto. En Japón o en China, por ejemplo, no hay acciones cualitativas”, explica el vicedecano del Col•legi Oficial de Psicòlegs de Catalunya y especialista en psicología económica, Ricard Cayuela. “Que expongan sus interioridades de forma discursiva es poco menos que imposible”, agrega.

“Imparto formación de psicología de la negociación, y cuando hablamos de negociación con asiáticos no tiene nada que ver con lo que explicamos en relación a negociaciones con, por ejemplo, europeos, norteamericanos o sudamericanos. Cambian los parámetros de forma absoluta. Negocias con cosas que están ya muy prefijadas. No hay demasiado margen para discutir de manera extensiva, tienes que centrarte en ciertos puntos”, sentencia.

SER UN SIETEMESINO

Uno de cada 15 prematuros nacidos en el mundo no llega al año de vida

El 75% de los 15 millones que nacen al año podrían salvarse con medidas baratas, dice la OMS

La planificación familiar, la lactancia materna o el método canguro podrían reducir la mortalidad

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    Una madre lleva a su bebé prematuro con el método canguro en un hospital de Bamako (Malí). / Joshua Roberts (AP)

    De los 150 millones de niños que nacen cada año en el mundo, algo más del 10% lo hacen antes de los nueve meses de gestación. De ellos, uno de cada 15 no llega al año de vida en el mundo. Si los bebés son siempre vulnerables, los prematuros lo son aún más, indica la Organización Mundial de la Salud (OMS), que, por primera vez, ha puesto el foco en este problema de salud, que es fundamental atajar como parte del cuarto de los Objetivos del Milenio, reducir dos tercios las muertes infantiles (antes de cinco años) en el mundo en 2015.
    El problema va en aumento, según la OMS. La fragilidad de los prematuros es la segunda causa de muerte infantil después de las neumonías, indica el estudio, aunque el 75% podría salvarse con medidas baratas.
    Esta incidencia es muy variable, afirma la organización en este informe, que es el primero que hace sobre este asunto. Mientras en los países ricos la mitad de los bebés de 24 semanas (prácticamente, al límite de viabilidad) sobrevive, en los países pobres ni siquiera lo hacen la mitad de los nacidos a las 32 semanas (lo que tradicionalmente se ha denominado en España un sietemesino). En los de menor tiempo de gestación (menos de 28 semanas) es donde el desarrollo tecnológico y médico influye más: sobrevive el 90% de los nacidos en los países más ricos. Lo hace solo el 10% en los más pobres.
    Las medidas para mejorar estos datos son, en algunos casos, muy baratas (aunque no siempre fáciles). Por ejemplo, una planificación de la natalidad que reduzca el número de madres adolescentes. Otras son cuestiones prácticas, como mantener la lactancia, o asegurarse de dar el suficiente calor a los recién nacidos. Tener cuidado con las infecciones es otro de los factores.
    Este problema de salud, que es universal, tiene, sin embargo, un factor asociado: la riqueza. La tasa de nacimientos prematuros varía del 8% o 9% en los países ricos al 12% en los pobres. Cuestiones como infecciones de la madre, diabetes, los embarazos múltiples o las actividades que las mujeres realizan influyen. En 11 países (Malaui, Congo, Comores, Zimbabue, Guinea Ecuatorial, Mozambique, Gabón, Pakistán, Indonesia, Mauritania y Botsuana) la tasa de estos nacimientos supera el 15% del total.
    La OMS indica que “todo el mundo” puede colaborar para reducir la mortalidad de estos niños. Y esto se ve cuando se revisan las actuaciones recomendadas antes del embarazo, durante, en el parto y después. La gestación y el nacimiento de los niños y su supervivencia es un proceso muy complejo, donde influye desde la nutrición de la mujer, la violencia de género, la preparación de los profesionales, hasta otras como lo que la OMS llama “transporte a lo canguro”, poniendo al niño delante del pecho para que tenga calor y acceda al pecho.

    miércoles, 2 de mayo de 2012

    NUEVAS CAPACIDADES CEREBRALES

    Científicos españoles explican por primera vez el fenómeno del aura de las personas

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    En términos neurológicos, la sinestesia consiste en que en el cerebro de ciertas personas se produce un «cruce de cables»


