Como piensan quienes golepean a las
mujeres y por que actúnan de ese modo.. Cuatro profesionales que
trabajan con hombres violentos cuentan sus experiencias y los desafíos
de su trabajo. Las resistencias a los tratamientos. Los cambios que se
pueden lograr.
Creen en la superioridad del hombre sobre la mujer y
ven como “peligroso” que ella tenga autonomía y tome sus propias
decisiones. Están convencidos de que si su pareja desafía su autoridad o
los contradice tienen derecho a imponerle un correctivo, y que ella es
parte de sus posesiones. Dicen que si la empujan, le tiran del pelo, la
pellizcan o no le pegan “tan fuerte”, no la están agrediendo. Y que, en
todo caso, si le pegan es porque ella los provocó o se lo merece.
Incluso, argumentan que la violencia “es cruzada”, que ella también es
violenta y ellos sólo “reaccionan” para defenderse.
Así piensan y actúan hombres que ejercen
violencia de género en el ámbito doméstico. El conjunto responde a lo
que expresan ellos mismos en distintos grupos, a los que concurren
mayoritariamente obligados por la Justicia, a modo de probation, para
recibir tratamientos “psicosocioeducativos” que los ayuden a modificar
su conducta. ¿Cambian o son irrecuperables? En el marco de la
conmemoración del Día Internacional de la No Violencia hacia las
Mujeres, cuatro profesionales que trabajan en distintas instituciones
con hombres violentos cuentan sus experiencias, los desafíos y
frustraciones.
Saben que hay “mucha resistencia
institucional y social” para apoyar terapias que pongan el foco en los
victimarios. Porque hay quienes sostienen que no vale la pena, dado que
el porcentaje que logra “reeducarse” suele ser bajo y que entonces hay
que priorizar los recursos y el presupuesto –generalmente escaso– en
atender a las víctimas. Los especialistas responden: “Nosotros
trabajamos con hombres pensando en las mujeres y niños”.
Y reclaman que se implemente un Programa
Nacional de Asistencia a Varones Agresores, con perspectiva de género y
de derechos humanos, en el marco de un plan nacional para prevenir,
sancionar y erradicar la violencia hacia las mujeres, previsto en la Ley
26.485, sancionada en 2009. “Por cada hombre que atendés, estás
ayudando al menos a dos mujeres”, destacan.
Aníbal Muzzín y Sebastián Kikuchi
son psicólogos. Muzzín coordina grupos de hombres que ejercen violencia
machista en el Equipo de Violencia del Hospital Alvarez, de la ciudad
de Buenos Aires, Kikuchi en la Dirección de Políticas de Género de la
municipalidad de La Matanza; Liliana Carrasco y Carmen Umpierrez
son trabajadoras sociales. Carrasco se desempeña en el servicio de
Abordaje Integral en Violencias de Género del Sanatorio Municipal Julio
Méndez, de la obra social de empleados municipales de Buenos Aires
(ObSBA); Umpierrez, en la Asociación Civil Pablo Besson, dedicada a la
Prevención y Asistencia en Violencia Familiar, donde trabajan
fundamentalmente con hombres de comunidades religiosas, principalmente
miembros de iglesias evangélicas.
Las cuatro instituciones forman parte de
la Red de Equipos de Trabajo y Estudios en Masculinidades, creada en
2011 por el precursor del trabajo con varones violentos en la Argentina,
Mario Payarola, quien comenzó en 1995 en el municipio de Vicente López y
luego fue creando otros espacios. Pero trabajó durante años “en
completa soledad”, dice Muzzín. “La mayoría nos formamos con él”,
agrega. Hay más instituciones y profesionales que forman parte de la
red: decidieron agruparse con el objetivo de unificar criterios en el
tratamiento de la problemática. Y además, “para no estar tan solos en
una temática que necesita un abordaje colectivo. Hay mucha resistencia
institucional y social para trabajar con varones”, reconoce Carrasco. “Y
también nos agrupamos por la resistencia de los mismos varones a
asistir a este tipo de grupos, si los encuentros no se adecuan a sus
horarios.
Trabajar en red nos permite cubrir
distintas bandas horarias”, agrega Umpierrez. Hace pocas semanas se
realizó el primer encuentro de la red en la ciudad de Buenos Aires.
Las
otras ONG que forman parte de la red son el Grupo Buenos Aires, de
Lomas de Zamora, y la Asociación Civil Decidir, de Moreno. También la
integran otros profesionales que trabajan en Jujuy y en Escobar.
“El
trabajo con varones requiere un reconocimiento esencial: hombres y
mujeres se relacionan en el marco de un sistema patriarcal y por ello
debemos reconocer que la perspectiva de género implica reconocer las
relaciones de poder que se dan entre los géneros, en general favorables a
los varones como grupo social y discriminatorias hacia las mujeres. Que
esas relaciones han sido constituidas social e históricamente y son
constitutivas de las personas. Que atraviesan todo el entramado social y
se articulan con otras relaciones sociales, como las de clase, etnia,
edad, preferencia sexual y religión”, señala Muzzín.
Abandono
En cada uno
de los grupos que coordinan los cuatro profesionales hay alrededor de
10 varones. Llegaron mayoritariamente por orden judicial: tienen
denuncias, órdenes de exclusión o prohibiciones de acercamiento a su
pareja o ex pareja, causas por lesiones leves, amenazas, hostigamiento.
Con excepción de los varones que pertenecen a comunidades religiosas, el
resto está separado ya de la mujer a la que maltrataban. “Venimos por
el papelito”, dicen en referencia a la orden del tribunal que los manda a
“reeducarse”. El tratamiento grupal dura un año, con un encuentro
semanal. Lo ideal, coinciden en la red, sería poder continuarlo más
tiempo, como ocurre en el municipio de La Matanza –donde la terapia se
extiende por tres años– pero tienen limitaciones en términos de apoyo
institucional para abrir otros espacios. De hecho, Muzzín trabaja sin
cobrar ningún sueldo desde hace casi un año y cobró un solo año de los
cuatro que lleva coordinando grupos de varones en el Hospital Alvarez,
que depende del gobierno de Mauricio Macri.
En La Matanza se
encuentran con otro problema: hay deserción importante. En el primer
año, actualmente, hay 10 varones que ejercen violencia hacia su pareja;
en el segundo, 5, y en el último, donde ya no hay encuentro semanal,
sino un seguimiento personalizado, apenas 2. Esa, dicen, es una de las
grandes frustraciones que enfrentan. El abandono del tratamiento ronda
el 40 por ciento en los distintos dispositivos terapéuticos. Los cuatro
profesionales coinciden en que sería más fácil que pudieran sostener la
asistencia a los grupos si la Justicia los obligara a concurrir por más
tiempo o se ocupara que hacer un seguimiento más comprometido sobre el
imputado. “Cuando desde el tribunal se olvidan de hacer el seguimiento,
de pedir informes sobre si experimentó cambios en su conducta, el hombre
automáticamente deserta. Es lamentable, pero lo que le importa al
juzgado es si está viniendo, no sus cambios”, cuestionó Muzzín.
–¿Qué cambios en la conducta logran cuando terminan el primer año de tratamiento grupal?
Muzzín:
–Hay cambios en los pensamientos que originan las conductas violentas.
Entonces, disminuyen sus comportamientos violentos, sus justificaciones,
minimizaciones y las negaciones de esos comportamientos violentos.
Carrasco: –Básicamente mejoran su calidad de vida. En ese año, trabajan fundamentalmente para romper ciertos mitos.
Umpierrez:
–A lo largo de los encuentros van viendo una postura diferente a la que
traen: que la mujer no es parte de sus posesiones, que puede haber otra
mirada de la realidad. Pero el primer mito que tenemos que trabajar es
el de la superioridad del hombre sobre la mujer. Están convencidos de
que tienen que imponer un correctivo en caso de que se falte a su
autoridad. Argumentan que se les quita autoridad cuando se los
contradice.
Kikuchi: –Un mito habitual que
reproducen es que la violencia es sólo física. Entonces dicen: “Sólo la
empujé” o “No le pegué tan fuerte”.
Carrasco:
–Dicen: “Ella también es violenta” porque en determinado tiempo de
relación ella puede reaccionar ante tanta violencia. Ese es un argumento
fuertísimo que repiten. Pero cuando analizás la situación ves
claramente que hubo previamente un abuso de poder en la relación
ejercido por él hacia su pareja, que hace que ella reaccione y ella a
veces termina convencida de que también es violenta. Ellos se sienten
provocados. Tienen un concepto de autoridad distorsionado: que ellos
están siempre por encima y ellas, por debajo.
Umpierrez:
–Además, ven peligroso que las mujeres tengan autonomía económica. Los
mayores de 50 o 60 años sostienen que el problema es que la mujer salió a
trabajar y dejó la casa.
Violencia espiritual
En
el municipio de La Matanza tienen diez años de experiencia brindando
tratamiento a hombres violentos. “Algunos repiten el primer año”, cuenta
Kikuchi, quien trabaja en ese dispositivo desde hace tres años. “Es tan
arraigada la conducta violenta que los cambios se ven a través del
tiempo. En el segundo nivel buscamos fijar esa no justificación de la
conducta violenta, y que se hagan responsables de sus actos. Por más
mínimo que sea el cambio, impacta en su vida social y en sus relaciones
de manera importante. El tercer año, ya es individual el abordaje”,
explicó el psicólogo.
En la Asociación Pablo Besson trabajan hace
dos décadas desarmando la ideología patriarcal dentro de las
comunidades religiosas, mayoritariamente evangélicas. Observan que
además de violencia física y psicológica contra sus parejas, los varones
que asisten a sus grupos ejercen “violencia espiritual”. El 32 por
ciento de los varones, en este caso, llegan a la institución derivados
por sus líderes religiosos.
–¿Cómo se expresa la violencia espiritual? –le preguntó este diario a Umpierrez.
–Utilizan
el dogma o la doctrina que está en la Biblia para mantener en sujeción a
su esposa. Sacan frases bíblicas para imponerse. Por eso trabajamos
sobre la ideología del patriarcado. Ellos sostienen que “el hombre es
padre de familia”; que “la autoridad es del hombre”, que “la mujer no
puede negar el cuerpo al hombre”. Son todos recortes de la Biblia –contó
la trabajadora social, que hace nueve años se ocupa de esa tarea.
Destacó que empezaron con esta experiencia veinte años atrás, al darse
cuenta de que las iglesias tenían que “hacer algo más que mandar a la
gente a orar”.
Mariana Carbajal