    Científicos españoles explican por primera vez el fenómeno del aura de las personas
    universidad de granada
    Investigadores españoles de la Universidad de Granada han descubierto la capacidad de ver el aura de las personas es un fenómeno neuropsicológico denominado sinestesia. Los sinéstetas «mezclan los cinco sentidos, al tener más interconectadas las áreas del cerebro encargadas de procesar cada uno de los estímulos, de forma que son capaces de ver o paladear un sonido, según explica la nota de presa de la universidad española.
    De este modo, conocidos popularmente como «curanderos» o «santones», presentan en realidad esta capacidad, que explicaría científicamente esta supuesta «virtud»
    En un artículo publicado en la prestigiosa revista «Consciousness and Cognition», los profesores del Departamento de Psicología Experimental de la Universidad de Granada Óscar Iborra, Luis Pastor y Emilio Gómez Milán han ofrecido, por primera vez en el mundo, una explicación científica al fenómeno esotérico del aura, un supuesto campo energético de radiación luminosa multicolor que rodearía a las personas a modo de halo y que resulta invisible para la gran mayoría de los seres humanos.
    En términos neurológicos, la sinestesia consiste en que en el cerebro de ciertas personas se produce un «cruce de cables» o conexiones sinápticas . Este hecho «les permite establecer asociaciones automáticas entre regiones cerebrales que habitualmente no están conectadas», según explica el profesor Gómez Milán, una cualidad que tendrían muchos de los curanderos que dicen poder ver el aura.

    Varios tipos de sinestesia

    Para realizar esta investigación, los cientítifocos entrevistaron a varias personas afectadas por sinestesia, entre los que se encontraban supuestos curanderos, como el granadino Esteban Sánchez Casas, conocido como «El Santón de Baza».
    Muchos le atribuyen ciertos «poderes paranormales», como poder ver el aura de las personas, «cuando en realidad se trata de un claro ejemplo de sinésteta», explican los autores de esta investigación.
    Los investifadore destacan que en el caso de «El Santón de Baza» presenta sinestesia caras-color (por lo que asocia a cada persona con un color); sinestesia tacto-espejo (cuando observa a una persona que está siendo tocada o que experimenta un dolor, él experimenta ese mismo dolor); una alta empatía (la capacidad de sentir lo que está sintiendo otra persona) y esquizotipia (ciertos rasgos de personalidad con tendencia a formas atenuadas de paranoia y de alucinación que se da en las personas sanas).

    martes, 1 de mayo de 2012

    PARA MATAR ESTOS NO NECESITAN DROGAS...

    Relacionan una droga contra la malaria con crímenes de guerra

    .Es la mefloquina, que habría llevado a soldados a matar civiles y a suicidarse.
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    El sargento Robert Bales llevaba cumplidos 1.192 días de combate cuando salió la noche del 11 de marzo de su base de Panjwai, cerca de Kandahar, en Afganistán, se metió sigilosamente en dos de las casas y comenzó a disparar su M-16 contra los que estaban durmiendo. Antes de retirarse apiló unos cuantos cadáveres y les prendió fuego.
    Había dejado 17 muertos , entre ellos nueve niños. Cuando aún no había amanecido, regresó a su base, entregó el arma y confesó su crimen. Desde entonces, sobrevuela sobre el caso la reiterada pregunta: ¿qué llevó a Bales a realizar esta matanza? La respuesta comenzó a aparecer en los últimos días a pesar del hermetismo del Pentágono. El sargento Bales padecía de estrés post traumático tras cuatro rondas de servicio en Irak y Afganistán, había sufrido una herida grave en su cabeza y estaba tomando una medicina contra la malaria que provoca alucinaciones y que aparentemente llevó a decenas de soldados a matar y quitarse la vida . Lo del efecto de la droga mefloquina, suministrada como prevención para contraer el paludismo, lo sabemos gracias a la lucha planteada por un argentino, Juan Torres, que intentaba determinar las causas de la muerte de su hijo (también argentino) en la base afgana de Bagram (ver El que derrotó...). Y de acuerdo a los documentos que van apareciendo en los procedimiento preliminares del juicio contra Bales, la medicina contra la malaria sería la principal causa del desorden siquiátrico que lo llevó a asesinar civiles. Algo que apenas explica el porqué de lo sucedido pero nunca justifica la matanza .
    El Pentágono se niega a informar si el día de la matanza Bales había tomado esta medicina que se conoce en el mercado como Lariam, aunque se sabe que la unidad a la que pertenecía el sargento había consumido una píldora por semana entre los meses de enero y diciembre. E inmediatamente después de la masacre, el subsecretario de Defensa para asuntos de salud, Jonathan Woodson, ordenó que no se suministrara Mefloquina a las tropas tal como lo había ya decidido el ejército en febrero del 2009 que la había declarado como “medicina no preferente”.
    La revista Time, el sitio Huffington Post y New York Times recordaron en sus notas sobre el caso Bales que hay una larga lista de evidencias que conectan esta medicina para prevenir la enfermedad transmitida por el mosquito anofeles con graves secuelas como el comportamiento sicótico, la paranoia y las alucinaciones. La mefloquina fue desarrollada por el ejército estadounidense pero la fabrica el laboratorio suizo Roche. Los primeros casos de efectos secundarios graves con el consumo de la medicina fueron registrados en 1998 por la FDA, la agencia que autoriza las drogas y alimentos en Estados Unidos. Pocos después aparecieron casos de suicidios de comandos especiales que estaban en una misión en Ecuador, algo muy inusual entre militares entrenados para soportar las peores condiciones de vida. Y desde el 2001, hay centenares de ejemplos entre el millón de veteranos que cumplieron al menos una ronda de servicios en Afganistán e Irak. Un informe del 2004 del Pentágono ya mostraba la relación de la mefloquina como uno de los factores en la mitad de los suicidios ocurridos entre la tropa. Y los veteranos se están suicidando a razón de uno por cada 80 minutos . Ya suman 6.500, una tercera parte más de los muertos en los campos de batalla.

    ya se sabe por quien mueren las abejas,por Monsanto

    http://naturalsociety.com/monsanto-bee-collapse-buys-bee-research-firm/
    Anthony Gucciardi
    NaturalSociety
    Abril 19, 2012
    Monsanto, la masiva corporación biotecnológica que está siendo culpada de contribuir al declive en la población de abejas, ha comprado una de las organizaciones líderes en investigación de colapso del insecto. Recientemente vetado en Polonia por la principal razón que el maíz genéticamente modificado de la corporación puede estar devastando a la población de abejas, es evidente que Monsanto está bajo seria amenaza por su rol en el decrecimiento de este vital insecto. Es, por lo tanto, evidente también el por qué Monsanto compró una de las corporaciones de investigación de abejas más grandes del planeta.
    Puede ser encontrado en reportes públicos de corporaciones o en los medios que Monsanto compró la corporación Beeologics en septiembre del 2011. Durante este tiempo, la correlación entre las cosechas GM de Monsanto y el declive de las abejas no ha sido explorada en el establishment, y de hecho casi ni fue tocada hasta que oficiales polacos pusieron en la palestra el serio cuestionamiento, lo que llevó a la monumental prohibición.  El que sea dueño de una organización mayor que se concentra en el colapso de las abejas y es reconocida por la USDA por su misión establecida: “restaurar la salud de las abejas y proteger el futuro de la polinización de los insectos” podría ser muy ventajoso para Monsanto.
    De hecho, la información de la corporación Beeologics indica que la meta principal es estudiar cada desorden de colapso que se crea es resultado- al menos en parte- de las creaciones de Monsanto. Su sitio web declara:
    Mientras que su objetivo principal es controlar las crisis del Desorden de Colapso de Colonias (Colony Collapse Disorder, CCD) y la infección por el Virus Israeli de Parálisis Aguda (Israeli Acute Paralysis Virus IAPV), la misión de Beeologics es convertirse en el guardián de la salud apícola alrededor del mundo.
    Lo que es más, Beelogics es reconocida por la USDA, la USDA-ARS, los medios, y “entomólogos líderes” del mundo entero. La USDA, por supuesto, tiene una cercana relación con Monsanto. La agencia gubernamental ha ido muy lejos para asegurar que las ganancias de Monsanto sigan al alza, yendo incluso a entregar a la compañía aprobación acelerada de sus nuevas semillas GE. Resulta que Monsanto consideraba que las aprobaciones para sus cosechas se estaban demorando más de la cuenta, las cuales han estado asociadas a daño severo de órganos y otros serios cuestionamientos a la salud.
    Steve Censky, CEO de la American Soybean Association, lo declara en términos simples. Fue una movida para ayudar a Monsanto y a otros gigantes biotecnológicos a aplastar a la competencia y ganar dinero. Después de todo, a quién le importa la salud pública?
    “Es una preocupación desde el punto de vista de competencia,” dijo  Censky en una entrevista telefónica.
    Parece ser que cuando Monsanto no puede responder por su devastación ambiental, compran una compañía que potencialmente puede hacer que “expertos” nieguen cualquier vínculo entre sus cosechas y el decilve de las abejas.